Una nueva palabra para la Iglesia:
el diálogo con los hombres de este
mundo, amado por Dios
Vuelvo
sobre el querido Pablo VI, Siervo de Dios.
Al
eco de los pensamientos anteriores he leído y saboreado su primera encíclica, Ecclesium
suam, que está fecha en el día de la Transfiguración del Señor (1964), al año de
su elección para ocupar la Sede de Pedro. Páginas escritas hace medio siglo, más
con los latidos de su corazón que con el pulso de sus dedos, que trazan camino
y estilo para la Iglesia, y que parecen para propiciar la nueva era que quiere
avecinarse. El corazón intuye y acierta con la verdad; luego la red de tantas
pasiones que se entrecruzan retardan, e incluso impiden, un proyecto tan bello
y tan puro.
Me
fijaré en la parte postrera de la encíclica: el diálogo. Es para aplicarlo a la
Iglesia como comunidad de Jesús, a mí mismo como discípulo de Jesús.
El
tímido Pablo VI rompe la barrera de su pudor natural para brindarse a sí mismo
como hombre de diálogo, como Papa del diálogo con la modernidad.
Este era el talante del Papa: abrazar al mundo con
inmensa ternura, entrar en lo que llamó “el coloquio de la salvación”. Precisará
con detalle el cariz de un diálogo, que para nada esconde una solapada
arrogancia ni un afán de superioridad, pero sí la humilde certeza de caminar en
la verdad, que mi hermano puede enriquecer.
Este diálogo, que es un diálogo de amor, nació en
el seno de Dios, que es relación trinitaria y donación gratuita al mundo, y
tiene unas “sublimes características”. He
aquí unas frases, que el Papa desarrolla.
“El
diálogo de la salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa divina…
El
diálogo de la salvación nació de la caridad, de la bondad divina…
El
diálogo de la salvación no se ajustó a los méritos de aquellos a quienes fue
dirigido, como tampoco por los resultados que conseguiría o que echaría de
menos…
El
diálogo de la salvación no obligó físicamente a nadie a acogerlo…” (n. 30).
Una
de las páginas más felices es la siguiente, hablando de las cuatro características
que ha de tener el diálogo, el arte del diálogo con nuestros hermanos los
hombres, con cualquier cultura ajena al bagaje de mis conocimientos. Necesitamos
anotarlas, rumiarlas y aprenderlas.
“El
coloquio es, por lo tanto, un modo de ejercitar la misión apostólica; es un
arte de comunicación espiritual. Sus caracteres son los siguientes:
1)
La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad: es
un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades
superiores del hombre; bastaría este solo título para clasificarlo entre los
mejores fenómenos de la actividad y cultura humana, y basta esta su exigencia
inicial para estimular nuestra diligencia apostólica a que se revisen todas las
formas de nuestro lenguaje, viendo si es comprensible, si es popular, si es
selecto.
2)
Otro carácter es, además, la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a
aprender de El mismo: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón;
el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es
intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo
que propone; no es una mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos
violentos, es paciente, es generoso.
3)
La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la
disposición para acogerla por parte del interlocutor; promueve la familiaridad
y la amistad; entrelaza los espíritus por una mutua adhesión a un Bien, que
excluye todo fin egoísta.
4)
Finalmente, la prudencia pedagógica, que tiene muy en cuenta las
condiciones psicológicas y morales del que oye: si es un niño, si es una
persona ruda, si no está preparada, si es desconfiada, hostil; y si se esfuerza
por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las
formas de la propia presentación para no serle molesto e incomprensible.
Con
el diálogo así realizado se cumple la unión de la verdad con la caridad y de la
inteligencia con el amor” (31).
Avanzando
en su discurso, Pablo VI, esteta de la palabra tiene un bellísimo párrafo para
recordarnos que para transmitir el mensaje de Jesús – lo que nosotros hemos llamado
“las hermosas palabras del Señor” – tiene la primacía la predicación. Así lo
hizo Jesús mismo. Consignas que recojo con
íntimo gozo en el cuadro de las intenciones que pretende el presente
blog, consciente de que la técnica, que nos abre una red mundial de
posibilidades, es superada por la misma palabra, alentada por el corazón.
“Ninguna
forma de difusión del pensamiento, aun elevado técnicamente por medio de la
prensa y de los medios audiovisivos a una extraordinaria eficacia, puede sustituir
la predicación. Apostolado y predicación en cierto sentido son equivalentes. La
predicación es el primer apostolado. El nuestro, Venerables Hermanos, antes que
nada es ministerio de la Palabra. Nosotros sabemos muy bien estas cosas, pero
nos parece que conviene recordárnosla ahora, a nosotros mismos, para dar a
nuestra acción pastoral la justa dirección. Debemos volver al estudio no ya de
la elocuencia humana o de la retórica vana, sino al genuino arte de la palabra
sagrada.
Debemos
buscar las leyes de su sencillez, de su claridad, de su fuerza y de su
autoridad para vencer la natural ineptitud en el empleo de un instrumento
espiritual tan alto y misterioso como la palabra, y para competir noblemente
con todos los que hoy tienen un influjo amplísimo con la palabra mediante el
acceso a las tribunas de la pública opinión. Debemos pedir al Señor el grave y embriagador carisma de la palabra
(Jeremías 1,6), para ser dignos de dar a la fe su principio eficaz y práctico,
y de hacer llegar nuestro mensaje hasta los confines de la tierra” (n. 34).
En
fin, un párrafo exquisito dedicado al diálogo dentro de la Iglesia – y, por
aplicación, en esta célula pequeña, que es una comunidad religiosa, viva y
despierta para los intereses de Dios y del mundo, de los hijos de Dios.
“Y,
finalmente, nuestro diálogo se ofrece a los hijos de la Casa de Dios, la
Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que ésta, la romana es
"mater et caput". ¡Cómo quisiéramos gozar de este familiar diálogo en
plenitud de la fe, de la caridad y de las obras! ¡Cuán intenso y familiar lo
desearíamos, sensible a todas las verdades, a todas las virtudes, a todas las
realidades de nuestro patrimonio doctrinal y espiritual! ¡Cuán sincero y
emocionado, en su genuina espiritualidad, cuán dispuesto a recoger las
múltiples voces del mundo contemporáneo! ¡Cuán capaz de hacer a los católicos
hombres verdaderamente buenos, hombres sensatos, hombres libres, hombres
serenos y valientes!” (43).
Creo
no equivocarme si digo que es una de las carencias de hoy: el diálogo familiar
dentro de la Iglesia.
Sacando
los más hermosos anhelos de lo profundo de su corazón, alzaba la bandera de un
entusiasmo confiado y vencedor:
“Alegres
y confortados nos sentimos al observar cómo ese diálogo tanto en lo interior de
la Iglesia como hacia lo exterior que la rodea ya está en movimiento: ¡La
Iglesia vive hoy más que nunca! Pero considerándolo bien, parece como si todo
estuviera aún por empezar; comienza hoy el trabajo y no acaba nunca. Esta es la
ley de nuestro peregrinar por la tierra y por el tiempo” (46).
No
se puede escribir lo que aquí queda escrito, sin ahorra exclamaciones y efusiones, si el que
escribe no está transido del Espíritu de Cristo.
Por
eso, hoy lo leemos y reconocemos el frescor y la fragancia de nuestra fe, que
desde el corazón de Dios, nos lanza al mundo.
Guadalajara,
Jalisco, 25 junio 2013.
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