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(1049) Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra
Te
doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra
Mt
11,25-30
Texto
25En
aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y se las has revelado a los pequeños. 26Sí, Padre, así te ha
parecido bien. 27Todo
me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y
nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar.
28Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. 30Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Hermanos:
1. El
domingo pasado iniciábamos nuestra homilía citándole al Papa Benedicto XVI en
su exhortación apostólica “Verbum Domini” (2010) sobre la Palabra de Dios en la
Iglesia y en el mundo: El centro de toda homilía es Cristo, nos decía. Hoy es
más que evidente.
Hay un
momento maravilloso en la vida pública de Jesús, que nos lo reportan san Mateo
y san Lucas. Jesús tuvo una especie de schok, una conmoción (sería la versión
de lo que nos describe san Lucas), y dijo algo que le salía de dentro y lo
tenía que decir. Lo dijo en forma de bendición al Padre y de enseñanza para
nosotros, alargada por todos los siglos:
Yo te
bendigo, Padre…, o: Yo te doy gracias, Padre… ¿por qué bendecía, por qué daba
gracias? Por las maravillas que él estaba viendo, que otros no las veían, y que
hoy mismo no las ven, no las pueden ver o no las quieren ver.
Jesús veía un mundo nuevo que había aparecido, que no lo había visto ni los patriarcas ni los profetas, pero que ahora era visible, porque existía. Pero este mundo precioso que él había traído estaba oculto a los sabios, a los entendidos, a los que saben de todas las cosas y pueden hablar de todo, y era un mundo maravilloso que se abría los que él llama “los pequeños”, los ignorantes, los pobres, en una palabra, los sencillos.
2. Era el
mundo de las Bienaventuranzas; era el mundo de los milagros que él hacía con
los enfermos y los necesitados que en él tenían fe; era el mundo del perdón de
los pecados, que él iba anunciando; en una palabra, era el mundo del amor de
Dios, que él nos había traído.
Los sabios fariseos no lo entendían ni lo aceptaban; los doctores, la gente importante no se rendían. ¡Qué cosa más sorprendente! Los mejor preparados, por sus estudios, por su conocimiento minucioso de las santas Escrituras, tendrían que haberle aceptado los primeros. No fue así; salvo excepciones, no lo aceptaron. En cambio, la gente humilde y sencilla sí le aceptó y vio en él al enviado de Dios.
3. Esto
que le sucedió a Jesús en su tiempo es exactamente lo que puede ocurrir hoy en
otra cultura y en medio de una civilización infinitamente superior.
Si uno
toma el periódico por la mañana y tiene delante de sí 40…, 60… páginas, que son
planas de noticias, de opiniones, de discusiones, con foto y firma de personas
que tienen su carrera profesional, uno queda literalmente abrumado, y
sensatamente se pregunta: ¿Qué entiendo yo de todo esto, que es política, que
es mundo e negocios y finanzas páginas enteras para saber cómo va la bolsa),
que es deporte, que es cultura,
costumbrismo de provincias, parte nacional, pare internacional, y
esquelas y más esquelas de gente que va muriendo? Uno se puede encontrar
perdido y anonadado.
Una impresión que se acentúa si en un momento del día uno quiere escuchar una diálogo o comentario en torno a lo que va ocurriendo en la política. Nadie podrá negar que el periodismo es una profesión noble y necesaria, pero, a lo mejor con sensatez, habremos de pensar que hay ciertos modos de vida que nos arriman al gremio de los sabios y entendidos, frente a los cuales Jesús ha tenido tantas reservas.
Porque, sigamos el Evangelio, que ahí sí que vamos a encontrar sorpresas que no vamos a hallar en ningún periódico ni noticiero.
4. Hay un
secreto, que Jesús se atreve a decirlo y nos lo dice. Tengamos el valor de
oírlo. Todo me ha sido entregado por mi
Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el
Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Son palabras
absolutamente divinas que ningún ser simplemente humano jamás las pudo decir,
ni nadie las dijo.
Jesús
parte de este principio: Él es el Hijo de Dios, y Dios le ha entregado todo.
Los secretos de Dios en el mundo los sabe él y solo él. Y nadie conoce al Hijo,
que es Dios, sino el Padre. Jamás, jamás nuestra ciencia será tan alta y tan
clara que conozca el Hijo Dios; a Dios solo lo puede conocer Dios mismo.
Pero
sucede lo mismo, si en vez de centrarnos en el Hijo, miramos a Dios. ¿Qué sabio
conoce a Dios y puede hablar a Dios? He aquí la respuesta que nos da Jesús, que
tenemos que grabarla muy fija en el corazón: y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar.
Para
conocer a Dios hay que ir a Jesús, escuchar a Jesús y aprender de sus labios lo
que él nos quiera revelar. Esto es la esencia de nuestra fe.
Pensemos
bien lo que estamos diciendo, porque si no lo entendemos, porque si no lo
entendemos, se dirá de nosotros que somos los más fanáticos y despreciables. En
el mundo hay muchas religiones, y existen desde tiempos milenarios. Decimos que
todas las religiones, a su modo y manera, llevan a Dios; que todos los que
tienen buena voluntad y quiere servir a Dios, sean musulmanes, budistas,
protestantes…, si son buenas personas alcanzan a Dios, y se alvan. Y esto es
verdad y lo defendemos.
Es verdad
porque el único Dios que existe, llámese con el nombre que sea, ha puesto en el
fondo de cada corazón humano un deseode él,q ue nadie lo puede borrar; y el que
sigue ese deseo del corazón alcanza la amistad de Dios y la salvación. Demos
gracias a Dios pro ello.
Pero por
razones que nunca podremos demostrar, nosotros, cristianos, discípulos de
Cristo, decimos que Jesús es el revelación plenaria de Dios, y que en él está
la verdad total, la salvación total. Y por eso nosotros queremos llevar su
conocimiento al mundo entero.
Jesús es el primer interesa do en ser conocido. Él es el que se revela a sí mismo, y el que revela a Dios. Verdades sublimes que aceptamos con humildad.
5. Por
todo ello viene ahora una invitación: Venid a mí. Se nos puede antojar que es
la frase más dulce del Evangelio. Es una invitación sin engaño, sin intenciones
torcidas u ocultas. Es la invitación de quien nos ama, nos conoce y nos acepta.
Y es una
frase que tiene un poder de atracción irresistible, porque el simple decir
“Venid a mí”, ya nos levanta y sentimos que estamos en movimiento hacia él.
Venid a mí, nos dice Jesús, todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Jesús
habla al mundo judío. El yugo de la Ley de Moisés. Que tendría que haber sido
liberación y amor, para tantos y tantos ha resultado pesado y agobiante. Saulo
de Tarso, luego san Pablo, fariseo estricto, fiel observante, así lo había
sentido. Y Pedro también.
Venid a
mí, dice Jesús. Aprended de mí, es decir, poneos bajo mi escuela. Yo soy manso
y humilde de corazón, y habéis de experimentar que como soy yo así es mi
doctrina: Mi ygo es suave; mi carga libera.
Venid a
mí, sigue diciendo Jesús; venid a mí. No os arrepentiréis.
Hermanos,
los que han hecho la experiencia de verdad, nunca se han arrepentido, porque
Jesús es el amor de Dios dado al mundo.
Concluimos, pies, aceptando de todo corazón la invitación personal que nos hace Jesús a cada uno: venid a mí, ven a mí.
Señor Jesús, yo quiero de verdad, que tu
Evangelio sea la verdadera ley de mi vida, porque en tu Evangelio está el
verdadero amor que me salva. Amén.
Pamplona,
viernes 3 de julio de 2026.
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