Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,24-35
Texto
evangélico
Cuando
la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y
fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al
encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has
venido aquí? Jesús les contestó:
“En
verdad, en verdad os digo:
Me
buscáis no porque habéis visto signos,
sino
porque comisteis pan hasta saciaros.
Trabajad
no por el alimento que perece,
sino
por el alimento que perdura hasta la vida eterna,
el
que so dará el Hijo del hombre;
pues
a este lo ha sellado el Padre Dios”.
Ellos
le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios”.
Él
les respondió:
“La
obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”.
Le
replicaron:
“¿Y
qué signo haces tú,
Para
que veamos y creamos en ti?
¿Cuál
es tu obra?
Nuestros
padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les
dio a comer”
Jesús
les replicó:
“En
verdad, en verdad os digo:
No
fue Moisés quien os dio pan del cielo,
sino
que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.
Porque
el pan de Dios es el que baja del cielo
y
da vida al mundo”.
Entonces
le dijeron:
“Señor,
danos siempre de este pan”.
Jesús
les contestó:
“Yo
soy el pan de vida.
El
que viene a mí no tendrá hambre,
y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
Hermanos
1. El domingo pasado iniciábamos el
Evangelio de la multiplicación de los panes según san Juan, en el capítulo 6, un
evangelio que nos iba a ocupar cinco domingos continuos, este año del domingo
último de julio hasta el domingo penúltimo de agosto.
San Juan es un evangelio muy especial
comparado con los otros tres, un Evangelio de meditación y contemplación, que
nos transmite las palabras de Jesús en forma de discursos. Y estos discursos
fluyen no con una lógica filosófica de premisas y conclusiones. Son discursos
de revelación, en los que la fe se nos entrega con soberanas afirmaciones,
realzadas con contrastes, y avanzando no en forma lineal, sino circular.
Es una observación de método, necesaria,
sin duda en una clase expositiva del sentido del cuarto Evangelio, y que, como
conocimiento general, viene bien en los preámbulos de lectura de este Evangelio,
que tanta fascinación ha suscitado en la Iglesia.
2. La fe es el encuentro con Jesús. Esta
es una verdad clave, latente en todo el texto sagrado de hoy. Una afirmación
sumamente sencilla y al mismo tiempo, crítica hasta la raíz, porque a cada uno
le remite para preguntarse sobre su caso personal.
Mi fe ¿ha sido el verdadero encuentro
con Jesús, un encuentro persona, un tú a tu con Dios, no tanto por vía de conocimiento
intelectual, sino por vía de amor, por un conocimiento afectivo y vital, que
toma la personas desde las raíces del ser?
En cierta ocasión Benedicto XVI escribió
una frase rotunda y penetrante que la ha vuelto a reafirmar, con agrado, el
Papa Francisco: No se es cristiano por la adhesión a un sublime ideal ético de
la humanidad, sino simplemente por la adhesión a una persona. Jesús tiene un
programa, sin duda, un programa que se presenta a la humanidad con una belleza
deslumbrante; pero creer no es adherirse a una programa, sino a una persona.
Esta distinción es esencial. Jesús no es
el líder de un partido religioso, Jesús es una persona, por la que el creyente
se lo juega todo.
El que encuentra a Jesús encuentra la
fe; el que no encuentra a Jesús, por muy bautizado que esté y registrado en la
Iglesia Católica, no es una creyente, no es un discípulo. Este es el dilema en
el que se juega la presencia de la Iglesia Católica en el mundo; este es el ser
o no ser de la Iglesia en el mundo.
3. En este pasaje, en particular, hay
una confrontación entre Cristianismo y Judaísmo. El Judaísmo, que apela a toda
la Tradición bíblica, cuyo exponente supremo es Moisés, no ha encontrado a
Jesús.
Jesús acepta de pleno a Moisés, porque
no hay ruptura en el plan de Dios, y la revelación desde el principio hasta el
final es un plan orgánico y ascendente. Y el drama de la vida de Jesús es el
que Israel, su pueblo, el que había nutrido su imagen de Dios, no encontró a
Jesús, última oferta de salvación, que Dios, Padre de amor, ofrecía al mundo.
San Pablo, receptor del mensaje de
Jesús, formulará estos conceptos con fuertes antítesis. Los judíos buscan
signos; los griegos sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo
crucificado, que es lo contrario, que no es el signo portentoso de Dios, sino
la debilidad de Dios; que no es la sabiduría de los criterios del mundo, sino
lo que aparece como necedad ante el mundo. Y, sin embargo, continúa san Pablo
es la verdadera fuerza de Dios, que nos salva; es la última sabiduría de Dios
que nos abre el camino de la fe.
4. El Evangelio de Dios concentra estos
conceptos en un gran símbolo, que luego se va a convertir en signo sacramental:
Jesús es el pan de vida. La sección de hoy culmina con esta soberana
declaración de Jesús, el Señor:
“Yo
soy el pan de vida.
El
que viene a mí no tendrá hambre,
y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
Nos centramos en esta frase para
saborearla, y para hallar en ella la verdadera efigie de Jesús, de ese Jesús al
que se ha incorporado toda mi persona.
5. La declaración de Jesús es uno de los
misteriosos “yo soy” esparcidos en el texto sagrado, y que nos remiten a la
esencia misma de Dios revelado a Israel_ Yo soy el camino ya la verdad y la
vida, Yo soy la puerta (el que entra por mí podrá entrar y salir con libertad),
Yo soy la luz del mundo. El “Yo soy” nos lleva a la identidad última de Jesús.
Y nos adentra en el Yo absoluto, que se abre al misterio infinito de su
divinidad. Nadie ha podido hablar con ese “Yo” de plenitud y de esperanza.
Yo soy tu salvación, me está diciendo
Jesús a través de muchas variantes.
6. Es el pan de vida (o de la vida) por
el hecho de su existencia y encarnación; lo será muy específicamente por el
sacramento pascual de la Eucaristía.
Yo soy, la palabra suprema que Dios
había dicho a Moisés al revelarse en el monte Horeb, Yo soy, la palabra que
movilizó a un pueblo esclavo para emprender el camino de la salida y de la libertad.
En el fondo del corazón humano hay dos
deseos últimos que se unifican en uno, y de los cuales jamás nadie puede
prescindir. La felicidad y a inmortalidad. El ser humano quiere ser feliz – no
´puede menso de querer ser feliz – y eternamente feliz. Jesús es eso.
El
que viene a mí no tendrá hambre,
y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
7. Concluyamos, hermanos, con unas
palabras hechas súplica ardiente:
Señor Jesús, aceptamos tus palabras, que
son la respuesta a las preguntas últimas de nuestra vida. Te buscamos no por lo
que tú nos das, que nos das todo, te buscamos por ser quien eres, el Hijo amado
del Padre, el pan de vida, al felicidad, la inmortalidad. Tú eres el gozo y la
gloria de Dios; tú eres el gozo y gloria de mi vida. Amén.
Alfaro (La Rioja, España), sábado 1 de
agosto de 2015.
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