sábado, 8 de octubre de 2022

1815. Dom. XXVIII, C – Jesús y el leproso curado agradecido

                                            Jesús y el leproso curado agradecido

Lc 17,11-19 


Texto evangélico:

11 Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12 Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos 13 y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». 14 Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. 15 Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16 y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. 17 Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19 Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

 

Queridos hermanos:

 

1. Vamos camino de Jerusalén. Hace ya una porción de Domingos (desde el domingo XIII y estamos en el domingo XXVIII), los Evangelios que vamos leyendo pertenecen a este camino hacia Jerusalén. La vida es un camino, una peregrinación a un lugar de destinos, y en esta peregrinación ocurren cosas muy diferentes.

Este episodio de la vida de Jesús, nos lleva  a una pregunta esencial de vida. Yo ¿sé dar gracias a Dios de todo corazón? Yo sé pedir, y le pido a Dios muchas cosas.

Aquellos diez leprosos del Evangelio supieron pedir; solo uno supo dar gracias. Tuvieron una fe tan grande como para pedir un milagro, un gran milagro, la curación de la lepra… Pero no tuvieron un corazón tan sencillo como para hacer una cosa simple: Dar gracias. ¿Será verdad que es más fácil pedir que dar gracias? Pues… a tenor de la parábola parece que es más fácil dar ese arrancón doloroso de pedir, que volver para decir sencillamente: Gracias; gracias, sí, con todo el corazón.

 

2. Una prueba de estos que comenzamos a analizar podemos verla en la práctica que se usa en las intenciones de las misas. Vengo a ofrecer una misa porque mañana le operan a mi padre, a mi madre…, para que salga bien de la operación. Quisiera que en las intenciones de hoy incluyeran a este enfermo, a esta enferma… Todo esto es correcto y lo alabamos, entendiendo – claro está – que las intenciones de Dios no pueden estar medidas por nuestros cálculos y ofrendas, y sabiendo además que Cristo murió en el Calvario por todos los hombres y que nosotros no podemos comercializar los frutos de su Pasión, como si la Misa fue un banco de beneficios de acuerdo a los estipendios.

Pero en contra de lo que vengo diciendo, me viene al pensamiento, una escena presenciada hace muchos años: Vengo a dar gracias a Dios, porque acabo de ser madre de una niña subnormal. Aquella madre recibió a su hijita como una bendición de Dios y venía, muy convencida, a dar gracias a Dios, por ese regalo. Dios tenía un designio aquella familia y quería comprenderlo. Dios desataba un amor nuevo en aquellos padres, para que la criatura que venía al mundo fuera acogida con inmenso amor y creciera en esa felicidad que le iban a dar sus padres, como necesitada de un especial cariño. ¿Se puede dar gracias a Dios, por un niño, por una niña que nace, sin culpa de nadie, con el síndrome de Down? Desde la fe se puede dar gracias a Dios, y esto es como un milagro en el corazón.

La pregunta, pues, que lanza el Evangelio de este este domingo es esta: ¿He comprendido yo lo que es la oración de alabanza y acción de gracias, que debe envolver toda mi vida, porque he llegado a ver que Dios es una presencia continua y que su presencia es una maravilla?

 

3. Volvamos a los leprosos. Era un grupo de hombres que vivían fuera de poblado. Eran impuros para compartir el culto de Israel, y las leyes sagradas del Levítico así lo prescribían, hablando de los tiempos de Moisés. El sacerdote examinará el caso y lo declarará impuro. “El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. 45 El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!”. 46 Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,44-46).

Estas leyes estaban vigentes en tiempo de Jesús. Aquellos leprosos clamaron desde su miseria. Tuvieron una fe firme; creyeron sin ver y se pusieron de camino, Id a presentaros a los sacerdotes», les dijo Jesús; y, aunque no se veían curados, se decidieron y fueron a cumplir la orden de Jesús.  Tuvieron fe operativa; fueron confiados en la palabra de Jesús. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Tuvieron fe operativa para ir, pero no tuvieron fe agradecida para volver.

4. Hermanos, el Catecismo de la Iglesia Católica nos muestra cómo hay múltiples formas de orar: hay oración de petición; hay oración de intercesión, que es una forma de pedir por las personas. Pero hay, ante todo, una Oración de Bendición y Adoración; y hay, además, Oración de Acción de Gracias, y Oración de Alabanza.

Escuchemos lo que nos dice el Catecismo sobre esta Oración de Alabanza. “La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su término: “un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Co 8, 6)” (n. 2639).

Como cristianos, como creyentes en Jesús, debemos vivir en la alabanza. Pase lo que pase, Dios es Dios, Dios es Padre, Dios nos ama, Dios me ama, y yo siempre y en todas partes puedo alabarle, y disfrutar de esta inmesa felicidad.

Con la alabanza va la acción de gracias. El Catecismo nos recuerda lo que nos dice san Pablo sobre la acción de gracias: “En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Ts 5, 18). “Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4, 2)” (N. 2638).

5. Pensemos en las últimas palabras del Evangelio de hoy, en esa queja del Corazón de Jesús: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19 Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

De diez solo uno, y precisamente este, samaritano.

 

Concluimos: Señor Jesús, de todo corazón te doy gracias, por todas las veces que debía haberlo hecho y no lo hice, y te pido este don sublime: Que pase lo que pase en mi vida, viva siempre en alabanza y acción de gracias. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, sábado 8 de octubre de 2022.

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