Homilía
en el Bautismo del Señor, ciclo C
Lc
3,15-16.22-23
Texto evangélico
15 Como el pueblo
estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería
el Mesías, 16 Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os
bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco
desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y
fuego.
21 Y sucedió que, cuando todo
el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se
abrieron los cielos, 22 bajó el Espíritu Santo sobre él con
apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: «Tú eres
mi Hijo, el amado; en ti me complazco».
Hermanos:
1.
El misterio del ciclo navideño termina con este domingo que sigue a la Epifanía
y que es el domingo del bautismo del Señor. El pasaje que acabamos de leer y de
escuchar es de una belleza deslumbrante. Juan dice que él bautiza con un
bautismo de preparación, bautismo de agua. Pero anuncia que hay otro bautismo,
que es el que trae el más fuerte, aquel de quien no soy digno de desatarle la
correa de sus sandalias. Ese bautismo no será de agua, sino de Espíritu Santo y
de fuego.
Uno
se pregunta, buscando en los misterios divinos: ¿Por qué puede Jesús bautizar
con Espíritu Santo y con fuego? Y la respuesta se impone: porque él mismo ha
sido bautizado con Espíritu Santo y con fuego.
El
bautismo que Jesús recibe es el bautismo pleno de la Trinidad. Jesús es
bautizado con el Espíritu de Dios, es bautizado con el fuego de Dios, el fuego
que arde en el misterio del ser divino.
2.
Esta interpretación mística del bautismo de Jesús no es, en modo alguno, una
evasión del misterio que tenemos delante. Bien al contrario, es un humilde
intento de fondear en algo que nunca comprenderemos. Se pregunta el cristiano
por qué Jesús fue al bautismo, que radicalmente es un signo de purificación,
signo penitencial para decir, con humildad, que el hombre siente la mancha y el
peso del pecado, que todo lo anterior queda atrás, y comienza una vida nueva en
obediencia y fidelidad a Dios. Es una visión correcta.
En
esta perspectiva Jesús va al bautismo, solidario de la causa de Adán. “Al que
no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros
llegáramos a ser justicia de Dios en él” (2Cor 5,21).
Uniendo,
pues, el pecado del hombre con el bautismo de Jesús estamos en el recto camino.
La misma Sagrada Escritura nos da esta pista de interpretación.
De aquí
deducimos que el bautismo de Jesús fue el más verdadero de todos, porque nadie
bajó tan hondo al abismo del pecado como bajó Jesús. “Todos errábamos como
ovejas, | cada uno siguiendo su camino; | y el Señor cargó sobre él | todos
nuestros crímenes” (Is 53,6).
3.
Sin quitar nada al realismo y a la dureza de esta interpretación bíblica del
bautismo de Jesús, podemos decir que es en sí misma incompleta. No mira más que
a una parte de la realidad total. Porque la plenitud del bautismo está
significando la plenitud de la invasión de Dios en él. Jesús en el Jordán es bautizado
con Espíritu Santo y con fuego; y él quiere desbordar este bautismo divino
sobre toda su comunidad que lo sigue, desea desbordarlo y realizarlo en mí.
Así, pues, el bautismo de Jesús está anunciando la totalidad del Bautismo que
por gracia me ha sido dado:
-
Bautismo de purificación y perdón de los pecados, por de pronto, Bautismo que
arranca de la cruz doliente de nuestro Salvador.
-
Pero, sobre todo y por encima de todo, Bautismo que es la irrupción plenaria de
la vida de Dios en mí. En mi bautismo se me da el Espíritu Santo y con fuego.
4.
Y en este segundo aspecto, sobre todo, está la hermosura del bautismo de Jesús.
La vida de Jesús de cara al mundo, al que se inicia en el bautismo, va a ser
una vida totalmente de Dios, una vida totalmente de fuego.
Todas
las palabras de Jesús proceden del Espíritu Santo, porque son espíritu y vida.
Todas las palabras de Jesús llevan el fuego santificador de Dios.
5.
El bautismo se nos presenta como la transformación divina de Jesús.
Él
entra en oración y el Espíritu desciende sobre él. Se oye la voz del Padre que
declara su amor divino al Hijo. Y todo ello de una forma física, corporal, para
que el mundo lo sepa. Jesús es el milagro del Padre por encima de cualquier
otro milagro. San Lucas lo ha expresado así:
y, mientras oraba, se abrieron
los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a
una paloma y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me
complazco».
7. Para entender, pues, el bautismo de Jesús, hay
que mirar simultáneamente a Cristo en el Jordán y a Cristo Resucitado.
Nos encontramos ante los primeros monumentos de la
teología cristiana. Si preguntamos a un cristiano iluminado “¿Quién es Jesús?”,
nos puede responder: es el bautizado en el Espíritu Santo y en el fuego de Dios.
De ningún otro se puede decir en sentido inmediato y literal lo que aquí está diciendo
el Evangelio acerca de Jesús.
De ahí dimana la consecuencia que revierte sobre el
cristiano. “¿Quién es un cristiano?”. Aquel que ha participado el bautismo de Jesús,
habiendo sido él mismo bautizado con Espíritu Santo y con fuego.
Esto, hermanos, ocurre en el momento en que las
aguas bautismales caen sobre nuestras cabezas. No hace falta un nuevo bautismo,
como a veces se cree, para ser bautizado en el Espíritu Santo. Todo cristiano,
como hijo de Dios, ha sido bautizado con Espíritu Santo y con fuego.
8. Realidades, hermanos, a las que no se puede
acceder sino por la oración y por el toque mismo de Dios. Jesús bautizado entra
en oración, saboreando y contemplando lo que acaba de acontecer en él. Él era
Hijo de Dios por el Espíritu Santo. Sin Espíritu santo no hay filiación divina.
9. Oremos al Padre diciéndole a Jesús: Señor Jesús,
ábrenos, por piedad, las puertas de la oración, para entrar contigo en el Espíritu
y haz que nuestra vida quede calcinada y hermoseada por el fuego de tu amor.
Amén.
Puebla, Pue, viernes, 8 enero 2016.
Puebla, Pue, viernes, 8 enero 2016.
Muy estimado P. Rufino:
ResponderEliminarDebo admitir sin equívocos mi grata sorpresa al leer el brillante artículo insertado por usted en el ejemplar de la revista del MENSAJERO de este mes.
Ruego reciba mi cordial y deferente felicitación.
Saludos.
Juan José.