Homilía
en la Solemnidad de Todos los Santos
Apocalipsis
7 --- 1 Jn 3,1-3--- Mt 5,1-12
Texto evangélico:
Al ver Jesús el gentío, subió al monte,
se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba
diciendo:
“Bienaventurados los pobres en espíritu,
porque de ellos es el reino de los
cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y
sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la
paz,
porque ellos serán llamados hijos de
Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa
de la justicia,
porque de ellos es el reino de los
cielos.
Bienaventurados vosotros, cuando os
insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos
y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, que de la
misma manera trataron a los profetas anteriores a vosotros”.
Hermanos:
1. El fiel cristiano que participa hoy en la
Eucaristía de esta solemnidad d e Todos
los Santos y escucha atentamente las tres lecturas de esta solemnidad, puede exclamar
sorprendido: ¡Estamos en Pascua! Efectivamente, los domingos de Pascua, a
diferencia de los demás, al proclamar las tres lecturas no se lee como primera
lectura el Antiguo Testamento. En Pascua ni en los días festivos ni en los días
laborales se lee el Antiguo Testamento, para significar que con Cristo todo lo
antiguo se ha cumplido y hemos llegado a la plenitud.
Pues hoy, como en los domingos pascuales,
hemos comenzado por el final, por la plenitud que el universo y los salvados
han alcanzado en Cristo.
Vi una muchedumbre inmensa, que nadie
podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante
del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas
en sus manos. Y gritan con voz potente: ¡La victoria es de nuestro Dios, que
está sentado en el trono, y del Cordero! (Ap 7,9-10).
2. Hoy celebramos, pues, hermanos el anticipo
de esta fiesta universal, la fiesta del cielo,
que tiene un protagonista: Jesucristo. Él es el vencedor. La victoria es de
nuestro Dios y del Cordero.
Sería un pensamiento demasiado estrecho, y
casi diríamos pueril, el pensar: En el calendario hay muchos santos, pero como
tantísimos más podrían ser canonizados y no lo han sido, hoy queremos juntar a
todos. No es eso la fiesta de todos los santos.
A decir verdad, hermanos – y espero me
comprendan el lenguaje – en el cielo no hay “santos”, como no hay judíos, ni
cristianos, ni musulmanes, ni miembros de las religiones milenarias de oriente
ni de las religiones tradicionales de África y pueblos ocultos… Lo teólogos
dicen que la Iglesia cumple una función transitoria y está al servicio del
Reino de Dios. La Iglesia habrá desaparecido y será el Reino de Dios, único y
universal.
El cielo es la familia de Dios y todos los
habitantes del cielo, todos, son los hijos de Dios. Los ángeles serán nuestros hermanos.
3. En cierta ocasión le pusieron a Jesús los
saduceos un problema de casuística matrimonial, el caso de una mujer que había
tenido siete maridos sucesivos, hermanos entre sí, porque cada uno de ellos iba
muriendo y el siguiente se casaba con la viuda para dar descendencia a su
hermano. Al final, en la resurrección (en la que ellos no creían) ¿de cuál de
los siete será la mujer, porque de cada uno de ellos fue legítima mujer? Jesús
les dijo: Qué equivocados estáis… No entendéis la palabra y el poder de Dios.
En el cielo no se casarán hombres ni mujeres; será otra cosa, el mundo nuevo
que nadie puede imaginar.
No podemos hablar del cielo como hablamos de
las cosas de la tierra. Allí nuestro corazón se abrirá a lo infinito. San Juan
nos ha dicho: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún
no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando él se manifieste – se está
refiriendo a Jesús, Hijo de Dios – seremos semejantes a él, porque le veremos
tal cual es” (1 Jn 3,2).
4. Hermanos, esta gran esperanza, este final
de nuestra historia, que es final de gracia, de triunfo y de amor, es lo que
hoy estamos celebrando. Estamos celebrando a Cristo, corona de todos los santos,
a Cristo, que es nuestra victoria.
Todos los días celebramos en la Misa la fiesta
de Todos los Santos y lo expresamos de una manera vibrante y jubilosa, al cantar
en “Sanctus” que es el canto más importante de la misa. La Introducción al
Misal de la Iglesia, cuando explica las
parte de la celebración de la Misa, dice: “Aclamación: [Sanctus] con la cual toda
la asamblea, uniéndose a los coros celestiales, canta el Santo. Esta
aclamación, que es parte de la misma Plegaria Eucarística, es proclamada por
todo el pueblo juntamente con el sacerdote” (Ordenación del Misal Romano, 79b). En ese
momento los que estamos en esta pequeña iglesia de este rincón desconocido de
la tierra, nos unimos a la asamblea celestial, y, juntos los coros celestiales
y nosotros, cantamos la gloria de Dios y el triunfo de Jesucristo.
5. El cielo es nuestro destino y el camino es Jesús.
Por eso en este día se lee el sublime Evangelio de las Bienaventuranzas. ¿Qué
son las Bienaventuranzas? No son otra cosa que la vida de Jesús puesta en estas
magníficas felicitaciones. Jesús fue el Siervo de Dios, anunciado en las santas
Escrituras, el pobre de Dios, el que tuvo hambre y sed de la justicia de Dios,
el puro de corazón, el perseguido, el que puso su vida al servicio de la reconciliación
y la paz. Jesús, al presentar su programa, no hizo otra cosa que retratarse a sí
mismo.
En los proyectos humanos, en la política, una
cosa son los personajes y otra su bellísimo programa. En Jesús no ocurre eso:
persona y programa son exactamente igual.
Así pues, hermanos, las Bienaventuranzas son felicitaciones
llenas de admiración que salen del corazón de Jesús al ver la obra que Dios está
haciendo en la tierra, y que solo Dios puede hacer: darnos un corazón pobre,
puro y misericordioso… ¡Qué dicha la vuestra que sois pobres hasta el corazón
pobres en el espíritu! ¡Qué dicha la vuestra, que tenéis el corazón traspasado
de misericordia, porque alcanzaréis misericordia…! Y así en cada una de las
Bienaventuranzas.
6. Hermanos, alabemos a Cristo, como lo
alabamos cuando todos juntos esa bello himno de la antigüedad cristiana, que es
el Gloria:
Tú solo eres Santo, tú solo Señor, tú
solo Altísimo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre. Amén.
Guadalajara, viernes, 30 octubre 2015
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