sábado, 8 de agosto de 2015

720. Domingo XIX B – Jesús anuncia que la fe es dejarse atraer por el Padre Dios




Domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,41-51


Texto evangélico
Los judíos murmuraban de él porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”, y decían: “¿No es este Jesús, e hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” Jesús tomó la palabra y les dijo: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”.

Hermanos:

1. Por tercera vez escuchamos a Jesús, que habla del Padre y nos habla de sí mismo, que es el pan de la vida bajado del cielo. Por tercera vez; pero todavía serán dos domingos más en los que seguiremos reflexionando sobre este misterio total, que es Jesús en la Encarnación, Jesús en la Eucaristía, Jesús hoy mismo que en el corazón del mundo y en mi corazón es la presencia de Dios.
Este lenguaje espiritual, con una densidad total en cada palabra, que vuelve y torna a Dios, cuya presencia llena al creyente, en un espíritu crítico puede levantar dudar y sospechas: ¿No será el lenguaje místico consolatorio de una secta esotérica que con evasivos pensamientos aleja a sus adeptos de la realidad viva y mordiente, de acá, de cada día, para hallar una falsa consolación de la nube?

2. Hermanos, les digo que hoy es 9 de agosto, y si hace unos días recordábamos el 70 aniversario de la bomba de Hiroshima, humillación y vergüenza de los poderosos humanos, un tiempo antes una mujer judía moría como millones de hermanos suyos en los hornos crematorios del nazismo: Edit Stein, en religión Benedicta de la Cruz, copatrona de Europa. Había pasado de la fe de Israel al ateísmo; del ateísmo al cristianismo, y en la fe cristiana buscó al Dios absoluto en un monasterio de carmelitas. Era filósofa; sus obras son más de 15 volúmenes. Fue une enamorada de la Cruz de Cristo. Y escribió cosas de alta sabiduría, que, visto el testimonio de su vida, para nada son elucubraciones abstractas, sino convicciones que dan sentido a la vida.
“Quien elige a Cristo ha muerto para el mundo y el mundo para él. Lleva en su cuerpo los estigmas de Cristo, se ve rodeado de flaquezas y despreciado por los hombres, pero, por este mismo motivo, se halla robusto y vigoroso, ya que la fuerza, sino que él mismo se crucifica en ella. Los que son de Jesucristo han crucificado la carne con sus vicios y concupiscencias. Combatieron un duro combate contra su naturaleza a fin de que la vida del pecado muriese en ellos y poder así dar amplia cabida a la vida en el Espíritu. Para esta pelea se precisa una singular fortaleza. Pero la Cruz no es el fin; la Cruz es la exaltación y mostrará el cielo. La Cruz no sólo es signo, sino también la invicta armadura de Cristo: báculo de pastor […]; báculo con el que Cristo pulsa enérgicamente la puerta del cielo y la abre. Cuando se cumplan todas estas cosas, la luz divina se difundirá y colmará a cuantos siguen al Crucificado”.
¿A qué suenan estas palabras en un campo de concentración? Seguir la Crucificado…
Todo esto es verdad porque, en el fondo. Es el relato de su vida.

3. De manera semejante cada una de las palabras del Evangelio podemos traerlas a nuestra vida y hacerlas vida.
Primera palabra: Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Aquí podemos ver la esencia de nuestra fe. ¿Qué es creer? Lo hemos dicho muchas veces: haberse encontrado con Jesucristo. ¿Qué es creer? Lo podemos decir con otras expresiones: Dejarse atraer por el Padre Dios y ser llevado a Jesús. Las normas son necesarias, pero no valen. Todas las  normas de la Iglesia Católica, todas juntas, por sí solas son incapaces de atraer suavemente el corazón y llevarnos a Jesús.
La religión verdadera es una misteriosa atracción de Dios al corazón. Ahí, en ese plano de intimidad, en ese tú a tú con Dios. Dios diviniza el mundo y eso lo hace por mí y a través de mí.

4. Serán todos discípulos de Dios, dice Jesús, citando al profeta Isaías, y él entonces se coloca en el lugar del maestro. Seremos discípulos de Dios si nos hacemos discípulos de Jesús.
Las enseñanzas de Jesús no van a ser una cartilla de conocimientos nuevos, añadidos a todo lo que nos habían enseñado Moisés y los profetas. Sí es verdad que él nos trae una sabiduría nueva, pero este Evangelio nos habla, más bien, de que el que llega a él, el único que ha visto a Dios, va a tener la misma vida de Dios, la vida eterna.
Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado volvamos otra vez a Hiroshima y a los campos de concentración.
Allí se acababa la vida, entre horrores espantosos; pero no se acababa, porque brillaba la luz de la vida eterna.

5. Las grandes verdades de esta sección el Evangelio queda coronadas por esta frase inmensa. este es el pan que baja del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo.
En la cruz nos dio este pan y en la Eucaristía también  Si tenemos esa vida de Dios en nosotros, ese pan para el camino como Elías, ese Espíritu de que nos habla san Pablo, entonces tendremos la clara experiencia que escuchamos en la segunda lectura en esta consigna que resume toda la vida cristiana: Sed imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó.

6. Señor Jesucristo, tú solo has contemplado el rostro del Padre; no dejes de enseñarnos lo que tú solo nos puedes enseñar: el camino del amor que viene de Dios y, por nuestros hermanos, retorna a Dios. Amén.

Desde el convento de Capuchinos de San Sebastián (España), sábado, 8 agosto 2015.

sábado, 1 de agosto de 2015

719 Domingo XVIII B - Jesús, pan de vida inmortal



Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo B
Jn 6,24-35

Texto evangélico
Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo has venido aquí? Jesús les contestó:
“En verdad, en verdad os digo:
Me buscáis no porque habéis visto signos,
sino porque comisteis pan hasta saciaros.
Trabajad no por el alimento que perece,
sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna,
el que so dará el Hijo del hombre;
pues a este lo ha sellado el Padre Dios”.
Ellos le preguntaron: “Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios”.
Él les respondió:
“La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado”.
Le replicaron:
“¿Y qué signo haces tú,
Para que veamos y creamos en ti?
¿Cuál es tu obra?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”
Jesús les replicó:
“En verdad, en verdad os digo:
No fue Moisés quien os dio pan del cielo,
sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es el que baja del cielo
y da vida al mundo”.
Entonces le dijeron:
“Señor, danos siempre de este pan”.
Jesús les contestó:
“Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

Hermanos
1. El domingo pasado iniciábamos el Evangelio de la multiplicación de los panes según san Juan, en el capítulo 6, un evangelio que nos iba a ocupar cinco domingos continuos, este año del domingo último de julio hasta el domingo penúltimo de agosto.
San Juan es un evangelio muy especial comparado con los otros tres, un Evangelio de meditación y contemplación, que nos transmite las palabras de Jesús en forma de discursos. Y estos discursos fluyen no con una lógica filosófica de premisas y conclusiones. Son discursos de revelación, en los que la fe se nos entrega con soberanas afirmaciones, realzadas con contrastes, y avanzando no en forma lineal, sino circular.
Es una observación de método, necesaria, sin duda en una clase expositiva del sentido del cuarto Evangelio, y que, como conocimiento general, viene bien en los preámbulos de lectura de este Evangelio, que tanta fascinación ha suscitado en la Iglesia.

2. La fe es el encuentro con Jesús. Esta es una verdad clave, latente en todo el texto sagrado de hoy. Una afirmación sumamente sencilla y al mismo tiempo, crítica hasta la raíz, porque a cada uno le remite para preguntarse sobre su caso personal.
Mi fe ¿ha sido el verdadero encuentro con Jesús, un encuentro persona, un tú a tu con Dios, no tanto por vía de conocimiento intelectual, sino por vía de amor, por un conocimiento afectivo y vital, que toma la personas desde las raíces del ser?
En cierta ocasión Benedicto XVI escribió una frase rotunda y penetrante que la ha vuelto a reafirmar, con agrado, el Papa Francisco: No se es cristiano por la adhesión a un sublime ideal ético de la humanidad, sino simplemente por la adhesión a una persona. Jesús tiene un programa, sin duda, un programa que se presenta a la humanidad con una belleza deslumbrante; pero creer no es adherirse a una programa, sino a una persona.
Esta distinción es esencial. Jesús no es el líder de un partido religioso, Jesús es una persona, por la que el creyente se lo juega todo.
El que encuentra a Jesús encuentra la fe; el que no encuentra a Jesús, por muy bautizado que esté y registrado en la Iglesia Católica, no es una creyente, no es un discípulo. Este es el dilema en el que se juega la presencia de la Iglesia Católica en el mundo; este es el ser o no ser de la Iglesia en el mundo.

3. En este pasaje, en particular, hay una confrontación entre Cristianismo y Judaísmo. El Judaísmo, que apela a toda la Tradición bíblica, cuyo exponente supremo es Moisés, no ha encontrado a Jesús.
Jesús acepta de pleno a Moisés, porque no hay ruptura en el plan de Dios, y la revelación desde el principio hasta el final es un plan orgánico y ascendente. Y el drama de la vida de Jesús es el que Israel, su pueblo, el que había nutrido su imagen de Dios, no encontró a Jesús, última oferta de salvación, que Dios, Padre de amor, ofrecía al mundo.
San Pablo, receptor del mensaje de Jesús, formulará estos conceptos con fuertes antítesis. Los judíos buscan signos; los griegos sabiduría, pero nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es lo contrario, que no es el signo portentoso de Dios, sino la debilidad de Dios; que no es la sabiduría de los criterios del mundo, sino lo que aparece como necedad ante el mundo. Y, sin embargo, continúa san Pablo es la verdadera fuerza de Dios, que nos salva; es la última sabiduría de Dios que nos abre el camino de la fe.

4. El Evangelio de Dios concentra estos conceptos en un gran símbolo, que luego se va a convertir en signo sacramental: Jesús es el pan de vida. La sección de hoy culmina con esta soberana declaración de Jesús, el Señor:
“Yo soy el pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
Nos centramos en esta frase para saborearla, y para hallar en ella la verdadera efigie de Jesús, de ese Jesús al que se ha incorporado toda mi persona.

5. La declaración de Jesús es uno de los misteriosos “yo soy” esparcidos en el texto sagrado, y que nos remiten a la esencia misma de Dios revelado a Israel_ Yo soy el camino ya la verdad y la vida, Yo soy la puerta (el que entra por mí podrá entrar y salir con libertad), Yo soy la luz del mundo. El “Yo soy” nos lleva a la identidad última de Jesús. Y nos adentra en el Yo absoluto, que se abre al misterio infinito de su divinidad. Nadie ha podido hablar con ese “Yo” de plenitud y de esperanza.
Yo soy tu salvación, me está diciendo Jesús a través de muchas variantes.

6. Es el pan de vida (o de la vida) por el hecho de su existencia y encarnación; lo será muy específicamente por el sacramento pascual de la Eucaristía.
Yo soy, la palabra suprema que Dios había dicho a Moisés al revelarse en el monte Horeb, Yo soy, la palabra que movilizó a un pueblo esclavo para emprender el camino de la salida y de la libertad.
En el fondo del corazón humano hay dos deseos últimos que se unifican en uno, y de los cuales jamás nadie puede prescindir. La felicidad y a inmortalidad. El ser humano quiere ser feliz – no ´puede menso de querer ser feliz – y eternamente feliz. Jesús es eso.
El que viene a mí no tendrá hambre,
 y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

7. Concluyamos, hermanos, con unas palabras hechas súplica ardiente:
Señor Jesús, aceptamos tus palabras, que son la respuesta a las preguntas últimas de nuestra vida. Te buscamos no por lo que tú nos das, que nos das todo, te buscamos por ser quien eres, el Hijo amado del Padre, el pan de vida, al felicidad, la inmortalidad. Tú eres el gozo y la gloria de Dios; tú eres el gozo y gloria de mi vida. Amén.

Alfaro (La Rioja, España), sábado 1 de agosto de 2015.

viernes, 31 de julio de 2015

718. Dos pecadores llamados Francisco: La Indulgencia de la Porciúncula



Yo, pecador, perdonado

 Hace unos días, el viernes 10 de julio pasado, el Papa Francisco, de visita pastoral a Ecuador, Bolivia y Paraguay, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), tuvo un discurso sorprendente, visitando el “Centro de Rehabilitación Santa Cruz Palmasola”


Papa Francisco: un hombre perdonado

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
No podía dejar Bolivia sin venir a verlos, sin dejar de compartir la fe y la esperanza que nace del amor entregado en la cruz. Gracias por recibirme. Sé que se han preparado y rezado por mí. Muchas gracias. […]

¿Quién está ante ustedes?, podrían preguntarse. Me gustaría responderles la pregunta con una certeza de mi vida, con una certeza que me ha marcado para siempre. El que está ante ustedes es un hombre perdonado. Un hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados. Y es así es como me presento. No tengo mucho más para darles u ofrecerles, pero lo que tengo y lo que amo, sí quiero dárselo, sí quiero compartirlo: es Jesús,  Jesucristo, la misericordia del Padre”.

Desde esta plataforma de lanzamiento se entiende perfectamente lo demás: “Él vino a mostrarnos, a hacer visible el amor que Dios tiene por nosotros. Por vos, por vos, por vos, por mí. Un amor activo, real. Un amor que tomó en serio la realidad de los suyos. Un amor que sana, perdona, levanta, cura. Un amor que se acerca y devuelve dignidad. Una dignidad que la podemos perder de muchas maneras y formas. Pero Jesús es un empecinado de esto: dio su vida por esto, para devolvernos la identidad perdida, para revestirnos con toda su fuerza de dignidad”.

Tendríamos que trasladar todo el discurso para apreciar matices. Cuando el amor es verdadero, es humilde; y el amor humilde a nadie humilla. Valga de nuevo este párrafo:
“Porque cuando Jesús entra en la vida, uno no queda detenido en su pasado sino que comienza a mirar el presente de otra manera, con otra esperanza. Uno comienza a mirar con otros ojos su propia persona, su propia realidad. No queda anclado en lo que sucedió, sino que es capaz de llorar y encontrar ahí la fuerza para volver a empezar. Y si en algún momento estamos tristes, estamos mal, bajoneados, los invito a mirar el rostro de Jesús crucificado. En su mirada, todos podemos encontrar espacio.  Todos podemos poner junto a Él nuestras heridas, nuestros dolores, así como también nuestros errores, nuestros pecados, tantas cosas en las que nos podemos haber equivocado.
En las llagas de Jesús encuentran lugar nuestras llagas. Porque todos estamos llagados, de una u otra manera. Y llevar nuestras llagas a las llagas de Jesús. ¿Para qué? Para ser curadas, lavadas, transformadas, resucitadas. El murió por vos, por mí, para darnos su mano y levantarnos. Charlen, charlen con los curas que vienen, charlen. Charlen con los hermanos y las hermanas que vienen, charlen. Charlen con todos los que vienen a hablarles de Jesús. Jesús quiere levantarlos siempre…”.

Y seguía con otros párrafos por el estilo, para terminar:
“Antes de darles la bendición me gustaría que rezáramos un rato en silencio, en silencio cada uno desde su corazón. Cada uno sepa cómo hacerlo...
[silencio]
Por favor, les pido que sigan rezando por mí, porque yo también tengo mis errores y debo hacer penitencia. Muchas gracias.
Y que Dios nuestro Padre mire nuestro corazón, y que Dios nuestro Padre, que nos quiere, nos dé su fuerza, su paciencia, su ternura de Padre, nos bendiga. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y no se olviden de rezar por mí. Gracias”.

Estas palabras, tan límpidas, sencillas y transparentes - ¡tan verdaderas, nada diplomáticas! – nos pueden servir maravillosamente para introducirnos en la Indulgencia de la Porciúncula, asignada al día 2 de agosto.


El Perdón de Asís

La Indulgencia de la Porciúncula o El perdón de Asís alude a un episodio de la vida de san Francisco, presumiblemente ocurrido en verano del año 2016.
El Papa Pablo VI escribía la exhortación apostólica  «Sacrosancta Portiunculae ecclesia» con ocasión del 750º aniversario de la concesión de la INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA (14-VII-1966).
El Papa se expresaba así:
“En estos días en que se celebra el 750º aniversario de la aprobación de aquella indulgencia por parte de Honorio III, la cual, como se cree, fue concedida al mismo San Francisco y que diversos predecesores nuestros confirmaron a lo largo de los siglos, nos es grato dirigirnos a los fieles que, según el uso y costumbre de cuantos nos han precedido, se dirigen a la Porciúncula, resplandeciente por ilustre antigüedad, para reconciliarse de una manera más plena y solícita con el mismo Dios allí donde «aquel que ore con corazón devoto obtendrá lo que pida» (Fray Tomás de Celano, Vida I de San Francisco 106)”.
Una cosa es la veracidad crítica del hecho que lo motivó; otra es la autenticidad canónica de la concesión. La concesión existe, y “según se cree” (Pablo VI) fue concedida al mismísimo Francisco de Asís por el Papa Honorio III. Una indulgencia de perdón universal, equiparada en aquellos tiempos a la indulgencia por la Peregrinación a Roma (sepulcro de los Apóstoles) o a la Peregrinación a los Santos Lugares, máximas indulgencias
Para justificarla en vano acudiremos a las Fuentes Franciscanas en uso. Habrá que ir sencilla y directamente al Manual de Indulgencias, publicado por la Penitenciaría Apostólica (1986) tras la reforma hecha por el Beato Pablo VI, traducida al castellano en edición manual (Coeditores litúrgicos 2004; véase p. 70).

* * *

Qué son las Indulgencia – y en concreto la Indulgencia de un Jubileo – lo explicaba delicadamente el Papa San Juan Pablo II en la bula convocatoria del Jubileo del Año 2000:
“…En segundo lugar, "todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la pena temporal del pecado, con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos.
Por otra parte, la Revelación enseña que el cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. De este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Hay personas que dejan tras de sí como una carga de amor, de sufrimiento aceptado, de pureza y verdad, que llega y sostiene a los demás. Es la realidad de la "vicariedad", sobre la cual se fundamenta todo el misterio de Cristo. Su amor sobreabundante nos salva a todos. Sin embargo, forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular, en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses: "Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (1, 24).
Esta profunda realidad está admirablemente expresada también en un pasaje del Apocalipsis, en el que se describe la Iglesia como la esposa vestida con un sencillo traje de lino blanco, de tela resplandeciente. Y san Juan dice: "El lino son las buenas acciones de los santos" (19, 8). En efecto, en la vida de los santos se teje la tela resplandeciente, que es el vestido de la eternidad.
Todo viene de Cristo, pero como nosotros le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza que sana. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla del "tesoro de la Iglesia", que son las obras buenas de los santos. Rezar para obtener la indulgencia significa entrar en esta comunión espiritual y, por tanto, abrirse totalmente a los demás. En efecto, incluso en el ámbito espiritual nadie vive para sí mismo. La saludable preocupación por la salvación de la propia alma se libera del temor y del egoísmo sólo cuando se preocupa también por la salvación del otro. Es la realidad de la comunión de los santos, el misterio de la "realidad vicaria", de la oración como camino de unión con Cristo y con sus santos. Él nos toma consigo para tejer juntos la blanca túnica de la nueva humanidad, la túnica de tela resplandeciente de la Esposa de Cristo” (n. 10 del documento).
Comentamos:
Es hermoso considerar que si mi pecado, por pequeño que sea, es un virus que inficiona  a los demás, mucho más, sin comparación, mi generosidad y virtud perfuma, perfumea, el ambiente de la Iglesia. El Bien siempre vence al Mal. Y en la comunión de los santos, yo puedo favorecerme del bien sin tasa que hay en la Iglesia, por parte de los santificados, unidos al Santo de los Santos. Eso es la Indulgencia: la comunión en el bien de los santos.

* * *
El año 2015 el Papa Honorio en un célebre sermón habló del signo de la Thau, con el cual están signados, según Ezequiel, los elegidos, un signo (que en hebreo se dice Thau, Ez 9,4-6). Como cuando en al salida de Egipto las casas de los Hebreos fueron marcadas con un signo (Ex 12,13) para que el Ángel exterminador pasara de largo.
Recuerda Omer Englebert en su Vida de San Francisco:
“En su discurso de Letrán el año 1215, Inocencio III había señalado con el signo TAU a tres clases de predestinados:
- los que se alistaran en la cruzada;
- aquellos que, impedidos de cruzarse, lucharan contra la herejía;
- finalmente, los pecadores que de veras se empeñaran en reformar su vida. ¿Sugirieron a Francisco aquellas palabras el deseo de reconciliar con Dios el mundo entero, facilitando a los que no podían ir a Oriente, y a los privados de recursos con que ganar indulgencias, otros medios de participar también en la universal redención?” (Recogido en franciscanos.org, La Indulgencia de la Porciúncula).
Bien podemos pensar que el hermano Francisco de Asís, pequeñuelo, fue el primer pecador que quiso favorecerse de aquel perdón universal que solicitaba al Papa por toda la Cristiandad.
El Papa Francisco es un personado; así se siente y no es una frase…
Francisco de Asís, il Poverello, es un perdonado…
¿Y yo…? ¡Feliz aquel que se siente bañado en la Misericordia de Dios, que no hay ni caricia mejor en la vida,  ni título más excelso que pueda cantar el amor de Jesús hacia nosotros…!
La gracia de la Indulgencia de la Porciúncula es eso: la gracia de sentirse abrazado, perdonado gratis por la Misericordia del Padre, manifestada por el Espíritu, en Jesús Crucificado.


Para completar: Qué hacer para obtener La Indulgencia de la Porciúncula, el Perdón de Asís

Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965) el Papa Pablo VI reformó la disciplina de las Indulgencias mediante la constitución Indulgentiarum doctrina (1967), y según ella se confió la Penitenciaria Apostólica el Enchiridion Indulgentiarum, que ha tenido de entonces acá diversas revisiones. En la actualidad hay múltiples formas y ocasiones de favorecerse, por la misericordia de Dios, del don de la indulgencia plenaria, con el corazón contrito.
En concreto, en el citado Manual de Indulgencias: Normas, Concesiones y principales oraciones del cristiano (año 2004), leemos:
“65. Visita a al iglesia parroquial.
Se concede Indulgencia Plenaria al fiel cristiano que visite la iglesia parroquial:
- en el día de la fiesta titular;
- el día 2 de agosto en que coincide la indulgencia de la “Porciúncula”.
Una y otra indulgencia podrán ganarse tanto en el día anteriormente designado como otro día que establezca el ordinario en provecho de los fieles.
Gozan de la mismas indulgencias la iglesia catedral, y si la hay, al iglesia concatedral, aunque no sean parroquiales y también las Iglesias parroquiales.
Las mencionadas indulgencias ya están incluidas en la constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, Norma 15; aquí se han tenido en cuenta los deseos hasta ahora manifestado a la Sagrada Penitenciaría.
En esta piadosa visita, de acuerdo con la Norma 16 de la misma  Constitución apostólica se reza la oración del Señor y el símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo)”.
En nuestras iglesia franciscanas se obtiene, en estas mismas condiciones la Indulgencia de la Porciúncula o El Perdón de Asís.

(Nota. Dentro de este pequeño Manual encontrará el lector la constitución apostólica de Pablo VI Indulgentiarum doctrina, 1 enero 1967, cuya explicación bíblico y patrística en nota ocupa no menos extensión que el texto expositivo).

Para conmemorar el VIII centenario de este acontecimiento, las familias franciscanas han elaborado un plan espiritual, un camino de cuatro año, que puede verse publicado en:
Familias Franciscanas de Asís: “Itinerario para caminar juntos y crecer en la común vocación y misión franciscana (2015/2018). Carta Ministros: 12 marzo 2015”.
En alabanza de Cristo y de su humilde siervo Francisco. Amén.

Alfaro (La Rioja), 30 de julio de 2015.