viernes, 19 de enero de 2018

1043. Jesús anuncia el Reino y escoge a los Apóstoles del Reino



Jesús anuncia el Reino
y escoge a los Apóstoles del Reino
Mc 1,14-20

Texto evangélico:
14 Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; 15 decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
16 Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. 17 Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». 18 Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 19 Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. 20 A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Hermanos:
1.  Hay tres circunstancias que concurren en este domingo 21 de enero: el viaje del Papa a Chile y Perú que concluye hoy, el hecho de que estamos en la Semana de la Unidad de los Cristianos, pidiendo lo que en la Cena Jesús pedía al Padre: Padre, que sean uno; y tercera y principal, que es domingo, Pascua del Señor, con los textos sagrados que la Iglesia pone a nuestra consideración.
El lema de la visita a Chile ha sido: “Mi paz les doy”, una palabra del Señor que está tomada de la última Cena. El lema escogido para la visita a Perú ha sido: “Unidos en la esperanza”, que es igualmente un eslogan de sabor bíblico. La Iglesia de Jesús vive unida en la fe, la esperanza y el amor.
En el tiempo que posibilita una sencilla homilía, hermanos, habiendo mencionado estos referentes, que suscitan fe y amor en nuestro corazón, nos vamos a concentrar simplemente en las palabras del santo Evangelio. Son palabras que nos llegan como rocío de luz y de esperanza, y abren nuestro corazón al misterio permanente de Dios en medio de nosotros. Nunca olvidemos que el tema central de la Biblia es este: Dios es inmanente a la historia humana. Desde la creación hasta hoy Dios está en medio de nosotros, en medio del mundo, y lo estará hasta el final.
Desde mi fe de creyente en Cristo puedo abrir mi conciencia y auscultar el corazón de Dios. Es lo que pretendemos en cada homilía.

2. El Evangelio de hoy, en los breves versículos escogidos, tiene dos partes:
- El anuncio del Reino en labios de Jesús, desde el comienzo de su aparición en público como predicador itinerante.
- Y la elección de los primeros apóstoles, junto al lago de Galilea, una elección que hoy la iglesia escucha para ver cuál ha sido su elección y misión en el mundo, y cuál lo está siendo.
Jesús comienza su ministerio con unas palabras que valen para esta ocasión y para todo el resto de su vida pública. Estas palabras se han traducido al castellano de este modo: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.
El intérprete meticuloso de los Evangelios se hace sus preguntas, que no son preguntas de curiosidad, sino preguntas de contenido y de sentido, para precisar lo más exactamente que podamos el pensar y el sentir de Cristo.
¿No sería mejor traducir: “el reinado de Dios” en vez de “el reino de Dios”?
¿No sería mejor decir que este reinado está en acción, ha irrumpido ya, en lugar de “está cerca”, que sugiere que va a venir después, pero que todavía no ha llegado y que has que esperar…?

3. Afrontando, con toda la veneración y espeto las palabras del santo Evangelio, hemos de recordar lo que el domingo pasado decíamos a propósito de la fe: La fe como es un cúmulo de verdades en sí que uno acoge en su mente, una información sagrada que uno recibe para obrar luego en consecuencia y para tener unos parámetros de vida: saber colocarse en el universo y responder adecuadamente a tres preguntas sustanciales: de dónde vengo, que hago, adónde voy. Diremos correctamente que la fe es eso, un conjunto de convicciones esenciales que Dios nos ha revelado, con las cuales caminamos.
Pero, sin negar el valor de la razón pensante, decíamos el domingo pasado que la fe, en el orden vital, es ni más ni menos que el encuentro con una persona, Jesús, que da un viraje a la vida. La fe es la adhesión a Jesucristo, para que, injertados en él, vivamos como él vivido. La fe es ser posesionado por la conciencia de hijo de Dios, y vivir en la vida, personal y socialmente, como hijo de Dios. Ponemos el acento no tanto en el aspecto intelectual (que de ninguna manera se puede excluir), sino en el aspecto vial. En suma, creer es enamorarse de Jesús y vivir en consecuencia.

4. Lo mismo ocurre con el Reino de Dios. El reino de Dios no es un programa, una Constitución; es la acción de Dios en medio de nosotros. Dios reina reinando…, no de otra manera.
Quizás desde aquí podemos entender aquellas frases que están en el Evangelio de san Lucas: “Los fariseos le preguntaron: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Él les contestó: «El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí” o “Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17,20-21).
Queda muy claro en los Evangelios que el Dios amor de la Biblia es un Dios en acción. El amor, por su propia naturaleza, es operativo. El amor siempre encuentra el modo de hacerse presente.
El Reino de Dios no es otra cosa que el amor de Dios. Y este amor tiene un signo sublime: la muerte de Jesús en la Cruz. El Reino de Dios, el reinado de Dios amor, es la muerte de Dios.
Si Jesús esperaba o no una venida apoteósica y fulgurante del Reino de Dios, como final de la historia, una venida que él la suponía inminente, es cuestión harto ardua, en la cual se debaten los especialistas, y que hoy para nosotros es, más bien, distracción que edificación, salvo que no emprendiéramos un estudio de alta teología.

5. La segunda parte del Evangelio seleccionado nos habla de los apóstoles del Reino.  Son trabajadores del lugar, pescadores del lago de Galilea, de ese que tradicionalmente los judíos le llamaban “mar”: mar de Galilea o mar de Tiberíades, y que hoy prefieren llamar Lago Kinnereth, Lago el Arpa, por la forma que tienen, poniendo poesía a las palabras.
Aquella llamada es representada como una llamada divina; y la respuesta fue la respuesta única del amor:
- fulminante, como la llamada,
- total, no a medias, no condicionada,
- y para siempre, sin vuelta de hoja.
Esto es constitutivo de la Iglesia, y queda dentro como nota de autenticidad. El discípulo, en este caso el apóstol, una vez que Dios ha salido a su encuentro, debe responder así:
- una respuesta fulminante,
- una respuesta total,
- una respuesta para siempre.
Nada extraño, hermanos, que cuando la Iglesia, vocera de Dios, llama a un ministro sagrado, se inspire ene este paradigma que Dios Jesús nos dio en la elección de los apóstoles.

Señor Jesús, gracias por el fon infinito del Evangelio. Haz que nosotros sepamos responder a ese don infinito con la entrega total de nuestro amor.

Guadalajara, Jalisco, viernes, 19 enero 2018

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Simón, Andrés, Santiago y Juan.
En el pasaje evangélico del domingo pasado se nos relata el encuentro fugaz de Jesucristo con Andrés y su hermano Simón, además de otro discípulo de Juan Bautista, cuyo nombre no se cita. Le siguen y pasan el resto del día con el Maestro. Es una velada vespertina que se supone fructífera. Luego esos discípulos se marchan a sus casas y sus quehaceres cotidianos.
En este relato Jesucristo se dirige a Galilea a causa del arresto de Juan Bautista, y pasando por las orillas del mar de Galilea, los ve trabajando, y esta vez los llama directamente para que le sigan. Y ellos, dejándolo todo, le siguen, lo mismo que acto seguido Santiago y Juan. El evangelista, incluso, los ubica exactamente: Santiago y su hermano Juan estaban en la embarcación repasando las redes; Simón y Andrés, estaban echando las redes en el mar (no se habla de que estuvieran en ninguna barca). En ambos casos en la costa.
Jesucristo nos habla del “reino de Dios”, un reino no ya cercano, sino presente. Un reino que no tiene ubicación geográfica, como los de este mundo. Más tarde, ante Nicodemo, nos da la pauta para entrar en ese reino: el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Es un “renacer” interior en base al arrepentimiento y la fe en la Buena Nueva que nos trae Jesucristo.
Saludos. Juan José.

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