viernes, 9 de agosto de 2013

433. A mi hermano Roque Grández, 50 años de capuchino

A mi hermano Roque Grández Lecumberri,
en sus 50 años de profesión religiosa
15 agosto 1963 / 15 agosto 2013
Fraternidad de Capuchinos en Quito, mayo 2012
con motivo de los XXV años de la muerte martirial de Alejandro Labaka e Inés Arango.



Muy querido hermano:
Te escribo esta carta al son del Evangelio, te la escribo como una hermosa Palabra del Señor, pues Jesús es el amor y sentido de nuestras vidas, de la tuya y la mía, por su pura misericordia. En la fiesta de la Asunción de María cumples 50 años de Profesión religiosa, que fue en Sangüesa (Navarra) el 15 de agosto de 1963. Sangüesa, “la que nunca faltó”, rumbo al Castillo de Javier (8 kilómetros), Sangüesa, joya mariana por la iglesia medieval de Santa María. Yo me había adelantado siete años de profesión (1956), y nuestro Maestro había sido el mismo, el benemérito Alfredo de Oco, de voz ronca y destemplada y de enorme amor a la Orden – era, quizás, su característica más llamativa – que lo enseñaba a sus novicios en los quince años en que fue Maestro. Nosotros salíamos capuchinos hasta los tuétanos (nos sabíamos de memoria la vida de los santos capuchinos) por aquellos hombres de pro. Dicen quen el “fiero” Alfredo (es un decir, por hablar) ya había amainado  mucho de aquel rigor que mostró en sus primeros años…, celante de la observancia.
Mi imaginación ahora da un salto y vuela a un recuerdo vago de infancia el día en que tú viniste al mundo, 16 de agosto de 1943 (hace 70 años), en la calle Castejón, número 6, Alfaro (La Rioja). Nuestra calle se junta con la de Araciel y allí al poco nos encontramos con la Plaza Chica, cogollito de la ciudad: a cien metros la Plaza España con la colegiata de San Miguel, donde fuimos bautizados. Pues bien, fue allí en la calle Araciel aquel día de San Roque, junto a la casa de la tía Carmen, en la esquina de Lope de Haro. Fue allí donde alguien me dijo:
- ¡Oye, que te ha nacido un hermanito!
Qué alegría sentí en mi corazón: ya éramos en casa Espe, yo (Javier me llamaba), María Josefa, Emi y tú. La pequeña – María Jesús – vendría luego. Yo volvía de la misa y procesión de San Roque, patrón del pueblo, y aquel día iba solo, y no con mi padre, como recuerdo que iba otras veces, apoyando él su mano derecha en mi hombro izquierdo, gesto que me agrada y me enaltecía… No tenía yo aún siete años… Recuerdos, recuerdos…, dulce amasijo de la infancia, calor que nos hizo hombres…
Padre estaba donde debía, con nuestra madre. En aquellos tiempos las mujeres del pueblo no daban a luz en la clínica, sino en casa, ayudadas por alguna comadrona. Te llamaron Roque, como era de justicia, nombre que tú has llevado siempre con orgullo alfareño.
Cuando tú tenías cuatro años y medio, perdimos a padre (1 diciembre 1947), y madre, nuestra santa madre, quedó con seis criaturas… Yo no conocí tu infancia, porque ya estaba en el seminario seráfico. La vida era así y a otros “seráficos” les ocurría lo mismo con hermanitos que iban viniendo…De modo que yo te he reencontrado de mayor. Y, por dictado del corazón, aun conservo cartas que me escribiste de joven profeso, ya teólogo en Pamplona – yo estudiante universitario – que rezuman aquel fervor que acumulaste en el santo noviciado. Recuerdos, recuerdos…, en este amanecer de mi final de Ejercicios – tú también los estás haciendo (“en un convento de clausura, de Carmelitas, como a 20 minutos de Playas”, Guayas, Ecuador) – antes de comenzar los próximos días el curso, en este rueda y rueda de la vida, los dos, hermanito, septuagenarios rumbo al Amor.
Luego sigo, hermano…

Pues bien, íbamos diciendo que en aquella iglesia de san Francisco de Sangüesa, iglesia del siglo XIII, profesaste la Regla de san Francisco en la vida capuchina. La fórmula de profesión, ya desde el capítulo general de Narbona (1260), en tiempos de San Buenaventura, era muy simple. La que hoy vas a pronunciar, renovadas nuestras Constituciones después del Concilio, dice así:
“Para alabanza y gloria de la Santísima Trinidad.
Yo, hermano Roque (Rufino María Grández), puesto que el Señor me dio esta gracia de seguir más de cerca el santo Evangelio y las huellas de nuestro Señor Jesucristo, delante de los hermanos aquí presentes, en tus manos, hermano Provincial, con fe y voluntad firmes:
Hago voto a Dios, Padre santo y omnipotente, de vivir durante todo mi vida en obediencia, sin propio y en castidad; y, al mismo tiempo, profeso observar fielmente la vida y Regla de los Hermanos Menores, confirmada por el papa Honorio, según las Constitucioens de los Hermanos Menores Capuchinos.
Así pues, me entrego de todo corazón a esta Fraternidad, para que, mediante la acción del Espíritu Santo, el ejemplo de María Inmaculada, la intercesión de nuestro Padre San Francisco y de todos los Santos, y con vuestra ayuda fraterna, puedan tender a la perfecta caridad en el servicio de Dios, de la Iglesia y de los hombres”

En aquella ocasión. dice la historia que profesasteis 18 durante el curso, de ellos una porción de hermanos laicos. Algunos de estos se fueron despidiendo de este mundo: Fray Valentín de Anocíbar y Fray Joaquín Larumbe. Y estos días últimos “Toñito” (Fray Antonio Terés), algo más joven que tú, a quien dediqué un recuerdo entrañable (en nuestro boletín de la Provincia de España “Punto de Encuentro”), por el caso todo singular de este hermano, amado de Dios y de los hombres, venido a la Orden de la Maternidad de Pamplona. (Toñito, buen hermano, ¡ruega por nosotros!: tus funerales fueron la apoteosis del amor y la sencillez, como los de ninguno…).
La vida fue corriendo, y del grupo de hermanos clérigos llegasteis al sacerdocio (Pamplona, 11 marzo 1967) 11 hermanos, hermoso plantel, que yo recuerdo con la ilusión de los recuerdos juveniles, porque para aquel entonces yo ya había entrado de profesor en nuestro Teologado de Pamplona (1964) y te enseñé la Sagrada Escritura durante los tres cursos finales de tu carrera (1963-1967).
Era hermoso veros en los mejores momentos soñadores. Además, se acababa de celebrar el Concilio (1962-1965) y amanecía una primavera en la Iglesia. ¡Qué hermoso era!
Pero ¿qué pasó después tras este vendaval del Espíritu? Porque fuisteis el curso más castigado, el curso arrasado por la misteriosa vorágine de la vida. Tú sabes con qué respeto, con qué temblor sagrado, con qué aprecio para cada uno… escribo lo que luego pasó… Y lo sabe el Señor, a cuya misericordia me acojo.
Pasaron los años y el curso espléndido se deshizo: los hermanos fueron dejando el sacerdocio; los más en la terrible crisis de los años 70, otros incluso después, cuando había colmado dignamente veinte... treinta años de sacerdocio. ¿Qué había ocurrido…? San Francisco nos advierte en la Regla que no nos airemos… Recuerdo el caso de aquel hermano (era yo entonces provincial) que el Obispo de San Sebastián lo alababa, admirado, por el servicio ejemplar en la Fraternidad de Enfermos. El servicial hermano se enamoró de una parapléjica…; se casó con ella en tales condiciones. Pienso que habría sido un matrimonio de amor y ternura; al tiempo Ana María murió… Ignoro el rumbo de aquel hermano que tan buenos ejemplos nos dio. Cada caso es uno, y no podemos entrar en juicio de condenación. El Señor sabe el sufrimiento de cada uno de sus hijos. Si bien es verdad que el mismo Señor único de su Iglesia nos ha dado juicio y discernimiento para evaluar los vaivenes de lo que ocurre.
Otros historias no han sido, al parecer, tan bellas… En suma, de aquellos once sacerdotes que recibisteis la unción sagrada, todos se han ido marchando, excepto dos que ahora festejáis este Jubileo religioso. La pregunta de “¿Por qué se fueron?” casi queda anulada por otra perentoria, más importante, y no menos estremecida: Y yo ¿por qué estoy? Me refiero a mí; me refiero a ti, amadísimo Roque. La respuesta unánime – la tuya y la mía – es esta: por la misericordia palpada del Señor. ¡A él la gloria y las gracias! Somos hechura de Dios, dice san Pablo.
Además ocurre que, pese a las goteras de nuestros cuerpos, el Señor nos ha dado coraje, nos ha regalado pasión por él, y no nos acobardamos por la situación. El hoy del Señor es mejor que cualquier análisis nuestro. Lo decía el Cántido de Laudes de hoy, tomado de Habacuc 2:
Aunque la higuera no echa yemas,
las viñas no tienen frutos,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil
y no quedan vacas en el establo,
yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios mi Salvador.
He de concluir, hermano. Hace unos días leía el sermón enternecido que san Bernardo dedicó a su hermano, de sangre y de paño, Gerardo, cuando este se despidió para la eternidad. Está en la serie del Cantar de los cantares. Yo también pido para mí este amor en Cristo que se funde con el amor de la sangre.
Te felicito de México a Ecuador.
En su momento, más tarde, lo celebraremos en Alfaro.
Mientras tanto, recibe un poema que ayer escribí para ti y para Jesús Mari (Fr. Jesús María Bezunartea Salcedo), compañeros de profesión, a quien honramos con una fiestecilla en medio de estos Ejercicios.
Recibe un abrazo y un beso
 Rufino M.

Desde la Casa de Oración "Quinta san José" de las hermanas Siervas de los Pobres y del Sagrado Corazón, El Salto, Jalisco (cerca del aeropuerto), 9 agosto 2013. 
Esta carta se completa con el post siguiente (n. 434): Respuesta de mi hermano Roque y homilía en su 50 aniversario de capuchino.




Ofrenda

Para Roque Grández Lecumberri
y Jesús María Bezunartea Salcedo,
en el 50° aniversario de su profesión religiosa
en laOrden Capuchina (Sangüesa, 15 agosto 2013)
Versos fraternos de sobremesa
recordando pensamientos de los Ejercicios


La memoria y el presente
yo los junto en santa unión
a los pies del Evangelio
para hacer mi profesión.
Todo es gracia, yo confieso,
y es esta dulce visión,
al recordar medio siglo
de aquel profesado amor.
Medio siglo y un concilio,
un huracán que irrumpió,
las puertas se conmovieron
y el Cenáculo tembló.
Y del cielo que se abría
vino un fuego abrasador,
un nuevo rostro lucía
la esposa del Redentor.
Sois los hijos del Concilio,
flor de una inmensa ilusión,
Jesús Mari y Roque Grández
capuchinos en misión.
Todo es gracia, todo es gracia,
lo decís sin presunción,
palpando una mano suave
que fue pura bendición:
el amor es un milagro
que hoy vence y siempre venció.
El recuerdo matutino
a San Damián me llevó:
un rostro hablaba a Francisco
y el hermano lo escuchó,
y se llenó de ternura,
de piedad y compasión.
Allí se abría la senda,
que empezó en la Encarnación,
y luego fue la Porciúncula,
nuestra casa y corazón,
junto al regazo materno
que en Cristo nos engendró.
Y al final el monte Alvernia,
Pascua y transfiguración.
Hoy en el Eucaristía
todo el misterio es fisión,
y Jesús, mi fe y futuro,
es mi latido y mi yo.
Las campanas han llamado:
Nueva Evangelización,
Un día todo te di,
restituyendo tu don,
Lo que dije dicho está
por tu misericordia y favor;
recibe, Padre, en Jesús,
mi gracias y adoración.

 

miércoles, 7 de agosto de 2013

432. Domingo XIX C – No temas, pequeño rebaño



Homilía en el domingo XIX del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 12,32-48

No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en los cielos, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
Tened ceñida vuestra cintura y encendidas vuestras lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes su señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, los irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el hijo del hombre.
Pedro le dijo: “Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?” Y el Señor dijo: “¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel criado dijere para sus adentros: “Mi señor tarde en llegar”, y empieza a pegarles a los criados y a las criadas,  a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y el hará compartir la suerte de los que no son fieles. El criado que, conociendo la voluntad de su señor, nos e prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá”.

Hermanos:

1. El Evangelio de hoy es un tanto largo, y tienes dos partes diferentes de palabras del Señor. Los tres primeros versículos nos resultan de una dulzura entrañable, versículos de intimidad que nos abren de par en par el corazón de Jesús, a nosotros, su rebañito, para concluir diciendo: donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.

2. Luego sigue una catequesis a la comunidad creyente, una catequesis no exenta de severidad, que podríamos llamar la catequesis del ladrón, y que tiene este aviso central y principal: estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el hijo del hombre.
Esta palabra del Señor es clara y terminante. Él puede venir hoy mismo a llamarnos, y no podemos decir: Bueno, no estoy preparado…, pero más tarde será, mañana, aguardo otra oportunidad. No, hermanos, esto es un engaño. El cristiano debe estar preparado en todo momento, ahora mismo, para el encuentro con el Señor en "la noche de la liberación pascual" de la que se habla en la primera lectura con el libro de la Sabiduría (18,6).
3. Nuestra atención se va a centrar en los primeros versículos. Estos versículos comienzan; No temas, pequeño rebaño.
“No temas” es una palabra bíblica que solo la puede pronunciar quien tenga capacidad para destruir todo temor; en definitiva solamente Dios puede decirme a mí: “No temas”, porque solamente Él puede arrancar los miedos de mi corazón. Palabra de consuelo y de fortaleza, que está pidiendo una promesa, o, mejor, un don.
No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo. Así le dice el ángel a María en la Anunciación. El “No temas” de la Encarnación llevaba dentro el mayor don que el Padre Dios concedía a los hombre, el don de su propio Hijo.
Y cuando Jesús dice “No temas” sigue a continuación un milagro, un don de Dios.
Y esto es lo que aquí ocurre. Detrás de ese “No temas” que Jesús nos dice viene luego el gran don: vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
No temas,  “no tengáis miedoes la primera palabra que pronunció Juan Pablo II al ser elegido Papa; palabra que retomó Benedicto XVI en la homilía inaugural de su pontificado.

4. El rebaño de Jesús es un rebañito, “pequeño rebaño” o “pequeño rebañito”, que era como decir: “rebañito mío”.
Este rebañito de Jesús es el germen de la Iglesia, y a este rebañito se el concede el don supremo del Reino. Un regalo mayor no cabe.
Este rebañito pequeño – si no nos equivocamos – es la imagen más hermosa de la Iglesia que Jesús quiere. Jesús se ha sentido pequeño ante Dios, su Padre. Cuando realizaba un milagro mandaba, por favor, que no lo publicasen, que él no quería gloria por el bien que iba difundiendo. Ese era, por así hablar, el temperamento de Jesús, y eso quería traspasar a su Iglesia. Jesús no quiere grandeza, gloria y riquezas para su Iglesia. Quiere exactamente lo contrario; quiere que su rebaño se parezca a él en la humildad y en la pobreza.

5. Dice de su rebaño que lo quiere ver sin dinero. No está hablando de la jerarquía de su rebaño, sino que está hablando de todo el rebaño: Vended vuestros bienes y dad limosna.
La Iglesia de Jesús ha de ser una Iglesia pobre. Su atractivo y fascinación no está ni en las riquezas ni el poderío temporal. Lo más hermoso de la Iglesia es la hermosura de los corazones, que nosotros hemos de retratar mirando al corazón de Cristo.
Nos invita Jesús a traspasar los estrechos límites de esta vida, de las necesidades que aquí nos absorben, y nos dice: haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en los cielos, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla.
Y concluye diciendo esta frase que para todos es una consigna de vida: Porque donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.

6. A los cuatro días de su elección dijo el Papa a los periodistas que estaban en el aula de Pablo VI: “¡Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!” (17 marzo 2013), y esto desató una atronadora ovación.
Lo había dicho Juan XXIII en la convocatoria del Concilio: "La Iglesia es y quiere ser la Iglesia de todos, pero hoy más que nunca la Iglesia de los pobres" (JUAN XXIII, Convocatoria del concilio Vaticano ll, 11 de septiembre de 1962).
Y lo han seguido diciendo todos los Papas. No es necesario acumular citas. Pero instintivamente nos gusta más la riqueza que la pobreza. Y no caemos en la cuenta de que con la riqueza va el orgullo y la vanidad, mientras que con la pobreza va la misericordia y la ternura.

7. Concluyamos, pues, hermanos, diciéndole a Jesús: Jesús, manso y humilde de corazón danos un corazón semejante al tuyo, y que, al vernos pequeños y pobres, experimentemos allí la infinita ternura de Dios. Amén.

miércoles, 7 de agosto de 2013

En torno a este Evangelio véase nuestro poema Pequeño rebaño.

jueves, 1 de agosto de 2013

431. Domingo XVIII C – El rico insensato



Homilía en el domingo XVIII del tiempo ordianrio, ciclo C
Lc 12, 13-21

Texto evangélico:
En aquel tiempo uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «Hombre, ¿quién me ha hecho juez y repartidor entre vosotros?». Y prosiguió: «Guardaos bien de toda avaricia; que, aunque uno esté en la abundancia, no tiene asegurada la vida con sus riquezas».
Y les dijo una parábola: «Las fincas de un hombre rico dieron una gran cosecha. Y él pensó: ¿Qué haré, pues no tengo donde almacenar mis cosechas? Y se dijo: Destruiré mis graneros, los ampliaré y meteré en ellos todas mis cosechas y mis bienes. Luego me diré:
Tienes muchos bienes almacenados para largos años; descansa, come, bebe y pásalo bien. Pero Dios le dijo: ¡Insensato, esta misma noche morirás!; ¿para quién será lo que has acaparado? Así sucederá al que amontona riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios».
(Nota. Versión tomada del leccionario)

Hermanos:
1. ¿Cómo podríamos llamar a esta parábola de Jesús? Una parábola “tremenda”, la parábola de la muerte repentina, de esa muerte que nadie la tiene delante para hoy y de la que todos sabemos que puede venir.
A decir verdad, hablando con todo rigor, esta parábola no es la parábola de la muerte repentina, sino la parábola del rico insensato. Aquí es donde se carga el acento: ¡qué insensato es el que confía en sus riquezas, que las tiene que dejar todas con la muerte! Ahora bien, ocurre que esta muerte no es la muerte tranquila de un anciano que se despide plácidamente de su familia; la muerte de un enfermo que va viendo venir el fin de sus días, sino la muerte de alguien que se encuentra a la mitad de la vida y que tiene por delante muchos años para disfrutar, es decir, la muerte imprevista y repentina. Esta misma noche vas a morir, y Dios te va a pedir cuentas. En estas circunstancias aparece como una parábola de terror.
2. Una primera reflexión que se impone antes de entrar en sutilezas, es que, efectivamente, todos y cada uno tenemos que pensar en una muerte repentina como una posibilidad de nuestro horizonte. Aquí en México se recuerda el terremoto del año 1985. El jueves 19 de septiembre de 1985, a las 7.19 minutos de la mañana hubo un terremoto con un fuerte réplica al día siguiente, día 20. El número de muertos se calculó alrededor de 10.000. ¿Quién de aquellos miles pudo pensar: Mañana por la mañana me va a caer el techo encima y me voy a morir? Pues esto me puede ocurrir a mí.
Y hablando de la tragedia de estos días, de los 79 muertos del Alvia, en mi patria, ¿quién pudo pensar: La muerte me está aguardando hoy en el tren? Y esto me puede ocurrir a mí, que con dolor y desagrado (con una sincera condolencia y oración para todas las familias) lo estoy contando. El Señor en su misericordia los haya acogido a todos.
Y todos somos testigos inmediatos de tal familiar, tal amigo, que parecía estar bien, y de repente un infarto en pocos minutos lo ha llevado a la otra vida, sin tiempo para decir adiós.

3. Hablando de esta manera, mis queridos hermanos, estamos rememorando aquellas misiones de antes, en las que se predicaba de los novísimos, y un sermón importantísimo era el sermón de la muerte.
En aquellos sermones o en días de retiro se hacía el ejercicio de preparación para obtener una buena muerte: “Cuando mis manos trémulas y entorpecidas no puedan ya estrecharte, ¡oh Bien mío Crucificado!, y en contra de mi voluntad te dejen caer sobre el lecho de mi dolor, Jesús misericordioso, ten piedad de mí”. Y así de modo patético y real se nos representaba ese estado del moribundo que va perdiendo sus facultades al momento en que se va a presentarse ante el juicio de Dios, un juicio que se nos describía, es cierto, como el juicio de Jesús misericordioso.

4. La parábola de hoy no quiere hablar tanto de la muerte cuanto de las riquezas en las que uno insensatamente pone su confianza y de la cual espera su felicidad.
El hombre de la parábola tiene una filosofía muy grosera: la vida es riqueza y placer. Y la felicidad es esta: abundar en la riqueza, porque cuanto más riqueza más placer, más felicidad.
De hecho, la vida que nos envuelve gira y da vuelta en torno a esos polos: dinero y placer. Y la propaganda se monta sobre estas dos mentiras: el dinero y el placer.
Si uno se pone a reflexionar, y no se deja envolver por el aturdimiento de la misma vida, pronto se da cuenta que aquí hay un argumento podrido, y que esto se viene abajo por dos razones:
Primero, no es verdad que cuanto más riqueza hay más felicidad, porque la felicidad humana no consiste en el placer, sino en algo más hondo que el placer.
Y segundo, no es verdad que la riqueza me asegure la vida, porque no sé si mañana voy a morir o si un cáncer me va a llevar al hospital y en pocos meses a la muerte.

5. Hermanos, estamos hablando con un lenguaje muy distinto al que usamos de ordinario en nuestras homilías, en las cuales, al anunciar a Jesús, queremos quedar fascinados de su mensaje y de sus promesas. Pero es que también Jesús ha dicho estas cosas, para que no nos confundamos.
Pero volvamos al centro de nuestra fe, con otro tono, con otra esperanza. “Para mí vivir es Cristo”, dijo san Pablo, el mismo que dijo que en Cristo está la sabiduría de Dios, el poder de Dios.
Si yo acepto esto, como lo acepto, mi vida cambia de horizonte. El sentido de mi vida no es la riqueza y el placer, sino que es Cristo y mis hermanos, los hombres. El goce de mi vida ya no es el placer sino el sentirme amado por Dios en Cristo Jesús, mi Señor, y mis hermanos, y poder compartir mi vida, mi persona, mis riquezas con mis hermanos los hombres.
6. Esto es lo que ha dicho el Papa estos días a los tres millones de jóvenes que le han escuchado en Brasil.
He aquí las últimas palabras que ha dicho el Papa a los jóvenes en Brasil, que es el mundo al revés de lo que está en la parábola del rico insensato y desgraciado:
“Tres palabras: “Vayan, sin miedo, para servir”. Siguiendo estas tres palabras “Vayan, sin miedo, para servir”, experimentarán que quien evangeliza es evangelizado, quien transmite la alegría de la fe, recibe más alegría. Queridos jóvenes, cuando vuelvan a sus casas, no tengan miedo de ser generosos con Cristo, de dar testimonio del Evangelio. … Llevar el Evangelio es llevar la fuerza de Dios para arrancar y arrasar el mal y la violencia; para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio; para edificar un mundo nuevo. Queridos jóvenes, ¡Jesucristo cuenta con ustedes! ¡La Iglesia cuenta con ustedes! ¡El Papa cuenta con ustedes! Que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, les acompañe siempre con su ternura: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos».
Al escuchar estas cosas, dirigimos los ojos a Jesús, en quien está la plenitud de la divinidad, y le decimos:
¡Señor, llévanos por tus caminos! Amén.

México-Tlalpan, Verbo Encarnado, miércoles, 31 julio 2013

Como himno para este Evangelio puede verse; A la hora de la muerte (Las dos voces)