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(1027) Dom IV ord. – Jesús proclama las Bienaventuranzas del Reino
Jesús
proclama las Bienaventuranzas del Reino
Mt
5,1-12a
Texto:
1Al ver Jesús el gentío, subió al monte,
se sentó y se acercaron sus discípulos; 2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: 3«Bienaventurados
los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los mansos, porque ellos
heredarán la tierra. 5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados. 6Bienaventurados los que tienen hambre y
sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia. 8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a
Dios. 9Bienaventurados los que trabajan por la
paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa
de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11Bienaventurados vosotros cuando os
insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra
recompensa será grande en el cielo,17Desde
entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos,
porque está cerca el reino de los cielos».
Hermanos:
1. Todos los domingos vamos escuchando las
palabras de Jesús, que nos han transmitidos los santos Evangelios. Es un
privilegio, es un regalo. Hemos de pensar que todas tienen la misma categoría
divina, que todas son revelación de algo que solo Él, como Hijo de Dios, nos
puede transmitir y nos transmite.
Siendo esto verdad, ocurre al mismo tiempo que hay
sentencias de Jesús que producen en nosotros un impacto del todo especial, sin
tener en menos las otras palabras. Y un texto singularísimo de los Evangelios
es esta página de las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar. ¿Por qué nos
impresionan de un modo tan especial? Por dos cosas.
Primero, porque nos presentan un tipo de vida que
es justamente lo contrario de lo que el mundo apetece y vive.
Y segundo, porque nos abren la mente y el corazón
a un mundo, que él ha inaugurado, que él está viviendo el primero, y que se nos
antoja que tiene que ser un mundo maravilloso, por ser el mundo de Dios.
Tenemos que examinarlas con todo cuidado, porque
si entramos en ese mundo que en ellas se contiene, ha comenzado en la tierra
nuestra bienaventuranza, nuestra felicidad.
2. Lo primero que advertimos es que las
bienaventuranzas no son una serie de virtudes que aconsejan los sabios para
acertar en el camino de la vida. Las Bienaventuranzas son exclamaciones, son
felicitaciones que se lanzan a personas afortunadas. Como cuando a una persona le cae la lotería:
¡Qué suerte la tuya! Me alegro, te felicito.
Jesús ha subido a la montaña, y ve el panorama de
lo que Dios está haciendo. Dios, su Padre, está haciendo maravillas, y
precisamente con aquellas gentes que tiene delante. Y prorrumpe en
exclamaciones: Bienaventurados los pobres en el espíritu.
¿Quiénes son los pobres? Los que no tienen nada.
No, esos no son los pobres: los que Dios ha hecho pobres por dentro, pobres de
espíritu, pobres de corazón. Porque uno puede no tener nada y morirse de
envidia y de rabia. Ese no es bienaventurado, no es feliz.
En cambio, un cristiano pobre como san Francisco
puede ser feliz. Y Jesús habla no al aire, sino a quienes tiene delante. Por
eso san Lucas pone las palabras de Jesús de esta manera: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Jesús está hablando a esos que tiene delante.
3. Con esta lección san Pablo dirá años más tarde
a los fieles de la comunidad de Corinto, como lo hemos oído en la segunda
lectura:
“… fijaos en
vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni
muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha
escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido
Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo,
lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que
nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (Cor 1,26-29).
Las Bienaventuranzas de Jesús están proclamadas en
contra de las Bienaveturanzas del mundo, que no están escritas en Tablas de
Oro, pero son las bienaventuranzas de lo que se vive y quiere vivirse:
Bienaventurados los ricos, porque el dinero abre
todas las puertas.
Bienaventurados los corruptos, porque ellos
alcanzarán los mejores puestos.
Bienaventurados los que se dedican al placer de
los sentidos, porque ellos saben disfrutar de la vida.
Bienaventurados los mentirosos y los que triunfan
con apariencias y con doble vida, porque ellos recibirán los honores.
Esos aplausos, esa aparente felicidad, pasa como
un racha de viento, y no llega a lo íntimo del corazón.
4. Volvamos, pues, al texto de san Mateo. Ocho
bienaventuranzas. Son ocho ejemplos, ocho situaciones, que marcan, cada uno de
ellas, un estilo de vida nuevo y distinto. Cada una de ellas puede representar
una totalidad de vida. Jesús pronunció otrs bienaventuranzas, como cuando
aquella buena mujer le lanzó un piropo: Dichosa la mujer que te llevó en tus
entrañas y cuyos pechos te dieron de mamar. Fue un piropo precioso que, sin
duda le gustó mucho a Jesús, y entonces él le respondió con otro mejor: ¡Dichoso,
más bien, Bienaventurados, mejor, ¡los que escucha la Palabra de Dios y la
ponen por obra! Quien se lo puede aplicar, que se lo aplique, y la primera, sin
duda, es su madre. La Madre de Jesús fue la más bienaventurada, porque en todo
momento estuvo cumpliendo la voluntad de Dios: Aquí está la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra.
5. Viene de repente a la memoria aquella
Bienaventuranza que pronunció san Francisco y la pusieron en sus escritos: Bienaventurado aquel religioso que no
encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y
con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de
aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas
conduce a los hombres a la risa! (Adm. XX).
San Francisco meditó mucho las Bienaventuranzas de
Jesús; las comentó, y añadió otras según el mismo estilo. Por ejemplo: Bienaventurado el siervo que no se tiene por
mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido
por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios,
tanto es y no más (Adm. XIX).
6. Las ocho bienaventuranzas, cada una de ellas,
como digo, apuntan a un estilo de vida, y con ellas debemos trazar nuestro
retrato espiritual. Vamos a tomar una: Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
¿Quiénes son los limpios de corazón? Los que
guardan la virtud de la castidad. No, hermanos; es la castidad y mucho más. Los
limpios de corazón son los que tienen el corazón en armonía, los que no llevan
una doble vida, los sencillos y humildes que saben que lo esencial es invisible
a los ojos, los que ven la vida no con criterios de utilidad, sino desde la
bondad, la belleza, el altruismo, el amor a los demás. Esos son los limpios de corazón.
Esos son los que verdaderamente ven a Dios, los que viven en amistad con Dios.
Una bienaventuranza que es hermana gemela de
aquella otra: “Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.
Hermanos, ¡qué bellas son las bienaventuranzas! En
nuestras casas, o en la paz y el silencio de la iglesia, podemos tomar las ocho
bienaventuranzas y repasarlas una a una, y veremos como instintivamente
cambiará nuestra vida, porque a eso estamos llamados, porque Dios nos quiere
dar esa vida, porque ahí, y solo ahí, está la verdadera felicidad.
Terminemos orando:
Señor
Jesús, yo quiero ser verdadero discípulos tuyo, yo quiero escuchar las
bienaventuranzas de tus propios labios, yo quiero que me las digas a mí, como
un día las dijiste en el Sermón de la montaña. Amén.
Pamplona, sábado 31 enero 2026.
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