miércoles, 9 de agosto de 2017

980. Domingo XIX A – Jesús se muestra a su Iglesia en el oleaje del mar



Jesús se muestra a su Iglesia en el oleaje del mar
Mateo 14,22-33

Texto del Evangelio
22 Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. 24 Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 25 A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. 27 Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».
 28 Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». 29 Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; 30 pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». 31 Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?». 32 En cuanto subieron a la barca amainó el viento. 33 Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Hermanos:
1. Quien haya seguido las homilías anteriores podría acaso pensar que este predicador trabaja con una obsesión, que en este modo de pensar hay un tema recurrente que acapara los demás. El tema es este: ¿Quién es Jesús? Como si la respuesta vital a esta pregunta fuera la solución de todo lo demás, como si la respuesta teológica en torno a una persona fuera la respuesta precisa a los avatares de la vida humana.
Hermanos, la homilía sagrada no es para polemizar. La homilía siempre nos lleva a un encuentro, y el encuentro, aunque acontezca en multitud, en comunidad, siempre es personal. Al final, la pregunta última del ser humano es esta: Dios y yo.
Dios le dijo al profeta Elías en el monte Horeb, fugitivo de la persecución del rey: “11 Le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. 12 Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave”.

2. Hermanos, Dios está en la brisa, Dios está en la intimidad, Dios está en la intimidad invulnerable de cada uno: para Elías, para Pablo, para mí, para ti haya sido cual haya sido tu pasado, acaso la aventura de tu vida.
Dios es la pura intimidad. La explosión del yo acontece en lo íntimo más íntimo de mí mismo: Dios y yo. Y esta pregunta la traemos una vez más al Evangelio de hoy: ¿Quién es Jesús? El Evangelio termina en una soberana confesión, y en una proskínesis de adoración: 33 Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

3. Ese y no otro es el sentido del Evangelio. Si conociéramos a Dios en Jesús, si conociéramos y confesáramos que Jesús es Dios, todo lo demás vendría de por sí. Quizás el intérprete del Evangelio diga que estamos en una escena mítica, que este Evangelio no es más que la representación de lo que la comunidad vive en el culto de Jesús, que es un puro símbolo la trama configurativa de este Evangelio… Hipótesis de trabajo que no las vamos a rechazar sin más.
El Evangelio nos lleva a una confesión: Real y verdaderamente tú eres el Hijo de Dios. Sin esta fe no hay Evangelio, por muy eruditas que sean todas las explicaciones que queramos dar.
Por el contrario, si al leer texto de nuestro corazón brota esa confesión de fe, entonces sí hemos leído el Evangelio.

4. En apoyo de estos que estamos declarando vamos a recurrir a san Pablo en la declaración personal más dramática y disparatada que él nos ha escrito. Hay ciertas cosas en la vida que si se dicen o se escriben no se pueden expresar sino a lágrima viva.
San Pablo llegar a decir una locura: que habiendo conocido a Cristo, quisiera vivir fuera de Cristo si por ello sus hermanos llegaran adonde él se encuentra. Evidentemente que esto no tiene sentido, pero es la forma de expresar que el encuentro viviente con Cristo es lo más sublime que Dios ha concedido al hombre, que eso vale más que la creación de cielo y tierra.
En un arrebato de pasión Pablo escribo con una especie de juramento ante Dios: 1 Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: 2 siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; 3 pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: 4 ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; 5 suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén” (Rom 9,1-5).
Estas palabras estremecen la carne leídas en la fiesta de una judía, Edit Stein, que ha amado a su pueblo como la Reina Esther, y que de la fe de Abraham ha pasado a la fe de Jesús. “No, hija mía” le dice su madre, “Jesús será un hombre bueno, sí…, pero Hijo de Dios, no”.  Pero de eso se trataba si Jesús, hijo de Israel como la familia Stein, era en realidad o no lo era el Hijo. De esos se trata, hermanos, si confesamos a no a Jesús como Hijo de Dios.
Edith Stein, mujer escritora, filósofa, terminó en un convento de carmelitas…, y cómo víctima de suave olor en un  horno crematoria. Ella es santa Teresa Benedicta de la Cruz, de la Cruz de Cristo, que es la cruz que nos salta. Edith Stein patrona, copatrona de Europa.

5. Cristo camina glorioso sobre el mar agitado. El mismo Jesús que tuvo compasión de la multitud hambrienta y que actuó dándole el banquete del pan de vida, este mismo Jesús se acerca a la cuarta vela de la noche (sobre las 3 horas de la madrugada)
Cuando él se acercaba para ayudarles, gritaron pensando que era un fantasma… Y el Cristo soberano dijo como Dios dijo a Moisés: Yo soy.
Pedro, el primero de los apóstoles, surge decidido. Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». 29 Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús.
Esta plegaria de Pedro se ha recogido para repetirla después de la comunión, en la oración que llamamos “Alma de Cristo, santifícame”. Sangre de Cristo, embriágame…; y mándame ir a ti...
No podemos ir a Jesús si el mismo Jesús no nos llama, si Jesús en su misericordia no nos dice: Ven a mí.

6. Pedro se lanza al agua, y el agua es agua cuando la fe de Pedro vacila. Cuando su fe es poca, se hunde en las aguas. Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?
La comunidad que lee el relato y lo está celebrando en el culto cristiano sabe que Pedro ya no es Pedro, que Pedro somos nosotros. ¿Por qué has dudado?, me está diciendo Jesús con un dulce reproche que lleva al alma.
Hermanos, no pidamos a Jesús que se apacigüen las aguas, Pidámosle otra cosa: Sálvanos, sé tú nuestra firme seguridad pase lo que pase.

7. Con esta súplica concluimos. Señor Jesús, es de noche; estamos en la cuarta vigilia; las olas se han revuelto y la barca se zarandea: Sálvanos, que perecemos, sálvanos tú, solo tú. Amén.

Alfaro, La Rioja (España), 9 de agosto de 2017

1 comentario:

  1. En este pasaje evangélico los cristianos parece que nos quedamos con el impactante hecho milagroso de Jesucristo caminando sobre las olas de un mar embravecido, y de unos discípulos aterrorizados ante tal visión.

    ¿Eso es todo?.

    Indiscutiblemente ese milagro, como dice antes, es un hecho impactante. Pero no es menos cierto que antes Jesucristo nuevamente nos enseña que debemos orar, y no a bombo y platillo, sino como él hace: se retira a lugares solitarios. Sube a un monte a orar. Sube a un monte porque es evidente que es un lugar solitario por excelencia, porque está lejos del “mundanal ruido”, porque es un lugar donde “se oye el silencio”. No nos enseña que busquemos un monte para orar, que a lo mejor no lo tenemos a mano o es imposible subir a él, sino que busquemos la soledad, que busquemos esa “brisa” que halló el profeta, que entremos en nuestra habitación y, cerrada la puerta, oremos al Padre celestial en ese lugar secreto. Que en ese lugar pronunciemos una y otra vez la palabra que pronuncia un niño que llama a su padre: ABBA. Con esa expresión de amor filial el Padre escucha amorosamente la voz que le llama. Y así se inicia ese diálogo misteriso paternofilial.

    Saludos. Juan José

    ResponderEliminar