sábado, 1 de octubre de 2022

1811. Dom. XXVII, C – Jesús nos abre al mundo de la Fe

Jesús nos abre al mundo de la Fe

Lc 16,19-31 


 

Texto evangélico:

5 Los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». 6 El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.

7¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? 8 ¿No le diréis más bien:

“Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? 9 ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? 10 Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

 

Queridos hermanos:

 

1. Vamos a entrar directamente en el comentario de este Evangelio, pidiendo con humildad al Señor nos dé esa sabiduría interior que necesitamos para comprenderle.

Jesús comienza a hablar de la Fe, porque los apóstoles le han suplicado: Señor, auméntanos la Fe. La misma súplica que hoy traemos a nuestros labios: Señor queremos conocer que es la fe, y te pedimos que nos de una fe muy grande, mejor dicho, una fe total.

¿Qué es la Fe? En el catecismo que yo aprendí de niño decíamos: Fe es creer lo que no vimos.

Creer es un salto a lo desconocido, adentrarse en un mundo que es real, pero que está más allá de los sentidos, un mundo que existe, pero que no se puede probar por los argumentos de nuestra razón. El Credo es la Carta solemne de nuestra Fe. El Credo se proclama en el bautismo, y lo confesamos igualmente en la Misa Dominical y en las solemnidades de la Iglesia.

He oído cantar el Credo al enterrar a un hermano, a un cristiano que ha tratado de vivir de acuerdo a esa fe. Es realmente estremecedor oí ese grito a pleno pulmón al depositar los despojos de un cristiano, de una cristiana en ese cubículo del cementerio, donde va a comenzar ese proceso irreversible de corrupción y de putrefacción: ¡Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Amén!

 

2. Creer, hermanos, es pasar de este mundo visible al invisible, para organizar la vida desde esas verdades últimas y definitivas. Creer es tener un concepto nuevo del ser humano, de su dignidad y, por tanto, de su destino. Creer es aceptar una Filosofía de la vida, de la existencia, que es más que Filosofía. En definitiva, hermano, creer es entrar en el mundo de Dios, y aceptarlo como mundo nuestro. Creer es aceptar a Dios como nuestro Creador y como el Rector de nuestra vida. Más aún, y nunca nos cansaremos de decirlo: Creer es aceptar la vida de Dios como vida mía, como vida de toda la familia humana, y ajustar, en consecuencias, nuestra conducta a la vida de Dios.

Dicho de otra manera, para concluir siempre lo mismo: Creer es aceptar el Evangelio de Cristo como mi libro de cabecera, como mi carta de identidad, y tomar todas las palabras de Jesús, sin quitar una, como `pauta de mi vida.

Por eso, pasando del mundo racional, al mundo vital, a ese tejido de experiencias diarias, que agarra todas nuestras energías, creer es haberse encontrado con el Dios vivió y verdadero y hacer aceptado su amor como dinámica de mi vida.

De san Francisco de Asís, o si queréis, de mi Seráfico Padre san Francisco de Asís, cuya fiesta se celebrar el 4 de octubre, personaje de la historia universal aceptado por creyentes y no creyentes, dijeron los primeros biógrafos que parecía un hombre del mundo venidero (alterius saeculi), un hombre de un mundo nuevo, en donde no reina más que la verdad y el amor, y nadie sabe lo que es venganza, mentira, corrupción, desamor…

Así pues, el mundo de la Fe nos quiere trasladar a esa esfera divina, que Jesús predica cuando dice: Ha irrumpido ya el Reino de Dios.

 

3. En suma, la Fe es el Mundo de las maravillas, que se inicia ya ahora mismo, aquí y conmigo. Señor, auméntanos la Fe.

Permitid, hermanos, un recuerdo que viene a tono con las palabras de Jesús que vamos a explicar, En mis lejanos años de estudio en Jerusalén, en una de aquellas excursiones que hacíamos para conocer, Biblia en manos, los lugares del Antiguo y Nuevo Testamento, el profesor nos dijo: Mirad, esto es un arbusto de mostaza. Cogí una vaina de aquel producto para llevármelo a mi mesa de estudio y pensar. Un granito de mostaza se pierde en la arruga de la mano. Jesús tomada estos seres de la vida para hablarnos de las cosas de Dios:

Auméntanos la fe». 6 El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.

Un granito de semilla de mostaza, que no es el huevo de una gallina que  no es un garbanzo, ni una alubia, ni un guisante, ni un grano de lenteja. Si tuvierais ese miligramo de fe, de fe auténtica, diríais a este árbol grande: arráncate de ahí y vete al mar muerto, os obedecería. En otro Evangelio las palabras de Jesús tienen otro punto de comparación, y van dirigidas  este monte, que es el Monte d que de los Olivos. Tú, Monte de los Olivos, arráncate, da un salto cósmico y húndete en el Mar Muerto, si lo decís con fe, os obedecería.

Hermanos, esto nunca ha pasado, ni nunca va a pasar. Jesús empela el lenguaje de la exageración, de lo imposible y absurdo, como le vemos en otras ocasiones, para explicarnos lo que sí está pasando. Porque sucede que yo llevo dentro una espina no que la puedo arrancar, porque es más grande que un árbol de morera, y más arraigada que sus raíces; o porque yo tengo una dificultad imposible de vencer, más grande y más pesada que todo el Monte de los Olivos.

Arráncate, fuera de mí, y vete al mar. No soy capaz de hacer este milagro, y la dificultad y el sufrimiento sigue año tras año.

 

3. Jesús nos está hablando de la fe y emplea un lenguaje familiar. Creer en Dios significa entrar en una relación de total intimidad, total transparencia y total entrega. No es una relación comercial, ni de cortesía, que son formas de relación que tenemos los hombres.

Si yo he dado el paso a la Fe, mi confianza es plena. Y esto se expresa, entre otros modos, en el aspecto de la oración de petición:

Un hijo puede decir a su padre de esta tierra: Padre, quiero tener un coche. Y el padre, con el mismo amor – o mayor – y con la misma confianza, le puede decir: Hijo, no tenemos dinero y además ahora no te conviene, Lo tendrás en su día. Es un ejemplo.

Nuestra relación con Dios, que es Padre, debe romper todos los muros de la desconfianza. Es una relación plena. Padre, siento necesidad de esto, y quiero que lo sepas; te lo digo por la confianza que me inspiras. Y entonces Dios te da o lo que pides o algo mejor, que no lo habías pedido.

San Francisco pensaba que no hay gracia mayor que nos puede dar Dios que compartir en los padecimientos de su Hijo. A él le concedió el Padre del cielo las cinco llagas de su Hijo: un regalo mayor no le pudo hacer.

Hermanos, hemos hablado lo suficiente, y no vamos a pasar a la otra palabra del Evangelio, que nos da tanta paz. Nos dice Jesús: : Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, no hemos hecho mas que teníamos que hacer.

 

Concluimos orando:

Señor Jesús, auméntanos la fe, porque queremos vivir en la confianza total contigo, en la transparencia total, en la entrega plena, en el amor. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, 29 septiembre 2022.

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