La Epifanía del Señor 2025
Mt 2,1-12
Texto
1Habiendo nacido
Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se
presentaron en Jerusalén 2preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su
estrella y venimos a adorarlo». 3Al
enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; 4convocó a los
sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que
nacer el Mesías. 5Ellos
le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: 6“Y tú, Belén,
tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». 7Entonces Herodes
llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había
aparecido la estrella, 8y
los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño
y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
9Ellos, después de
oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto
salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el
niño. 10Al ver la
estrella, se llenaron de inmensa alegría. 11Entraron en la
casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron;
después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y
mirra. 12Y habiendo
recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a
su tierra por otro camino.
Hermanos:
1. Estamos celebrando la Epifanía del Señor. Este
es el título que da la sagrada liturgia a esta fiesta, que en el lenguaje
popular decimos: la fiesta de los Reyes Magos. A decir verdad, los
protagonistas de este episodio no son los reyes magos que adoran al Niño y el
ofrecen sus dones. El protagonista es Dios mismos que les ha traído hasta aquí;
se les ha revelado y les ha conducido hasta el Niño recién nacido por mediod e
una estrella misteriosa. Epifanía quiere decir Manifestación, Revelación. Y es
esto lo que celebramos: la manifestación de Dios a los pueblos que estaban
fuera de la alianza de Dios con el pueblo elegido.
Ciertamente que estamos tratando de estas cosas,
que son los misterios de nuestra fe con un lenguaje maravilloso, que, de
pronto, podría parecer que esto es un lenguaje cuentos para niños. Un lector
sabio pronto comprende que el lenguaje y estilo de estos relatos es un lenguaje
singular, de maravillas, un lenguaje cuidado para transmitir unas verdades
centrales de nuestra fe.
Los relatos de la Navidad que celebramos en nuestra
sagrada liturgia tienen tres puntos culminantes:
El primero es el relato del Nacimiento del Hijo de
Dios, en una cueva de las afueras de Belén, la ciudad de David, de donde había
de venir el Mesías, y la manifestación a los pastores, representantes del
pueblo elegido de Israel.
El segundo punto culminante de nuestras
celebraciones es la octava del día de Navidad (que siempre será 1 de enero, Año
Nuevo), y que la litúrgica define como Solemnidad de la maternidad de María,
Santa María, Madre de Dios. Dios ha escogido a aúna mujer de esta tierra, a una
hija de Adán, para que a través de ella se llevara a cabo la Encarnación del
Hijo de Dios.
El tercer punto principal del misterio de la
Navidad es la fiesta de hoy: la Manifestación del misterio a los magos de
Oriente, indicando que el Hijo de Dios no ha venido solo para un pueblo
privilegiado, el pueblo de las promesas, al cual se le había ido revelando la
alianza de Dios, sino que ha venido para todos los pueblos, A partir de ahora
el pueblo de Dios somos todos los hombres, y no hay una raza elegida. Todos
estamos destinados a ser la familia de Dios; todos estamos destinados a ser
hijos en el Hijo, aceptando a Jesús como a nuestro Salvador.
No son unos los privilegiados; todos por igual
estamos destinados a recibir la salvación que se nos ofrece, todos estamos
destinados a recibir la sublime gracia de hijos de Dios. Ya nunca más podremos
hablar de judíos y gentiles, porque todos por igual estamos destinado a recibir
a recibir el don infinito de la Encarnación del Hijo de Dios, que quiere
construir una sola familia humana.
Las viejas profecías adquieren hoy un sentido
nuevo:
Levántate y
resplandece, | porque llega tu luz; | la gloria del Señor amanece sobre ti! Las
tinieblas cubren la tierra, | la oscuridad los pueblos, | pero sobre ti
amanecerá el Señor | y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu
luz, | los reyes al resplandor de tu aurora
(Is 60,1-3).
Estas palabras están dichas por primera vez a
Israel que desde el destierro vuelve a su patria. Dios lo ha liberado y lo ha
privilegiado, porque este pueblo pequeño va a ser luz de las naciones.
Ese amor gratuito que Dios ha prodigado al pueblo
de Abraham, ese mismo amor lo quiere extender a todas las naciones. Israel fue
un ejemplo y unas primicias, pero la intención de Dios es clara. Dios es el
Dios de todos por igual, y ha enviado a su hijo a la tierra no para un sector
privilegiado, sino para todos.
Esto es la Epifanía: la llamada universal a ser
hijos de Dios.
Hermanos: Voy hablando como cristiano que soy,
desde la fe que sustenta la vida de los que nos hemos adherido, por gracia, a
Jesús. Ahora bien, las escuchara un ferviente adorador de otra religión, nos
diría: Qué forma más presuntuosa de exponer el camino de Dios, qué fantasías.
Y otros oyentes, más radicales, podrían decir: ¡Qué
engaño! Para vivir en este mundo, no hay que contar con Dios, que es un ente
inventado; somos nosotros los responsables, los artífices y constructores.
Vivimos en una humanidad plural, que en la vida
real tiende al agnosticismo, y que se refugia en la creatividad constante que
va perfeccionando nuestros recursos, pero que, a pesar de ellos tampoco aumenta
nuestra felicidad última, a la que todos aspiramos.
Hermanos, la vida es un misterio que no lo puede
descifrar el progreso. Una respuesta que late en la conciencia de muchos es
esta: Todas las religiones tienen el mismo valor; todas llevan al mismo Dios,
si existe; por tanto, no molestemos a nadie. La religión es un asunto personal:
cada uno haga lo que le parezca. Con este modo de pensar, hermanos, destruimos
el cristianismo, y sobra decir que el Hijo de Dios vino a la tierra, y nos
trajo la revelación de Dios, el camino de salvación, y él mismo murió,
condenado injustamente por su pueblo, para salvarnos a todos por su muerte y
resurrección.
Esto que creemos y anunciamos, es lo que vivimos y
por defender esta fe han muerto tantos de neustros hermanos. No todas las
religiones sirven lo mismo, aunque nuestros Dios Creador y Padre providente
llevará a la salvación a todo aquel que con buena voluntad haya practicado una
religión según sus conocimientos, porque la redención que ha obrado Jesús no
conoce fronteras: Jesús ha muerto por todos, lo hayan llegado a conocer o no lo
hayan conocido.
La escena de los magos venidos de Oriente, guiados
por una misteriosa estrella, sea cual sea la explicación que se dé de estos
misteriosos personajes, que no se dicen que fueran reyes, nos está anunciando
esta verdad: que el Hijo de Dios enviado al mundo es para todos, y que los que
lo hemos conocido, hemo de anunciarlo con sencillez, con alegría, con respeto a
todos los que nos quieran escuchar.
En mi oficio de maestro de las santas Escrituras,
ministerio que he ejercido toda mi vida, una vez, en plan académico, me
preguntaron los seminaristas:
-
Vamos a ver, usted ¿por
qué es católico?
MI respuesta fue simple:
-
Muy sencillo, dame otra
cosa mejor, y me cambio. Por eso soy católico.
Y les convenció. Jesús es la oferta mejor que Dios
Creador, que nos ama, ha dado al mundo. Los cristianos podemos ser pecadores.
Pero él es santo, y nos santifica, y en él nos apoyamos, y queremos seguir su
doctrina. Él es santo; en él no hay pecado. Él es la verdad y la vida; él es la
Luz, quien le sigue no camina en tinieblas. Él es el amor, amor que nunca
falla.
Terminemos orando.
Señor Jesús, que,
al manifestarte a los Magos de Oriente, nos dijiste que eras la luz de todo el
mundo, y que había venido para hacernso a todos hijos de Dios, hermanos tuyos,
haz que permanezcamos siempre en la gracia de esta fe, y que nunca nos
apartemos de tus mandamientos. Amén.
Cuautitlán
Izcalli, 4 enero 2025.
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