sábado, 31 de enero de 2026

2083 (1027) Dom IV ord. – Jesús proclama las Bienaventuranzas del Reino

 

2083 (1027) Dom IV ord. – Jesús proclama las Bienaventuranzas del Reino

 

Jesús proclama las Bienaventuranzas del Reino

Mt 5,1-12a

 

Texto:

1Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: 3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo,17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».

Hermanos:

1. Todos los domingos vamos escuchando las palabras de Jesús, que nos han transmitidos los santos Evangelios. Es un privilegio, es un regalo. Hemos de pensar que todas tienen la misma categoría divina, que todas son revelación de algo que solo Él, como Hijo de Dios, nos puede transmitir y nos transmite.

Siendo esto verdad, ocurre al mismo tiempo que hay sentencias de Jesús que producen en nosotros un impacto del todo especial, sin tener en menos las otras palabras. Y un texto singularísimo de los Evangelios es esta página de las Bienaventuranzas que acabamos de escuchar. ¿Por qué nos impresionan de un modo tan especial? Por dos cosas.

Primero, porque nos presentan un tipo de vida que es justamente lo contrario de lo que el mundo apetece y vive.

Y segundo, porque nos abren la mente y el corazón a un mundo, que él ha inaugurado, que él está viviendo el primero, y que se nos antoja que tiene que ser un mundo maravilloso, por ser el mundo de Dios.

Tenemos que examinarlas con todo cuidado, porque si entramos en ese mundo que en ellas se contiene, ha comenzado en la tierra nuestra bienaventuranza, nuestra felicidad.

 

2. Lo primero que advertimos es que las bienaventuranzas no son una serie de virtudes que aconsejan los sabios para acertar en el camino de la vida. Las Bienaventuranzas son exclamaciones, son felicitaciones que se lanzan a personas afortunadas.  Como cuando a una persona le cae la lotería: ¡Qué suerte la tuya! Me alegro, te felicito.

Jesús ha subido a la montaña, y ve el panorama de lo que Dios está haciendo. Dios, su Padre, está haciendo maravillas, y precisamente con aquellas gentes que tiene delante. Y prorrumpe en exclamaciones: Bienaventurados los pobres en el espíritu.

¿Quiénes son los pobres? Los que no tienen nada. No, esos no son los pobres: los que Dios ha hecho pobres por dentro, pobres de espíritu, pobres de corazón. Porque uno puede no tener nada y morirse de envidia y de rabia. Ese no es bienaventurado, no es feliz.

En cambio, un cristiano pobre como san Francisco puede ser feliz. Y Jesús habla no al aire, sino a quienes tiene delante. Por eso san Lucas pone las palabras de Jesús de esta manera: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Jesús está hablando a esos que tiene delante.

 

3. Con esta lección san Pablo dirá años más tarde a los fieles de la comunidad de Corinto, como lo hemos oído en la segunda lectura:

… fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (Cor 1,26-29).

Las Bienaventuranzas de Jesús están proclamadas en contra de las Bienaveturanzas del mundo, que no están escritas en Tablas de Oro, pero son las bienaventuranzas de lo que se vive y quiere vivirse:

Bienaventurados los ricos, porque el dinero abre todas las puertas.

Bienaventurados los corruptos, porque ellos alcanzarán los mejores puestos.

Bienaventurados los que se dedican al placer de los sentidos, porque ellos saben disfrutar de la vida.

Bienaventurados los mentirosos y los que triunfan con apariencias y con doble vida, porque ellos recibirán los honores.

Esos aplausos, esa aparente felicidad, pasa como un racha de viento, y no llega a lo íntimo del corazón.

 

4. Volvamos, pues, al texto de san Mateo. Ocho bienaventuranzas. Son ocho ejemplos, ocho situaciones, que marcan, cada uno de ellas, un estilo de vida nuevo y distinto. Cada una de ellas puede representar una totalidad de vida. Jesús pronunció otrs bienaventuranzas, como cuando aquella buena mujer le lanzó un piropo: Dichosa la mujer que te llevó en tus entrañas y cuyos pechos te dieron de mamar. Fue un piropo precioso que, sin duda le gustó mucho a Jesús, y entonces él le respondió con otro mejor: ¡Dichoso, más bien, Bienaventurados, mejor, ¡los que escucha la Palabra de Dios y la ponen por obra! Quien se lo puede aplicar, que se lo aplique, y la primera, sin duda, es su madre. La Madre de Jesús fue la más bienaventurada, porque en todo momento estuvo cumpliendo la voluntad de Dios: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

 

5. Viene de repente a la memoria aquella Bienaventuranza que pronunció san Francisco y la pusieron en sus escritos: Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa! (Adm. XX).

San Francisco meditó mucho las Bienaventuranzas de Jesús; las comentó, y añadió otras según el mismo estilo. Por ejemplo: Bienaventurado el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más (Adm. XIX).

 

6. Las ocho bienaventuranzas, cada una de ellas, como digo, apuntan a un estilo de vida, y con ellas debemos trazar nuestro retrato espiritual. Vamos a tomar una: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

¿Quiénes son los limpios de corazón? Los que guardan la virtud de la castidad. No, hermanos; es la castidad y mucho más. Los limpios de corazón son los que tienen el corazón en armonía, los que no llevan una doble vida, los sencillos y humildes que saben que lo esencial es invisible a los ojos, los que ven la vida no con criterios de utilidad, sino desde la bondad, la belleza, el altruismo, el amor a los demás. Esos son los limpios de corazón. Esos son los que verdaderamente ven a Dios, los que viven en amistad con Dios.

Una bienaventuranza que es hermana gemela de aquella otra: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.

Hermanos, ¡qué bellas son las bienaventuranzas! En nuestras casas, o en la paz y el silencio de la iglesia, podemos tomar las ocho bienaventuranzas y repasarlas una a una, y veremos como instintivamente cambiará nuestra vida, porque a eso estamos llamados, porque Dios nos quiere dar esa vida, porque ahí, y solo ahí, está la verdadera felicidad.

 

Terminemos orando:

Señor Jesús, yo quiero ser verdadero discípulos tuyo, yo quiero escuchar las bienaventuranzas de tus propios labios, yo quiero que me las digas a mí, como un día las dijiste en el Sermón de la montaña. Amén.

 

Pamplona, sábado 31 enero 2026.

 

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