jueves, 1 de septiembre de 2016

841. Domingo XXIII, C – Para ser discípulo de Jesús, entregar la vida entera



Homilía para el Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 14,25-33


Texto evangélico:
25 Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: 26 «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 27 Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 28 Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29 No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, 30 diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. 31 ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? 32 Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. 33 Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Hermanos:

1. Cada domingo, de las tres lecturas que nos ofrece la Misa, que se recogen en el llamado Leccionario dominical, la más importante es el Evangelio, que, como vamos repitiendo, este año estamos escuchando el Evangelio según san Lucas.
La primera lectura es un texto del Antiguo Nuevo Testamento, que, de alguna manera, sirva de introducción, porque viene a ser una especie de paralelo o por otra razón. Hoy tenemos unos consejos terminantes de Jesús que él lanza a todos para que sepamos qué comporta ser discípulo. ¿Qué texto del Antiguo Nuevo Testamento vamos a tomar para que nos introduzca en el mensaje de Jesús?
Sorpréndanse. Es un pasaje del libro de la Sabiduría, que es una oración humilde a Dios sabio, todopoderoso.
¿Qué hombre conocerá el designio de Dios?,
o ¿quién se imaginará lo que el Señor quiere? (Sab 9,13).

2. Jesús en el Evangelio se nos presenta, no como un gran maestro, que nos puede llevar a Dios, por el camino de sus enseñanzas. Él se atribuye a sí mismo una categoría divina, y el discípulo sabe que lo que él reclama solo lo puede reclamar Dios.
¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría
y le envías tu santo espíritu desde lo alto? (v. 17).
Las cosas de Dios solo se pueden conocer con el Espíritu de Dios.
Así, pues, hermanos, la doctrina de Jesús es doctrina de Dios; las exigencias de Jesús son exigencias de Dios.

3. Con este preámbulo analizamos atentamente el contenido de las palabras de Jesús. Jesús nos habla a todos, no a un sector valiente de sus discípulos. Así encontraremos en las biblias, como ocurre en la Biblia oficial que usamos en España, el título adecuado para este párrafo: Condiciones para el discipulado.
¿Qué hace falta para ser discípulo, para ser de esa familia que Jesús quiere inaugurar en la tierra? ¿Qué hace falta para que alguien, uno de nosotros, yo mismo, pueda decir con verdad: Yo soy discípulo de Jesús?
Hace falta dos cosas:
La primera: estar dispuesto a entregarlo todo.
La segunda: estar dispuesto a llevar cada día la cruz.
Las dos cosas son totales; las dos cosas comprometen al discípulo desde su misma raíz.
Con dos frases diferentes Jesús aborda la misma realidad. Jesús ejemplifica y detalla; y aquí los detalles son importantes.

4. Jesús habla del parentesco: del padre y de la madre, de la mujer y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas.
Y hemos de precisar, porque Jesús habla del modo más concreto:
su padre y su madre, su mujer y sus hijos, sus hermanos y sus hermanas.
Se trata, pues, de algo mío, absolutamente mío, que pertenece a mi propia persona, más de lo que puede pertenecer mi dinero, mi casa, mi coche. No se trata de cosas; se trata de personas. Se trata, por tanto, de afectos que están en mi corazón, que son vida de mi vida.
Repito que no se trata del padre, ni de la madre; se trata de mi padre y de mi madre.
5. Pero no henos dicho todo: hay otro pariente que es más parientesque esos de primerísimo grado que henos mencionado. ¿Cuál es, pues? Soy “yo mismo” Mi pariente más pariente soy yo mismo. Jesús dice:  incluso a sí mismo.
Para ser discípulo de Jesús hace falta hacer una opción:
- O Jesús o mi padre: Jesús.
- O Jesús o mi madre: Jesús.
- O Jesús o mi mujer: Jesús.
- O Jesús o mis hijos: Jesús.
- O Jesús o mis hermanos: Jesús.
- O Jesús o mis hermanas: Jesús.
- O Jesús o yo mismo: Jesús.
Siete negaciones que se resumen una sola: o él u otro. ¡Él, sólo él! Solo él, porque él es Dios, mi Dios. ¡O él o yo: él!

6. Se va perfilando la alternativa del seguimiento, para que quede claro que Dios, el Señor Jesús, debe ocupar el área de nuestra vida.
Pero hay algo más. Las palabras no son inocentes, y Jesús, para explicar la seriedad de esta opción, cuando nos decidimos a ir en pos de él, ha escogido una expresión muy dura y tajante; él habla de “odiar”. Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas.

(La traducción española dice: “no pospone”; y da una explicación: La traducción propuesta la apoyan el contexto, la doctrina de Jesús y el hecho de que el arameo no tiene un verbo para expresar la idea de «preferir»).

En esa elección que Jesús exige se pueden presentar situaciones de tal gravedad que el optar por una de ellas, de hecho, produce una ruptura con la otra parte, al grado de que el decidirse en una dirección exige tal arrancón que parece un rechazo, un repudio de lo otro. No es que yo no quiera a mi padre o a mi madre; los querré hasta la muerte, pero los dejo, aunque se me parta el alma. Esto significa odiar.

Diciéndolo en nuestro lenguaje: Ante Jesús, hay que jugarse el todo por el todo.
Jesús es el todo. Y por él me juego todo lo que pudiera ser mis bienes; que es la conclusión final de las dos parábolas que luego pone Jesús: la del constructor que quiere levantar una torre, que se sienta y calcula si dispone de medios; la del jefe militar, que calcula si puede entrar en batalla con las fuerzas de tiene a su mando. Si de verdad quieres ser cristiano, piénsatelo, porque todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.
Así ha hablado Jesús.
Conclusión: Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
La cruz de Jesús, y no otra, va a ser, a partir de ahora, mi cruz. No existía este lenguaje. Jesús lo ha tenido que inventar.

7. Señor Jesús, gracias por hablarme tan claro, del todo claro. Ahora solo te pido fuerza y alegría para seguirte, porque yo quiero ser un cristiano de verdad, un discípulo como tú has soñado de mí. Amén.

Guadalajara, jueves, 1 septiembre 2016

domingo, 28 de agosto de 2016

840. Madre de los Sacerdotes



Madre de los Sacerdotes

65 hermanos sacerdotes del Presbiterio de Aguascalientes acaban de hacer los Ejercicios espirituales anuales organizados por la diócesis, tercera de las cuatro tandas programadas. La diócesis de Aguascalientes, sufragánea de Guadalajara, es una diócesis bendecida por el Señor con constantes vocaciones. Hace 40 años el Prebiterio (me decía el P. Rector) el presbiterio eran unos 70 sacerdotes. Hoy suman 304. En la actualidad, según el “Calendario escolar de 2016-2017”, veo que el Teologado son 41 alumnos (aparte de dos que estudian en el extranjero): 14 de cuarto curso, 9 de tercero, 9 de segundo y 19 de primero. El Señor les bendiga. He aquí un poema oracional compuesto al final de los Ejercicios.
(El título de “Buena Madre, Bonne Mère”, evoca una imagen querida en la tradición marista, escrito en la capilla donde celebramos).


Madre de los Sacerdotes,
de este nuestro Presbiterio.
bajo tu mando de Madre
acoge anhelos y ruegos.

De la Gran Misericordia,
tú fuiste el primer Adviento,
y de tu seno brotó
Jesús de la Cruz y el Huerto.

Eres fruto de Israel
para ser toda Evangelio,
discípula en la Palabra,
Madre y Esposa del Verbo.

De los pobres del Señor
la más pobre de este suelo,
tu riqueza es tu obediencia,
tu Hijo, el tesoro pleno.

Peregrina de la fe,
conoces nuestro sendero,
y eres maestra de amor
como Virgen del silencio.

Madre de Dios invocada,
corazón de los misterios,
eres humano latido
hija y hermana en mi pueblo.

Dulce Madre, Buena Madre,
caricia del Padre bueno,
a tu regazo me acojo
porque quiero ser fiel siervo.

Gloria sea a Jesucristo,
toda gracia de los cielos,
pan de Dios de cada día,
mi Dios vivo y verdadero. Amén.


Encarnación de Díaz, Casa Marista de Encuentros,
Ejercicios a Sacerdotes, 26 agosto 2016.