Homilía para el Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 12,49-53
Texto
evangélico:
49 He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto
deseo que ya esté ardiendo! 50 Con un bautismo tengo que ser
bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! 51 ¿Pensáis
que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. 52 Desde
ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; 53 estarán
divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la
hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la
suegra».
Hermanos:
1. Estas son unas declaraciones de Jesús que levantan la piel. ¡Con qué
pasión, con qué arrebato hay que leerlas para que en nuestros labios tengan
sentido semejante al que tuvieron en los labios del Señor…?
La primera frase es al del fuego.
La segunda la del bautismo.
La tercera es la de la paz y la espada.
La cuarta es la de las rupturas que él provoca en el seno de las familias.
2. Jesús habla de que ha venido a echar fuego a la tierra. Estamos en verano y el verano es tiempo de
incendios. Leo en el periódico de hoy (jueves 11 agosto) refiriéndose al último
incendio acaecido en España, en Galicia: “La intensidad del fuego se ha
incrementado durante las últimas horas en Galicia. Tras cuatro días de ola de
incendios, la superficie quemada asciende a más de 5.500 hectáreas” (ABC,
jueves 11 de agosto). Hay diez focos de fuegos activos, en el momento en que
dan esta noticia.
Ante este panorama pavoroso, podemos pensar en la frase de Jesús. Jesús ha
venido a echar fuego. No es el fuego del infierno; es el fuego de Dios, que purifica,
que abrasa, que transforma y hace una nueva creación.
Bien podemos recordar aquel episodio de la historia de Elías, la escena
última de la vida del mayor profeta de Israel. Iban caminando el profeta Elías
y su discípulo el profeta Eliseo. Eliseo presentía que eso era el final, y
cuenta el libro de los Reyes: “Mientras ellos iban conversando por el camino,
de pronto, un carro de fuego con caballos de fuego los separó a uno del otro.
Subió Elías al cielo en la tempestad. Eliseo lo veía y clamaba: «¡Padre mío,
padre mío! ¡Carros y caballería de Israel!» (2 Re 1,11-12).
Carro de fuego, caballos de fuego… Se trata del fuego de Dios.
Esos carros y caballos de fuego volverán a aparecer en la historia de Eliseo.
El ejército arameo amenaza a Israel; acude el profeta Eliseo con un criado. “«¡Ay,
mi señor!, ¿cómo vamos a hacer?». Y Eliseo respondió: «No temas. Son más los
que están con nosotros que con ellos». Luego se puso a orar diciendo: «Abre,
Señor, sus ojos para que vea». Entonces el Señor abrió los ojos del criado,
quien vio la montaña cubierta de caballos y carros de fuego en torno a Eliseo”
(2 Re 6,15-17).
3. Jesús ha venido a traer ese fuego de Dios a la tierra, y quiere que todo
el mundo esté incendiado en este fuego. El primero que está ardiendo es Jesús. Jesús
lleva en su corazón el fuego de Dios, y lo mismo en sus palabras.
Él quiere que ese fuego de Dios prenda en la tierra. No es fuego de
destrucción, sino de construcción y de cambio.
Pero hay una consecuencia inmediata. Si la tierra ha de arder en el fuego
de Dios, yo, discípulo de Cristo; yo, misionero ardiente de su amor, he de ser
fuego. Solo puede incendiar al mundo el que está ardiendo.
Nuestra vida, hermanos, debe ser una brasa encendida; nuestras palabras
como predicadores del Evangelio, deben ser palabras de fuego. Recuerden aquella
escena de Jesús Resucitado, cuando se apareció a los dos discípulos de Emaús.
Recuerdo lo que comentaron aquellos dos discípulos cuando Jesús desapareció: “Y
se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el
camino y nos explicaba las Escrituras?»” (Lc 24,32).
El fuego de Dios está en las Escrituras. Cuando leemos las santa
escrituras, debemos tomar ese fuego divino que está allí ardiendo. Y cuando
nosotros hablemos de Dios, de Jesús, nuestras palabras deben quedar como palabras
de fuego.
4. La segunda frase es la del bautismo.
Cuando uno recibe el bautismo total, se sumerge entero en el agua. Los juegos
olímpicos de estos días en Río de Janeiro, nos ofrecen esas imágenes sorprendentes
de lo que es un “clavado” en medio de la piscina.
Jesús dice que tiene que pasar por un bautismo. No se refiere al bautismo
en el Jordán, al que voluntariamente se sometió. Se refiere al bautismo de la
Pasión; La pasión fue el meterle a Jesús en las aguas del dolor, hasta salir
triunfante. Pero primero fue anegado en ese mar de dolor. Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta
que se cumpla!
Hermanos, a lo mejor nuestra vida también tiene que pasar por ese bautismo,
ser sumergida en las aguas del dolor. No olvidemos que Jesús pasó primero por
ese trance. Y lo deseó con todo su corazón, porque Dios así lo quería.
4. La tercera frase del Señor es la de la paz y la guerra. ¿Pensáis que
he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. En este pasaje san
Mateo es más expresivo: No penséis que he
venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada (Mt
10,34).
Hermanos, los profetas siembran espadas, pero ellos son los primeros heridos.
La primera lectura de hoy nos presenta a uno de esos profetas rechazados, a
Jeremías. Lo encarcelaron; en este caso no en una cárcel de barrotes, sino
dejándolo en una cisterna vacía, como en otro tiempo hicieron con José: “Mirad,
ahí bien el soñador”. Los profetas estorban, y hay que taparles la boca y
matarlos, desterrarlos o anularlos.
Nunca olvidemos esta frase de Jesús: no
he venido a sembrar paz, sino espada.
5. Y hay una cuarta frase de este último profeta de Dios, que está dicha
con la misma fuerza, la ruptura familiar. Es muy fácil que Jesús esté
recordando una palabras semejantes que había dicho el profeta Miqueas. Desde ahora estarán divididos cinco en una
casa: tres contra dos y dos contra tres.
Es triste que así sea, porque la unidad de la familia es una e las cosas
más bonitas que se pueden experimentar en esta tierra. El Evangelio de Jesús puede
romper las familias: estarán divididos el
padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la
hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra.
Hermanos, ¿somos creyentes?, ¿somos discípulos de Jesús? Estemos preparados
para todo.
Concluyamos con una ardiente petición. Señor,
me has dado una fe, que es el tesoro más grande de mi vida. Que yo conserve viva
la brasa de la fe, y sepa incendiar a mi alrededor. Y que si por mi fe, se
hubiere de romper mi familia, que yo humilde, amable y coherente, para vivir lo
que creo con todas sus consecuencias. Amén.
Guadalajara, jueves 11 agosto 2016.
FUEGO, DIVISIÓN, ESPADA.
ResponderEliminarJesucristo nos declara que no vino a traer paz a la tierra, sino división. San Marcos dice “espada”, que constituye una fórmula más gráfica.
Jesucristo no vino a traernos una doctrina basada en no hacer nada. En guardar nuestra fe para nosotros mismos, sino todo lo contrario, lo que evidentemente produce tarde o temprano choques ideológicos entre los que nos rodean, para traducirse en choque físicos graves.
Jesucristo nos avisa que su doctrina, pacífica en sí misma, chocará contra la mayoría de las creencias a causa de sus novísimos postulados. Que es una creencia que se expone, que no se impone, y pese a ello origina roces a los que la escuchan. Que es una doctrina que no gustará a muchos. Que esos roces no son contra personas desconocidas, como cabría pensar en un primer momento, sino contra los mismos miembros de la nuestra familia más cercana
También nos avisa que de que esa situación de enfrentamiento no va ser temporal, sino permanente.
El hombre de la Paz nos habla de guerra y de espada. Sí, pero no ha a ser un combate entre dos, sino de un estado de permanente crispación, de permanente estado de ansiedad, de permanente alerta. No viviremos nunca en paz. El símil es que vivimos como ovejas en medio de lobos, es decir, en permanente estado de alerta ante los ataques de nuestros adversarios.
Saludos.
Juan José.