Homilía para el Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 14,1. 7-14
Texto
evangélico:
14
1 Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y
ellos lo estaban espiando
(El lugar en el banquete)
7
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una
parábola: 8 «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto
principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; 9 y venga
el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. 10 Al revés, cuando te
conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te
convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante
todos los comensales. 11 Porque todo el que se enaltece será humillado; y el
que se humilla será enaltecido».
(Invitar
a los pobres)
12 Y
dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a
tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos;
porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 13 Cuando des un
banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; 14 y serás bienaventurado,
porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».
Hermanos:
1. Vamos recorriendo los capítulos del
Evangelio de san Lucas, y hoy nos encontramos en el capítulo 14. Este capítulo
se abre con un banquete al que Jesús ha sido invitado. Era sábado, día sagrado
de descanso.
En la cultura humana, según los pueblos,
según los tiempos, el banquete ha dado mucha inspiración y mucha creación. En un banquete pasan muchas cosas, en torno a
una buena comida y una buena conversación. Lo estudiosos del Evangelio saben
que lo de las “comidas de Jesús” es todo un monumento de revelación: comidas
antes de la Pascua, comida de Pascua, comidas de Jesús después de la
Resurrección.
Los estudiantes de Filosofía yd e
Literatura saben que hay una célebre obra en la antigüedad: El Banquete, obra escrita por Platón. Se
han juntado unos amigos para hablar en coloquio familiar y festivo sobre un
alto tema de teología y vida: qué es el amor. Cada uno da su opinión mientras
escancian los buenos vinos que, al final, les va a dejar dormidos. El personaje
central es Sócrates, maestro de Platón. Sucesos que ocurren 400 años antes de
Jesucristo, y que, un poco después, los ha a recoger y escribir Platón. Es la
obra más conocida de Platón.
2. Hoy tenemos este Evangelio que nos
remite a una sala de banquete y a diversos dichos de sabiduría: la elección del
puesto en el banquete, la invitación a los pobres, la parábola de la gran cena.
La sección del Evangelio se centra en dos enseñanzas de Jesús.
No sería una buena interpretación si
dijéramos simplemente que Jesús, como un doctor moralistas nos está dando lecciones
de vida por medio de parábolas, dichos ingeniosos, apólogos entretenidos. En
realidad, Jesús nos está hablando del Reino de Dios. En ese Reino de Dios, que
comienza aquí en la tierra con el grupo de discípulos, no podemos ir en busca
de los primeros puestos. Una sentencia taxativa de Jesús cierra este mensaje: Porque
todo el que se enaltece será humillado; y
el que se humilla será enaltecido».
3. El último puesto ha sido el
comportamiento de Jesús. San Marcos, al inicio de la vida de Jesús, narra lo
que ocurre con un leproso: “Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas:
«Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
«Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él
lo despidió, encargándole severamente: No se lo digas a nadie…” (Mc 1,40-44).
No es un caso aislado. Este deseo de
ocultamiento ha sido un constante del proceder de Jesús, y debe marcar nuestra
dirección.
Espontáneamente pensamos que cuanto más
alto, que cuanto más famoso, mayor ámbito de irradiación y mayor bien para
conquistar los hombres para Dios. El proceder de Jesús no ha sido ese, sino el
contrario.
En los tiempos arcaicos de la marcha de
Israel por el desierto, a propósito de ciertas murmuraciones contra Moisés,
provenientes de sus propios hermanos, María y Aarón, dice la Sagrada Escritura:
“Moisés era un hombre muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra”
(Núm 12,3). Moisés era el más grande. Sigue el texto sagrado: “el Señor les
habló: «Escuchad mis palabras: si hay entre vosotros un profeta del Señor, me
doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés,
el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; abiertamente y no
por enigmas; y contempla la figura del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar
contra mi siervo Moisés?»” (vv. 6-8).
Así es la verdad ante Dios: el más grande,
el más fiel, es el más humilde. Si una persona no es humilde, no es grande. El
más grande es el más humilde, y el más humille el más grande.
Este es Jesús, solo él, y esta es la pauta
que debe gobernar en la comunidad de Jesús. Lo demás es apariencia y engaño.
4. En la segunda pare del Evangelio de
hoy, siempre en la escena de un banquete, encontramos el dicho de Jesús acerca
de quién deben ser nuestros invitados. Aquí, de nuevo, el mundo queda al revés
con las palabas del Señor. Cuando des un
banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado,
porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».
Cuatro personas indigentes que no pueden
correspondernos. Jesús nos está poniendo al vivo la comunidad en la que él ha
vivido. Los pobres son los amigos de Jesús, los lisiados, cojos y ciegos. Esos
son mi gente a la que yo tengo que acudir a su puerta.
5. Esta forma de hablar de Jesús tiene que
dar un tono a la Iglesia, lo mismo que a nuestras comunidades y a los que, de
alguna manera, servimos en algún puesto que pueda significar algo de influjo.
El discípulo, como su Maestro, ha de ocupar el último lugar, el último puesto,
y se ha de encontrar a gusto con esos, que la sociedad ha marginado.
Y estos pensamientos no son palabras para
hacer un discurso sociológico acerca de la Iglesia. No hacemos un discurso
sociológico, sino teológico. Se trata del valor de los humildes ante Dios, de aquellos
a quienes, con una palabra, podemos llamar “los pobres del Señor”.
La Virgen María resplandece entre los pobres
del Señor; es la más pobre de los pobres por la actitud de su corazón. Es la
esclava del Señor. Así se define ella. María
contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc
2,38). Y sobre esa humildad pudo encarnarse Dios entre los hombres.
6. Oremos, hermanos, al Señor, nuestro Dios:
Dios
mío, como tu Hijo, Jesús; como tu sierva, María, yo quiero ser ante ti lo que
soy. No hay mayor grandeza, no hay mayor felicidad. Amén.
Encarnación de Díaz, Jal. (Diócesis de
Aguascalientes), Casa Marista de Encuentros y Oración, jueves 25 agosto 2016.
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