Jesús el Santo de Dios, entra
en acción
Mc 1,21-28
Texto evangélico:
21 Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a
enseñar; 22 estaban asombrados de su enseñanza, porque les
enseñaba con autoridad y no como los escribas. 23 Había
precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a
gritar: 24 «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús
Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». 25 Jesús
lo increpó: «¡Cállate y sal de él!». 26 El espíritu inmundo lo
retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. 27 Todos
se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con
autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen». 28 Su
fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de
Galilea.
Hermanos:
1. Después de la elección de los apóstoles, que
la vimos el domingo pasado, entra Jesús en acción, y el primer episodio que nos
cuenta san Marcos es una escena que ocurre en la sinagoga de Cafarnaún. Es el
Evangelio que acabamos de escuchar, tan absolutamente simple, tan totalmente
singular. Solo Dios puede obrar del modo como actúa Jesús. No olvidemos que san
Marcos ha escrito como título del Evangelio: Evangelio de Jesucristo, Hijo de
Dios.
Este latido
de divinidad está en todas las líneas del Evangelio.
2. En el
episodio que leemos, ya de entrada, san Marcos nos hace una descripción que
vale para este suceso y para todos los que sigan. “Estaban asombrados de su
enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas”.
¿Qué era la autoridad de Jesús, que le distinguía a él de todos los
escribas? La autoridad de Jesús era algo que irradiaba de su persona y se
trasladaba a su doctrina. Una persona ¿por qué tiene autoridad: por el cargo o
por su valía?
La autoridad viene del cargo, y tenemos que respetar a todos los
legítimamente constituidos en autoridad, como dice san Pablo a propósito del
emperador romano y de los gobernantes del imperio. En la segunda carta a
Timoteo leemos que hay que rezar “por los reyes y por todos los constituidos en
autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda
piedad y respeto” (2Tim 2,1). Y añade: “Esto es bueno y agradable a los ojos de
Dios, nuestro Salvador” (v.2). Es lo que hacemos siempre en la misa, en lo que
se llama oración universal u oración de los fieles. La primera súplica es pro
la Iglesia; la segunda por las autoridades o necesidades públicas.
En este aspecto de la autoridad que tiene viene del cargo Jesús no tenía
ninguna autoridad; no tenía ningún cargo. No era sacerdote, no era rabino,
porque no había cursado los estudios reglamentarios para ser rabino.
La autoridad de Jesús no era la autoridad del cargo, sino la autoridad de
su persona. Los cargos pasan; las personas permanecen.
La autoridad es la densidad de la persona, el resplandor que irradia de su
ser. Y esto no está condicionado a la ciencia o a otras capacidades externas.
Es algo que viene de dentro: es la excelencia de la virtud. Una persona
sencilla, de aldea, de rancho, puede ser una persona muy respetada como persona
de autoridad, de prestigio…
Jesús, pues, tenía esa autoridad de dentro. Digámoslo con las palabras más
simples y solemnes: Jesús tenía la autoridad de Hijo de Dios.
3. En virtud de esa autoridad que le viene directamente de Dios, su Padre,
Jesús se enfrenta contra el espíritu del mal. Frase tremenda y reveladora la
que pronuncia este enfermo de la sinagoga de Cafarnaún, que resulta ser un
endemoniado: ¿Qué tenemos que ver
nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién
eres: el Santo de Dios.
Jesús es llamado “el Santo de Dios”, que es una inmensa definición de su
personalidad, con ninguna otra comparable. Entre los profetas Isaías contempló
la gloria de Dios en el Templo, y entonces tuvo la experiencia de “el Santo de
Israel”, que es una expresión típica de este profeta, una expresión bella y
fascinadora. El Santo de Israel era el Dios de la Alianza del pueblo elegido, y
en esta expresión está contenida toda la grandeza y toda la ternura de Dios
hacia su pueblo Israel. Es algo divino que Israel pueda contar con su Dios, con
una seguridad y una esperanza plena, y pueda llamarle: el Santo de Israel. Si
yo cuento para mí, para la comunidad que es mi pueblo con “el Santo de Israel”,
tengo la salvación asegurada.
En el libro de Isaías podemos leer frases tan bellas como esta: “gritad
jubilosos, habitantes de Sión, | porque es grande en medio de ti el Santo de
Israel” (Is 12,6).
“Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, | y los pobres se llenarán
de júbilo en el Santo de Israel” (Is 29,19).
Un lenguaje que ha pasado a los salmos: “el Señor es nuestro escudo, | y el
Santo de Israel nuestro rey” (Sal 89,19).
4. Jesús, pues, es el Santo de Dios, y quien dice el Santo de Dios dice el
Santo de Israel. Este es el Jesús de nuestra fe, el Jesús de nuestro culto: el
Santo de Dios.
Jesús lo increpa y con voz poderosa dice: «¡Cállate y sal de él!». En otros pasajes se verá cómo Jesús no
permite que los espíritus inmundos hagan una confesión de él. Esa confesión
pertenece a nosotros, no a los demonios. Jesús es el santo de Dios.
5. Y la prueba de que así lo es, es el imperio de su voz: Sal de él. El espíritu inmundo lo retorció
violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él.
Esta santidad divinamente poderosa se funde con su palabra. Y la palabra de
Jesús resulta ser tan santa como su persona.
Cuando el sacerdote tiene en sus manos la hostia dice, en nombre de Cristo:
Esto es mi cuerpo. Y lo que se dice se obra, y allí está real y verdadera y
sacramentalmente el cuerpo de Cristo Resucitado.
La santidad del Santo de Israel, que se hace palabra en labios de Cristo,
se hizo palabra escrita en las santas Escritura, y por esa santidad de Jesús de
Nazaret los santos Evangelios escritos y toda la Sagrada Escritura adquiere la
soberanía de Dios en la norma de nuestra fe.
La Iglesia tiene que someterse a esta soberanía de la Palabra de Dios. Lo
dice el concilio con estas expresiones: “Este Magisterio, evidentemente, no
está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le
ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la
oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este
único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios
que se ha de creer” (Dei Verbum, 10).
5. Concluyendo, hermanos: Miremos a Cristo Jesús. Él es “Jesús de Nazaret”,
así lo llama el Evangelio, por lo tanto hermano nuestro; pero es al mismo
tiempo el Santo de Dios, el Santo de Israel. En él está toda al fuerza y toda
la doctrina de la Iglesia.
A ti, Jesús, nuestra obediencia. A ti la gloria por los siglos de los
siglos. Amén.
Guadalajara, jueves 26 enero 2018.
No hay comentarios:
Publicar un comentario