El regalo del amor
y la amistad
Hoy es san Bernardo (20
agosto), san Bernardo de Claraval, en los orígenes del Císter, si bien no
exactamente el iniciador, pero sí la figura más representativa de la Orden. Todos
los años nos deleita la liturgia con un pasaje bellísimo de sus obras, un texto
seleccionado del sermón 83 al Cantar de los Cantares, que transcribo y que dice
así:
* * *
El amor basta por sí solo, satisface por
sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo.
El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho;
su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa
es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que
vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre
todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con
que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy
inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da.
En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es
para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los
que se aman entre sí.
El amor del Esposo, mejor dicho, el
Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues,
la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose
además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor
por esencia?
Con razón renuncia a cualquier otro
afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de
que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se
vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial
perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es
el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la
creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la
fuente.
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni
eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la
seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un
gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el
cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel
que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser
inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor,
porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total
equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco
amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto
matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero
en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.
* * *
Este amor al que nos asoma san Bernardo
es el amor que tiene el alma con el Verbo, la unión nupcial de la criatura con
el Creador, esa aspiración suprema a la que todo ser amante (por ejemplo, yo
mismo) tiende.
Puntualizan los especialistas de san
Bernardo que aquí terminaría idealmente los Sermones
sobre el Cantar de los cantares – del cual ha comentado una sección de
pocos versículos
– si bien todavía el comentario se alarga en tres sermones más. “Para conocer
la alegría y el gozo de esta unión, para describir la experiencia de la unión,
Bernardo remite a otro futuro sermón, pero ya no volverá sobre ello, ya que, de
hecho, la experiencia en sí trasciende la explicación moral (anagogía).
Bernardo narra el camino hacia la unión, pero no la unión misma. Como la unión
pertenece a la otra vida, el Comentario alcanza aquí un término, y quizá el
final absoluto que no se puede sobrepasar: un final antes del final eterno. Este
sería el final que Bernardo se habría propuesto” (Juan María de la Torre,
OCSO).
* *
*
Hasta
aquí llegar el amor, vocación para la que yo nací y la que determinada todos
los actos de mi vida: ser amado y amar. Porque ya lo dijo Dante en el versículo
final de la Divina Comedia: que el amor mueve el sol y las demás estrellas.
Aristóteles,
en su Ética a Nicómaco (al parecer,
su hijo), comienza el libro VIII, que junto con el IX, va a ser el amplio
tratado sobre la amistad: “Después de estos podríamos continuar tratando de la
amistad: es, en efecto, una virtud o va acompañada de virtud, y, además, es lo
más necesario para la vida” (edición bilingüe de María Araujo y Julián Marías,
Centro de estudios constitucionales, Madrid 1994). Y luego el Filósofo va
distinguiendo los diversos tipos de amistad, doctrina que se ha hecho clásica.
De
manera que san Bernardo pisa sobre terreno conocido cuando nos describe en el
mismos ermón cuál es el amor recíproco de la esposa y el esposo, que es la
donación total e amistad. “Gran cosa es el amor; pero tiene sus grados. El de
la esposa está en la cumbre. (…) Me resulta sospechoso un amor que espera
recibir algo distinto de sí mismo. Muy débil es el amor si cuando lo privas de
lo que espera, se extingue o se enfría. Y es impuro el amor que desea otra
cosa. El amor puro no es mercenario. El amor no recibe su fuerza de la
esperanza, pero tampoco se resiente por la desconfianza. Este es el amor de la
esposa, porque es esposa, cualquiera que sea. El patrimonio de la esposa y la esperanza
forman un amor único. La esposa desborda de él y con eso está satisfecho el
esposo. Ni éste busca otra cosa, ni ella posee otra cosa. Por eso él es esposo
y ella esposa. Es propio de los esposos y no lo iguala ningún otro, ni el de
los hijos”.
Aclaremos
que el amor de amistad que ah explicado Aristóteles es un amor racional y
humano (lo mejor que ha dado el hombre), pero que el amor de amistad de que
habla san Bernardo es amor de amistad de la criatura con el mismo Verbo de
Dios, amor humano (porque quien ama es el hombre no el ángel) y amor místico
simultáneamente, que puede llegar hasta la copula
spiritualis, que es lo que el ser humano, favorecido por la gracia, anhela:
la fusión total e ser a ser.
*
* *
Diciendo
estas cosas el día de san Bernardo, quiero añadir algo sobre el don del amor de
amistad que se nos concede incluso en esta tierra, porque esto pertenece a la
fibra del Císter. ¿Quién es un Cisterciense, una Cisterciense? Es un cristiano,
una cristiana, que por gracia ha pretendido hacer la unidad de su vida en tres
querencias:
La
querencia de la intimidad.
La
querencia de la transcendencia.
La
querencia de la comunidad. Y entiendo por comunidad la comunidad del monasterio
y la comunidad universal. Desde la hondura el compromiso fraterno es compromiso
cordial por todo ser humano sufriente.
¿Qué
es el amor de amistad? Es la implantación del amor divino en el corazón humano,
abierto pura compartirlo con quien sintonice con este amor.
Y
en la tradición del Císter está el célebre tratado de Elredo sobre La amistad espiritual. Antes la palabra
“amistad” era una palabra vedada en nuestras Constituciones. Hoy no; la
fraternidad no puede anular la amistad, al contrario, debería fomentarla. El
Císter, vivido con hondura, es un terreno privilegiado de amistad. La amistad,
la profunda amistad, las selectas amistades, podemos vivirlas, sin traición, en
la vida consagrada.
Florinda
Panizo, cisterciense (Casarrubios del Monte, Toledo),
dice así bellamente concluyendo su exposición sobre el tratado:
“…Tal vez el encanto principal
del tratado De spirituali amicitia “es su firmeza psicológica y su sabor de cosa
vivida…” De su teoría se desprende que el monasterio debería ser una
fraternidad de amigos con un solo corazón y una sola alma. Pero Elredo sabe que
la amistad no hay que prodigarla y que las confidencias del corazón no pueden
extenderse a muchos. Por otra parte, hay que tener en cuenta las diferencias de
idiosincrasia y de temperamento. Definir la amistad como un acuerdo en el
pensar y el querer en todas las cosas divinas y humanas no pasa de ser un bello
ideal. El amigo debe saber ceder y alternar prudentemente la tolerancia con los
consejos y las censuras. Pues todos somos débiles y pecadores y necesitamos
unos de otros…”
En suma, haber gustado en
esta tierra de esa spiritualis amicitia
que ha expuesto (acaso “el diario de su corazón”, como se ha dicho) san Elredo
de Rieval es uno de los dones más exquisito que el Señor puede regalarnos.
¡Ojalá!
Guadalajara, Jalisco, 20 agosto 2013
Añadimos un himno compuesto para la
celebración litúrgica de san Bernardo
Bernardo
es el amor y la dulzura
Pío
XII recogió la figura y la espiritualidad de san Bernardo en la carta encíclica
Doctor melifluus, escrita con motivo
del VIII centenario de la muerte del santo. Bernardo es el amor y a dulzura, es
el doctor melifluo. “Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el
corazón”.
Bernardo
ha comentado para sus monjes el Cantar
de los cantares en los célebres sermones Super
cantica. Allí ha fomentado una espiritualidad fuertemente esponsal: “…Es
abrazo. Abrazo ciertamente, cuando un mismo querer y no querer hace de dos
espíritus uno… El amor abunda para sí… Por eso, el que ama, ama; y no sabe otra
cosa”.
La
piedad mariana es, como se sabe, nota destacadísima en san Bernardo. De él es
esta frase: “Nada quiso darnos Dios que no pasase por manos de María”. Y así lo
recoge el himno. María es la estrella: “Mira a la estrella, invoca a María”.
Al
mismo tiempo Bernardo, que en Claraval ha iniciado un movimiento nuevo en la
irradiación benedictina, es un predicador de la cruzada.
En
fin, cuando el himno va avanzando nos volvemos al recogimiento de una trapa
hoy: ¡Oh fuerza del silencio y de la gloria, que el humilde comparte
arrodillado…! Así hemos visto al humilde hermano arrodillado en la trapa de La
Oliva (Navarra), y así queremos evocar el fecundo carisma del trapense en
nuestros días.
Bernardo es el amor y la dulzura
de aquel que como Juan se ha reclinado
junto al divino pecho del Señor
para hacer su morada en el costado.
Allí el amor abunda, allí descansa,
allí el beso del Verbo, allí el abrazo;
y el deseo sin fin allí cumplido,
que el amante al amor es su regalo.
Y María, la Madre clementísima,
estrella clara, está junto a Bernardo;
que no hay gracia del cielo que no pase,
como Jesús, por sus piadosas manos.
Se lanza entonces el ardiente apóstol
como río encendido y desbordado;
su sabia lengua es gozo de la Iglesia,
su firme voz, coraje de cruzados.
¡Oh fuerza del silencio y de la gloria,
que el humilde comparte arrodillado!;
sea Cristo palabras para el hombre
desde el hogar de silencioso claustro.
A ti, Cristo, volvemos la mirada,
quietos los cuerpos, corazón en alto;
y desde esta liturgia de la espera,
a ti, Cristo, que vienes, te alabamos.
Amén.
Rufino María Grández, capuchino (letra)
– Fidel Aizpurúa, capuchino (música), Himnos para el Señor. Editorial Regina,
Barcelona, 1983, pp. 214-217.
Muy estimado P. Rufino: A través de mi correo electrónico le he remitido unas reflexiones sobre el texto de su homilía, con el ruego de que, si Dios quiere, llegasen a Ud., y pudiese, si esa es su voluntad, remitirme su docta opinión.
ResponderEliminarLe ruego disculpe las molestias.
Cordiales saludos.
Juan José.