Homilía para el Domingo de Corpus Christi (en
España),
ciclo A, Jn 6,51-57
en la circunstancia del inicio del nuevo reinado
(20 junio 2014)
Texto
evangélico:
“Yo
soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.
Disputaban
los judíos entre sí:
“¿Cómo
puede este darnos a comer su carne?”
Entonces
Jesús les dijo:
“En
verdad, en verdad os digo:
Si
no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre,
no
tenéis vida en vosotros.
El
que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna,
y
yo lo resucitaré en el último día.
Mi
carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El
que come mi carne y bebe mi sangre,
habita
en mí y yo en él.
Como
el Padre que vive y me ha enviado,
y
yo vivo por el Padre,
así,
del mismo modo, el que me come vivirá por mí”.
Hermanos:
1. Hoy es Corpus Christi en España (en
México lo fue el jueves pasado) y nuestra reflexión de fe sobre el Evangelio se
centra en esta circunstancia; al mismo tiempo se centra en el acontecimiento
histórico del traspaso de la Corona: Fin de un reinado de 39 años, inicio de
otro.
El lenguaje del Evangelio proclamado es
totalmente místico, incluso del ápice de la mística. Como prueba podemos tomar
la última frase; reflexionemos:
Como
el Padre que vive y me ha enviado, y yo vivo por el Padre,
así,
del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
En esta frase se estable una ecuación:
Primera parte: el Padre y Jesús forman
una unidad, que, por de pronto, es unidad de vida.
Segunda parte: Jesús y yo formamos una
unidad, que es unidad de vida, y en el mismo nivel.
2. Inmediatamente vienen las objeciones.
Son objeciones filosóficas: esto así enunciado no es posible, porque se da un salto
de lo infinito a lo finito. No se puede asimilar las relaciones de dos seres infinitos
(el Padre y el Hijo), y la relación de un ser infinito, el Hijo, y yo.
Y no obstante el texto sagrado se
expresa con un realismo total, un realismo encarnado y del todo concreto.
Pero aquí comienza la Teología. La
Teología no resuelve el misterio, sino que lo sitúa. La Teología dice que el
Hijo es Jesús, no meramente la segunda persona de la santísima Trinidad, sino
Jesús Dios-hombre, Jesús, hijo de María; Jesús compañero de viaje; Jesús,
sujeto de diálogo, de intercomunicación, con el hombre. Jesús es el que nivela
la relación, y la misma que él tiene con el Padre es la que tiene con nosotros.
3. Todo esto, hermanos, es divino, y si
llegáramos a sentirlo un poquito, por gracia de Dios, veríamos con evidencia
cómo toda nuestra vida está divinizada, a tal punto que no podremos ya separar
lo humano y lo divino.
Esto ¿es pura mística? Sin duda, pura
mística, más allá de la cual no se concibe grado superior, y, no obstante, es
mística abierta a todo cristiano. Este es el clima en que debemos vivir. El
cielo se ha anticipado a esta era presente, por el milagro que Jesús ha hecho
de unirnos a sí.
Estoe s el clima y la respiración de los
cristianos, que no se avergüenzan de los dones recibidos y quieren mostrarlos
en toda partes.
4. Muy otro es el espectáculo que hemos
vivido estos días, que ha suscitado preguntas y actitudes acaloradas, porque
muy dicho está “la sangre no es agua”. Yo estoy lejos de mi patria – el
Atlántico entre medio – y, efectivamente, la sangre no es agua.
Hemos escuchado al Rey en su discurso
inaugural, incluso lo hemos leído. El Rey, en momento transcendental y
emblemático, no ha mencionado a Dios.
- No tenía por qué nombrarlo si el reino
es aconfesional y laico, una respuesta.
- Otra respuesta: Justamente por esta
laicidad, porque ya es indiferente que el Rey sea ateo o creyente, musulmán o
cristiano, justamente por eso, cuando toca un Rey creyente, puede invocar a su
Dios como fuente concreta de su conducta, y todos, por laicismo, deben
respetarlo, hoy al cristiano, mañana al musulmán.
5. Este hecho nos ha traído a la memoria
las ´palabras que se pronunciaron hacen 39 años:
- “Juro por Dios y sobre los Santos
Evangelios, cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar
lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”. Con estas palabras
asumió la coronación como rey de España el 22 de noviembre de 1975.
- En el discurso por dos veces
mencionaba a Dios, pidiendo su ayuda: “Pido a Dios su ayuda para acertar
siempre en las difíciles decisiones que, sin duda, el destino alzará ante
nosotros”.
(Al final) …, "pido a Dios ayuda para
todos”.
- Incluso se profesaba católico: “… El
Rey, que es y se siente profundamente católico, expresa su más respetuosa
consideración para la Iglesia. La doctrina católica, singularmente enraizada en
nuestro pueblo, conforta a los católicos con la luz de su magisterio”.
En un determinado momento se refirió a
la familia, con los conceptos más clásicos de la doctrina de la Iglesia, y
decía:
“Confío plenamente en las virtudes de la
familia española, la primera educadora, y que siempre ha sido la célula firme y
renovadora de la sociedad”.
6. ¿Qué pensaba la Iglesia de todo esto?
El cardenal Tarancón en aquel 22 de noviembre de 1975 tuvo una homilía que ha
pasado a la historia, y que comenzaba así:
“Habéis querido, Majestad, que
invoquemos con Vos al Espíritu Santo, en el momento en que accedéis al Trono de
España. Vuestro deseo corresponde a un antigua y amplia tradición: la que, a lo
largo de ls Historia, busca la luz y el apoyo del Espíritu de saburía en la
coronación de los Papas y de los Reyes, en la convocación de los Cónclaves y
Concilios, en el comienzo de las actividades culturales de las Universidades y
Academias, en la deliberación de los Consejos.
Hoy no se trata, evidentemente, de ceder
al peso de una costumbre: en vuestro gesto hay un reconocimiento público de que
nos hace falte la luz y la ayuda de Dios en esta hora. Los creyentes sabemos
que, aunque Dios ha dejado el mundo a nuestra propia responsabilidad y a merced
de nuestro esfuerzo y nuestro ingenio, necesitamos de Él para acertar en
nuestra tarea; sabemos que, aunque es el hombre el protagonista de su historia,
difícilmente podrá construir según los planes de Dios, que no son otros que el
bien de los hombres, si el Espíritu no nos ilumina y fortalece. Él es la luz,
la fuerza, el guía que orienta toda la vida humana incluida la actividad
temporal y política”.
Esto que dijo el cardenal ayer y hoy es
perfectamente válido, pero se prefiere callar a no disgustar. El cardenal a
continuación hablaba de las relaciones del estado con la Iglesia con unos
conceptos que a lo mejor los hemos olvidado por vergüenza pero que están ahí
con toda su validez:
“Para cumplir su misión, Señor, la
Iglesia no pide ningún tipo de privilegio. Pide que se le reconozca la libertad
que proclama para todos; pide el derecho de predicar el Evangelio entero,
incluso cuando su predicación pueda resultar crítica para la sociedad concreta
en que se anuncia; pide una libertad que no es concesión discernible o
situación pactable, sino el ejercicio de un derecho inviolable por todo hombre.
Sabe la Iglesia que la predicación de este Evangelio puede y debe resultar
molesta para los egoístas; pero que siempre será benéfica para los intereses
del país y la comunidad. Éste es el gran regalo que la Iglesia puede ofreceros.
Vale más que el oro y la plata, más que el poder y cualquier otro apoyo
humano”.
Hermanos, son palabras para una
antología de la fe.
Estamos en una homilía y los límites de
tiempo nos condicionan para desarrollar estos puntos.
7. Vamos a terminar orando a Dios por el
Rey y el nuevo reinado.
Te
pedimos, Señor Jesucristo, por el Rey, por su esposa, por sus hijas, por toda
su familia.
Te
pedimos que la familia real sea un ejemplo público para toda la sociedad.
Te
pedimos, Señor, que el Rey, garante de la sociedad, sea el primer defensor de
la familia íntegra, núcleo de la sociedad; te pedimos que sea el defensor del
matrimonio sólido y estable; que sea el defensor de la vida desde su comienzo.
Te
pedimos, Señor, que se cumpla en el Rey lo que reza el salmo: “él librará al
pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector”. Amén.
Guadalajara, Jalisco, 21 junio 2014.