martes, 5 de febrero de 2013

352. Jesús en Nazaret: Soliloquio para un coloquio

También tu pueblo te amó
Soliloquio para un coloquio

Sobre la homilía de Jesús en Nazaret
Domingo III y IV del tiempo ordinario,
Ciclo C: Lc 4,14-30

1.  Fue muy dura la homilía de ayer. Jesús rechazado en su pueblo, sacado afuera, amenazado con tirarlo barranco abajo, liquidarlo. En una palabra, Jesús sobraba en su pueblo. Y, al poner san Lucas esta escena al principio, casi nos está diciendo que sobraba desde el principio. Los exegetas dirán que esta es una escena compuesta con datos iniciales y con datos que corresponden al posterior devenir de la historia de Jesús. Marcos, ya avanzado el Evangelio, nos dirá que Jesús visitó Nazaret y fue recibido con incredulidad (Mc 6,1-6), pero con un portillo abierto a al esperanza: “No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe” (vv. 5-6).
Al tiempo de ir desgranando mis pensamientos, al filo de lo que estimo que es una interpretación del Evangelio, que tantas veces podemos edulcorar con unas frases tópicas, mi corazón se iba estremeciendo. Y yo mismo, que tenía mis papeles que escribí para la homilía de mercabá.org doblados en mi mano y no los abrí, quedé afectado de lo que iba diciendo, y durante toda la misa se cernía en mi alma esa impresión: Jesús en soledad, Jesús en el desencuentro con su pueblo – el pueblo del Dios de Abraham, del Dios de Isaac, del Dios de Jacob – lo que Jesús más quería; Jesús fracaso en el amor, que es la suprema vocación del peregrino humano. Eran demasiadas cosas las que hendía mi alma, de alguna manera partícipe de la soledad humana de Jesús.
Se me ocurrió redactar otra vez la homilía, mejor dicho, escribir una nueva homilía o un soliloquio, nacido del corazón, para decir en voz alta, tanto cuanto pueda decir, de esa trágica soledad de amor que cubrió la vida de Jesús.

2. ¿Cómo poder leer la vida de Jesús, zambullidos en los cuatro Evangelios, que es lo que definitivamente tenemos, sin traicionar al texto, y sin que la fantasía supla lo que la letra dice o calla? En suma, y en el caso que ocupa este comentario, este soliloquio de pensamientos que van y vienen, ¿cuál fue exactamente el fracaso de Jesús con su pueblo, o, a la inversa, el fracaso de un pueblo con Jesús, a quien vieron como un exaltado iluso y un  pseudo-mesías? Hombre bueno, sin duda, incluso hasta maestro de la humanidad, pero fuera de la órbita de las Santas Escrituras.
La Sinagoga no aceptó a Jesús; la Sinagoga no acepta la Iglesia, no puede aceptarla.
Quisiera tener un amigo judío (al fin y al cabo él y yo vamos rumbo del mismo camino, del Absoluto) para que este soliloquio tuviera la acogida de la amistad; o… quisiera tener una amiga judía en cuya alma resplandeciera lo más bonito del Antiguo Testamento para hablarle del sermón de Jesús en Nazaret, y decirle y preguntarle:
- ¿Por qué tu pueblo, hermana mía, que también es el mío – estoy explicando a mis alumnos el Pentateuco y el título del curso es “Pentateuco, cimiento de nuestra fe” – por qué tu pueblo no ha aceptado, ni acepta, a Jesús? ¿Por qué Jesús – mi amado Jesús – sufrió una soledad mortal toda su vida, y, al final de su vida, fue expulsado de las murallas, y murió mirando a su Tierra Prometida sin pasar a ella? O ¿fue tan duro Jesús en sus invectivas contras las autoridades que él mismo provocó la ruptura fatal, de la que no nos hemos recuperado?

3. Y otras muchas preguntas tendría que hacerle en una terraza de Jerusalén en una noche templada de Pascua.
- Sois un pueblo admirable, le diría; sois “el hermano mayor”, “mi hermano mayor”, aunque quizás no os guste. No me tengas por un “goy”, uno de los “goyyim”, de los “gentiles” de la tierra, porque yo creo en la Alianza de Abraham… y hasta me gustaría explicártela, como Shaul de Tarso la explicó a los Gálatas y luego a los Romanos. Sois un pueblo admirable, que ha resistido todos los embates de la historia. Egipto, lleno de sabios, cayó. Grecia, techo de la humanidad, cayó. Roma lo mismo. Los egipcios de hoy no sé si genéticamente tendrán algo que ver con los que hicieron las pirámides hace varios milenios. Pero vosotros, mis hermanos hebreos, sois la mismísima raza que discutió con el Rabbi Jehoschua de Nazaret. Os habéis mantenido compactos, generación tras generación, gracias a la Torá, a los Nebiim y Ketubim, y gracias a la Mischná y al Talmud, y a la Halakáh con que conformáis vuestras costumbres. Los Hebreos de hoy – judías y judíos – sois los interlocutores de ayer. El Shabbath, la Sinagoga, la Familia han sido vuestras fuerzas de cohesión y de persistencia en la Historia.
¿Por qué, pues, habéis rechazado al Mesías? Acaso no sepas que Saulo, definitivamente Pablo de Jesús, nos dijo: Nosotros somos el Israel de Dios. No lo recibas como un insulto. Pablo lo decía como una revelación.

4. Y si ahora pregunto ¿Por qué habéis rechazado al Mesías? no lo interpretes como una acusación, porque bien sabe el Señor Dios de mis Padres, que lo pregunto con humildad. Podría decir con Ana en el santuario de Shiló: Soy una mujer sufriente que estaba derramando mi dolor ante el Señor.
Muchas veces, estudiando en Jerusalén (1984-1987), al ir por la calle, yo me pensaba: Si yo hubiera nacido hijo de una familia judía, yo habría sido judío, y, quizás, hasta judío ortodoxo, viendo a uno de ellos, volviendo del templo con su atuendo específico, con los ojos clavados, sin ninguna desviación (seguramente que adorando a Dios), sin consentir un ¡Buenos días! – Boqer tov! – que un “pagano” como yo le podría dirigir y con ello contaminarlo. Yo habría sido un judío, creyente, estudioso y rezador, pero ahora, por la misericordia de Dios – Dios clemente y misericordioso, el rajum we janun (Éxodo 34,6)– soy cristiano, discípulo de Jesús, Mesías e Hijo de Dios.
¿Por qué habéis rechazado al Mesías, hermana mía?

5. No tienes por qué saber, hermana, que un gran exegeta católico (anteriormente luterano), escribió, comentando a san Pablo: “Israel no perecerá jamás ni por la impaciencia de los pueblos ni por la suya. Israel reposa sobre la paciencia de Dios”. ¡Qué hermoso es saber esto, que Israel reposa sobre la paciencia de Dios. Es la bendición que Moisés dio a Benjamín: Él morará entre sus hombros (Dt 33,12). El ardiente judío Pablo piensa, dando un salto no sé si histórico o metahistórico: “y así todo Israel será salvo” (Rom 11,26). Y la razón que da es sublime, y tanto bien me ha hecho este versículo: “pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (v. 29).
Pablo, que se siente poseedor del sentir de Jesús, lleva al pueblo de Israel en sus entrañas como un “misterio”. “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, para que no os engañéis: el endurecimiento de una parte de Israel ha sucedido hasta que llegue a entrar la totalidad de los gentiles, y así todo Israel será salvo, como está escrito: Llegará de Sión el Libertador; alejará los crímenes de Jacob; y esta será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus pecados” (Rm 11,25-27, Is 59,20-21 e Is 27,9). Para el Apóstol no hay duda: Israel volverá el rostro a Cristo, y se levantará el velo que impide ver a Cristo, “pues hasta el día de hoy permanece aquel velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin quitarse, porque se elimina en Cristo. Y hasta hoy, cada vez que se lee a Moisés cae un velo sobre sus corazones; pero cuando se convierta al Señor, se quitará el velo” (2Cor 3,14-16).
Pero Jesús no tuvo esa dicha de ver a su pueblo vuelto al Señor, que era decir vuelto al Mesías, a él.

6. Por eso, hermana mía (vuelvo a mi soliloquio mirando a tus ojos), sobre tu pueblo, que por la Alianza de Dios es el mío – aunque mi sangre española no tenga, que yo sepa, ascendencia judía – ha caído el estigma de un tremendo desencuentro hasta llegar a la Shoah, el Holocausto, el horrendo crimen de la Historia, vergüenza de Europa y dolor de toda la familia humana. Lutero escribió en sus días turbulentos un libelo fatídico, que hoy - cierto – jamás lo habría escrito (Von den Juden und ihren Lügen, año 1543, De los Judíos y sus mentiras). Respetuosamente lo quiero citar (ya sé que mis hermanos luteranos de ninguna manera lo aceptan) para ver qué carga de pecado lleva consigo la Historia de nuestro fatal desencuentro: “Son estos judíos seres muy desesperados, malos, venenosos y diabólicos hasta la médula, y en estos mil cuatrocientos años han sido nuestra desgracia, peste y desventura, y siguen siéndolo... Son venenosas, duras, vengativas, pérfidas serpientes, asesinos e hijos del demonio, que muerden y envenenan en secreto, no pudiéndolo hacer abiertamente”. Escribir estas cosas era un gran pecado, y no me lo tome el Señor, en su misericordia, el citarlas, porque lo quiero hacer con la veracidad del amor. (Se ha hecho traducción del libelo citado, recientemente, en italiano: M. Lutero, Degli ebrei e delle loro menzogne, introducción de A. Prosperi, Turín, 2000, y la cita corresponde a la p. 200).
Llegó la hora de hacer “tablas” (así dicen los jugadores del ajedrez) en la Historia y no reprocharnos unos a otros barbaridades ciertas; de hacer tablas también en la vieja historia de la Conquista de América (escribo desde México), cuando los conquistadores también destruían altares ancestrales, sin llegar a comprender que en la frágil y quebradiza historia humana puede haber un encuentro de culturas…, y que hemos de dar gentilmente, amablemente, amorosísimamente… el Evangelio como una oferta de fe, libre y gratuita, nosotros, pecadores, que nos amparamos en la misericordia de Dios.

7. Sigo sentado en la sinagoga de Nazaret, hermana mía Hebrea muy querida, en esa sinagoga que no existe, ni en ruinas  (como tampoco existen las ruinas de la sinagoga de Cafarnaúm, donde actuó Jesús, porque las ruinas de hoy son de otra sinagoga posterior)…, sentado y solitario cavilando en mi corazón.
Jesús vio aquella ruptura entre la Sinagoga y él, la marcó…; de alguna manera la provocó, cuando no quiso paliar las dificultades con fórmulas de consenso, descontentando a unos y otros: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” (Lc 9,51). O cuando recriminó a los maestros de Israel: “Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren” (Mt 23, 14).

8. Mi soliloquio se torna ahora coloquio contigo, Jesús de mi existencia. ¿Cuál fue tu soledad?, te pregunto en el fondo del corazón, donde las respuestas no las tienen los libros, sino solo tú. Te viste acompañado cuando entraste humildemente majestuoso en Jerusalén, porque así tú lo provocaste, cuando entraste como Rey para tu pueblo, dándole un abrazo de paz con tu sangre. También aquel día quisieron los maestros sofocar tu alegría: “Maestro, reprende a tus discípulos”, y tú respondiste: “Os digo que si estos callan, gritarán las piedras” (Lc 19,19-20).
Te pregunto, pues: ¿Cuál fue tu soledad?, porque quiero una respuesta a la soledad humana, y a la mía. El ser humano ha nacido para amar y ser amado, tú el primero. Tú amaste a tu pueblo y volcaste en él todo el amor de Dios tu Padre. Quisiste que tu vida fuera un Cantar de los cantares: Yo soy para mi amado y mi amado es para mí: Aní ledodí we dodí lí (Cantar 6,3: Sí: Yo soy para mi amado y mi amado para mí. ¡Se deleita entre las rosas!). Pero moriste gimiendo. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Eloí, Eloí, lemá sabaktaní… (Mc 14,33; Mt 26, 46).
Pasar por la vida es amar y ser amado. Es la vocación cúspide de todas las vocaciones.
Tantas veces he predicado: El único amor verdadero es amar, simplemente amar. O dicho en catecismo: amar es amar del todo, amar gratuitamente, amar para siempre.
Fue tu amor.
Pero es que el amor – dijeron los filósofos – es el amor correspondido. Si no, sería un amor abortado. Un amor en soledad es un amor abortado…

9. Pues, no, mi Jesús: No hay amor abortado si es amor de verdad. Si el amor viene de la semilla divina de la Trinidad, el amor es fecundo. El amor es seminal (Ya lo dijo el hermano Juan de la Cruz: “Y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor...” A María de la Encarnación, 6 julio 1591).
Tú caminaste solo, Jesús, pero… tampoco es verdad.
En el fondo, también tu pueblo te amó, y ¡espera darte el último abrazo!
Aquel día lloraste en Nazaret, como lloraste bajando por el monte de los Olivos para entrar en Jerusalén (Lc 19,41), antes de gritar las piedras y los niños de los Hebreos.
Créeme, Jesús: también tu pueblo te amó. Y aquí estamos.

Guadalajara, Jalisco, 5 febrero 2013.

viernes, 1 de febrero de 2013

351. Sión, adorna tu tálamo nupcial - Presentación del Señor



Presentación del Señor,
Día de la Vida Consagrada


1. La fiesta de la Presentación del Señor, a los cuarenta días de su Nacimiento, es una fiesta entrañable, una filigrana de poesía y espiritualidad. Esta fiesta nos ha venido de Jerusalén. Egeria (o Etheria) monja que fue recorriendo las tierras bíblicas desde su tierra de origen, que, al parecer, era Galicia, se ha deleitado en escribir su diario, seguramente que para compartirlo como obra de caridad con sus hermanas de consagración. Ella estuvo en Jerusalén (año 383) y de esta fiesta nos dice que “se celebraba con el mayor gozo, como si fuera la pascua misma”.
Siglos más tarde San Juan Damasceno (650 y muerto antes de 753) que vivió largos años en el monasterio de San Sabas, al sur de Jerusalén, escribió en griego una bellísma antífona que la ha recogido para este día la liturgia latina. Los fieles avanzan en procesión con lámparas encendidas en sus manos, y antes de cruzar el portón de la iglesia cantan esta antífona, que es un cántico espiritual nupcial, un cántico mistico.


2. "Adorna thalamum tuum, Sion ,
et suscipe Regem Christum:
amplectere Mariam, quae est caelestis porta:
ipsa enim portat Regem gloriae novi luminis:
subsístit Virgo adducens manibus Filium ante luciferum genitum:
quem accipiens Simeon in ulnas suas,
praedicavit populis Dominum eum esse vitae et mortis,
et Salvatorem mundi".
(Missale Romanum, p. 721)

Sión, adorna tu tálamo nupcial
para recibir a Cristo Rey.
Abraza a María, puerta del cielo.
Ella lleva al Rey de la gloria de la nueva luz.
Se detiene la Virgen entregando con sus manos
      al Hijo engendrado antes de la aurora,
y Simeón al recibirlo en sus brazos
      predicó a los pueblos que Aquel era el Señor de la vida y la muerte
y el Salvador del mundo.

La antífona es típicamente oriental, propia para una liturgia de corte contemplativo. Sión – la Iglesia – es la esposa que sale a recibir a su Rey; debe adornar la cámara nupcial.
María es la portadora de la luz, la que entrega la luz.

3. Los griegos han llamado a esta fiesta (que es una de las diez fiestas de su calendario, con el icono correspondiente) Hypapanté, Fiesta del Encuentro.
San Sofronio, obispo de Jerusalén (634-638), recoge la tradición jerosolimitana del Encuentro y de la luz, en el Sermón sobre la Hypapanté que trae la liturgia de hoy en el Oficio de lectura.
"Acojamos la luz clara y eterna. Corramos todos al encuentro del Señor los que con fe celebramos y veneramos su misterio, vayamos todos con alma bien dispuesta. Nadie deje de participar en este encuentro, nadie deje de llevar su luz.

Llevamos en nuestras manos cirios encendidos, ya para significar el resplandor divino de aquel que viene a nosotros -el cual hace que todo resplandezca y, expulsando las negras tinieblas, lo ilumina todo con la abundancia de la luz eterna-, ya, sobre todo, para manifestar el resplandor con que nuestras almas han de salir al encuentro de Cristo.

En efecto, del mismo modo que la Virgen Madre de Dios tomó en sus brazos la luz verdadera y la comunicó a los que yacían en tinieblas, así también nosotros, iluminados por él y llevando en nuestras manos una luz visible para todos, apresurémonos a salir al encuentro de aquel que es la luz verdadera.

Sí, ciertamente, porque la luz ha venido al mundo, para librarlo de las tinieblas en que estaba envuelto y llenarlo de resplandor, y nos ha visitado el sol que nace de lo alto, llenando de su luz a los que vivían en tinieblas: esto es lo que nosotros queremos significar. Por esto avanzamos en procesión con cirios en las manos, por esto acudimos llevando luces, queriendo representar la luz que ha brillado para nosotros, así como el futuro resplandor que, procedente de ella, ha de inundarnos. Por tanto, corramos todos a una, salgamos al encuentro de Dios.

Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.
Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche; al contrario, avancemos todos llenos de resplandor; todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna; imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.
También nosotros, representados por Simeón, hemos visto la salvación de Dios, que él ha presentado ante todos los pueblos y que ha manifestado para gloria de nosotros, los que formamos el nuevo Israel; y, así como Simeón, al ver a Cristo, quedó libre de las ataduras de la vida presente, así también nosotros hemos sido liberados del antiguo y tenebroso pecado.
También nosotros, acogiendo en los brazos de nuestra fe a Cristo, que viene desde Belén hasta nosotros, nos hemos convertido de gentiles en pueblo de Dios (Cristo es, en efecto, la salvación de Dios Padre) y hemos visto, con nuestros ojos, al Dios hecho hombre; y de este modo, habiendo visto la presencia de Dios y habiéndola aceptado, por decirlo así, en los brazos de nuestra mente, somos llamados el nuevo Israel. Esto es lo que vamos celebrando año tras año, porque no queremos olvidarlo".


4. Luego del Concilio el papa Pablo VI, al repensar las celebraciones marianas del año litúrgico, escribía así de la Presentación del Señor:
“También la fiesta del 2 de febrero, a la que se ha restituido la denominación de la Presentación del Señor, debe ser considerada para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como memoria conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de la salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como Madre del Siervo doliente de Yahvé, como ejecutora de una misión referida al antiguo Israel y como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por la persecución (cf. Lc 2, 21-35)” (Exhortación apostólica Marialis cultus de su santidad Pablo VI para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María, 2 febrero 1974, n. 7).
La belleza de la fiesta adquiere una vibración especial para quienes hemos entregado la vida al Señor con unos votos públicos en la Iglesia. Día de la vida consagrada, fiesta nupcial de amor y de entrega. Fiesta del Señor, primer consagrado por el Padre en el Espíritu Santo, y fiesta de la Virgen María, consagrada por obra del Espíritu para ser la Madre del Señor.
5. A este hermoso párrafo del Venerable Pablo VI sobre la Presentación del Señor hemos de añadir hoy las páginas de Benedicto XVI en su libro del año pasado (2012, Ediciones Planeta) "La infancia de Jesús" (tercer volumen de la trilogía de Jesús de Nazaret) acerca de la "Presentación de Jesús en el templo" (pp. 82-94).
Escribe: "En el cuadragésimo día hay tres acontecimientos: la purificación de María, el rescate del hijo primogénito Jesús mediante un sacrificio prescrito por al Ley y la presentación de Jesús en el templo" (82).
"Sobre el acto del erscate prescrito por la ley, Lucas no dice nada. En su lugar se edstaca lo contrario. la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente. Para ningunod e dichos actos prescritos por al Ley era necesario presentarse en el templo. Para Lucas, sin embargo, es esencial esta rpimera entrada de Jesús en el templo como lugar del acontecimiento. Aquí, en el lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre.
A este acto cultual, en el sentido más profundod e la palabra, sigue en Lucas una escena profética. El viejo profeta Simeón y la profetisa Ana - movidos por el Espíritu de Dios - se presentan en el templo - y saludan como representantes del israel creyente al 'Mesías del Señor' (Lc 2,26)" (82-83).
He aquí la imagen de la profetisa Ana como imagen de la mujer que se ha entregado al Señor: "Junto al profeta Simeón comparece al profetisa Ana, uan mujer de ochenta y cuatro años que,d espués de estar siete años casada, vivía viuda desde hacía decenios. No se apartada del templo día y noche, sirveindo a Dios con ayunso y oraciones (Lc 2,37). Ella es la imagen or excelencia de la persona verdaderamenet piadosa. Ene l templos e siente cimplemente en su casa. Vive cerca de Dios y para Dios en cuerpo y alma. De este modo,e s eralmente una muejr colmada de Espíritu, una profetisa. Pues que vive en el templo - en adoración -, está allí cuando llega Jesús. Presentándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardabal la liberación  de Jerusalén (Lc 2,38). Su profecía consiste en su anuncio, en al transmisiónd e al esperanza de la que ella vive" (94).

6. He aquí varios himnos para esta fiesta que recuperamos de nuestro “Himnario de la Virgen María” (véase: Rufino María Grández | mercaba | El pan de unos versos, con la indicación de cómo han sido publicados).


I. La Virgen oferente

Hoy es la fiesta de la Presentación del Señor. En esta fiesta María es la Virgen oferente. El título procede de la exhortación apostólica Marialis cultus, fechada precisamente en la Presentación del Señor de 1974.
Jesús dice al Padre: Ofrenda y holocausto, oh Padre, no borraron el pecado… (cf. Hb 10,5-7). La ofrenda grata y eficaz va a ser el cuerpo de Cristo, su plena voluntad. Ésa es la ofrenda que nos santifica. Fue ofrenda “irreversible”. Y así el voto del consagrado al Señor, como la entrega de Cristo al Padre, debe ser “total e irreversible” (Evangelica testificatio).
Cristo Jesús, llevado en brazos de María, pasa a manos del Padre. Y con él, primicia del pueblo santo, toda la Iglesia, nosotros. Hoy es particularmente fiesta para los consagrados con títulos específicos en la Iglesia, sumergidos en su consagración bautismal.
Jesús sale al encuentro de su pueblo, y lo plenifica como a Simeón y a Ana. Es una epifanía de paz y de consuelo y de alegría.

La Virgen oferente
acerca con sus manos al Cordero;
¡oh víctima y presente
que colma el orbe entero,
primicia del rescate verdadero!

Ofrenda y holocausto,
oh Padre, no borraron el pecado;
aquí mi amor exhausto,
mi cuerpo consagrado,
serán el sacrificio de tu agrado.

Se entrega sin retorno
el Hijo que hace voto irreversible;
su amor - ternura y horno -
que en cruz salió invencible,
la respuesta en la Iglesia hizo posible.

Jesús sale al camino
del pueblo que le espera y necesita;
ofrece su destino
y el viejo israelita
nada quiere después de la visita.

Adorna tu morada,
Sión, que es grande y santo el Rey que llega,
cual virgen agraciada
en él tu amor despliega
y lleva al mundo el don que se te entrega.

¡Honor a Jesucristo,
mostrado y ofrecido por María!;
¡feliz el que lo ha visto
en esta epifanía
de paz y de consuelo y de alegría! Amén.

Burlada (Navarra), a 1 de febrero de 1984


II. Dos tórtolas declaran tu pobreza

La ofrenda de los pobres que presenta María en el templo nos introduce en el misterio de su pobreza. La mujer parturienta debía ofrecer como holocausto un cordero de un año y por otro sacrificio un pichón (Lv 12,6); pero el mismo texto puntualiza: “Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones” (v.8) uno como holocausto y el otro por el otro sacrificio. María se acoge al derecho de los pobres.
Consideramos a María pobre: su pobreza (estrofa 1), Virgen del despojo (1), pobre en Nazaret (2), pobre en el parto (2), Virgen Pobre (5). Ella es la Figura de los pobres (3), es decir, de la Iglesia; y vemos a los pobres en la estirpe de María: con ella cantamos “el canto de los pobres” (6).
El calificativo de “pobre” rebasa, con mucho, la presentación sociológica de los pobres. Pobre es condición sustancial del ser humano ante Dios, que, al ser conscientemente asumida, nos da nuestro verdadero perfil cristiano. Pobreza es humildad, y lleva en sí la belleza escondida, por ello, tenemos la audacia de decir, mirando la pobreza de la esclava del Señor: “bella nada” (1).
En el trasfondo del himno se escucha el Magníficat, canto de María. A él está consagrada plenamente al estrofa cuarta: “Los ricos, los potentes, los soberbios / del trono caen, caen derribados, / y yérguese la esclava, la humillada…”
(Para más detalle: El himno está compuesto como fruto de un retiro espiritual en el seminario de Logroño sobre La Virgen Pobre, noviembre 1988).

1. Dos tórtolas declaran tu pobreza
y el voto de Nazir del Hijo amado,
oh Virgen del despojo, bella nada,
respuesta fiel, amor en vida y canto.

2. Humilde sierva, pobre en Nazaret,
y pobre en el misterio de tu parto,
tu nada es transparencia,
epifanía de la única riqueza, que es regalo.

3. Figura de los pobres, de la Iglesia,
viviente profecía de salvados,
el pueblo bendecido por el Hijo
en pos de ti camina tras tus pasos.

4. Los ricos, los potentes, los soberbios
del trono caen, caen derribados,
y yérguese la esclava, la humillada,
diciendo la grandeza del Dios santo.

5. Oh Virgen Pobre, llena de su gracia,
ungido el corazón, humilde y manso,
lo tienes todo, vaso preciosísimo,
teniendo a Dios contigo en tu regazo.

6. ¡Cantemos con María al Bondadoso,
que el canto fue a los pobres regalado:
a Dios sea la gloria, no a nosotros,
y se haga su divino beneplácito! Amén.

Laguna de Cameros (La Rioja), noviembre 1988


III. En brazos de María presentado

Himno de consagración en la
Fiesta de la Presentación del Señor

El año 1996 se publicó la Exhortación apostólica Vita consecrata, y el año siguiente, 1997, se institucionalizó para los años venideros la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que sería celebrada el día 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, una fecha que desde hacía varios decenios era destacada, por los Papas, como fiesta de consagración.
En el Mensaje institucional para el establecimiento de esta Jornada (6 de enero de 1997), Juan Pablo II, después de presentar las tres finalidades de esta Jornada, decía lo siguiente.
“La Jornada de la Vida consagrada se celebrará en la fiesta en que se hace memoria de la presentación que María y José hicieron de Jesús en el templo "para ofrecerlo al Señor" (Lc 2, 22).
En esta escena evangélica se revela el misterio de Jesús, el consagrado del Padre, que ha venido a este mundo para cumplir fielmente su voluntad (cf Hb 10, 5-7). Simeón lo indica como "luz para iluminar a las gentes" (Lc 2, 32) y preanuncia con palabra profética la suprema entrega de Jesús al Padre y su victoria final (cf Lc 2, 32-35).
La Presentación de Jesús en el templo constituye así un icono elocuente de la donación total de la propia vida por quienes han sido llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, "los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente" (Vita consecrata n. 1).
A la presentación de Cristo se asocia María. La Virgen Madre, que lleva al Templo al Hijo para ofrecerlo al Padre, expresa muy bien la figura de la Iglesia que continúa ofreciendo sus hijos e hijas al Padre celeste, asociándolos a la única oblación de Cristo, causa y modelo de toda consagración en la Iglesia.
Desde hace algunos decenios, en la Iglesia de Roma y en otras diócesis, la festividad del 2 de febrero viene congregando espontáneamente en torno al Papa y a los obispos diocesanos a numerosos miembros de Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica, para manifestar conjuntamente, en comunión con todo el pueblo de Dios, el don y el compromiso de la propia llamada, la variedad de los carismas de la vida consagrada y su presencia peculiar en la comunidad de los creyentes.
Deseo que esta experiencia se extienda a toda la Iglesia, de modo que la celebración de la Jornada de la vida consagrada reúna a las personas consagradas junto a los otros fieles para cantar con la Virgen María las maravillas que el Señor realiza en tantos hijos e hijas suyos y para manifestar a todos que la condición de cuantos han sido redimidos por Cristo es la de "pueblo a él consagrado" (Dt 28, 9)” (Mensaje citado de Juan Pablo II).
* * *
Celebramos con gozo y humildad esta fiesta. Estamos en el latido de la Iglesia, cuando escuchamos palabras como estas de Benedicto XVI: «Pertenecer totalmente a Cristo quiere decir arder con su amor incandescente, quedar transformados por el esplendor de su belleza: nuestra pequeñez se le ofrece como sacrificio de suave fragancia para que se convierta en testimonio de la grandeza de su presencia para nuestro tiempo, que tanta necesidad tiene de quedar ebrio por la riqueza de su gracia. Pertenecer al Señor: esta es la misión de los hombres y mujeres que han optado por seguir a Cristo casto, pobre y obediente, para que el mundo crea y se salve.»  (Audiencia a los Superiores y Superioras Generales de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, 22 de mayo de 2006).

(Nota. Si canta la comunidad de religiosas, puede cambiarse el texto en femenino en la estrofa 4: fiada, tuya soy).

1. En brazos de María presentado,
donado fuiste al Padre sin rescate,
naciste para ser del todo nuestro
como eras ya el Único del Padre.

2. María es Madre, es más que sacerdote,
unida al Verbo Luz que se hizo carne;
es víctima en el Hijo, traspasada
por una espada al corazón amante.

3. Aquí estoy para hacer tu Voluntad,
porque otro sacrificio no te place;
yo soy debilidad, un puro anhelo,
mas tú, seguridad, amor fiable.

4. Y en ese amor fiado firmemente,
al entregarme, entrego tus caudales,
de ti los recibí, te los presento,
que tuyo soy: servicio y homenaje.

5. Oh Virgen fiel, discípula y esposa,
y por la Encarnación divina Madre,
que seas tú mi fuerza virginal
y la perseverancia en el combate.

6. ¡Oh Cristo, suave aroma del Espíritu,
el sí de Dios, el culto razonable,
a ti todo el amor que nos deleita,
oh lámpara del mundo, oh Dios amable! Amén.

Cuautilán Izcalli, jueves, 01 de febrero de 2007,
Para la XI Jornada de la Vida Religiosa (2 de febrero de 2007).