Homilía
para el domingo 3 del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 1,1-4;
4,4-21
Texto evangélico:
1 1Puesto
que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se
han cumplido entre nosotros, 2 como nos los transmitieron los
que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, 3 también
yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de
investigarlo todo diligentemente desde el principio, 4 para que
conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
4 14 Jesús volvió a
Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. 15 Enseñaba
en las sinagogas, y todos lo alababan.
16 Fue a Nazaret,
donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados,
y se puso en pie para hacer la lectura. 17 Le entregaron el
rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba
escrito: 18 «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me
ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos
la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; 19 a
proclamar el año de gracia del Señor». 20 Y, enrollando el
rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los
ojos clavados en él. 21 Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha
cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Hermanos:
1. Concluimos el ciclo de la Navidad con el
Evangelio del Bautismo de Jesús, que es el domingo que sigue a la Epifanía (es
decir, dos domingos). Después del Bautismo del Señor vino la escena de la Caná
de Galilea, según lo explicamos el domingo pasado: una boda en la que no
aparece la novia, porque la novia es la comunidad que crea Jesús, la comunidad
mesiánica, de la cual Jesús es el Esposo; y hoy el anuncio del Reino en la
sinagoga de su propia aldea, Nazaret.
Dos sencillas advertencias para encuadar el
Evangelio de hoy. La primera es esta: que es un Evangelio compuesto, a saber,
los versículos iniciales, Prólogo y propósito de la obra del escritor san
Lucas. Y la segunda, que el Evangelio que hemos leído hoy es incompleto; la
segunda parte la leeremos el domingo que viene: el Jesús anunciado es el Jesús discutido
y rechazado, y todo ello, en su conjunto, es un presagio de la vida entera de
Jesús, el enviado de Dios, el Hijo de Dios, el Señor.
En relación con estos momentos iniciales de la vida
de Jesús, conviene recordar para nuestra instrucción y catequesis, que fue el
papa San Juan Pablo II el que introdujo en el rosario los llamados “misterios
luminosos”. El rosario tradicionalmente se componía de tres secuencias de
misterios: Misterios gozosos (la Infancia de Jesús), Misterio dolorosos (la
Pasión de Jesús) y Misterios gloriosos (la Resurrección). Los “Misterios
luminosos” son los misterios de la vida pública de Jesús, cinco misterios por este
orden:
Primer misterio: Jesús bautizado en el Jordán.
Segundo: Jesús revela su gloria en las bodas de
Caná de Galilea.
Tercero: Jesús anuncia el Reino.
Cuarto: Jesús es transfigurado.
Quinto: Jesús instituye la Eucaristía.
Vamos, pues, siguiendo esta secuencia: bautismo,
bodas de Caná, anuncio del Reino.
2. No tenemos una foto de alguien imaginario que hubiera
podido fotografiar a Jesús; no tenemos un cuadro de un pintor que lo hubiera
pintado, no poseemos un busto de mármol de un escultor que lo hubiera plasmado,
cincelado.
Pero hay otro cincel, la pluma de los evangelistas.
Tenemos el retrato espiritual que nos hacen los Evangelios, incomparable frente
a cualquiera otra reproducción que solicita afectivamente nuestra piedad.
He aquí el retrato que hace san Lucas. ¿Quién es
Jesús? La respuesta de san Lucas es, por de pronto, esta:
- Jesús es el Jesús de las profecías de la
consolación de Israel.
- Jesús es el Ungido por el Espíritu Santo
- Jesús es el Jesús de la misericordia con esa
cuádruple misión que se le confía, a saber:
Me ha enviado a evangelizar a los
pobres,
a proclamar a los cautivos la
libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los
oprimidos.
En este primer momento inaugural de la vida de
Jesús se están atisbando las Bienaventuranzas, que son el meollo del Evangelio,
si ponemos delante la palabra Padre y la palabra Espíritu Santo.
Jesús viene a anunciarnos que somos hijos de Dios, que
nos ha sacado de las tinieblas y nos ha llevado al reino de la luz, que nos ha
librado de la cautividad de nuestros pecados y nos ha concedido disfrutar de
una libertad que nadie nos puede arrebatar, que nos ha sacado de la opresión y
nos ha llevado a un terreno ancho como el cielo, donde el amor es el aire de
nuestros pulmones.
3. Hermanos, uno de los privilegios que tiene el
sacerdote es leer con sus propios ojos y labios el canon de la misa y
pronunciarlo piadosa y solemnemente ante toda la asamblea que lo está
escuchando y personalizando. Es una experiencia muy especial, porque, con sencillez
de corazón, uno quiere entrar en esa órbita. En la Plegaria Eucarística, por
ejemplo, se dice: “Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud
de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó
por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo
nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres,
la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo. Para cumplir tus
designios, él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando, destruyó la muerte
y nos dio nueva vida”.
4. Al tiempo que estamos diciendo cosas tan bellas,
al eco de la predicación de Jesús en Nazaret, los cristianos de todo el orbe
estamos celebrando el Octavario de reflexión y de oración por la unidad. Este
es el dolor más agudo que lleva la Iglesia, clavado hace muchos siglos en su
corazón. Ellos y nosotros, nosotros y ellos, creemos en un mismo Jesús, Hijo de
Dios y Salvador, y, con todo, no hacemos una misma Iglesia visible. ¿Por qué? Y
aquí topamos con el misterio del corazón humano, donde está la raíz recóndita,
pecaminosa, de toda desunión.
Si somos sensibles a las cosas del espíritu y somos
capaces de bajar al fondo del corazón, creo que todos, en el curso de nuestros,
hemos padecido esta experiencia que se fragua en lo profundo: desencuentros que
se dan en la vida de mayor o menor importancia, distanciamiento de tal persona
que habíamos amado sinceramente y cuyo recuerdo ha quedado como una herida a
sanar, falta de unión en la familia que
padecemos o sufrimos al verlo, observando la indiferencia, si no es el
alejamiento. Son ejemplos humanos, muy a la mano, muy comunes, que nos introducen
en el misterio de la desunión de la Iglesia.
Los diálogos son necesarios, pero no son la clave
del problema, porque podríamos estar quinientos años respetándonos y dialogando
sin llegar a unirnos, cada uno en su sitio. La unidad de la Iglesia solo la puede
hacer Dios, si ve en nosotros la renuncia a toda acusación, la humildad y el arrepentimiento
de nuestros pecados, sin mirar a los del vecino, y la oración, la súplica humilde,
confiada, perseverante, para que se cumplan los deseos de Dios, no los nuestros.
5. Terminemos, pues, hermanos, con una súplica por la
unidad de la Iglesia. Señor Jesús, que anunciaste e amor del Padre en Nazaret,
no te canses de anunciarlo entre nosotros, y danos un corazón humilde, sencillo
y puro para acogerte. Amén.
Guadalajara, viernes, 22 enero 2016
Está claro que en el pasaje evangélico de este domingo se “mezclan”, por así decirlo, pasajes del capítulo primero (inicio del evangelio de san Lucas) con el cuarto capítulo del mismo autor. Efectivamente en el capítulo cuarto se relata la escena de la presencia de Jesús en la sinagoga de Nazaret, la población donde se crió.
ResponderEliminarJesús, mientras que enseña en la sinagoga, es alabado por sus oyentes. Pero luego, cuando lee el pasaje del profeta Isaías, inmediatamente cambian de parecer, y la admiración se convierte en cólera. ¿Cómo es eso posible?. Jesús se atribuye a sí mismo las palabras del Isaías: EL ESPÍRITU DEL SEÑOR…. ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO…. A PROCLAMAR UN AÑO DE GRACIA DEL SEÑOR.
Todos los asistentes en la sinagoga se sabían de memoria ese pasaje de Isaías, y por eso siguen con expectación las palabras de Jesús. Pero rápidamente notan que Jesús se arroga la unción mesiánica, y que omite a sabiendas el final del texto de Isaías: Y EL DÍA DE LA VENGANZA DE NUESTRO DIOS. Estas libertades por parte de Jesús llena de furia a la gente. Todos protestan y se llenan de cólera. Jesús se podría atribuir el mesianismo ante quienes no le conocieran, pues cabría esa duda, pero ante sus propios convecinos es ir demasiado lejos, y hasta peligroso, no sólo para sí mismo, sino para sus familiares y amigos.
Por otro lado, como creyentes, a su pueblo le priva de la venganza de Iahvé contra los goyim, como cita Isaías. Y en lugar de eso ¡Jesús se pone a hablar de la ternura de Dios, no para los judíos, como cabía esperar, sino para con los gentiles: un hombre sirio y una mujer fenicia. Ante esta idea insoportable todos a una intentan matar a Jesús por blasfemo.
En el mesianismo, Jesús no sólo rechaza sentimientos de venganza, sino que, yendo más lejos, promete a los goyim, a los gentiles, compartir la resurrección. No son excluidos los habitantes de Tiro o de Sidón, ni los de Sodoma y Gomorra, de quienes un rabino del año 90 d.C. llegó a afirmar que no resucitarían. Todos estamos llamados ante el mismo tribunal de Dios: SERÁN CONGREGADAS ANTE ÉL TODAS LAS NACIONES, y el hecho de que los gentiles puedan también oír una sentencia absolutoria, y sean acogidos por parte de Dios, ¡llena de estupor al auditorio de Jesús!. Es de hacer notar que en tiempos de Jesús la opinión general era que sólo los descendientes de Abraham se salvarían. San Juan Bautista fue el primero de dejar claro que esa idea era falsa: NO OS CONTENTÉIS CON DECIR “TENEMOS POR PADRE A ABRAHAM”, PORQUE PUEDE DIOS DE ESTAS PIEDRAS DAR HIJOS A ABRAHAM. Jesús sigue esta misma línea, y les hace ver que ser descendiente de Abraham no les salva de la condenación. Más aún, el pueblo israelita será juzgado con mayor rigor, porque fue el primero en recibir la Buena Nueva. En aquel día los goyim se convertirán en acusadores de ellos. Y algo increíble: los descendientes de Abraham serán condenados, y muchos goyim se sentarán a la mesa del Reino de Dios. Hasta Jesús, nadie se ha atrevido a pronunciar esas reflexiones en Israel. Ningún autor apocalíptico, ni siquiera el más virulento, se ha permitido jamás tal enormidad.
Saludos. Juan José.