Jesús anuncia el Reino
y escoge a los Apóstoles del Reino
Mc 1,14-20
Texto evangélico:
14 Después de que Juan fue entregado, Jesús se
marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; 15 decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en
el Evangelio».
16 Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a
Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
17 Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de
hombres». 18 Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 19 Un
poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que
estaban en la barca repasando las redes. 20 A continuación los
llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon
en pos de él.
Hermanos:
1. Hay tres circunstancias que concurren en este domingo
21 de enero: el viaje del Papa a Chile y Perú que concluye hoy, el hecho de que
estamos en la Semana de la Unidad de los Cristianos, pidiendo lo que en la Cena
Jesús pedía al Padre: Padre, que sean uno;
y tercera y principal, que es domingo, Pascua del Señor, con los textos sagrados
que la Iglesia pone a nuestra consideración.
El lema de
la visita a Chile ha sido: “Mi paz les doy”, una palabra del Señor que está
tomada de la última Cena. El lema escogido para la visita a Perú ha sido: “Unidos
en la esperanza”, que es igualmente un eslogan de sabor bíblico. La Iglesia de Jesús
vive unida en la fe, la esperanza y el amor.
En el tiempo
que posibilita una sencilla homilía, hermanos, habiendo mencionado estos
referentes, que suscitan fe y amor en nuestro corazón, nos vamos a concentrar
simplemente en las palabras del santo Evangelio. Son palabras que nos llegan
como rocío de luz y de esperanza, y abren nuestro corazón al misterio
permanente de Dios en medio de nosotros. Nunca olvidemos que el tema central de
la Biblia es este: Dios es inmanente a la historia humana. Desde la creación
hasta hoy Dios está en medio de nosotros, en medio del mundo, y lo estará hasta
el final.
Desde mi fe
de creyente en Cristo puedo abrir mi conciencia y auscultar el corazón de Dios.
Es lo que pretendemos en cada homilía.
2. El Evangelio
de hoy, en los breves versículos escogidos, tiene dos partes:
- El anuncio
del Reino en labios de Jesús, desde el comienzo de su aparición en público como
predicador itinerante.
- Y la
elección de los primeros apóstoles, junto al lago de Galilea, una elección que
hoy la iglesia escucha para ver cuál ha sido su elección y misión en el mundo,
y cuál lo está siendo.
Jesús comienza
su ministerio con unas palabras que valen para esta ocasión y para todo el
resto de su vida pública. Estas palabras se han traducido al castellano de este
modo: Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de
Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.
El
intérprete meticuloso de los Evangelios se hace sus preguntas, que no son
preguntas de curiosidad, sino preguntas de contenido y de sentido, para
precisar lo más exactamente que podamos el pensar y el sentir de Cristo.
¿No sería
mejor traducir: “el reinado de Dios” en vez de “el reino de Dios”?
¿No sería
mejor decir que este reinado está en acción, ha irrumpido ya, en lugar de “está
cerca”, que sugiere que va a venir después, pero que todavía no ha llegado y
que has que esperar…?
3.
Afrontando, con toda la veneración y espeto las palabras del santo Evangelio,
hemos de recordar lo que el domingo pasado decíamos a propósito de la fe: La fe
como es un cúmulo de verdades en sí que uno acoge en su mente, una información
sagrada que uno recibe para obrar luego en consecuencia y para tener unos
parámetros de vida: saber colocarse en el universo y responder adecuadamente a
tres preguntas sustanciales: de dónde vengo, que hago, adónde voy. Diremos
correctamente que la fe es eso, un conjunto de convicciones esenciales que Dios
nos ha revelado, con las cuales caminamos.
Pero, sin
negar el valor de la razón pensante, decíamos el domingo pasado que la fe, en
el orden vital, es ni más ni menos que el encuentro con una persona, Jesús, que
da un viraje a la vida. La fe es la adhesión a Jesucristo, para que, injertados
en él, vivamos como él vivido. La fe es ser posesionado por la conciencia de
hijo de Dios, y vivir en la vida, personal y socialmente, como hijo de Dios. Ponemos
el acento no tanto en el aspecto intelectual (que de ninguna manera se puede
excluir), sino en el aspecto vial. En suma, creer es enamorarse de Jesús y
vivir en consecuencia.
4. Lo mismo
ocurre con el Reino de Dios. El reino de Dios no es un programa, una
Constitución; es la acción de Dios en medio de nosotros. Dios reina reinando…,
no de otra manera.
Quizás desde
aquí podemos entender aquellas frases que están en el Evangelio de san Lucas: “Los
fariseos le preguntaron: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?». Él les
contestó: «El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “Está aquí” o
“Está allí”, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc
17,20-21).
Queda muy
claro en los Evangelios que el Dios amor de la Biblia es un Dios en acción. El
amor, por su propia naturaleza, es operativo. El amor siempre encuentra el modo
de hacerse presente.
El Reino de Dios
no es otra cosa que el amor de Dios. Y este amor tiene un signo sublime: la muerte
de Jesús en la Cruz. El Reino de Dios, el reinado de Dios amor, es la muerte de
Dios.
Si Jesús esperaba
o no una venida apoteósica y fulgurante del Reino de Dios, como final de la historia,
una venida que él la suponía inminente, es cuestión harto ardua, en la cual se
debaten los especialistas, y que hoy para nosotros es, más bien, distracción
que edificación, salvo que no emprendiéramos un estudio de alta teología.
5. La
segunda parte del Evangelio seleccionado nos habla de los apóstoles del
Reino. Son trabajadores del lugar,
pescadores del lago de Galilea, de ese que tradicionalmente los judíos le
llamaban “mar”: mar de Galilea o mar de Tiberíades, y que hoy prefieren llamar
Lago Kinnereth, Lago el Arpa, por la forma que tienen, poniendo poesía a las palabras.
Aquella
llamada es representada como una llamada divina; y la respuesta fue la
respuesta única del amor:
-
fulminante, como la llamada,
- total, no
a medias, no condicionada,
- y para
siempre, sin vuelta de hoja.
Esto es constitutivo
de la Iglesia, y queda dentro como nota de autenticidad. El discípulo, en este caso
el apóstol, una vez que Dios ha salido a su encuentro, debe responder así:
- una
respuesta fulminante,
- una
respuesta total,
- una
respuesta para siempre.
Nada
extraño, hermanos, que cuando la Iglesia, vocera de Dios, llama a un ministro
sagrado, se inspire ene este paradigma que Dios Jesús nos dio en la elección de
los apóstoles.
Señor Jesús, gracias por el fon infinito del Evangelio. Haz
que nosotros sepamos responder a ese don infinito con la entrega total de nuestro
amor.
Guadalajara,
Jalisco, viernes, 19 enero 2018
Simón, Andrés, Santiago y Juan.
ResponderEliminarEn el pasaje evangélico del domingo pasado se nos relata el encuentro fugaz de Jesucristo con Andrés y su hermano Simón, además de otro discípulo de Juan Bautista, cuyo nombre no se cita. Le siguen y pasan el resto del día con el Maestro. Es una velada vespertina que se supone fructífera. Luego esos discípulos se marchan a sus casas y sus quehaceres cotidianos.
En este relato Jesucristo se dirige a Galilea a causa del arresto de Juan Bautista, y pasando por las orillas del mar de Galilea, los ve trabajando, y esta vez los llama directamente para que le sigan. Y ellos, dejándolo todo, le siguen, lo mismo que acto seguido Santiago y Juan. El evangelista, incluso, los ubica exactamente: Santiago y su hermano Juan estaban en la embarcación repasando las redes; Simón y Andrés, estaban echando las redes en el mar (no se habla de que estuvieran en ninguna barca). En ambos casos en la costa.
Jesucristo nos habla del “reino de Dios”, un reino no ya cercano, sino presente. Un reino que no tiene ubicación geográfica, como los de este mundo. Más tarde, ante Nicodemo, nos da la pauta para entrar en ese reino: el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Es un “renacer” interior en base al arrepentimiento y la fe en la Buena Nueva que nos trae Jesucristo.
Saludos. Juan José.