viernes, 26 de enero de 2018

1044. Jesús, el Santo de Dios, entra en acción



Jesús el Santo de Dios, entra en acción
Mc 1,21-28


Texto evangélico:
21 Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar; 22 estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. 23 Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: 24 «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». 25 Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!». 26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. 27 Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen». 28 Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Hermanos:
1.  Después de la elección de los apóstoles, que la vimos el domingo pasado, entra Jesús en acción, y el primer episodio que nos cuenta san Marcos es una escena que ocurre en la sinagoga de Cafarnaún. Es el Evangelio que acabamos de escuchar, tan absolutamente simple, tan totalmente singular. Solo Dios puede obrar del modo como actúa Jesús. No olvidemos que san Marcos ha escrito como título del Evangelio: Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Este latido de divinidad está en todas las líneas del Evangelio.

2. En el episodio que leemos, ya de entrada, san Marcos nos hace una descripción que vale para este suceso y para todos los que sigan. “Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas”.
¿Qué era la autoridad de Jesús, que le distinguía a él de todos los escribas? La autoridad de Jesús era algo que irradiaba de su persona y se trasladaba a su doctrina. Una persona ¿por qué tiene autoridad: por el cargo o por su valía?
La autoridad viene del cargo, y tenemos que respetar a todos los legítimamente constituidos en autoridad, como dice san Pablo a propósito del emperador romano y de los gobernantes del imperio. En la segunda carta a Timoteo leemos que hay que rezar “por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto” (2Tim 2,1). Y añade: “Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador” (v.2). Es lo que hacemos siempre en la misa, en lo que se llama oración universal u oración de los fieles. La primera súplica es pro la Iglesia; la segunda por las autoridades o necesidades públicas.
En este aspecto de la autoridad que tiene viene del cargo Jesús no tenía ninguna autoridad; no tenía ningún cargo. No era sacerdote, no era rabino, porque no había cursado los estudios reglamentarios para ser rabino.
La autoridad de Jesús no era la autoridad del cargo, sino la autoridad de su persona. Los cargos pasan; las personas permanecen.
La autoridad es la densidad de la persona, el resplandor que irradia de su ser. Y esto no está condicionado a la ciencia o a otras capacidades externas. Es algo que viene de dentro: es la excelencia de la virtud. Una persona sencilla, de aldea, de rancho, puede ser una persona muy respetada como persona de autoridad, de prestigio…
Jesús, pues, tenía esa autoridad de dentro. Digámoslo con las palabras más simples y solemnes: Jesús tenía la autoridad de Hijo de Dios.

3. En virtud de esa autoridad que le viene directamente de Dios, su Padre, Jesús se enfrenta contra el espíritu del mal. Frase tremenda y reveladora la que pronuncia este enfermo de la sinagoga de Cafarnaún, que resulta ser un endemoniado: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.
Jesús es llamado “el Santo de Dios”, que es una inmensa definición de su personalidad, con ninguna otra comparable. Entre los profetas Isaías contempló la gloria de Dios en el Templo, y entonces tuvo la experiencia de “el Santo de Israel”, que es una expresión típica de este profeta, una expresión bella y fascinadora. El Santo de Israel era el Dios de la Alianza del pueblo elegido, y en esta expresión está contenida toda la grandeza y toda la ternura de Dios hacia su pueblo Israel. Es algo divino que Israel pueda contar con su Dios, con una seguridad y una esperanza plena, y pueda llamarle: el Santo de Israel. Si yo cuento para mí, para la comunidad que es mi pueblo con “el Santo de Israel”, tengo la salvación asegurada.
En el libro de Isaías podemos leer frases tan bellas como esta: “gritad jubilosos, habitantes de Sión, | porque es grande en medio de ti el Santo de Israel” (Is 12,6).
“Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, | y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel” (Is 29,19).
Un lenguaje que ha pasado a los salmos: “el Señor es nuestro escudo, | y el Santo de Israel nuestro rey” (Sal 89,19).
4. Jesús, pues, es el Santo de Dios, y quien dice el Santo de Dios dice el Santo de Israel. Este es el Jesús de nuestra fe, el Jesús de nuestro culto: el Santo de Dios.
Jesús lo increpa y con voz poderosa dice: «¡Cállate y sal de él!». En otros pasajes se verá cómo Jesús no permite que los espíritus inmundos hagan una confesión de él. Esa confesión pertenece a nosotros, no a los demonios. Jesús es el santo de Dios.

5. Y la prueba de que así lo es, es el imperio de su voz: Sal de él. El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él.
Esta santidad divinamente poderosa se funde con su palabra. Y la palabra de Jesús resulta ser tan santa como su persona.
Cuando el sacerdote tiene en sus manos la hostia dice, en nombre de Cristo: Esto es mi cuerpo. Y lo que se dice se obra, y allí está real y verdadera y sacramentalmente el cuerpo de Cristo Resucitado.
La santidad del Santo de Israel, que se hace palabra en labios de Cristo, se hizo palabra escrita en las santas Escritura, y por esa santidad de Jesús de Nazaret los santos Evangelios escritos y toda la Sagrada Escritura adquiere la soberanía de Dios en la norma de nuestra fe. 
La Iglesia tiene que someterse a esta soberanía de la Palabra de Dios. Lo dice el concilio con estas expresiones: “Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer” (Dei Verbum, 10).

5. Concluyendo, hermanos: Miremos a Cristo Jesús. Él es “Jesús de Nazaret”, así lo llama el Evangelio, por lo tanto hermano nuestro; pero es al mismo tiempo el Santo de Dios, el Santo de Israel. En él está toda al fuerza y toda la doctrina de la Iglesia.

A ti, Jesús, nuestra obediencia. A ti la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Guadalajara, jueves 26 enero 2018.


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