Homilía para el domingo XXX del tiempo ordinario,
ciclo C, sobre Lc 18,9-14
Texto evangélico
9 Dijo también esta parábola a algunos que
confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: 10 «Dos
hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. 11 El
fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque
no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como
ese publicano. 12 Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo
de todo lo que tengo”. 13 El publicano, en cambio, quedándose
atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el
pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. 14 Os
digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se
enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Hermanos:
1. Las homilías que domingo a domingo
vamos pronunciando, proclamando…, ante la presencia de Dios y de ustedes se
centran en las palabras de Jesús en el Evangelio. Así lo haremos también hoy.
Hemos de ser conscientes de que la celebración de la Eucaristía nos brinda
todas las semanas tres lecturas, y cada una de ellas es un venero de gracia
para el corazón que escucha con atención.
Antes
de entrar en el Evangelio, detengámonos un momento en san Pablo. Está a punto
de terminar su carrera; su vida termina y va a ser derramada como libación de
una ofrenda sobre el altar. Ante Dios y ante la comunidad, humildemente,
firmemente, puede cantar el canto de triunfo: “6 Pues yo estoy a punto de
ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. 7 He
combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. 8 Por
lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo,
me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan
aguardado con amor su manifestación”.
Humilde, sublime y grandioso el poder
terminar la vida así ante el Señor, justo juez. Pablo lo dice de sí mismo, y
nos lo desea a todos nosotros. Hermanos, lo importante es terminar bien; lo
importante es poder decir: He guardado la fe, con la gracia de Dios; he
guardado la fidelidad, he sido fiel. He cumplido mis promesas bautismales, he
cumplido mis promesas matrimoniales, he cumplido mis promesas sacerdotales. Un
día dije al Señor “Sí, para siempre”, y he sido fiel. No cabe una felicidad más
grande que esta, pese a todo lo que diga el mundo, cambiante como la moda. Si
todo el mundo me alaba, y no me alaba mi conciencia, eso no vale nada. Si todo
el mundo me desprecia, y mi conciencia me alaba, me alaba Dios y me espera “la
corona de justicia”.
Un pensamiento siempre oportuno,
que en momentos difíciles de crisis es una sacudida de fortaleza y de
esperanza.
2. Pasemos ahora directamente al
Evangelio, el célebre pasaje del fariseo y del publicano. Por justicia a nuestros hermanos y para
entender correctamente el significado de la parábola, hemos de tomar a san
Lucas como el primer intérprete y observar cuidadosamente la introducción de
pone. Indica el texto sagrado: Dijo… esta
parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y
despreciaban a los demás.
Es muy fácil que un hermano judío
que entrara en una iglesia y escuchara esta parábola o la explicación que
espontáneamente se nos ocurre, se encontrara molesto; y acaso nos dijera que un
auténtico rabino le daría la razón a Jesús. El único culto que Dios acepta es
el culto espiritual y humilde. Es lo que han predicado los profetas desde
siempre.
3. En el primer capítulo de
Isaías tenemos un oráculo de Dios que suena horrendo:
11 «¿Qué me importa la
abundancia de vuestros sacrificios? | —dice el Señor—. | Estoy harto
de holocaustos de carneros, | de grasa de cebones; | la sangre de
toros, de corderos y chivos | no me agrada.
12 Cuando venís a
visitarme, | ¿quién pide algo de vuestras manos | para que vengáis a
pisar mis atrios?
13 No me traigáis más inútiles
ofrendas, | son para mí como incienso execrable. | Novilunios,
sábados y reuniones sagradas: | no soporto iniquidad y solemne asamblea.
14 Vuestros novilunios y
solemnidades | los detesto; | se me han vuelto una carga | que
no soporto más.
Ha sido siempre implacable la crítica
que han hecho los profetas contra el culto, cuando el culto es muy vistoso,
pero resulta ser in sincero e incoherente.
A Dios no se le puede engañar con
misas solemnes de compromiso, de apariencia, con un coro cantor encargado que
da una solemnidad externa. El profeta sigue diciendo:
15 Cuando extendéis las
manos | me cubro los ojos; | aunque multipliquéis las
plegarias, | no os escucharé. | Vuestras manos están llenas de
sangre.
16 Lavaos, purificaos, apartad
de mi vista | vuestras malas acciones. | Dejad de hacer el mal,
17 aprended a hacer el
bien. | Buscad la justicia, | socorred al oprimido, | proteged
el derecho del huérfano, | defended a la viuda.
4. Pero en esta parábola encontramos aspectos más sutiles. Sucede que el
fariseo que, en forma de caricatura, retrata Jesús es un fariseo cumplidor y
verdadero en todo lo que dice. Las dos verdades que dice son estas:
- que él es una persona excelente cumplidor en todo lo que manda la ley, e
incluso añadiendo cosas de supererogación, que son para la conversión de los
pecadores (se supone),
- y segundo es verdad que los demás son ladrones,
injustos, adúlteros.
Y por todo esto, dice, que él da
gracias a Dios. Sublime oración.
5. Pero hay dos cosas que no
advierte: que esta santidad oculta una soberbia refinada que a Dios – y a
también a nosotros – nos resulta repugnante.
Y es un patinazo el señalar con el
dedo al publicano: ni tampoco como ese
publicano. No tenemos por qué imaginar que aquel publicano era un
desgraciado pobre y mal vestido. Podemos imaginarnos a lo que llamaríamos hoy
un profesionista. Un hombre que se presenta ante Dios y dice:
- Dios mío, soy un desastre; no
tengo nada de qué gloriarme, perdónamente.
Este publicano era un hombre
humilde mientras que aquel santo fariseo era un repugnante soberbio. Y Jesús da
su veredicto: 14Os digo que
este bajó a su casa justificado, y aquel no.
¿Qué es lo que agrada a Dios? La
humildad, la humildad…, solo la humildad. Todo lo que se sale de la humildad
resulta repugnante. Podemos quedarnos cone esta frase de la primera lectura de
hoy: La oración del humilde atraviesa las
nubes, | y no se detiene hasta que alcanza su destino (Eclo 35,17).
Jesús. manso y humilde de
corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.
Guadalajara, 21 octubre 2016.
No hay comentarios:
Publicar un comentario