sábado, 25 de enero de 2025

2026 (971) III Dom C – La Carta Magna de la predicación de Jesús

 

La Carta Magna de la predicación de Jesús

Lc 1,1-4: 4,14-21



Texto:

1Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, 2como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, 3también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, 4para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

14Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. 15Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. 16Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. 17Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: 18«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; 19a proclamar el año de gracia del Señor». 20Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. 21Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Hermanos:

El Domingo del Bautismo del Señor cerraba el misterio de la Navidad, misterio de la Encarnación del Hijo de Dios entre nosotros, para hacernos hermanos suyos, herederos de los bienes que nos traía del cielo, misterio abierto a lo infinito.

El Domingo siguiente, es decir el Domingo pasado, era el inicio de la actividad pública de Jesús con las Bodas de Caná de Galilea, Una escena tan bella y emocionante. Un banquete nupcial es el que trae Jesús a la tierra, para el cual el Padre ha guardado el vino mejor.  La escena terminaba con una frase muy significativa: Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él (Jn 2,11). Los milagros de Jesús son “signos”. Llevan un contenido real, pero en ese mismo contenido están significando las riquezas inagotables que Dios nos comunica. La vida de Jesús va a ser un banquete de bodas que se nos ofrece, siendo él el esposo y toda su comunidad su amante esposa. Primer milagro de Jesús, que, al mismo tiempo, viene a ser paradigma de todos los demás. Su obra entre nosotros va a ser un continuo milagro de amor.

Y hoy estamos en el tercer domingo del tiempo que llamamos “tiempo ordinario”. Durante el año nos va a acompañar el Evangelio según san Lucas, y el evangelista nos hace su propia presentación, que nos resulta tan interesante. San Lucas, que acompañó a san Pablo en la evangelización, era médico. Era, pues, un hombre culto e instruido; pero no va a luir sus propias cualidades, que no eran las comunes de la gente, sino que se nos autopresenta como testigo de la tradición viviente que ha comenzado a germinar en la Iglesia. Comienza diciendo: muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros. Él no es uno de los Doce apóstoles elegidos por Jesús, como lo era Juan, como lo era Mateo; pero él es el testigo fiel de todo lo que ha ocurrido desde el principio. Es la voz de la Iglesia viva y vivificante. San Lucas escribió un amplio Evangelio, que tiene 24 capítulos, y luego escribió un segundo libro, llamado los Hechos de los Apóstoles. La Iglesia le debe imperecedera gratitud por toda la inmensa obra que él realizó y que nosotros la disfrutamos.

Y ahora damos un salto en su escrito, para ver cómo nos presenta la figura y estilo de Jesús, en aquella visita que el Señor hizo a la propia aldea de Nazaret, donde se había criado. San Lucas nos está diciendo: Lo que ocurrió en Nazaret es el estilo de todo lo que va a venir.  ¿Qué es, pues, lo que pasó, y cuál es el estilo de este predicador, que es distinto de los demás, como también nos dicen los otros evangelistas?

Jesús fue a la sinagoga de su pueblo. Ya su fama se había extendido por toda aquella región de Galilea, al norte e la Tierra Santa. Y aquí san Lucas tiene un inciso, un detalle – fijémonos, porque es importante.  Dice: entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados. Jesús es un judío, que se siente miembro de su pueblo elegido y observa la piedad de Israel. El sábado es un día consagrado a Dios, y hay que ir a la sinagoga, a escuchar la Palabra de Dios, y a orar y cantar salmos y oraciones. Y los sábados se predica la Palabra de Dios.

Le dieron el libro o rollo del profeta Isaías y apareció un texto sorprendente, o porque era el texto que tocaba ese sábado, o porque Jesús mismo lo escogió porque le interesaba. Allí estaba su retrato, su mensaje, su misión.

¿Qué decía el texto, que hoy podemos buscar en nuestras Biblias en el capítulo 61? El texto decía esto: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». 

Atención, Jesús va a hablar. Él no había estudiado en las academias judías; no había hecho los exámenes para tener el título de Rabí. Pero los mismos Evangelios nos dicen que hablaba con una autoridad que no tenía ningún otro. Y esta autoridad la mostraba lo mismo en sus palabras que en sus acciones.

Sigamos lo que dice san Lucas: Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. ¿Qué irá a decir? No va a repetir lo que otros habían dicho, no va a citar la autoridad de otros maestros respetados. Jesús dijo simplemente: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Jesús contemplaba la historia de Dios, y se veía a sí mismo como protagonista y artífice de esa historia. Dios, su Padre, le había enviado con una misión en el mundo. Se sentía ungido por el Espíritu, ya manifestado en el Bautismo, como lo dicen todos los Evangelios, y su misión era muy simple significada en estas palabras:

-         evangelizar a los pobres,

-         proclamar a los cautivos la libertad,

-         y a los ciegos, la vista;

-         poner en libertad a los oprimidos; 

-         en suma, proclamar el año de gracia del Señor.

Es decir, Jesús veía al mundo en pobreza, en esclavitud, en opresión y sufrimiento, y él venía a consolar, a sanar, a perdonar. Él no venía con la vara del castigo a poner orden; no venía tampoco como un conquistador triunfante a engrandecer y dar gloria a su pueblo. Todo lo contrario: él venía como consolador, como redentor, como liberador. Él no necesitaba ejércitos que le acompañaran, ni quería ostentar ningún poder o grandeza. Venía en otro plan; dicho con otras palabras: venía a amarnos, fuera como fuera. El Espíritu que llevaba consigo y que quería derramar en todos era eso: Espíritu de amor y comprensión, Espíritu de ternura y de bien.

Pero ocurre que ese su retrato es el que quiere traspasar a su Iglesia, a nosotros. La Iglesia, la comunidad de discípulos que somos nosotros, ha de llevar las características y estilo de su Fundador. Si la Iglesia aspirara a grandezas humanas, a medios de poder, aunque fuera para hacer el bien, a ser una potencia mundial, se equivocaría. Estaría fuera de las intenciones de su Fundador. Y ciertamente la Iglesia se ha equivocado cuando ha buscado estas grandezas humanas.

Estos días hemos asistido y presenciado mediante la televisión grandes acontecimientos mundiales, como la juramentación del Presidente de los EE. UU. Dios nos libre de juzgar a ninguna persona, porque solo Dios es el dueño de los corazones. Pero tenemos hechos y palabras ante los ojos, y es de sabios ver, comparar, reflexionar. Comparemos el lenguaje que usan los poderosos de la tierra y el lenguaje que trae Jesús. Son dos órbitas diferentes. Esa grandeza que quieren los líderes mundiales para sí mismos y su país no es la grandeza que busca Jesús.

En el Sermón de la montaña Jesús nos dice que somos “sal de la tierra” y “luz del mundo”, pero ¿cómo?  Desde la sencillez y la humildad, de tal forma que cada cristiano, yo mismo, he de ser un profeta de Dios por la bondad que irradio, por el amor que me lleva a hacer el bien donde pueda y como pueda, sin pretender triunfos y alabanzas por ello.

San Lucas, a lo largo de su Evangelio, va a recalcar fortísimamente la misericordia de Jesús, como si ese fuese su rasgo principal, la acogida que tuvo con los pecadores. Si Jesús hacía milagros, no los hacía para mostrar su superioridad sobre todos, sino pura y sencillamente para mostrar la bondad de Dios en medio de nosotros.

Hermanos, vamos a cortar aquí nuestras palabras, que podríamos prolongar y prolongar. Durante las semanas del tiempo ordinario seguiremos la historia de Jesús con san Lucas al lado. Con unas palabras y otras, porque cada evangelista podía componer las escenas a su modo, los cuatro nos dicen lo mismo: Dios es amor, y podemos fiarnos sin condiciones de ese amor que, pase lo que pase, no nos puede fallar.

Terminemos, pues, dirigiendo nuestra mirada a Jesús que con tanta dulzura habló aquel día en la sinagoga de su pueblo de Nazaret.

Señor Jesús, te agradecemos el habernos revelado el corazón del Padre. Nosotros queremos ir por ese camino; queremos, como tú, estar cerca de los pobres, de los oprimidos, de todos los que sufren, y bien sabemos que tú vives entre nosotros y tú nos ayudarás. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, sábado 25 de enero de 2025.

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