viernes, 13 de septiembre de 2013

446. Creo a Jesús, creo en Jesús . Profesión de Fe con el Evangelio


Creo a Jesús, creo en Jesús:

Este es mi Evangelio, esta es mi fe

El día 11 de septiembre el papa Francisco publicó un largo artículo de periódico en el diario italiano La Repubblica. Respondía de este modo a los requerimientos de un  ilustre personaje de la Italia actual, intelectual y político no creyente, Eugenio Scalfari (nacido en 1924), fundador de ese mismo periódico, que había escrito el 7 de julio y 7 de agosto.
Comenzaba diciendo: Pregiatissimo Dottor (muy apreciado Doctor), y terminaba, antes de poner la firma: Con fraterna vicinanza (con fraterna cercanía). Del “pódium” del magisterio pontificio los últimos papas se han bajado para fomentar otro tipo de literatura, en especial la entrevista. Incluso se ha recordado que Benedicto XVI escribió en el Financial Times.
Pero, sin entrar en sutiles consideraciones, la forma que ha utilizado el papa Francisco marca un “hito”, que, por lo demás, va en consonancia con su literatura de cardenal arzobispo de Buenos Aires.
El artículo del Papa, ya por todas partes elogiado, es una confesión de fe, con respecto, con deferencia, con elegancia para entrar en diálogo con un no creyente, invitándole, incluso, a hacer “una parte del camino juntos”. El ilustre interlocutor lo ha agradecido. De mi parte, imprimí el artículo como tema de estudio para los alumnos de “Profetas”, suscitando un trabajo en grupos en esta dirección: Cuál es el ámbito de Dios en el mundo, según Oseas (siglo VIII a.C.) – Cuál es la relación de Dios con el hombre – Cuál es la relación del hombre con Dios. Todo ello al eco de las palabras del Papa – que invito a leer en directo – que comparte sobre la fe con un no creyente.
Y, al meditar estas cosas, me vino a la mente el poner en este blog de “Las hermosas palabras del Señor” una confesión de fe personal, en ese Jesús al que sirvo. Y así redacto este MANIFIESTO DE FE, sobre la base de unas Notas de clases, pero de un modo expositivo, narrativo, como si comunicara mis pensamientos en un periódico internacional. Justamente ese día del artículo iniciaba yo un mini-curso de San Marcos, como puede verlo el lector que desee seguir leyendo.

* * *

Al iniciar estas clases sobre el Evangelio de san Marcos (11 septiembre 2013) he de manifestar lealmente mi postura. Accedo por primera a esta institución académico-pastoral que se define como “Instituto Bíblico Católico” (Guadalajara, Jalisco), creado como institución diocesana hace varios decenios. El lema de esta Casa es un versículo del salmo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor, luz en mi sendero” (Sal 119,105. El “Señor” es un vocativo divino ad sensum). Mi postura, desde la sinceridad del ser, no puede ser otra que esta, marcada por tres notas:
Soy, por la gracia de Dios (no por méritos antecedentes), un creyente, y como creyente he de explicar todas mis lecciones.
Soy, modestamente, un intelectual, y estas aulas, que son un hogar pastoral, son simultáneamente una academia que busca la ciencia de las Escrituras, si bien en un grado muy sencillo.
Soy una persona que va subiendo la cima de la vida (76 años de edad en este momento, 53 años de sacerdocio y como tal ministro de la Palabra, hallado digno de confianza para esta gracia). A una persona mayor – designación que no me agrada, pero que los años imperiosos y desde fuera me la van dictando – se le pide sabiduría; que vaya a la esencia de las cosas, ajeno a toda vanidad. Ya la vida no puede dar otra cosa que la verdad, dulce fruto que sería inicuo desechar.
Obviamente esta triple condición marca un talante de pensamiento y de enseñanza, un modo de acceso al tema viviente que nos ocupa, y un modo de entrega en las clases, una metodología, si se quiere hablar con esta expresión académica en uso.
El Evangelio, es decir Jesús, no es una materia un obiectum (lo que “yace” “delante”) que está ahí y al que yo me acerco con esa soberanía que se le ha dado al ser humano para entrar, dominar y poseer. El estatuto de la ciencia es ese, y la Biblia en cuanto “tema de estudio” – se diría – se amolda a ese plan: un tema más en el campo del conocimiento humano. La ciencia humana es admirable. Nos colma de asombro que el hombre, a la conquista del espacio, haya enviado un “ingenio” al universo (Voyager 1, en 1974) y que este producto humano navegue ya fuera del sistema de la órbita solar.
Pero ocurre que uno no se desentiende de su ser creyente cuando aborda lo que ahora vamos a abordar. Es una opción tomada no por reglas que te dan, sino por íntima convicción, la cual procede de un instinto divino, que yo acepto desde dentro de todas mis células. Con razón advertía Benedicto XVI al comienzo del prólogo de su Jesús de Nazaret, Primera parte: “Este libro sobre Jesús, cuya primera parte se publica ahora, es fruto de un largo camino interior”. Y se detiene entonces a explicar el método escogido, teniendo presente el panorama de la investigación actual. Conceptos que se completan con el prólogo de la segunda parte. Si no se capta el punto de mira científico y creyente en que se sitúa el autor, queda falseada la lectura de esta obra espléndida, verdadero obsequio a la Iglesia. Benedicto XVI no ha intentado una “aproximación histórica a la vida de Jesús de Nazaret”; no ha intentado con su libro hacer una Cristología – una “cristología desde arriba”, se le ha achacado, cosa que él rechaza – sino que, trabajando de su fe y de su ciencia, todo ello transido de su íntima experiencia personal, presenta “la figura y el mensaje de Jesús”. “Tal vez hubiera sido acertado poner estas dos palabras – figura y mensaje – como subtítulo al libro con el fin de aclarar su intención de fondo” (Jesús de Nazaret, Parte II, Prólogo).
Este enlace de comparación me introduce, con la obra de un autor eximio – Joseph Ratzinger / Benedicto XVI –, para manifestar qué pretendemos en este curso sintético (6 días lectivos con dos horas o tiempos cada uno). Acometiendo como creyentes el estudio científico-pastoral del libro del Evangelio de Marcos, privilegiamos en nuestro conocimiento integral de lo que buscamos la categoría “encuentro”, que ha entrado en al teología para explicar la fe. Hablaremos, pues, de cuatro momentos o perspectivas de encuentro, no sucesivas sino simultáneas en la unidad del ser.

* * *

1. El encuentro con el Evangelio de Marcos, y dígase lo mismo el encuentro con el Evangelio de Mateo, de Lucas, de Juan es, para empezar, el encuentro con un libro.
Es lo primero que tenemos delante en nuestra mesa de estudio: un libro arcaico, que ha sido custodiado y ha llegado fielmente hasta nosotros. Y aquí surgen esas cuestiones que lanzamos a un libro importante de la antigüedad: cuándo se escribió, quién lo escribió, en qué lugar y ambiente, con qué finalidad. La ciencia, tras la primera guerra mundial, alcanzó a formular un método histórico crítico,  Formgeschichte o “Historia de la forma”. Esto que yo leo está escrito con múltiples formas y géneros literarios, que tienen su “puesto en la vida” (Sitz im Leben); desde allí debo leer. Está bien, debo saberlo.
Más tarde se matizó: pero esas múltiples unidades que conforman el Evangelio tienen una unidad de conjunto, porque hubo de hecho un redactor último que dio cuerpo a toda la obra: Redaktionsgeschichte o “Historia de la redacción”. Quizás este redactor inoculó su propia teología a todo el conjunto. También debo saberlo, en cuanto pueda.
Incluso otros, metidos por este camino histórico, pensaron que era muy útil investigar la historia que sigue al texto, la “historia del influjo” (Wirkungsgeschichte) del texto, los efectos ha producido en la comunidad creyente que lo ha leído). También es bueno conocerlo. De alguna manera amplía el significado original y preciso de las palabras y de los hechos de Jesús. Los maestros del lenguaje y la hermenéutica dicen que, una vez que yo entrego mi texto al público lector, el texto deja de ser propiedad mía y se va cargando de otros sentidos en contacto con la mente del lector, pues ya es de su dominio. Todo texto de por sí es generativo.

2. El sondeo que hacemos del libro nos lleva a un segundo encuentro: Encuentro con una Comunidad.
Pronto se da uno cuenta de que el libro que tengo entre manos, obra de un autor final, es, en realidad, el fruto de una comunidad, de una Iglesia. Acaso esta comunidad leía este Evangelio y aquella leía el Evangelio en otra forma, por ejemplo, “las Comunidades del Discípulo Amado” – así se han llamado – adheridas al cuarto Evangelio.
 Y yo, lector atento, percibo que, si el libro cuenta la vida de un personaje – Jesús de Nazaret – me está contando simultáneamente los anhelos y el entresijo de una comunidad que lo vive y lo sigue. Es la comunidad cristiana adonde ha ido a parar la vida de un Viviente que fue y que es. El lector profundo está viendo en dos planos fundidos:
- La vida de Jesús de Nazaret.
- Y la vida de sus discípulos.
Comienza una interacción que influye de modo esencial en la hermenéutica de los Evangelios: de Jesús a la Comunidad, de la Comunidad a Jesús.
La Comunidad que subyace al Evangelio es
ü  Una Comunidad creyente.
ü  Que vive y celebra en torno a Alguien.
ü  Comunidad en medio del mundo hostil.
ü  Comunidad misionera.
ü  Comunidad sufriente.
ü  Comunidad de esperanza pascual.
El lector atento del Evangelio va recobrando, poco a poco, el perfil de la Comunidad subyacente.
Camino muy delicado, porque, si no tenemos testimonios directos de esas comunidades que están detrás de los Evangelios, hay que emplear métodos deductivos. En todo caso, es muy razonable pensar que las palabras de envío de Jesús (sin dinero, sin alforja…) han sido ya avaladas por los misioneros cristianos, vividas, y acaso reconfiguradas.

3. Ahora viene lo más importante: el estudio del libro de Marcos, de Mateo, de Lucas, de Juan, es el encuentro con la persona que anuncia el libro desde una Comunidad: Jesús, ¡el encuentro con Jesús! En el encuentro con Jesús pongo mi fe, toda mi fe. Lo diga con los artículos del “Credo”, o lo diga narrativamente como lo estoy haciendo, esta es mi fe. Jesús es mi fe.
Jesús, punto de llegada en el ámbito de la comunidad, punto de partida hacia lo infinito.
¿Quién es Jesús, del que se va a hablar en el Evangelio? Es el Jesús de la historia y el Jesús de hoy – Jesús viviente de la Pascua – sin que puedan separarse uno de otro. Esto requiere científicamente un método correcto.
El “método histórico-crítico”, al que hemos aludido, es necesario, pero, al mismo tiempo, es insuficiente. Se queda en el pasado. Investiga cómo nació el texto, con las múltiples causas que pudieron influir e influyeron; pero este método se queda, por necesidad, en el pasado, y la figura de Jesús también en el pasado.
Del método histórico-crítico tenemos que pasar a una comprensión total y presente, pero no por un salto caprichoso y subjetivo, sino por las mismas exigencias de la fe que ha originado el Evangelio. Aquí es donde la fe tiene su punto y palabra específicos, en un tipo de conocimiento humano total, que la ciencia humana puede avalarlo.
Si, al fin, el estudio del Evangelio no es encuentro con la misma persona de Jesús, que fue y que es, ¿para qué lo quiero? El evangelista Marcos se coloca en esta perspectiva cuando comienza diciendo y escribiendo: Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo Hijo de Dios. (El crítico textual debe decir honradamente que el códice Sinaítico no tiene la expresión “Hijo de Dios”, que ciertamente sonará en la confesión del centurión en la Cruz; mientras que el códice Vaticano, signado como códice B, de valor semejante sí lo tiene)
Por tanto, su obra es “Evangelio”, el Evangelio de Jesús: no es Biografía de Jesús, ni Historia de Jesús, sino el Evangelio de Jesús.
Y el protagonista de esta obra es Jesús (aquel hombre de Nazaret) Cristo (el Mesías de Israel) Hijo de Dios (última confesión de fe de la Iglesia), es decir: Jesús-Mesías-HijodeDios.
¿Cómo se puede escribir la obra de un “humano-divino”? Eso es, de acuerdo al título, la obra de Marcos.
Marcos, y lo mismo los demás Evangelios canónicos, dejando afuera otros Evangelios que circularon, me lanzan directamente en la Historia de salvación de Dios con el hombre, manifestado para mí y toda la humanidad en su hijo Jesús, que luego llamaremos, juntando palabras, Jesucristo.
Tú, Jesús de los Evangelios, eres mi fe, que incluye:
- la historia de Dios tu Padre, abierto al mundo desde antes de la creación,
- la historia de tu Espíritu derramado en ti,
- tu historia humana y celestial, la de ayer y la de hoy, juntas en una sola, desde la Encarnación hasta la Eucaristía, desde la Eucaristía hasta la Parusía.
Esta es mi fe trepidante, que no me quita la posibilidad de la duda, pero que me invita de continuo a la negación de mí mismo y al abandono en tus brazos, mediante la muerte constante, y abrazar ahí la verdad infinita, a orar con los salmos: ¡Oh Dios, tú eres mi Dios!.
                                                         
4. Hay un cuarto encuentro en esta faena de vida, que es el estudio del Evangelio, que es el encuentro conmigo mismo.
El que habla se proyecta él en lo que habla. Y el que lee, si su lectura va más allá de una simple información para capturar conocimientos, y es una lectura de vida, en cuanto que lo que va buscando es vida, su vida, la lectura del Evangelio es el encuentro con mi yo. Todo conocimiento es comunión y engendro. El “concepto”, que es lo que se formula en el conocimiento, significa “concebido”.
El conocimiento como acto creativo es encuentro con la verdad. Encontrarse con Jesús, por vía de conocimiento intelectual, nos abre al último conocimiento vital de su persona, y en última instancia al conocimiento vital de mí mismo.
En estos asuntos el estudio y la mística se reclaman.
Nadie es buen estudiante, si no es apasionado de lo que estudia. Y, hablando no de una “materia” (obiectum), sino de una persona-relación, Jesús, nadie puede estudiar los Evangelios si no es un apasionado de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, cuyo encuentro es el encuentro del sentido de mi vida.

Esta es mi fe; esto es el sentido de mi vida.
Lo demás – esto o aquello en la vida, esta vocación u otra, que parece lo prioritario; este puesto en la vida como plataforma de acción, por lo que a lo mejor luchamos o nos “desvivimos” con zozobras y sufrimientos – es secundario, porque no pueden alterar la dirección impresa en el hallazgo de Jesús.
¡Jesús, amor de mis días, tú eres el hallazgo y la gracia,
tú eres el sentido de mi vida y nadie más!
En ti y desde ti, lo demás.
Tú eres mi fe,
Tú eres mi amor,
Tú eres mi esperanza.

Guadalajara, 13 septiembre 2013 (S. Juan Crisóstomo)

jueves, 12 de septiembre de 2013

445. Domingo XXIV C – El padre del hijo pródigo



Homilías en el domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo C
Evangelio de san Lucas, todo el capítulo 15


Texto del Evangelio
Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo esta parábola: “¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrás más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convenirse.
O ¿qué mujer, que tiene diez monedas, si se le pierde una no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.
También les dijo: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre; “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de paz, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”, Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí no me has dado nunca un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Hermanos:
1. La parábola del hijo pródigo es la joya de las parábolas. No es que queramos nosotros poner categorías a las palabras de Jesús, puesto que todas ellas son divinas; es la joya, porque bien pronto nos vemos a nosotros representados en ese hijo pródigo, malgastador de la hacienda paterna, y no nos atrevemos a figurarnos un padre como el padre que aparece en la parábola.

2. En esta parábola entran en escena tres personajes principales: el padre, el hijo malo y el hijo bueno; y otros secundarios, que no nos interesan: el hacendado que tiene una granja de cerdos, los criados que traen la ropa y el anillo al hijo perdido, la comparsa de músicos y danzantes que han preparado el festín y el baile. El eje de la parábola parece que es el hijo aventurero que ha ido por el mundo adelante buscando aventuras y, al fin, ha perdido su dinero en brazos de prostitutas. Por eso, tantos siglos hemos llamado a esta parábola “la parábola del hijo pródigo”. Sin embargo, si bien se reflexiona en las palabras de Jesús, el eje y centro de la parábola, el verdadero protagonista, es el padre, el padre bueno.
La parábola va dirigida a una pregunta: ¿Cómo es Dios? ¿Cómo es ese Dios que Jesús predica y que produce escándalo?
Y la respuesta de Jesús es clara: Dios se ha vuelto loco, loco de amor; sí, loco de amor por mí…Y celebra una fiesta en el cielo cada vez que uno de sus hijos, pecadores, se arrepiente y vuelve a la casa paterna.
Verdaderamente Dios nos ama hasta la locura y nada ni nadie le va detener en este amor.

3. En un pensamiento racional, al abordar la parábola, uno, de pronto, se siente inclinado a dar la razón al hijo mayor, que es el hijo virtuoso y responsable. Él es el trabajador, el siempre bueno, el que nunca se ha desmandado, el que no ha ocasionado ningún escándalo a su padre, el que siempre ha obedecido. Todas las cartas están a su favor.
En el contexto del Evangelio, de la vida precisa de Jesús, el hijo bueno está representando la conducta de los fariseos, que censuran el comportamiento laxo de Jesús. La introducción que hace Lucas, evangelista, es clara: Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”.
Jesús es criticado porque, con este proceder abierto, no salva la seriedad de la vida, el juicio de Dios.
Este hermano cumplidor – y fariseo, añadiríamos – de ninguna manera puede aceptar la conducta alocada de su hermano irresponsable y vicioso. Y tampoco el comportamiento de su padre, que ha coronado con una fiesta de bienvenida el proceder necio e infamante de su hijo. Este hijo mayor puede pensar: Mi padre se ha pasado de bueno y se ha vuelto loco.

4. Jesús pinta a ese Padre, que evidentemente es el Padre Dios, un Dios que se siente débil y desarmado por el pecador que regresa a casa. Se podría llegar a un acuerdo. Gran generosidad sería perdonar lo pasado, y borrón y cuenta nueva.
Pero la parábola no dice esto. Ese perdón calculado, que nosotros inventamos, no es el perdón de Dios. Dios perdona sin pasar factura, sin llegar a un acuerdo para resarcir los daños del pasado; Dios perdona pura y simplemente.
Y la evidencia del perdón es la fiesta, una fiesta de traje y anillo, con música y danza, que más se parece a un banquete de bodas que a un gesto de acogida y reconciliación.

5. Jesús ha soltado todos los recursos de su imaginación para darnos a conocer algo que nosotros no conocemos, porque tristemente nos da medio el conocerlo: ese es Dios, ese es mi Padre. Jesús morirá en la cruz orando: Dios mío, Dios, ¿por qué me has desamparado?, y traga con ello el pecado del mundo, pero el Dios que anuncia, a costa de su propia muerte, es el Dios del amor loco, el Dios ternura que no se deja oscurecer por ningún pecado humano.
Con esta parábola podemos reinterpretar las frases duras y amenazadoras de la predicación de Jesús, cuando ha asumido el talante de los profetas frente a esta generación mala y adúltera.
Sí es cierto que Jesús ha defendido los derechos de Dios con las palabras más terribles, con amenazas que han hecho temblar. Que era para decirles: Considerad la gravedad del momento, la importancia definitiva de la existencia humana; pero yo tengo un secreto último que quiero comunicar a Israel y al mundo entero: Dios, mi Padre, se muere de ternura por el hombre.

6. Solo hace falta, hermanos, que yo, torpe y necio, diga una sola palabra: Dios mío, he sido un ingrato, perdóname.
Y entonces comienza la fiesta nupcial, anticipo del cielo.
Homilía y palabas que pronunciamos ante este crucifijo desgarrado, al que presentamos un ramo de flores.
Gracias, Jesús, por haber presentado el amor, loco de ternura de tu Padre. Amén.

Guadalajara, 12 septiembre 2013.

Puede verse también, en el domingo IV de Cuaresma del presente año, el número 365. Parábola del Padre bueno y del hijo pródigo.
Un himno en torno al mismo capítulo, Lc 15,1-10: Albergue de pecadores.

domingo, 8 de septiembre de 2013

444. Para Siria y mi corazón: la paz del amor

Para Siria y mi corazón: la paz del amor




Ayer tarde y noche el Papa Francisco acudió a orar por la paz: paz en Siria, paz en Oriente medio, paz en el mundo, paz en mi corazón. Con él se unieron 100.000 gentes de buena voluntad. Eso era allí en la plaza. En todas partes del mundo otros también nos uníamos en un coro universal.
El Papa quiso compartir su meditación, que aquí transcribimos. Al eco de esas palabras han brotado, como eco espiritual, unos versos que escancio de lo más hermoso que hallo en mi corazón, o en el tuyo, hermano, hermana:

«Y vio Dios que era bueno» (Gn 1,12.18.21.25). El relato bíblico de los orígenes del mundo y de la humanidad nos dice que Dios mira la creación, casi como contemplándola, y dice una y otra vez: Es buena. Nos introduce así en el corazón de Dios y, de su interior, recibimos este mensaje.
Podemos preguntarnos: ¿Qué significado tienen estas palabras? ¿Qué nos dicen a mí, a ti, a todos nosotros?
1. Nos dicen simplemente que nuestro mundo, en el corazón y en la mente de Dios, es “casa de armonía y de paz” y un lugar en el que todos pueden encontrar su puesto y sentirse “en casa”, porque “es bueno”. Toda la creación forma un conjunto armonioso, bueno, pero sobre todo los seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, forman una sola familia, en la que las relaciones están marcadas por una fraternidad real y no sólo de palabra: el otro y la otra son el hermano y la hermana que hemos de amar, y la relación con Dios, que es amor, fidelidad, bondad, se refleja en todas las relaciones entre los seres humanos y confiere armonía a toda la creación. El mundo de Dios es un mundo en el que todos se sienten responsables de todos, del bien de todos.
Esta noche, en la reflexión, con el ayuno, en la oración, cada uno de nosotros, todos, pensemos en lo más profundo de nosotros mismos: ¿No es ése el mundo que yo deseo? ¿No es ése el mundo que todos llevamos dentro del corazón? El mundo que queremos ¿no es un mundo de armonía y de paz, dentro de nosotros mismos, en la relación con los demás, en las familias, en las ciudades, en y entre las naciones? Y la verdadera libertad para elegir el camino a seguir en este mundo ¿no es precisamente aquella que está orientada al bien de todos y guiada por el amor?
2. Pero preguntémonos ahora: ¿Es ése el mundo en el que vivimos? La creación conserva su belleza que nos llena de estupor, sigue siendo una obra buena. Pero también hay “violencia, división, rivalidad, guerra”. Esto se produce cuando el hombre, vértice de la creación, pierde de vista el horizonte de belleza y de bondad, y se cierra en su propio egoísmo.
Cuando el hombre piensa sólo en sí mismo, en sus propios intereses y se pone en el centro, cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder, cuando se pone en el lugar de Dios, entonces altera todas las relaciones, arruina todo; y abre la puerta a la violencia, a la indiferencia, al enfrentamiento.
Eso es exactamente lo que quiere hacernos comprender el pasaje del Génesis en el que se narra el pecado del ser humano: El hombre entra en conflicto consigo mismo, se da cuenta de que está desnudo y se esconde porque tiene miedo (Gn 3,10), tiene miedo de la mirada de Dios; acusa a la mujer, que es carne de su carne (v. 12); rompe la armonía con la creación, llega incluso a levantar la mano contra el hermano para matarlo. ¿Podemos decir que de la “armonía” se pasa a la “desarmonía”? No, no existe la “desarmonía”: o hay armonía o se cae en el caos, donde hay violencia, rivalidad, enfrentamiento, miedo...
Precisamente en medio de este caos, Dios pregunta a la conciencia del hombre: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Y Caín responde: «No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Esta pregunta se dirige también a nosotros, y también a nosotros nos hará bien preguntar- nos: ¿Soy yo el guardián de mi hermano? Sí, tú eres el guardián de tu hermano. Ser persona humana significa ser guardianes los unos de los otros. Sin embargo, cuando se pierde la armonía, se produce una metamorfosis: el hermano que deberíamos proteger y amar se convierte en el adversario a combatir, suprimir.
¡Cuánta violencia se genera en ese momento, cuántos conflictos, cuántas guerras han jalonado nuestra historia! Basta ver el sufrimiento de tantos hermanos y hermanas. No se trata de algo coyuntural, sino que es verdad: en cada agresión y en cada guerra hacemos renacer a Caín. ¡Todos nosotros! Y también hoy prolongamos esta historia de enfrentamiento entre hermanos, también hoy levantamos la mano contra quien es nuestro hermano. También hoy nos dejamos llevar por los ídolos, por el egoísmo, por nuestros intereses; y esta actitud va a más: hemos perfeccionado nuestras armas, nuestra conciencia se ha adormecido, hemos hecho más sutiles nuestras razones para justificarnos. Como si fuese algo normal, seguimos sembrando destrucción, dolor, muerte. La violencia, la guerra traen sólo muerte, hablan de muerte. La violencia y la guerra utilizan el lenguaje de la muerte.
3. Tras el caos del diluvio dejó de llover, se vio el arco iris y la paloma trajo un ramo de olivo. Pienso también hoy en ese olivo que los representantes de las diversas religiones plantamos en Buenos Aires en la Plaza de Mayo en el 2000, pidiendo que no haya más caos, que no haya más guerra, pidiendo paz. En estas circunstancias, me pregunto: ¿Es posible seguir otro camino? ¿Podemos salir de esta espiral de dolor y de muerte? ¿Podemos aprender de nuevo a caminar por las sendas de la paz? Invocando la ayuda de Dios, bajo la mirada materna de la Salus populi romani, Reina de la paz, quiero responder: Sí, es posible para todos.
Esta noche me gustaría que desde todas las partes de la tierra gritásemos: Sí, es posible para todos. Más aún, quisiera que cada uno de nosotros, desde el más pequeño hasta el más grande, incluidos aquellos que están llamados a gobernar las naciones, dijese: Sí, queremos. Mi fe cristiana me lleva a mirar a la Cruz. ¡Cómo quisiera que por un momento todos los hombres y las mujeres de buena voluntad mirasen la Cruz! Allí se puede leer la respuesta de Dios: allí, a la violencia no se ha respondido con violencia, a la muerte no se ha respondido con el lenguaje de la muerte. En el silencio de la Cruz calla el fragor de las armas y habla el lenguaje de la reconciliación, del perdón, del diálogo, de la paz.
Quisiera pedir al Señor, esta noche, que nosotros cristianos, los hermanos de las otras religiones, todos los hombres y mujeres de buena voluntad gritasen con fuerza: ¡La violencia y la guerra nunca son camino para la paz! Que cada uno mire dentro de su propia conciencia y escuche la palabra que dice: Sal de tus intereses que atrofian tu corazón, supera la indiferencia hacia el otro que hace insensible tu corazón, vence tus razones de muerte y ábrete al diálogo, a la reconciliación; mira el dolor de tu hermano, pienso en los niños … mira el dolor de tu hermano y no añadas más dolor, detén tu mano, reconstruye la armonía que se ha perdido; y esto no con la confrontación, sino con el encuentro.
¡Que se acabe el sonido de las armas! La guerra significa siempre el fracaso de la paz, es siempre una derrota para la humanidad. Resuenen una vez más las palabras de Pablo VI: «Nunca más los unos contra los otros; jamás, nunca más... ¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!» (Discurso a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965: AAS 57 [1965], 881). «La Paz se afianza solamente con la paz; la paz no separada de los deberes de la justicia, sino alimentada por el propio sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1976: AAS 67 [1975], 671). Perdón, diálogo, reconciliación son las palabras de la paz: en la amada nación siria, en Oriente Medio, en todo el mundo. Recemos por la reconciliación y por la paz, contribuyamos a la reconciliación y a la paz, y convirtámonos todos, en cualquier lugar donde nos encontremos, en hombres y mujeres de reconciliación y de paz. Amén.

1. Casa de paz y armonía
así era el mundo creado,
cuando Dios enamorado
lo contempló el primer día.

2. Y es ese el mundo que anhelo
desde el fondo de mi ser,
un hermano a quien querer
abierto a él sin recelo.

3. Vio Dios que todo era bueno,
cual de sus manos nacido,
y que el hombre estaba ungido
de vida y gozo sereno.

4. Mas por triste rebeldía
quebró, y se hizo ruptura,
y en esa fiera locura
Caín a su hermano hendía.

5. Que no renazca Caín
y no levante cabeza,
que si hay guerra, esta empieza
en mí, envidioso y ruin.

6. Yo soy guardián de mi hermano
y mi hermano es mi guardián;
comamos del mismo pan,
nuestro dolor sea humano.

7. Siempre es posible la paz,
si a los ojos nos miramos
y en las pupilas hallamos
las semillas de bondad.

8. Mas yo soy cristiano y creo
en la Cruz del Redentor,
que es la sangre del amor,
y la paz es su trofeo.

9. La guerra es siempre derrota
del proyecto humanidad:
no creer en la amistad,
que es flor que en mi huerto brota.

10. Por la paz vaya mi ayuno,
ayuno de mi egoísmo:
en Jesús seré yo mismo,
y mi enemigo, ninguno.

Guadalajara, Jalisco, domingo 8 septiembre 2013