sábado, 7 de febrero de 2026

2084 (1028) Dom V ord. – Jesús y sus discípulos: luz del mundo

 

2084 (1028) Dom V ord. – Jesús y sus discípulos: luz del mundo, sal de la tierra

 

Jesús y sus discípulos: luz del mundo, sal de la tierra

Mt 5,13-16

 

13Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 14Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. 15Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. 16Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos. 

 

Hermanos:

1. El domingo pasado anunciábamos con gozo las Bienaventuranzas que proclama Jesús. Se abría el Sermón de la montaña, que hoy prosigue con la consigna y misión que nos da Jesús. A nosotros, discípulos suyos, nos constituye

- como sal de la tierra,

- como luz del mundo.

Palabras absolutamente sorpresivas, y que de repente uno puede decir: No acabo de entender qué está anunciando el Maestro.

No es literatura, ánimos que lanza al aire un líder exaltado que quiere enardecer a su tropa.  En efecto, necesitamos que venga a nuestros corazones el Espíritu de Dios, que es el Espíritu de Jesús, para que lleguemos a comprender cuál es la vocación y la responsabilidad que se nos entrega.

 

2. En el Evangelio de san Juan escuchamos: Yo soy la luz del mundo; quien me sigue no anda en tinieblas. Esto, sí, lo entendemos, porque aceptamos que Jesús es el Hijo de Dios. Grandes personajes han pasado por la tierra a lo largo de los siglos, y con su extraordinaria inteligencia nos han abierto los caminos de la sabiduría.  Les admiramos y agradecemos como grandes bienhechores de la humanidad. Algunos de ellos, incluso, han querido iniciar una religión con sus enseñanzas. Alto ahí, porque solo Dios, y nadie más puede decirnos cómo quiere que le honremos. No hay ningún ser humano, ningún profeta, que pueda decir: Yo soy la Luz del Mundo. Pero Jesús lo ha dicho, y nos ha dicho la verdad. Nosotros lo aceptamos, porque confesamos que él es Dios verdadero de Dios verdadero.

 

Esta palabra de Jesús, “Yo soy la luz del mundo”, nos recuerda lo que pasó cuando el nacimiento de Jesús y a los cuarenta días lo llevaron al Templo, y el anciano Simeón les salió al encuentro, cómo le tomó en sus brazos e impulsado por el Espíritu, bendijo a Dios y exclamo:

mis ojos han visto a tu Salvador,

a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones

y gloria de tu pueblo Israel.

Y termina el texto evangélico: Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño (Lc  2,30-33).

 

Pero es que ahora, en el Sermón de la montaña, lo que solo puede decirse de Jesús, se dice de sus discípulos, de aquellos que Jesús tiene delante: Vosotros sois la luz del mundo; vosotros sois la sal de la tierra, la sal que preserva de la corrupción, la sal que, al deshacerse, da sabor a los alimentos.

 

Vosotros, vosotros, dice Jesús. Y es que, además, dentro de es “vosotros” estoy yo. Y Jesús lo dice por ellos y por los que los que van a seguir, que somos nosotros. Vosotros sopis la luz del mundo; yo, discípulo, soy la luz del mundo.

Este es el significado de la palabra de Jesús, si queremos ser serios, rigurosos con el santo Evangelio. ¿Qué puede significar esta sentencia, la misión que lleva dentro?

3. Jesús hablaba así, pero nos nos dijo que teníamos que dedicarnos al estudio, al aprendizaje de libros antiguos llenos de sabiduría.

Hemos escuchado en las lecturas anteriores frases muy hermosas, que nos pueden orientar:

Entonces surgirá tu luz como la aurora… Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía».

Y el salmo responsorial oraba así:

En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos.

– Porque jamás vacilará. El recuerdo del justo será perpetuo

 

4. Con estos criterios se van clarificando las cosas:

- que tenemos que ser luz del mundo, no con nuestros conocimientos y raras doctrinas, sino con nuestra vida;

- y que, efectivamente seremos eso, luz del mundo, si unimos nuestra vida a la vida de Jesús.

San Pablo nos lo ha explicado muy claro:

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.

Resulta, pues, que Jesucristo, puesto en la Cruz, ese es la luz del mundo.

Estamos invitados a subir a esa montaña: No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.

Nuestra vida debe resplandecer a la vista de todos, como una ciudad, una aldea que está construida en la cima del monte.

¡Qué palabras nos está diciendo el Señor! Nuestra vida cristiana, nuestra vida de discípulos debe ser clara y transparente, luminosa ante la vista de todos.

Aprendamos de memoria esta frase final del Evangelio: Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

Queremos brillar, queremos iluminar, pero no para que nos miren y nos glorifiquen a nosotros. No dice eso Jesús. Que brillemos, sí, con nuestras buenas obras, y que, al ver neustras buenas obras, es decir, nuestra luz, den gloria no a nosotros, sino al Padre que está en los cielos.

Aquí está nuestra vocación. Y bien podemos decir: Yo quiero ser santo, yo quiero ser luminoso, yo quiero ser la belleza de la Iglesia, no para que me alaben a mí, sino para que, cuando me vean a mí, den gloria a Dios, diciendo: Qué grande y hermoso es ese Dios en el que cree esa persona.  Qué bella esa esa vida en la que cree esta persona. Esta es nuestra vocación, hermanos. La vida es bella, si está llena de Dios.

El Evangelio es lo más hermoso que ha acontecido en el mundo, y bien merece que entreguemos al Evangelio todo nuestro corazón. Nunca nos arrepentiremos de ello.

Señor Jesús, tú eres la luz del mundo. Nos has enseñado una doctrina que nos convence. Contigo yo quiero ser también luz para mis hermanos los hombres, para que todos sepan que tenemos un Padre en los cielos, que merece todo honor y toda gloria. Amén.

Pamplona, viernes, 6 febrero 2026.

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