RETIRO ESPIRITUAL A LAS CLARISAS CAPUCHINAS
DE TIJUANA
Una
vida espiritual
de
experiencia mística,
al
eco de santa Clara
PRIMERA PARTE
QUÉ ES LA VIDA ESPIRITUAL COMO
EXPERIENCIA MÍSTICA
1. Unas
aclaraciones básicas sobre vida de fe, espiritualidad y mística
El retiro espiritual que se me ha confiado va
acompañado de unas hojas explicativas muy bellas y profundas con un doble
títu-lo:
I. La
unión mística
II.
Mística de la Trinidad.
El primer título gira en torno a la II Carta de
santa Clara a Inés de Praga (hoy santa Inés); el segundo en torno a unas
fra-ses de santa Clara, citando a Francisco, en el capítulo VI de la Regla de
Santa Clara, sobre cómo la clarisa es hija, esposa y ma-dre. Ese triple
parentesco que explica también san Francisco cuando escribe la Carta a todos
los fieles.
Nos movemos, en cualquier caso, en un clima
totalmente es-piritual y de una gran elevación y delicadeza. Ya las primeras
cartas cristianas hablaban de esas posibilidades varias en que podemos
encontrarnos: los inicios de la fe, y las maravillas que el fiel creyente debe
ir encontrando, incluso en la propia expe-riencia. La carta a los Hebreos,
interrumpiendo su propio discur-so tiene un largo párrafo, que vamos recordar:
“Sobre este particular tenemos mucho que decir, aunque
es difícil de explicar, porque os habéis vuelto torpes de oído. Pues, debiendo
vosotros ser ya maestros, por razón del tiempo, seguís necesitando que alguien
os vuelva a enseñar los primeros rudi-mentos de los oráculos divinos; y estáis
necesitados de leche y no de alimento sólido. Quien vive de leche, desconoce la
doctrina de la justicia, pues es todavía un niño. El alimento sólido es para
perfectos, que con la práctica y el entrenamiento de los sentidos saben
distinguir el bien del mal.
Dejando aparte el mensaje inicial sobre Cristo,
elevémonos a lo perfecto, sin poner otra vez los cimientos, o sea: el
arrepenti-miento de las obras muertas, la fe en Dios, la instrucción sobre las
abluciones, la imposición de manos, la resurrección de muer-tos y el juicio
definitivo. También esto lo haremos si Dios nos lo concede” (Heb 5,11-6,3).
Está claro, pues, que hay un lenguaje inicial, una
elevación alo perfecto, que es el terreno donde se sitúa santa Clara y donde
nos vamos a situar.
Efectivamente, si leemos las cartas de santa Clara
con cierta sensibilidad, al punto uno se siente envuelto en una sorprenden-te
sensación: Esta mujer ¿es una poetisa romántica, bien inten-cionada pero
seductora…, o acaso será verdad lo que dice? La respuesta es muy simple: Es
verdad lo que dice porque ella lo vive y lo transmite.
Y no es un mundo idealizado lo que presenta; es un
mundo real, deseable y divino.
Este conjunto de impresiones te lleva a un
replanteamiento radical de las cosas fundamentales de la vida: Qué es la Fe en
contraposición a la Razón, que no podemos negar, pues se im-pone por sí mism;
Qué es realmente lo importante y definitivo en la vida. Y, en concreto, ¿qué
estoy haciendo yo con mi propia vida.
El hombre – entiéndase lo mismo la mujer, el ser
humano – ha nacido para pensar; Y cuando comienza a pensar cae en la cuenta de
que ha nacido definitivamente para amar: el amor es la meta de la existencia
humana. Gravísima afirmación, que, a lo mejor cambia totalmente nuestra visión
de la vida, de la vida personal y de la vida comunitaria. Es dulcemente
peligroso pen-sar, porque el buen pensamiento te lleva sin remedio a la verdad,
y volvemos a repetir, la verdad culmina en el amor. Ese es nues-tro destino.
Pero en este camino hacia la verdad, surge ahora
un nuevo panorama, que en un principio podía estar oculto. Uno percibe que si
la razón es vía excelsa de conocimiento, se presenta otra posibilidad de
conocimiento, que es la revelación, la Fe, que es-taba como entre los pliegues
de la Razón. La Fe se nos presenta, pues, como un más que no te da l a razón, y
que uno intuye que se trata de un asunto completamente humano, y que, por lo
tan-to, afecta a mi persona. Aquí comienza el camino del verdadero
conocimiento: el conocimiento de mi persona, y el conocimiento de la
Transcendencia, de un Dios personal, creador, origen y meta de cuanto existe.
2. Mi Yo
entre la Razón y la Fe.
He llegado, pues, a las raíces de mi identidad.
Soy un ser hu-mano responsable de una vida que es la mía, que la debo dirigir
por los principios de la Razón, pero que intuyo que puede haber una vía
superior de conocimiento, que es la Fe.
¿Qué es, pues, la Fe? La Fe es un don superior que
se me da, que se instala en mi ser, que pertenece a mi entendimiento y
voluntad, pero que no soy yo capaz de producirlo por mis propias fuerzas.
La Fe es la gracia que viene de Dios mismo y que
te da el sen-tido de toda tu existencia.
La Fe no anula la Razón; por eso la Razón la puede
aceptar o rechazar.
3. El modo de actuación de Dios en el ser humano:
descripción según la escuela de santa Teresa y san Juan de la Cruz
He aquí lo que aprendimos de jóvenes (que hoy
recogemos de Internet) cuando se nos explicaba los diversos grados de oración y
el paso de la “ascética” a la “mística”.
“Grados sucesivos en la vida de oración
contem-plativa
Aunque cada autor místico describe matices
distintos, en la escuela teresiana y sanjuanista suelen distinguirse va-rios
pasos o “moradas” hacia la unión plena:
1. Oración de recogimiento
- El alma se aparta de distracciones externas e
internas para centrar su atención en Dios.
- Es más activa por parte de la persona, aunque ya
se per-ciben toques de gracia.
2. Oración de quietud
- La voluntad queda fija en Dios con suavidad y
deleite.
- Hay paz profunda, pero el entendimiento y la
memoria aún pueden divagar.
- Se experimenta como un “reposo amoroso” en la
pre-sencia divina.
3. Oración de unión
- Todas las potencias del alma (memoria,
entendimiento y voluntad) quedan absorbidas en Dios.
- Hay suspensión de distracciones y una
experiencia más plena de la presencia divina.
4. Éxtasis o arrobamiento
- El alma es elevada fuera de sí misma, con
pérdida de la conciencia de lo exterior.
- Se acompaña de intensa luz espiritual y amor
transfor-mante.
5. Transformación o matrimonio espiritual
- Unión estable y permanente con Dios.
- La persona vive en continua conciencia de su
presencia, con plenitud de amor y entrega”.
Todo esto es precioso y es una gracia de Dios el
que los san-tos que lo han vivido en propia persona nos lo expliquen. Pero,
¡cuidado!, no nos engañemos, tomando como absolutos lo que son simplemente
nuestros modos humanos de sentir y de expre-sarnos. La actuación de Dios es
siempre nueva, verdadera y per-sonal.
A una joven, que conscientemente ha renunciado a
la posibi-lidad de un hermoso y santo matrimonio, y ha emprendido el camino de
la vida capuchina, que el día de su profesión religiosa es coronada con una
corona de flores (y el día de su profesión perpetua con una corona de espinas),
¿yo le puedo llamar en verdad “esposa” de Cristo”? Sin ninguna duda, porque lo
es, y puede leer perfectamente el lenguaje místico que emplea santa Clara en
sus cartas. Tengamos los principios claros para enten-dernos a nosotros mismos
y poder aconsejar a los demás, si el Señor nos lo pide.
4.
Principios cristianos sobre la experiencia de Dios en el corazón humano
El principal libro para entender qué es la ascética
cristiana y la mística cristiana es el Evangelio. No puede haber un libro que
lo haya superado o que lo puede superar.
San Pablo ha hecho su camino espiritual y nos lo
ha explica-do en sus cartas. Su camino es la identificación con Cristo. Una
identificación supone dos cosas:
- La
primera un conocimiento de eso (que en ese caso no es un “eso”, sino “Ese”,
Cristo Jesús.
- Y lo
segundo es la transformación en esa misma realidad que se conocen. Dos cosas
que acaecen simultáneamente.
San Pablo, con un lenguaje extremo, llega a decir,
aun a costa de producir escándalo que todo lo demás es “basura” (quizás la
traducción más exacta sea “excremento”. Podemos aprender de memoria este
pasaje.
Dice, pues, san Pablo:
“Más aún: todo lo considero pérdida comparado con
la exce-lencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí
todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él,
no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de
Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.
10Todo para conocerlo a él,
(1) y la fuerza de su resurrección,
(2) y la comunión con sus padecimientos,
- muriendo su misma muerte,
- con la esperanza de llegar a la resurrección de
entre los muertos” (Filipenses 3,8-11).
Tenemos aquí la definición más clara del MISTERIO
PAS-CUAL: muerte y resurrección unidos de forma indisoluble. Conocer a Cristo
es la participación tanto en su muerte coo en su resurrección. Esa es la
mística de Pablo, la mística del cristiano.
Continúa Pablo con plena sinceridad, diciéndonos
su caso y animándonos a nosotros:
“No es que ya lo haya conseguido o que ya sea
perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por
Cristo. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa:
olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome ha-cia lo que está por delante,
corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en
Cristo Jesús. Todos nosotros, los maduros, debemos sentir así. Y, si en algo
sentís de otro modo, también eso os lo revelará Dios” (Flp 3,12-15).
He aquí, pues, la síntesis de toda la mística
cristiana.
Otro pasaje profundamente iluminador es lo que
dice a los Efesios en forma de oración, después de haber expuesto la gran-deza
del misterio de Cristo:
”Por eso doblo las rodillas ante el Padre, 15de
quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, 1pidiéndole que
os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su
Espíritu en vuestro hombre interior; 1que Cristo habite por la fe en vuestros
corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; 1de modo que así,
con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo
profundo, com-prendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo co-nocimiento.
Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. Al que puede
hacer, con ese poder que actúa entre nosotros; a él la gloria en la Iglesia y
en Cristo Jesús por todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén”
(Ef 3,14-21).
El amor de Cristo, es decir el amor que Cristo nos
tiene a no-sotros, a mí, excede todo tipo de conocimiento. Este pasaje paulino,
que refleja la conciencia de la Iglesia, dirigido a los cristianos de Éfeso y
por medio de ellos a todos los cristianos, nos proclama claramente estas
verdades:
- la vida
de fe por su propia naturaleza de fe, es experiencia de Dios;
- esa
experiencia de Dios se abre a lo infinito, a los cuatro puntos cardinales
(ancho, alto, alto, profundo);
- ese punto
culminante se llama “amor”;
- y ese
amor nadie, y nunca jamás podemos agotarlo ni medirlo.
La conclusión personal es que Dios haga en mí lo
que él quie-ra hacer, muy convencido de que es “mucho más sin compara-ción de
lo que pedimos o concebimos”.
En resumen, el Dios de mi fe, de mi vida cotidiana
es el Dios de la experiencia infinita de amor. A ese Dios tengo que buscar.
5. El
JESÚS de los Evangelio Sinópticos
El conocimiento de Jesús se nos ha transmitido a
través de los cuatro evangelios – Mateo, Marcos, Lucas, Juan – de los cua-les
debemos decir:
- Los
cuatro Evangelios – cada uno de ellos – son históricos.
- No
podemos decir que uno es superior a otros.
- Pero sí
que, siendo sobrenaturales pero compuestos por autores humanos, cada uno tiene
sus propias ca-racterísticas literarias, según las cuales debemos
in-terpretarlos.
- Y por de
pronto observamos que los tres primeros comparten características comunes y
sigue una mis-ma sinopsis de la vida de Jesús, mientras que juan es diferente.
Ya desde la antigüedad se le ha llamado “el Evangelio espiritual”.
La línea sustancial que unifica a los cuatro es
esta: que Jesús, hombre como nosotros, es Hijo de Dios de una manera propia y
única, como ninguno de nosotros. San
Marcos comienza así: “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (mc 1,1). Si yo no
acepto la divinidad de Jesús no entiendo ninguna línea del Evangelio, de los
Evangelios.
Este JESÚS de los Evangelios Sinópticos es el
Jesús de nues-tra experiencia personal, única en cada uno, como se desprende de
estos rasgos con que es presentada la figura de Jesús.
1) Jesús asume el SEÑORÍO de Dios que nadie, ni
antes ni después, ha asumido.
2) En virtud de este señorío pide una vinculación
a él de tipo personal y total, una vinculación que no existe en ninguna
relación humana: padre/hijo, hermano/hermana, marido/mujer. En virtud de este
señorío divino Jesús puede decir: “El que quiere a su padre o a su madre más
que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí,
no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”
(Mt 10,37-38). Todas las múltiples frases en torno al seguimiento suponen esa
autoridad divina que no la ha reivindicado ningún profeta.
3) Este señorío divino se manifiesta en su
autoridad de ense-ñanza. Habla no como los rabinos, sino desde sí, hasta poder
asegurar: Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo. El Yo de Jesús no es el Ego
de los humanos, que podemos inflarlo por nuestra vanidad; es el mismo Yo
divino.
4) La autoridad de su señorío, que es autoridad de
enseñan-za, se manifiesta de modo igual como autoridad o potencia de poder: él
puede curar enfermos, resucitar muerto, perdonar pe-cados; y no solamente
puede, sino que puede comunicar, trans-mitir esta autoridad o poderío, como lo
ha hecho: “Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar
espíritus in-mundos y curar toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 10,1)
5) El acceso al conocimiento de Jesús (sin entrar
en san Juan) es un don que acontece en lo interior por la acción directa de Dios;
el mero conocimiento humano, de por sí, nunca podrá alcanzar a Jesús. Solo se
puede llegar a él por medio de una expe-riencia divina, que es experiencia
personal: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha
revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt
16,16). San Pablo, teologizando este
pensamiento, nos dice: “Por ello os hago saber que nadie que hable por el
Espíritu de Dios dice: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es
Señor!», sino por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3). Podemos, pues, decir que el conocimiento de
Fe es por vía personal mística.
6) Las cuatro escenas de unción a Jesús, que no es
la misma repetida cuatro veces (Mc 14,1-9; Mt 26,6-17; Lc 7,36-48; Jn 12,1-8))
marcan cada una de ellas un acto de proximidad e inti-midad real del creyente
que va mucho más allá de un acto de cortesía.
7) Llegamos al punto supremo, impensable, en el
don de la Eucaristía: Tomad, comed; tomad, bebed. La intimidad se hace
inmanencia.
En suma, Jesús nos ha traído una novedad única y
nos intro-duce en ella por la acción divina. A experimentar esta novedad hemos
sido destinados. Dice Jesús: “Pero bienaventurados vues-tros ojos porque ven y
vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos
desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron” (Mt
13,16-17).
Ese mundo en el que nos introduce Jesús es real,
objetivo, pero se trata de una realidad que transciende nuestra capacidad
natural, y que la produce el Espíritu. Podemos, pues, hablar de Experiencia
espiritual, y con este sentido de Espíritu Experien-cia mística.
6. El
JESÚS de los Evangelio en San Juan, Evangelio místico
Ahora bien, si de los Sinópticos pasamos a san
Juan nos en-contramos con un lenguaje ciertamente diferente, ¿Qué sucede? ¿Qué
Jesús unas veces hablaba de una manera, directa y popular, imaginativa, y otras
veces habla con un lenguaje de revelación y discurso diferente? No parece esa
la solución correcta. El único Jesús que
existe es el que un día estuvo en la tierra y hoy está en el mundo nuevo, el
“eón” que viene del cielo. En todo caso
es el Viviente, es el mismo. Su mensaje llega hoy a nosotros de una manera
diferente. Quien nos habla es el Jesús de nuestra vida, que no tendría el
lenguaje que tiene si no hubiera pasado antes por la tierra con nuestras penas
y dolores. Pero el Jesús de san Juan es el Jesús de la intimidad e inmanencia,
el Jesús de la pre-sencia actual en la Iglesia y en cada corazón que le ha dado
aco-gida. Hay dos momentos especialmente significativos, que nos dan la pauta
de todo el Evangelio:
1) Los discursos de la Cena.
Allí escuchamos palabras como estas:
“Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con
vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.
¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 0 ¿No crees que yo es-toy en el Padre, y
el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que
permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el
Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que
cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me
voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea
glorificado en el Hijo. 14Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. Si me
amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro
Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no
puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo
conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos,
volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis
y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre,
y vosotros en mí y yo en vosotros (Jn 14,9-20).
Aquí se habla de un conocimiento por vía de
presencia e in-manencia, que es el conocimiento con el cual a uno se conoce a
sí mismo.
2) Conocimiento vital por la asimilación
intrínseca de su carne y de su sangre: la Eucaristía.
En san Juan no tenemos la descripción del relato
de la euca-ristía, pero queda suplido por el discurso del pan de vida, que es
un discurso eucarístico. Incluso la palabra “cuerpo” (esto es mi cuerpo), queda
sustituida por la expresión más semítica de “car-ne”, que acaso fue palabra
usada por Jesús en las palabras de la consagración. En el discurso del Pan de
Vida, escuchamos:
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el
que coma de es-te pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por
la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo pue-de este darnos a
comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no
coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros. 54El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en
él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del
mismo modo, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,51-57).
Estamos transcendiendo todo tipo de conocimiento.
La expe-riencia de Dios se hace experiencia de vida inmanente, e incluso
recíproca.: yo en ti, tú en mí. Jesús no solo es pan, sino pan vivo, y mientras
ese pan que yo como esté vivo, sea pan vivo, yo viviré. Jesús es pan inmortal.
7. Por todo ello vemos que la comunión eucarística
es el ápice de toda la mística cristiana
La Eucaristía, en esta visión mística de los
Evangelios, y es-pecíficamente en san Juan:
- Nos
identifica HOY con el Cristo pascual, glorioso e inmortal.
- Y nos
abre el camino para ese abrazo celestial que du-ra por toda la eternidad.
Y esta Eucaristía no la recibe un grupo selecto,
superior, de cristianos, sino todo bautizado.
Desde aquí debemos recomponer todo lo que se pueda
hablar de mística cristiana.
8. El misterioso “Yo soy” en el evangelio de
San Juan
En el Evangelio de san Juan hay un Yo soy
misterioso de Je-sús, que no se encuentra en los Sinópticos. Hay siete
afirmacio-nes completas del Yo soy, y una afirmación última que se pierde en el
absoluto. Este tipo de lenguaje va en consonancia con el misterio Nombre divino
que Dios revela a Moisés, en el monte Horeb, el misterioso YHWJ (tetragrámaton
divino), Éxodo 3,14. Los textos son los siguientes:
"Yo soy el pan de vida" (Jn 6:35, 41,
48, 51)
"Yo soy la luz del mundo" (Jn 8:12; 9:5)
"Yo soy la puerta" (Jn 10:7 y 9)
“Yo soy el buen pastor" (Jn 10:11, 14)
"Yo soy la resurrección y la vida" (Jn
11:2
"Yo soy el camino, y la verdad, y la
vida" (Jn 14:6)
"Yo soy la vid verdadera" (Jn 15:1, 5).
Jn 8,28: Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis
levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago
por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.