miércoles, 24 de julio de 2013

428. Domingo XVII C - Padre, Abbá, santificado sea tu nombre



Homilía en el domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 11, 1-13


Texto evangélico:
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis, decid:
Padre,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano,
perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe,
y no nos dejes caer en tentación”.
Y les dijo: “Suponed que algunos de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y desde dentro aquel responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez?¿O si le pide un huevo le dará un escorpión?
Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo daré el Espíritu Santo a los que se lo piden?

Hermanos:

1. Ya veis: tenemos como Evangelio de hoy el “Padrenuestro” con una prolongación de parábolas o dichos imaginativos; todo ello expuesto con unas palabras de Jesús tan vivas y contundentes que derriban a cualquiera. Es la parábola del amigo importuno, y las comparaciones del hijo que pide a su padre algo de comer, porque tiene hambre: un pescado, un huevo. Esta forma de enseñar de Jesús no se puede decir que es simplemente un recurso catequético. Es mucho más, es forma misma de teología, una concepción de Dios que afecta a la cuestión más grave que se plantea la teología.
Pero vengamos al principio, y digamos que estamos en el padrenuestro. Ahora bien, hemos podido observar que este no es el padreneustro que rezamos y aprendimos de niño.
Efectivamente, la Oración del Señor, que es el Padrenuestro ha sido recogido en los Evangelios en dos versiones: una breve, que es la de Lucas; otra larga (que es al que está en uso) y que encontramos en Mateo, en el Sermón de la Montaña. Tan solo debemos advertir que en cualquiera de las dos formas, se trata de la oración completa e íntegra de Jesús; en su sentido dinámico y profundo, cualquiera de las dos quiere abarcar la totalidad de la vida y de la religión.

2. Lo más sorprendente del Padrenuestro es la palabra “Padre”. La palabra Padre contiene en su forma nuclear – y atómica, por así decir – toda la revelación explosiva de Jesús. Es la revolución que ha traído Jesús a la tierra: anunciar que el Dios de la revelación, el Dios de la historia, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob era su Padre real y único, y que a ese Padre nosotros teníamos acceso, porque él, Jesús de Nazaret, nos abría la puerta.
La palabra Padre no es una metafórica, una comparación. Jesús no la utiliza así. Jesús la usa de un modo directo, taxativo, invocativo, interpelante. Él le llama a Dios directamente Padre. Los salmos nunca habían invocado a Dios como esta palabra. Esta novedad, este absoluto, lo introduce Jesús en la religión. Cuando vosotros oréis a Dios, invocadle y decidle “Padre”. Con ello Jesús nos está introduciendo en el misterio de su persona.

3. Porque la palabra “Padre” no es una palabra, por así decir, literaria, ponderativa, para acumular bondad en la imaginación y pensar lo bueno que tiene que ser Dios. En el diccionario mexicano hay un giro que no lo entendemos en español. ¡Eso está muy padre!, que viene a ser: Eso está estupendo.
Cuando Jesús llama  a Dios “Padre”, le está dando el nombre nuevo que debe quedar en la revelación. Está penetrando el ser de Dios; está dando el nombre más perfecto que puede tener Dios. Es la afirmación más grande que se puede hacer del misterio de Dios. Dios es la vida derramada en el mundo; Dios es la historia de una presencia que llega hasta nosotros;  Dios es el futuro y el abrazo que nos ha de dar un Padre.
Cuando Dios se aparece a Moisés en la zarza ardiendo y le dice que es YAHWEH, el que es, el que asiste, el que acompaña…, le está mostrando algo de su infinita naturaleza. Cuando Jesús llama  a Dios “Padre” está rematando la historia de Dios, porque no hay Padre sin Hijo y sin Espíritu Santo.

4. Ese es el Padre de Jesús. Y a ese Padre Jesús le suplica exultante que santifique su nombre. ¿Qué es lo que esto puede significar? Es una petición que se alarga a lo infinito. A Dios le pedimos que se muestre gloriosamente, benignamente, esplendorosamente como lo que es: el Único, el que nos da todo, el que llena cielo, aquel en quien vivimos y existimos. Padre, santificado sea tu nombre; muéstrate, no te ocultes, tú, en quien reside toda la gloria, todo el poder.

5. y una súplica paralela o consecutiva es la siguiente: Padre, trae tu reino; que sea vea que no hay ningún rincón ni recoveco en el universo que no está lleno de tu gloria. Trae tu reino, que es lo mismo que: Diviniza al mundo entero con tu presencia. Nosotros confesamos que hemos sido creados por ti, y que no hay nada nuestro que no venga de ese manantial de amor que eres tú. Padre Dios, reina en el universo, en la familia humana, en mi propio corazón. Tú eres el único que merece todo neustro amor.

6. La oración de Jesús, que aparentemente es petición, es una liturgia de glorificación y de amor a Dios, al Padre. Lo más grande que podemos hacer los cristianos, cuando venimos a la iglesia o cuando estamos en casa, es dejarnos saturar de ese amor infinito de Dios Padre que nos ha creado, dejarnos amar por Dios Padre y devolverle nuestra gratitud exultantes por poder alabarle, como lo hacemos, por ejemplo, en el gloria de la Misa.

7. Y ahora, una vez que hemos glorificado al Padre Dios, Padre de Jesús y Padre nuestro, ahora sí, con ilimitada confianza, podemos pedirle el pan de cada día, el perdón y todo lo que necesitamos, con la firmísima seguridad de que, siendo Dios como es, nos lo dará.

Hermanos, esta es la oración de Jesús, la oración del Señor. Recémosla con conocimiento, con amor, con confianza. Recémosla así. Y otras veces, rebosante nuestro corazón, podemos callar y decir simplemente: ¡Padre!, o ¡Abbá, Abbá!, como decía Jesús en el Huerto. Y como oró en la cruz: ¡Padre…, Padre…, Padre…! Amén.

Guadalajara, Jalisco, miércoles, 24 julio 2013.

sábado, 20 de julio de 2013

427. Horas del Cantar 1 – El aroma de Cristo



El aroma de Cristo
(Para empezar el Cantar)


Ayer (viernes, 19 julio 2013) concluíamos un “curso de verano” obre el Cantar de los  cantares: La dimensión esponsal de la Vida Consagrada a la luz del Cantar de los cantares.  Un curso prensado, como uva en el lagar, porque se trataba de cinco días lectivos, con cuatro horas matinales, cortadas por un conveniente receso. Había sido frecuentado por 27 mujeres consagradas y dos varones, Curso de verano al amparo del Instituto Superior Salesiano de Cristo Redentor en Tlaquepaue, Jalisco, que ofrece un programa múltiple para este mes de julio.
El libro del Cantar de los cantares es breve: no tiene más que 117 versículos, distribuidos en 8 capítulos. El ocio veraniego, si nuestras posibilidades permiten un ocio vacacional, es delicioso para vagar sobre esas aficiones íntimas, que vistas desde determinado ángulo, son superfluas, pero contempladas desde la vida mía – cada uno la suya – acaso sean las más importantes.
Quien dice El Cantar de los cantares (El Cantar Divino, en mi propia traducción doméstica) dice amor, puramente amor.
Y un biblista, en busca de respuestas científicas a sus planteamientos, se pregunta, antes de entrar en exégesis: ¿Qué significa esta erupción lírica del Cantar de los cantares en medio del Antiguo Testamento, un poema, al parecer muy profano, y ciertamente distinto de los demás géneros de la Biblia?
A lo mejor la respuesta es sencilla e inmediata, que debemos recibirla como tal y que seguramente es la clave esencial para empezar a leer este poema superlativo. El Cantar de los cantares es un libro de amor y está diciendo que Dios nos ama, que Dios es amor, que el amor es la palabra terminal de la Biblia, del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¡Qué cosa más sencilla y sublime, sin términos científicos! El amor, el amor revelado, el amor que se nos ha manifestado en Jesucristo es la llave de oro para que el exegeta, con todo su armamento científico, pase a estudiar la Sagrada Escritura.
Pienso que María de Betania a los pies de Jesús, el Señor (Lc 10,30, Evangelio de mañana, domingo XVI C) es la amada del Cantar, aunque literariamente no lo haya pensado el autor sagrado, la que dice, al comiendo del poema: Llévame a tu mansión, rey mío (1,4). (La alcoba del amado, precioso tema del Cantar).
Por eso, para hablar del Cantar, quisimos primero perdernos en el amor. ¿Qué es el amor, puesto que el aroma del amor es el efluvio que se respira en el Cantar, en todos sus versos?
San Pablo dice a los fieles de Corinto: “Somos el buen olor de Cristo”. Bonus odor, así traduce la versión latina lo que el texto griego dice en una sola palabra: eu-odía. El buen olor no es otra cosa que el aroma; la Academia define el aroma como “olor muy agradable”.
El Cantar está impregnado de aroma. Y ese aroma es el aroma del amor; en suma, el aroma de Cristo, el aroma, que es Cristo.
En estas Horas del Cantar (evocando “Horæ hebraicæ et talmudicæ” de John Lihtfoot) hablemos del Amor, para empezar a oler lo que es el Cantar, el más puro cantar.
(Transcribo parte de las notas que leyeron los alumnos).

* * *

¡Vamos a hablar del amor! Nada más dulce en la tierra, ni tampoco en el cielo; el amor es lo más humano y lo más divino. En su día lo dijo Aristóteles: Nada más necesario.
El amor es la experiencia suprema de todas las razas y culturas y de todos los tiempos.
¿Qué será, pues, el amor? Nos atrevemos a decir que el amor como la vida es indefinible por ser inefable; al expresarnos así, fundimos amor y vida, con lo sustancial del ser. Vivir es “ser en acción”; amar es proyectar la esencia del ser.
Con más precisión filosófica, podemos decir: el amor es la vivencia de la apertura oblativa del ser que anhela otra persona. Aquí no incluimos la reciprocidad de la otra persona, siendo así que el amor completo, el que tiende a ser lo que debe ser por su propia naturaleza, es el amor recíproco, el amor mutuo: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí”, aní ledodí wedodí lí.

Hablamos ahora no desde los libros, sino desde la cima de la vida; hablamos “ab intrínseco”, sondeando el ser desde uno mismo. Hablo no con el frescor y el desparpajo de un joven, sino con el pose de una persona mayor que mira con inmenso cariño a los jóvenes, cuya cercanía me tonifica.
Todo ser humano, en sus raíces y anhelos, por mucho que le diversifiquen las plurales culturas, es el mismo: vive lo mismo y anhela lo mismo. Por eso la verdad última de uno es la verdad genuina de todos.
¿Qué observa uno en la trayectoria vital de su existencia?
Que el amor le acompaña desde el inicio hasta la muerte, al paso que se va descubriendo conforme la vida se va posesionando del ser. Si la vida es fragor y aventura, el amor lleva esas mismas notas en su pasión. Hablamos, como es obvio, del amor-pasión – amor apasionado – pues la pasión es la adultez de los propios sentimientos. Todas las virtudes y todos los vicios tienen un estado inicial y un estado creciente y apasionado, o, más bien, pueden tenerlos.
¿Qué puede observarse del amor, contemplado desde la altura? Digamos algunas afirmaciones que el lector las podrá leer, seguramente, como axiomas, surgidos de la experiencia humana.
Pero anticipo – y esto es muy importante – que el amor que se desprende del Cantar, que parece muy romántico, no es un “amor trágico”, tormentoso  ni patético, ni desgarrado, sino un amor que, al final, produce serenidad y una inmensa paz. Ante él, el amado, uno, encuentra la paz (8,10: coram eo pacem reperiens) Si no leemos así el Cantar, no lo entendemos. Amor apasionado y amor pacificador.

1. El amor es la suprema indigencia y la suprema riqueza de la persona. Quien tiene todo y carece de amor, carece de todo. Es decir, el cúmulo de lo demás no colma lo que llena el amor, lo que el hombre necesita. Y, por el contrario, tener el amor a saciedad y carecer de todo no es carecer de nada, porque el amor lo llena todo.
Dice el Cantar de los cantares que quien quisiera comprar el amor con todas sus riquezas sería un insensato. Es que el amor no tiene precio.
Esta forma tan absoluta de hablar puede despistar; pero Jesús hablaba con un lenguaje semejante cuando hablaba de los bienes del reino, cuando dice, por ejemplo, que nadie puede servir a dos Señores: a Dios y al Dinero. Se puede matizar, pero, si matizamos, echamos a perder la novedad, la belleza y la verdad de la frase escueta de Jesús. Así del amor.

2. El amor es identidad, la pura identidad del yo. Cuando amo, soy yo. Cuando no amo, soy otro; vendo mi imagen; me alejo de mí mismo y sutilmente busco una forma de engaño para poder sobrevivir, amoldado a lo que place a la sociedad, pero, en el fondo, me traiciono a mí mismo. Mi comodidad, el saber funcionar en la vida, es el veneno de mí mismo. Esto es lo que la Vida te dice, cuando la Vida se pone a dialogar contigo cara a cara en la verdad.

3. Apertura oblativa del ser. No todo lo que se llama amor es amor, obviamente. Cuando un hombre deja plantada a su legítima mujer, deshaciéndose de ella y uniéndose adulterinamente con otra, el novelista dice que ha sido por amor. Una persona reflexiva al punto anota: Hay que definir la palabra amor para poder entendernos, no sea que con los mismos términos estemos hablando de las cosas más bellas y de las más abyectas.
En el sentido más genuino y puro es la apertura oblativa del ser:
- Es apertura; el ser cerrado no ama.
- Oblativa: el amor es, por tanto, una donación obsequiosa.
- Del ser entero: no ama el cuerpo, ni ama el alma. Ama el ser entero, la persona, el sujeto, el yo. (Lo hacía observar Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est).
Siguiendo este discurso, fácilmente se completa: Amo yo como soy con toda mi historia. A ti como eres; no amo tus ojos, tu cabello, tu pecho…; te amo a ti como eres con toda tu historia.
Y avanzando más: Te amo Yo, queriendo ser otro distinto para ti. Te amo a ti, queriéndote otra distinta para ti y para mí, que en este caso soy, como referencia, el sujeto amante.

4. El amor es la intimidad invulnerable. El amor se aposenta en la voluntad y es “lo más mío que tengo yo”: yo lo doy o yo lo guardo.
Siento que nace como de una fuente y que el mero querer tampoco es suficiente para que nazca. Al hablar así estamos en los bordes del misterio de la persona. A veces sentimos confidencias de este género: Yo no puedo decirle a mi marido un “Te quiero”; sería postizo, no me sale, no me nace. Y esta observación es correcta. El amor está en la intimidad creadora.
“Amo porque amo”, dice san Bernardo en una reflexión sutilísima sobre el amor, en el día de su memoria litúrgica, 20 de agosto (“El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar”. Sermón 83 sobre el libro del Cantar de los cantares)  

5. Apertura unitiva. La intimidad invulnerable, cuando alguien es tocado por el amor, se hace transparencia. El que ama quiere ser transparente, todo lúcido para la persona amada, puesto que el amor tiende a la unidad.
La transparencia puede convertirse en “desnudez”, que sería como la verdad total para los ojos limpios. Hablamos del amor en sus aspiraciones, debiendo contar con que existe la concupiscencia (o “fomes peccati”, que en sí no es pecado, pero que arranca del pecado e induce al pecado, según el concilio de Trento), y la concupiscencia tergiversa las realidades originarias.
La apertura unitiva, propia del amor, considerada en el sexo tiende a la unión sexual; es el dinamismo del ser.

6. Apertura transcendente a lo infinito. La observación más aguda que un ser hambriento de amor hace sobre el amor es que este impulso ingénito no se contenta, ni se puede contentar, con algo menos que lo infinito. Esa es la estructura del corazón finito, que, aun siendo finito, no se satisface con lo finito y anhela lo infinito.
Esta es la razón última que explica la existencia de consagración del célibe o de la virgen, que no queda satisfecha con una razón utilitaria, si siquiera apostólica. Renuncian a algo en sí mismo bello y humanamente muy deseable por algo que transciende…
En esta aspiración a lo infinito el amor está abierto al éxtasis de amor.


7. El amor es la belleza fruitiva del corazón. Es claro que el corazón humano ha nacido para el goce y la belleza, y con ello para la felicidad.
El amor va intrínsecamente unido a lo bello, y en sí mismo es la máxima belleza, reflejo de la belleza increada. Nada que no sea bello puede amarse, y todo lo bello es irremediablemente amable. De hecho la belleza, la que uno percibe es la puerta del enamoramiento. Ungir la vida de belleza es una unción de amor. Y la belleza incorruptible es el amor incorruptible; la belleza que no puede ajarse esa es la belleza del amor a la que aspira el amor que nos ha sido otorgado como heredad.

8. El amor es la verdad del destino. Todas las vocaciones son convergentes, como ríos que van a la mar. El mar es el destino de todas las aguas fluyentes.
Así el amor, desde que nace, está signado con su propio destino, y esta signación es su propia verdad. El amor es verdadero porque está clamando por su destino. Y en realidad su destino es su propio origen.
El amor y la verdad se funden, y esto de varios modos:
- Nada es verdadero que no sea amable.
- No puede conocerse nada como verdadero, si no es conocido en su propio lecho de amor.

9. El amor es la firmeza de la inmortalidad. La presencia del amor en mí es la misma presencia de Dios y es el signo de que Dios es realidad, no algo fantasmal. Dios es presencia, Dios es compañía, Dios es amor.
Así visto – mejor, así sentido – el amor se convierte en prueba de la existencia de Dios.
Entonces el amor cordial que bulle dentro y al que uno aspira se reviste de los mismos atributos divino: de la santidad, de la inmortalidad. Somos inmortales porque somos capaces de amar.

10. El amor es la divinización del ser humano, la transformación del pecado en gracia. En nuestra experiencia humana el amor fácilmente se mezcla con otros raros sentimientos, que son pecado o fruto del pecado.
El amor, que siendo ideal es también concreto y que solo puede vivirse desde lo concreto, es de carne; pero también el pecado vive en la carne. Y esto origina una experiencia ambigua.
La ambigüedad no la podemos quitar por el poderío de la razón; tiene que ser la gracia, que impregna el ser humano, la persona, cuerpo y alma.
Por eso la vivencia del amor cristiano, el que se nos ha revelado en Jesucristo, opera en nosotros un proceso de purificación, que es proceso de humanización, camino de divinización. El amor nos diviniza, nos va amoldando a la vocación divina a la que fuimos llamados.

11. El lenguaje del amor. Para concluir estas ráfagas iniciales, digamos que el amor pide su propio lenguaje, y este es un lenguaje de iniciados. Lenguaje de iniciados es el que aquellos que van gustando las cosas del Espíritu.
Y el Cantar de los cantares es un libro para iniciados; pide la sensibilidad del Espíritu para hablar con palabras las más humanas de las cosas divinas.


(Guadalajara, Jalisco, 20 julio 2013).

miércoles, 17 de julio de 2013

426. Domingo XVI C - Marta y María, dos actitudes de un cristiano



Homilía en el domingo XVI del tiempo ordianrio, ciclo C
Lc 10, 38-42


Texto evangélico:
Yendo ellos de camino, entró Jesús a una aldea; y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»

Hermanos:
1. Quizás nuestros corazones se encuentren un tanto divididos atraídos por dos polos: la misa dominical que estamos celebrando y la Jornada Mundial de la Juventud que se celebra en Río de Janeiro desde el día 22 al 29 de julio. Como dice en la Presentación el librito de las celebraciones editado en el Vaticano, en portugués, se espera la asistencia de innumerables jóvenes llegados de 190 países, la presencia de alrededor de 11.000 sacerdotes, 1.500 obispos, 60 cardenales, y el pueblo de Dios unido en torno al Papa y a los sucesores de los Apóstoles. Esperamos que sea un suceso eclesial de primera magnitud con grandes gracias espirituales para toda la Iglesia. Es la segunda Jornada Mundial de la Juventud que se celebra en América Latina, y el primer viaje internacional del Papa Francisco.
Recordamos la Jornada de Madrid, presidida por Benedicto XVI, con el cariño de millares y millares de jóvenes que envolvieron al Papa anciano con un entusiasmo que a todos nos conmovió. El Papa anunció entonces que la siguiente Jornada sería en Brasil, y en octubre pasado envió un mensaje para que los jóvenes de todo el mundo acudieran a Río de Janeiro, con el lema de la Jornada: “Id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28,19)”. Les decía:
“Quisiera renovaros ante todo mi invitación a que participéis en esta importante cita. La célebre estatua del Cristo Redentor, que domina aquella hermosa ciudad brasileña, será su símbolo elocuente. Sus brazos abiertos son el signo de la acogida que el Señor regala a cuantos acuden a él, y su corazón representa el inmenso amor que tiene por cada uno de vosotros. ¡Dejaos atraer por él! ¡Vivid esta experiencia del encuentro con Cristo, junto a tantos otros jóvenes que se reunirán en Río para el próximo encuentro mundial! Dejaos amar por él y seréis los testigos que el mundo tanto necesita” (Vaticano 18 octubre 2013, Mensaje para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 2013).
Nos unimos de corazón para que toda las actividades previstas, con un calendario repleto de eventos, sean un ardiente testimonio de fe cristiana.

2. Pasamos al Evangelio de hoy, que nos introduce en una escena encantadora de la vida de Jesús, una escena de acogida, de amistad, de confianza y de diálogo.
Dijeron los antiguos - Aristóteles - que nadie puede vivir sin amigos. Y esto le ocurría a Jesús; tampoco él podía vivir sin amigos. En los días de la última semana de su vida, dicen los Evangelios que Jesús actuaba en Jerusalén, en los atrios del Templo, pero que por la noche se iba a Betania, que está a tres kilómetros, o menos. No indican que fueran a casa de Marta, pero es lógico suponerlo.
Jesús tiene allí unos amigos y allí puede descansar. En aquella casa Jesús tiene dos hermanas que le aman extraordinariamente: Marta, que parece ser la dueña y gobernanta, y su hermana María, dos hermanas diferentes pero las dos enteras en su amor a Jesús.

3. Quisiéramos nosotros saber detalles de aquella casa y familia, pero los Evangelios no nos dan respuesta a todo lo que nosotros quisiéramos preguntar. Además los estudiosos dicen que los Evangelios hay que estudiarlos cuidadosamente desde la perspectiva en que se pone cada evangelista.
San Juan habla de Marta y María, ante todo en relación con su hermano Lázaro, que en esta escena de Lucas, exclusiva de este evangelista, no es mencionado.
Justamente el día 22 de julio se celebra la fiesta de santa María Magdalena, y en la octava la fiesta de santa Marta, el 29 de julio. Durante siglos se las ha identificado como hermanas, pero la exégesis no propicia esta identificación. María de Betania, hermana de Marta, no tiene que ver con María la Magdalena.

3. Vengamos, pues, a la escena escueta. Está Jesús y está Marta y está María. Son los tres, como si no existieran ni Lázaro ni los discípulos del Maestro, que es de suponer que están, pero para el mensaje que se nos quiere tarnsmitir es mejor olvidarlos.
¿Quién es Marta? Sin duda que una mujer encantadora. A ella le podríamos aplicar gloriosamente las hermnosas frases que la Biblia decía de la mujer pudente y trabajadora.
Marta le quiere a Jesús con todo su corazón, y como hay confianza, le dice a Jesús lo que le dice. Marta se afana por osbequiar a Jesús, y le puede tratar como de casa, con plena confianza. Jesús no es un huésped extraño; es uno de casa. Marta piensa que Jesús puede descansar tranquilo un rato y que su hermana le ayude a ella para repartir la faena. No es una desatención; esto es correcto cuando hay confianza, porque en esta casa reina el amor y la confianza.
Su hermana, sin embargo, piensa de otra manera: yo aprovecho la oportunidad y me quedo a sus pies, hablándole, o mejor, escuchándole.
Además el Evangelio lo pone así, al decir que María estaba junto a sus pies. No estaba en un diván, en una silla, en una banqueta; estaba a sus pies, estaba sencillamente extasiada. El lector cristiano sabe que en esta casa ha entrado Jesús, el Señor, como un día Dios vino a visitar a Abraham junto a la encina de Mambré (Gen 18).

4. En esta escena se planta Marta, la ama de casa hacendosa, y le dice a Jesús: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir
Y he aquí que Jesús sale en defensa la amorosa María, que no es ninguna ociosa, cuando se sienta para escuchar a Jesús, a quien Lucas gusta llamar el Señor.
Y ahora es como si de repente la escena no fuera ya una escena de familia, sino una especie de liturgia para que el Señor hable con unas palabras de revelación. Desde aquella casa de Betania Jesús nos está hablando hoy a nosotros, o más exactamentre, a mí: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no le será quitada.
Las palabras de Jesús son toda una declaración de vida.

5. Desde hace muchos siglos, por efectos de la predicación de San Basilio el Grande en Oriente y de San Gregorio Magno en Occidente, estas palabras de Jesús se han entendido como la contraposición de dos géneros de vida: la vida activa y la vida contemplativa. Pero el perfil de esta interpretación no es exacto.
Jesús está comparando dos actitudes, dos estilos que los puede tener un cristiano. Quien está metido en los afanes seculares debe saber que hay una cosa sobre todas y obrar en consecuencia. Dios, a quien debemos adorar con reverencia y ternura, a quien debemos orar con devoción filial, es, en el fondo, lo único necesario, y Él debe tener la primacía en toda vida, y en cada día de toda vida.
Esto es lo que anuncia el Evangelio.

Terminemos, pues, mis hermanos, orando:
Señor Jesús, enséñame de modo vital lo definitivamente y único necesario, y hacerlo vida de mi vida. Amén.

Guadalajara, Jalisco, miércoles, 17 julio 2013.