A mi hermano Roque Grández Lecumberri,
en sus 50 años de profesión religiosa
15 agosto 1963 / 15 agosto 2013
Fraternidad de Capuchinos en Quito, mayo 2012
con motivo de los XXV años de la muerte martirial de Alejandro Labaka e Inés Arango.
Muy querido hermano:
Te escribo esta carta al son del
Evangelio, te la escribo como una hermosa Palabra del Señor, pues Jesús es el
amor y sentido de nuestras vidas, de la tuya y la mía, por su pura misericordia.
En la fiesta de la Asunción de María cumples 50 años de Profesión religiosa,
que fue en Sangüesa (Navarra) el 15 de agosto de 1963. Sangüesa, “la que nunca
faltó”, rumbo al Castillo de Javier (8 kilómetros), Sangüesa, joya mariana por
la iglesia medieval de Santa María. Yo me había adelantado siete años de
profesión (1956), y nuestro Maestro había sido el mismo, el benemérito Alfredo
de Oco, de voz ronca y destemplada y de enorme amor a la Orden – era, quizás,
su característica más llamativa – que lo enseñaba a sus novicios en los quince
años en que fue Maestro. Nosotros salíamos capuchinos hasta los tuétanos (nos
sabíamos de memoria la vida de los santos capuchinos) por aquellos hombres de
pro. Dicen quen el “fiero” Alfredo (es un decir, por hablar) ya había
amainado mucho de aquel rigor que mostró
en sus primeros años…, celante de la observancia.
Mi imaginación ahora da un salto y
vuela a un recuerdo vago de infancia el día en que tú viniste al mundo, 16 de
agosto de 1943 (hace 70 años), en la calle Castejón, número 6, Alfaro (La Rioja).
Nuestra calle se junta con la de Araciel y allí al poco nos encontramos con la Plaza
Chica, cogollito de la ciudad: a cien metros la Plaza España con la colegiata
de San Miguel, donde fuimos bautizados. Pues bien, fue allí en la calle Araciel aquel día de San Roque,
junto a la casa de la tía Carmen, en la esquina de Lope de Haro. Fue allí donde
alguien me dijo:
- ¡Oye, que te ha nacido un
hermanito!
Qué alegría sentí en mi corazón:
ya éramos en casa Espe, yo (Javier me llamaba), María Josefa, Emi y tú. La
pequeña – María Jesús – vendría luego. Yo volvía de la misa y procesión de San
Roque, patrón del pueblo, y aquel día iba solo, y no con mi padre, como
recuerdo que iba otras veces, apoyando él su mano derecha en mi hombro izquierdo,
gesto que me agrada y me enaltecía… No tenía yo aún siete años… Recuerdos,
recuerdos…, dulce amasijo de la infancia, calor que nos hizo hombres…
Padre estaba donde debía, con
nuestra madre. En aquellos tiempos las mujeres del pueblo no daban a luz en la
clínica, sino en casa, ayudadas por alguna comadrona. Te llamaron Roque, como
era de justicia, nombre que tú has llevado siempre con orgullo alfareño.
Cuando tú tenías cuatro años y
medio, perdimos a padre (1 diciembre 1947), y madre, nuestra santa madre, quedó
con seis criaturas… Yo no conocí tu infancia, porque ya estaba en el seminario
seráfico. La vida era así y a otros “seráficos” les ocurría lo mismo con
hermanitos que iban viniendo…De modo que yo te he reencontrado de mayor. Y, por
dictado del corazón, aun conservo cartas que me escribiste de joven profeso, ya
teólogo en Pamplona – yo estudiante universitario – que rezuman aquel fervor
que acumulaste en el santo noviciado. Recuerdos, recuerdos…, en este amanecer
de mi final de Ejercicios – tú también los estás haciendo (“en un convento de clausura, de
Carmelitas, como a 20 minutos de Playas”, Guayas, Ecuador) – antes de comenzar los próximos días el curso, en este rueda
y rueda de la vida, los dos, hermanito, septuagenarios rumbo al Amor.
Luego sigo, hermano…
Pues bien, íbamos diciendo que en
aquella iglesia de san Francisco de Sangüesa, iglesia del siglo XIII,
profesaste la Regla de san Francisco en la vida capuchina. La fórmula de
profesión, ya desde el capítulo general de Narbona (1260), en tiempos de San
Buenaventura, era muy simple. La que hoy vas a pronunciar, renovadas nuestras
Constituciones después del Concilio, dice así:
“Para alabanza y gloria de la
Santísima Trinidad.
Yo, hermano Roque (Rufino María
Grández), puesto que el Señor me dio esta gracia de seguir más de cerca el santo
Evangelio y las huellas de nuestro Señor Jesucristo, delante de los hermanos
aquí presentes, en tus manos, hermano Provincial, con fe y voluntad firmes:
Hago voto a Dios, Padre santo y
omnipotente, de vivir durante todo mi vida en obediencia, sin propio y en
castidad; y, al mismo tiempo, profeso observar fielmente la vida y Regla de los Hermanos Menores, confirmada por el papa Honorio, según las Constitucioens de
los Hermanos Menores Capuchinos.
Así pues, me entrego de todo
corazón a esta Fraternidad, para que, mediante la acción del Espíritu Santo, el
ejemplo de María Inmaculada, la intercesión de nuestro Padre San Francisco y de
todos los Santos, y con vuestra ayuda fraterna, puedan tender a la perfecta
caridad en el servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres”
En aquella ocasión. dice la
historia que profesasteis 18 durante el curso, de ellos una porción de
hermanos laicos. Algunos de estos se fueron despidiendo de este mundo: Fray
Valentín de Anocíbar y Fray Joaquín Larumbe. Y estos días últimos “Toñito” (Fray
Antonio Terés), algo más joven que tú, a quien dediqué un recuerdo entrañable
(en nuestro boletín de la Provincia de España “Punto de Encuentro”), por el caso todo singular de
este hermano, amado de Dios y de los hombres, venido a la Orden de la
Maternidad de Pamplona. (Toñito, buen hermano, ¡ruega por nosotros!: tus
funerales fueron la apoteosis del amor y la sencillez, como los de ninguno…).
La vida fue corriendo, y del grupo
de hermanos clérigos llegasteis al sacerdocio (Pamplona, 11 marzo 1967) 11
hermanos, hermoso plantel, que yo recuerdo con la ilusión de los recuerdos
juveniles, porque para aquel entonces yo ya había entrado de profesor en
nuestro Teologado de Pamplona (1964) y te enseñé la Sagrada Escritura durante
los tres cursos finales de tu carrera (1963-1967).
Era hermoso veros en los mejores
momentos soñadores. Además, se acababa de celebrar el Concilio (1962-1965) y
amanecía una primavera en la Iglesia. ¡Qué hermoso era!
Pero ¿qué pasó después tras este
vendaval del Espíritu? Porque fuisteis el curso más castigado, el curso
arrasado por la misteriosa vorágine de la vida. Tú sabes con qué respeto, con
qué temblor sagrado, con qué aprecio para cada uno… escribo lo que luego pasó…
Y lo sabe el Señor, a cuya misericordia me acojo.
Pasaron los años y el curso
espléndido se deshizo: los hermanos fueron dejando el sacerdocio; los más en la
terrible crisis de los años 70, otros incluso después, cuando había colmado
dignamente veinte... treinta años de sacerdocio. ¿Qué había ocurrido…? San
Francisco nos advierte en la Regla que no nos airemos… Recuerdo el caso de aquel
hermano (era yo entonces provincial) que el Obispo de San Sebastián lo alababa,
admirado, por el servicio ejemplar en la Fraternidad de Enfermos. El servicial hermano
se enamoró de una parapléjica…; se casó con ella en tales condiciones. Pienso
que habría sido un matrimonio de amor y ternura; al tiempo Ana María murió…
Ignoro el rumbo de aquel hermano que tan buenos ejemplos nos dio. Cada caso es
uno, y no podemos entrar en juicio de condenación. El Señor sabe el sufrimiento
de cada uno de sus hijos. Si bien es verdad que el mismo Señor único de su
Iglesia nos ha dado juicio y discernimiento para evaluar los vaivenes de lo que
ocurre.
Otros historias no han sido, al
parecer, tan bellas… En suma, de aquellos once sacerdotes que recibisteis la
unción sagrada, todos se han ido marchando, excepto dos que ahora festejáis
este Jubileo religioso. La pregunta de “¿Por qué se fueron?” casi queda anulada
por otra perentoria, más importante, y no menos estremecida: Y yo ¿por qué
estoy? Me refiero a mí; me refiero a ti, amadísimo Roque. La respuesta unánime
– la tuya y la mía – es esta: por la misericordia palpada del Señor. ¡A él la
gloria y las gracias! Somos hechura de Dios, dice san Pablo.
Además ocurre que, pese a las
goteras de nuestros cuerpos, el Señor nos ha dado coraje, nos ha regalado
pasión por él, y no nos acobardamos por la situación. El hoy del Señor es mejor
que cualquier análisis nuestro. Lo decía el Cántido de Laudes de hoy, tomado de
Habacuc 2:
Aunque la higuera no echa yemas,
las viñas no tienen frutos,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del
redil
y no quedan vacas en el establo,
yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios mi Salvador.
He de concluir, hermano. Hace unos
días leía el sermón enternecido que san Bernardo dedicó a su hermano, de sangre
y de paño, Gerardo, cuando este se despidió para la eternidad. Está en la serie
del Cantar de los cantares. Yo también pido para mí este amor en Cristo que se
funde con el amor de la sangre.
Te felicito de México a Ecuador.
En su momento, más tarde, lo
celebraremos en Alfaro.
Mientras tanto, recibe un poema
que ayer escribí para ti y para Jesús Mari (Fr. Jesús María Bezunartea Salcedo),
compañeros de profesión, a quien honramos con una fiestecilla en medio de estos
Ejercicios.
Recibe un abrazo y un beso
Rufino M.
Desde la Casa de Oración "Quinta san José" de las hermanas Siervas de los Pobres y del Sagrado Corazón, El Salto, Jalisco (cerca del aeropuerto), 9 agosto 2013.
Esta carta se completa con el post siguiente (n. 434): Respuesta de mi hermano Roque y homilía en su 50 aniversario de capuchino.
Esta carta se completa con el post siguiente (n. 434): Respuesta de mi hermano Roque y homilía en su 50 aniversario de capuchino.
Ofrenda
Para Roque Grández
Lecumberri
y Jesús María Bezunartea
Salcedo,
en el 50° aniversario de
su profesión religiosa
en laOrden Capuchina
(Sangüesa, 15 agosto 2013)
Versos fraternos de sobremesa
recordando pensamientos de los Ejercicios
La memoria y el presente
yo los junto en santa unión
a los pies del Evangelio
para hacer mi profesión.
Todo es gracia, yo confieso,
y es esta dulce visión,
al recordar medio siglo
de aquel profesado amor.
Medio siglo y un concilio,
un huracán que irrumpió,
las puertas se conmovieron
y el Cenáculo tembló.
Y del cielo que se abría
vino un fuego abrasador,
un nuevo rostro lucía
la esposa del Redentor.
Sois los hijos del Concilio,
flor de una inmensa ilusión,
Jesús Mari y Roque Grández
capuchinos en misión.
Todo es gracia, todo es gracia,
lo decís sin presunción,
palpando una mano suave
que fue pura bendición:
el amor es un milagro
que hoy vence y siempre venció.
El recuerdo matutino
a San Damián me llevó:
un rostro hablaba a Francisco
y el hermano lo escuchó,
y se llenó de ternura,
de piedad y compasión.
Allí se abría la senda,
que empezó en la Encarnación,
y luego fue la Porciúncula,
nuestra casa y corazón,
junto al regazo materno
que en Cristo nos engendró.
Y al final el monte Alvernia,
Pascua y transfiguración.
Hoy en el Eucaristía
todo el misterio es fisión,
y Jesús, mi fe y futuro,
es mi latido y mi yo.
Las campanas han llamado:
Nueva Evangelización,
Un día todo te di,
restituyendo tu don,
Lo que dije dicho está
por tu misericordia y favor;
recibe, Padre, en Jesús,
mi gracias y adoración.