Yo, pecador, perdonado
Hace
unos días, el viernes 10 de julio pasado, el Papa Francisco, de visita pastoral
a Ecuador, Bolivia y Paraguay, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), tuvo un
discurso sorprendente, visitando el “Centro de Rehabilitación Santa Cruz
Palmasola”
Papa Francisco:
un hombre perdonado
“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos
días!
No podía dejar Bolivia sin venir a
verlos, sin dejar de compartir la fe y la esperanza que nace del amor entregado
en la cruz. Gracias por recibirme. Sé que se han preparado y rezado por mí.
Muchas gracias. […]
¿Quién está ante ustedes?, podrían preguntarse. Me gustaría
responderles la pregunta con una certeza de mi vida, con una certeza que me ha
marcado para siempre. El que está ante ustedes es un hombre perdonado. Un
hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados. Y es así es como me
presento. No tengo mucho más para darles u ofrecerles, pero lo que tengo y lo
que amo, sí quiero dárselo, sí quiero compartirlo: es Jesús, Jesucristo, la misericordia del Padre”.
Desde esta plataforma de lanzamiento se
entiende perfectamente lo demás: “Él vino a mostrarnos, a hacer visible el amor
que Dios tiene por nosotros. Por vos, por vos, por vos, por mí. Un amor activo,
real. Un amor que tomó en serio la realidad de los suyos. Un amor que sana,
perdona, levanta, cura. Un amor que se acerca y devuelve dignidad. Una dignidad
que la podemos perder de muchas maneras y formas. Pero Jesús es un empecinado
de esto: dio su vida por esto, para devolvernos la identidad perdida, para
revestirnos con toda su fuerza de dignidad”.
Tendríamos que trasladar todo el
discurso para apreciar matices. Cuando el amor es verdadero, es humilde; y el
amor humilde a nadie humilla. Valga de nuevo este párrafo:
“Porque cuando Jesús entra en la vida,
uno no queda detenido en su pasado sino que comienza a mirar el presente de
otra manera, con otra esperanza. Uno comienza a mirar con otros ojos su propia
persona, su propia realidad. No queda anclado en lo que sucedió, sino que es
capaz de llorar y encontrar ahí la fuerza para volver a empezar. Y si en algún
momento estamos tristes, estamos mal, bajoneados, los invito a mirar el rostro
de Jesús crucificado. En su mirada, todos podemos encontrar espacio. Todos podemos poner junto a Él nuestras
heridas, nuestros dolores, así como también nuestros errores, nuestros pecados,
tantas cosas en las que nos podemos haber equivocado.
En las llagas de Jesús encuentran lugar
nuestras llagas. Porque todos estamos llagados, de una u otra manera. Y llevar
nuestras llagas a las llagas de Jesús. ¿Para qué? Para ser curadas, lavadas,
transformadas, resucitadas. El murió por vos, por mí, para darnos su mano y
levantarnos. Charlen, charlen con los curas que vienen, charlen. Charlen con
los hermanos y las hermanas que vienen, charlen. Charlen con todos los que
vienen a hablarles de Jesús. Jesús quiere levantarlos siempre…”.
Y seguía con otros párrafos por el
estilo, para terminar:
“Antes de darles la bendición me
gustaría que rezáramos un rato en silencio, en silencio cada uno desde su
corazón. Cada uno sepa cómo hacerlo...
[silencio]
Por favor, les pido que sigan rezando
por mí, porque yo también tengo mis errores y debo hacer penitencia. Muchas
gracias.
Y que Dios nuestro Padre mire nuestro
corazón, y que Dios nuestro Padre, que nos quiere, nos dé su fuerza, su
paciencia, su ternura de Padre, nos bendiga. En el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo. Y no se olviden de rezar por mí. Gracias”.
Estas palabras, tan límpidas, sencillas
y transparentes - ¡tan verdaderas, nada diplomáticas! – nos pueden servir
maravillosamente para introducirnos en la Indulgencia de la Porciúncula,
asignada al día 2 de agosto.
El Perdón de
Asís
La Indulgencia
de la Porciúncula o El perdón de
Asís alude a un episodio de la vida de san Francisco, presumiblemente
ocurrido en verano del año 2016.
El Papa Pablo VI escribía la exhortación
apostólica «Sacrosancta Portiunculae ecclesia» con ocasión del 750º aniversario de
la concesión de la INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA (14-VII-1966).
El Papa se expresaba así:
“En estos días en que se celebra el 750º
aniversario de la aprobación de aquella indulgencia por parte de Honorio III,
la cual, como se cree, fue concedida
al mismo San Francisco y que diversos predecesores nuestros confirmaron a lo
largo de los siglos, nos es grato dirigirnos a los fieles que, según el uso y
costumbre de cuantos nos han precedido, se dirigen a la Porciúncula,
resplandeciente por ilustre antigüedad, para reconciliarse de una manera más
plena y solícita con el mismo Dios allí donde «aquel que ore con corazón devoto
obtendrá lo que pida» (Fray Tomás de Celano, Vida I de San Francisco 106)”.
Una cosa es la veracidad crítica del
hecho que lo motivó; otra es la autenticidad canónica de la concesión. La
concesión existe, y “según se cree”
(Pablo VI) fue concedida al mismísimo Francisco de Asís por el Papa Honorio
III. Una indulgencia de perdón universal, equiparada en aquellos tiempos a la indulgencia
por la Peregrinación a Roma (sepulcro de los Apóstoles) o a la Peregrinación a
los Santos Lugares, máximas indulgencias
Para justificarla en vano acudiremos a
las Fuentes Franciscanas en uso. Habrá que ir sencilla y directamente al Manual de Indulgencias, publicado por la
Penitenciaría Apostólica (1986) tras la reforma hecha por el Beato Pablo VI,
traducida al castellano en edición manual (Coeditores litúrgicos 2004; véase p.
70).
* * *
Qué son las Indulgencia – y en concreto
la Indulgencia de un Jubileo – lo explicaba delicadamente el Papa San Juan
Pablo II en la bula convocatoria del Jubileo del Año 2000:
“…En segundo lugar, "todo pecado,
incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario
purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama
Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la pena temporal del pecado, con cuya expiación se cancela lo que
impide la plena comunión con Dios y con los hermanos.
Por otra parte, la Revelación enseña que
el cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de
Cristo la vida del cristiano está unida con un vínculo misterioso a la vida de
todos los demás cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. De
este modo, se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes
espirituales, por el cual la santidad de
uno beneficia a los otros mucho más que el daño que su pecado les haya podido
causar. Hay personas que dejan tras de sí como una carga de amor, de
sufrimiento aceptado, de pureza y verdad, que llega y sostiene a los demás. Es
la realidad de la "vicariedad", sobre la cual se fundamenta todo el
misterio de Cristo. Su amor sobreabundante nos salva a todos. Sin embargo,
forma parte de la grandeza del amor de Cristo no dejarnos en la condición de
destinatarios pasivos, sino incluirnos en su acción salvífica y, en particular,
en su pasión. Lo dice el conocido texto de la carta a los Colosenses:
"Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor
de su Cuerpo, que es la Iglesia" (1, 24).
Esta profunda realidad está
admirablemente expresada también en un pasaje del Apocalipsis, en el que se
describe la Iglesia como la esposa vestida con un sencillo traje de lino
blanco, de tela resplandeciente. Y san Juan dice: "El lino son las buenas
acciones de los santos" (19, 8). En efecto, en la vida de los santos se
teje la tela resplandeciente, que es el vestido de la eternidad.
Todo viene de Cristo, pero como nosotros
le pertenecemos, también lo que es nuestro se hace suyo y adquiere una fuerza
que sana. Esto es lo que se quiere decir cuando se habla del "tesoro de la
Iglesia", que son las obras buenas de los santos. Rezar para obtener la
indulgencia significa entrar en esta comunión espiritual y, por tanto, abrirse
totalmente a los demás. En efecto, incluso en el ámbito espiritual nadie vive
para sí mismo. La saludable preocupación por la salvación de la propia alma se
libera del temor y del egoísmo sólo cuando se preocupa también por la salvación
del otro. Es la realidad de la comunión de los santos, el misterio de la
"realidad vicaria", de la oración como camino de unión con Cristo y
con sus santos. Él nos toma consigo para tejer juntos la blanca túnica de la
nueva humanidad, la túnica de tela resplandeciente de la Esposa de Cristo” (n.
10 del documento).
Comentamos:
Es hermoso considerar que si mi pecado,
por pequeño que sea, es un virus que inficiona
a los demás, mucho más, sin comparación, mi generosidad y virtud
perfuma, perfumea, el ambiente de la Iglesia. El Bien siempre vence al Mal. Y
en la comunión de los santos, yo puedo favorecerme del bien sin tasa que hay en
la Iglesia, por parte de los santificados, unidos al Santo de los Santos. Eso
es la Indulgencia: la comunión en el bien de los santos.
* * *
El año 2015 el Papa Honorio en un
célebre sermón habló del signo de la Thau, con el cual están signados, según
Ezequiel, los elegidos, un signo (que en hebreo se dice Thau, Ez 9,4-6). Como
cuando en al salida de Egipto las casas de los Hebreos fueron marcadas con un
signo (Ex 12,13) para que el Ángel exterminador pasara de largo.
Recuerda Omer Englebert en su Vida de San Francisco:
“En su discurso de Letrán el año 1215,
Inocencio III había señalado con el signo TAU a tres clases de predestinados:
- los que se alistaran en la cruzada;
- aquellos que, impedidos de cruzarse,
lucharan contra la herejía;
- finalmente, los pecadores que de veras
se empeñaran en reformar su vida. ¿Sugirieron a Francisco aquellas palabras el
deseo de reconciliar con Dios el mundo entero, facilitando a los que no podían
ir a Oriente, y a los privados de recursos con que ganar indulgencias, otros
medios de participar también en la universal redención?” (Recogido en franciscanos.org,
La Indulgencia de la Porciúncula).
Bien podemos pensar que el hermano
Francisco de Asís, pequeñuelo, fue el primer pecador que quiso favorecerse de aquel
perdón universal que solicitaba al Papa por toda la Cristiandad.
El Papa Francisco es un personado; así
se siente y no es una frase…
Francisco de Asís, il Poverello, es un perdonado…
¿Y yo…? ¡Feliz aquel que se siente
bañado en la Misericordia de Dios, que no hay ni caricia mejor en la vida, ni título más excelso que pueda cantar el
amor de Jesús hacia nosotros…!
La gracia de la Indulgencia de la
Porciúncula es eso: la gracia de sentirse abrazado, perdonado gratis por la
Misericordia del Padre, manifestada por el Espíritu, en Jesús Crucificado.
Para completar:
Qué hacer para obtener La Indulgencia de la Porciúncula, el Perdón de Asís
Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965)
el Papa Pablo VI reformó la disciplina de las Indulgencias mediante la
constitución Indulgentiarum doctrina
(1967), y según ella se confió la Penitenciaria Apostólica el Enchiridion Indulgentiarum, que ha
tenido de entonces acá diversas revisiones. En la actualidad hay múltiples
formas y ocasiones de favorecerse, por la misericordia de Dios, del don de la
indulgencia plenaria, con el corazón contrito.
En concreto, en el citado Manual de Indulgencias: Normas, Concesiones
y principales oraciones del cristiano (año 2004), leemos:
“65. Visita a al iglesia parroquial.
Se concede Indulgencia Plenaria al fiel
cristiano que visite la iglesia parroquial:
- en el día de la fiesta titular;
- el día 2 de agosto en que coincide la
indulgencia de la “Porciúncula”.
Una y otra indulgencia podrán ganarse
tanto en el día anteriormente designado como otro día que establezca el
ordinario en provecho de los fieles.
Gozan de la mismas indulgencias la
iglesia catedral, y si la hay, al iglesia concatedral, aunque no sean
parroquiales y también las Iglesias parroquiales.
Las mencionadas indulgencias ya están
incluidas en la constitución apostólica Indulgentiarum
doctrina, Norma 15; aquí se han tenido en cuenta los deseos hasta ahora
manifestado a la Sagrada Penitenciaría.
En esta piadosa visita, de acuerdo con
la Norma 16 de la misma Constitución
apostólica se reza la oración del Señor y el símbolo de
la fe (Padrenuestro y Credo)”.
En nuestras iglesia franciscanas se
obtiene, en estas mismas condiciones la Indulgencia de la Porciúncula o El
Perdón de Asís.
(Nota. Dentro de este pequeño Manual
encontrará el lector la constitución apostólica de Pablo VI Indulgentiarum doctrina, 1 enero 1967,
cuya explicación bíblico y patrística en nota ocupa no menos extensión que el
texto expositivo).
Para conmemorar el VIII centenario de
este acontecimiento, las familias franciscanas han elaborado un plan
espiritual, un camino de cuatro año, que puede verse publicado en:
“Familias Franciscanas de Asís:
“Itinerario para caminar juntos y crecer en la común vocación y misión
franciscana (2015/2018). Carta Ministros: 12 marzo 2015”.
En alabanza de Cristo y de su humilde
siervo Francisco. Amén.
Alfaro (La Rioja), 30 de julio de 2015.