La muerte de san Francisco es una confluencia de misterios, la culminación de una vida que fue gracia. Vayamos a las fuentes franciscanas, a indagar atentamente en los textos. En la muerte del Hermano estuvo presente una amistad femenina, purísima, entrañable y transparente: 2 C 112; 3 C 37; LM 7; LP 8; EP 112; Llagas, consideración 4. Los detalles femeninos nos emocionan al leerlos, y hemos de tener como trasfondo a las santas mujeres al pie de la Cruz y en el embalsamiento del Señor, para aspirar estos perfumes espirituales.
Esta amistad venía de antes, y el teólogo doctor, San Buenaventura, que no narra la visita de la noble dama en la muerte de su amigo y padre espiritual, nos da este dato, en otro contexto, que nos dice quién era Francisco, quién era Jacoba, quién era, en fin, el poeta Buenaventura, un apunte que es mucho más que una florecilla:
“Durante un tiempo, llevado de la devoción que sentía por el mansísimo Cordero, tuvo consigo en Roma un corderillo, que entregó, para que lo cuidara en su apartamento, a una noble matrona: a la señora Jacoba de Settesoli. El cordero, como si estuviera aleccionado por el Santo en las cosas espirituales, no se apartaba de la compañía de la señora lo mismo cuando iba a la iglesia que cuando permanecía en ella o volvía a casa. Si sucedía que a la mañana tardaba la señora en levantarse, incorporándose junto al lecho, la empujaba con sus cuernecillos y la despertaba con sus balidos, exhortándole con sus gestos y movimientos a darse prisa para ir a la iglesia. Por lo cual, el cordero -discípulo de Francisco y convertido ya en maestro de vida devota- era guardado por la dama con admiración y afecto” (Legenda maior 7)..
La Leyenda de Perusa, veinte años después de la muerte de Francisco, es particularmente explícita. Francisco quiso que la noble señora estuviera presente y dictó a los hermanos una carta.
“Escrita la carta, conforme al deseo del santo Padre, un hermano andaba en busca de otro que pudiese llevarla, cuando de pronto llaman a la puerta. Acude un hermano a abrirla, y se encuentra con la señora Jacoba, que había venido de prisa desde Roma para visitar al bienaventurado Francisco; corrió alegre a comunicarle que acababa de llegar para verle la señora Jacoba, acompañada de su hijo y de muchas otras personas. Y le preguntó: «¿Qué haremos, Padre? ¿Le permitiremos entrar y que venga hasta aquí para verte?» Preguntaba esto porque, por voluntad del bienaventurado Francisco, estaba establecido desde tiempos antiguos que, por el honor y dignidad de aquel lugar, ninguna mujer debía ser introducida en el claustro. Él respondió: «Esta regla no es aplicable a esta señora, a quien tal fe y devoción ha hecho venir de tan lejos». Pasó la señora a donde el bienaventurado Francisco, y, al verle, rompió a llorar copiosamente. ¡Oh maravilla! Había traído un paño mortuorio de color ceniza para hacer una túnica y todo lo que en la carta se le pedía que trajera. Al ver esto, todos los hermanos pensaron, con la más viva admiración, en la santidad del bueno de Francisco.
Y la señora Jacoba dijo: «Hermanos, estando en oración, oí en mi interior una voz que me dijo: "Marcha y visita a tu Padre, el bienaventurado Francisco; apresúrate y no pierdas un instante, pues, si tardas, no le hallarás vivo. Debes llevar tal calidad de paño para hacerle una túnica y lo necesario para hacerle tal manjar. Toma también para las velas gran cantidad de cera, e igualmente de incienso"».
El bienaventurado Francisco no había ordenado que en el escrito se pidiera incienso, pero el Señor había inspirado a esta señora, para recompensa y consuelo de su alma y para que nosotros conociéramos mejor cuán grande era la santidad de aquel pobrecillo a quien el Padre celestial quería rodear de tanto honor en el momento de su muerte”.
Pero el punto más emocionante es lo que contó Fray Tomás de Celano en su tratado de los milagros (1252/53) en torno a Francisco:
“Deshecha en lágrimas como está, el vicario del Santo la hace entrar discretamente y, puesto en brazos de ella el cadáver de su amigo, le dice: "Helo aquí; ten después de su muerte al que has amado en vida". Con llanto más pronunciado aún y con lágrimas más ardientes, Jacoba lo abraza y besa entre sollozos y voces de lástima; levanta el paño que lo cubre para verlo, y contempla el vaso precioso en que se había escondido el precioso tesoro, y lo contempla enriquecido con cinco per-las; considera las cinceladas, que sólo la mano del Todopoderoso había verificado para asombro del mundo, y, no obstante la muerte del amigo, se siente envuelta en gozo desacostumbrado” (Tratado de los Milagros, 39).
Y al final, Jacoba murió en Asís, y su cuerpo fue a descansar en la cripta de la Basílica, a pocos metros de donde están los restos de San Francisco.
La Orden la ha venerado como Beata Jacoba de Settesoli.
Jacoba de Settesoli,
fray Jacoba franciscana,
tu corazón de mujer
con fray Francesco alentaba.
Aquel blanco corderito
¿recuerdas, noble romana?
que te dejó el dulce Hermano
para que tú lo cuidaras,
que te seguía a la misa
y acaso te despertaba
era también franciscano
hermanito de tu alma.
Era imagen de Jesús,
Cordero inmolado en Pascua,
signo de entrega y ternura,
que el Evangelio señala.
Vuestra amistad fue una joya,
que yo quisiera gozarla,
la fruta del Paraíso,
sin pecado bien gustada.
Pero vengamos al Tránsito:
Ya Jesús agonizaba,
y veo a aquellas mujeres
seguidoras que allí estaban.
Y El ángel de la oración,
vino hasta Roma, a tu casa,
para decirte: ¡Jacoba,
corre, y abraza al que amas!
El carruaje y los caballos
ya la Porciúncula alcanzan:
Entre Jacoba anhelante…,
sin que termine mi carta.
(Traía la santa viuda
el paño para mortaja,
cera… y también mostaccioli
que al Hermano le gustaban.
Traía lo que pedía
en su carta no acabada:
corazón a corazón
no hay palabras ni distancias.
Traía también incienso,
para incensar aquella alma;
Francisco no lo pedía,
pero Dios sí lo dictaba)
La clausura no es clausura,
si era Jesús quien llamaba;
se unieron en un abrazo
la mujer y aquellas llagas.
Dulce encuentro del amor,
juntos los que Dios juntaba;
ella se puso a llorar
y era el gozo el que lloraba.
Francisco la bendecía,
al tiempo que la abrazaba:
Adiós, hermana querida,
seas fiel hasta la Patria.
Ya Francisco se apagó
a estas luces apagadas;
el silencio se hizo paz
y las alondras rondaban.
Los hermanos se inclinaron
ante la imagen sagrada
la pausa y la soledad
fueran ofrenda callada.
“Toma en tus brazos ya muerto
a quien vivo tanto amabas”,
dijo el Vicario a Jacoba
con una voz inspirada.
Y cual María en la Cruz
Jacoba madre tomaba,
como una madre a su hijo
como una esposa a quien ama.
Lo miraba enternecida,
lo acariciaba y besaba
y su rostro se fundía
con la carne ensangrentada.
19. Francisco y Jacoba unidos
en el Calvario y la Pascua,
y enterrados frente a frente
la Resurrección aguardan.
La familia ha venerado
a Jacoba cual Beata:
recuerdos, sabiduría…
de nuestra senda cristina.
A Jesús eterna Gloria,
solo a él, puro y sin mancha,
el que crea la amistad,
para él toda alabanza.
Y a ti, Jacoba bendita,
de lo hondo te damos gracias,
y, al venerar al que es padre,
te llamaremos hermana.
Loado sea el Altísimo
que al Pobrecillo hoy ensalza;
¡loor a la Trinidad,
que nos colma de esperanza! Amén.
Cuautitlán Izcalli, 6 octubre 2022