Homilía
en el domingo XX del tiempo ordinario, ciclo C
Lc
12,49-53
Texto evangélico:
“He
venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con
un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis
que he venido a traer paz la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán
divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos
el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la
hija contra la madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra”.
Hermanos:
1. ¡Qué duras son estas frases de Jesús,
qué claras y tajantes, y con cuánto sentimiento tuvo que decirlas! Si bien las
pensamos, quizás nos obliguen a cambiar una figura dulce de Jesús, acogedor,
que a todos recibe y que no quiere el conflicto. A veces se ha pintado al
Corazón de Jesús con esa dulzura diluida, piadosa y romántica de quien no ha
conocido el drama de la vida.
Esto va frontalmente contra el
testimonio de los santos Evangelios. Jesús despertó un oleaje de entusiasmo –
que, al menos en un grupo, fue pasión de amor – un entusiasmo que, en mayor o
menor medida, le acompañó hasta el Calvario. Pero en los cuatro Evangelios
aparece bien pronto el conflicto; y este conflicto, que él mismo provoca con
sus palabras, es el que le ha llevado a la muerte. San Marcos, ya en las
primeras páginas anota, cuando Jesús, lanzando una mirada indignada, curó al
paralítico de la mano seca: “En cuanto salieron, los fariseos se confabularon
con los herodianos para acabar con él” (Mc 3,6).
Y san Juan, después de aquel grandioso
signo de la multiplicación de los panes, nos da esta información: “Desde
entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”
(Jn 6,66). Es la primera apostasía de que tenemos noticia; y, pensándolo en
serio, este tipo de apostasías hace bien, porque ayuda a clarificar la fe:
quién es de Jesús, y quién no es de Jesús, quién va detrás de un líder
carismático y quién va detrás de un enviado de Dios.
2. Jesús nos dice, pues, que ha venido a
echar fuego a la tierra. Esta declaración de Jesús seguramente que tiene un
alcance total, porque quiere definir toda la obra de Jesús. Sería muy poco
decir que Jesús busca gente entusiasta, gente ardiente dispuesta al combate.
Por supuesto que sí: gente de ese temple son los que él quiere, como aquellos
dos hermanos, los hijos de Zebedeo, a los que llamó, en su lengua, Boanerges, hijos del trueno. ¿Quién es
el hijo del trueno, sino el rayo! Jesús quiere para su tarea hombres de ese
filo, como el rayo.
Pero Jesús aquí está hablando de otro
fuego: del fuego de la venida de Dios para purificar el mundo. Lo mismo en el
Antiguo que en el Nuevo Testamento la venida definitiva de Dios es una venida
en fuego. El fuego todo lo arrasa, todo lo purifica. Pero alguien tiene que
prenderlo: Dios mismo, y en este caso, Jesús, el Hijo de Dios.
Jesús ha venido al mundo para esto: para
anunciar el fuego de Dios y el paso al advenimiento del Reino.
3. Otra imagen que Jesús pone es la del
bautismo. También las aguas caudalosas de Dios van a ser un diluvio de
divinidad. Jesús se va a sumergir en estas aguas, y esas aguas van a ser las
aguas del sufrimiento de su Pasión.
Jesús había recibido el bautismo en el
Jordán, como inauguración del tiempo nuevo, del tiempo del Mesías, pero su
bautismo final va a ser el bautismo de sangre de la Cruz.
Y estos son los quereres profundos de su
corazón; para esta misión ha venido, y ¡cómo anhela que llegue el día en que
pueda demostrar al Padre que él abraza al mundo entero con este bautismo y que
toda su vida es un suspiro ardiente por ese fuego universal!
4. Con esta visión de vida comprendemos
mejor esa declaración en torno a la paz y la ruptura. ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.
El mismo evangelista Lucas, que nos transmite estas declaraciones provocadoras,
ya nos había informado de lo que dijo el anciano Simeón a María por el niño que
llevaba en brazos: una espada te traspasará
el alma. Le anunció el sabio anciano: “Este ha sido puesto para que muchos
en Israel caigan y se levanten, y será como un signo de contradicción – y a ti
misma una espada te traspasará el alma – para que se pongan de manifiesto los
pensamientos de muchos corazones” (Lc 2,34-35).
Jesús rompe familias. ¿Pensáis que he venido a traer paz a la
tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa:
tres contra dos y dos contra tres.
Y pone tres ejemplos: el padre y el
hijo. ¿Qué más natural que el padre y el hijo sean como un puño? Pues llegará
un momento que, por causa de Jesús, por causa del Evangelio, estarán divididos el padre contra el hijo y
el hijo contra el padre.
Y ¿qué más natural y entrañable que la
madre y la hija sean lo que deben ser, pura unión de amor? Pues no, por causa
de Jesús, por el Evangelio estarán divididas: la madre contra la hija y la hija contra la madre.
Y en una familia ideal, la buena armonía
que deben tener suegra y nuera, como Noemí y Rut; pues: la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra.
De alguna manera Jesús recuerda aquella
situación desoladora que describe el viejo profeta Miqueas, contemporáneo de
Isaías: el hijo desprecia al padre, la
hija se rebela contra la madre, la nuera contra la suegra; los enemigos del
hombre son los de su propia casa (Miq 7,6).
Esa descomposición social y familiar la
ve Jesús que, bien a pesar suyo, la va a producir el Evangelio.
5. Un ejemplo de las palabras de Jesús
lo podemos ver el caso de una santa que recordábamos estos días, el 9 de
agosto, la judía Edith Stein (como carmelita santa Teresa Benedicta de la
Cruz). Cuando pasó a la fe de Jesús, dijo a su madre: “Mamá, soy católica”. Su
madre, judía creyente y una verdadera israelita (así se ha escrito) nunca la
comprendió. Y cuenta su biografía la última vez que le acompañó a la sinagoga
(12 octubre 1934) en vísperas de entrar en el Carmelo: “Edith
acompaña a su madre a la sinagoga. Fue un día nada fácil para las dos mujeres. ¿Por qué la has conocido (la fe cristiana)?
No quiero decir nada contra Él. Habrá sido un hombre bueno. Pero ¿por qué se ha
hecho Dios? Su madre lloró. A la mañana siguiente Edith tomó el tren para
Colonia. "No podía tener una alegría arrebatadora – escribe -. Era
demasiado tremendo lo que dejaba atrás. Pero yo estaba tranquilísima, en el
puerto de la voluntad de Dios". Cada semana escribirá después una carta a
su madre. No recibirá respuesta. Su hermana Rosa le mandará noticias de casa” (Teresa Benedicta de la Cruz - Edith Stein
(1891-1942) monja, Carmelita Descalza, mártir, en: vatican.va).
Fue arrestada por la Gestapo. Como otros
millones de judíos murió en los hornos crematorios.
6. Hermanos, no lo olvidemos: Si somos
cristianos, llevamos, como María, una espada en el corazón. Cristo nos dé la fuerza
del amor, la fuerza de la cruz. Amén.
Guadalajara, Jalisco, jueves, 15 de
agosto de 2013.
Sobre este Evangelio puede verse el poema: Fuego y hoguera
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