La Madre Teresa
de Calcuta murió el 5 de septiembre de 1997 y fue enterrada el sábado 13 de
septiembre, habiendo decretado el Gobierno de la India un funeral de estado.
Por aquellos
días yo me encontraba en mi pueblo, en Alfaro (La Rioja), disfrutando de la
compañía de mi anciana madre y celebrando la Patrona de mi pueblo, la Virgen
del Burgo, 8 de septiembre.
La muerte de la
Madre Teresa de Calcuta me impresionó, y no hacía falta ser gran profeta para
pensar que, lo antes posible, la Madre Teresa sería Beata, y luego Santa. Y el
día de la Virgen del Burgo le compuse un Himno… para su beatificación.
Lo envié el día
9 al Diario de La Rioja, y lo publicaron en “Cartas al Director” el día 24, en
la página 13. Quitaron la fecha y la piadosa dedicatoria; pero allí quedó, como
puede verse.
Teresa de
Calcuta fue beatificada en Roma el 19 de octubre de 2003. Y mañana, domingo 4
de septiembre de 2016 (que a estas horas ya es hoy en Roma) el Papa Francisco
la inscribirá en el Catálogo de los Santos para la Iglesia Universal.
Me place evocar
este recuerdo y rendir homenaje a inmensa santa que el Señor ha otorgado a su
santa Iglesia.
Teresa del
Sagrario y de los Pobres,
retrato fiel
del Buen Samaritano,
es gracia tu
memoria, y hoy decimos:
¡Bendita tú,
oliente flor de sándalo!
Teresa
arrodillada junto a Cristo,
sedienta con la
sed de aquellos labios:
bebiste amor,
dolor de enamorada,
mirando a quien
gemía en el Calvario.
Y fuiste
entonces Madre de los Pobres,
‑Teresa de
Calcuta te llamamos‑,
hogar abierto,
lámpara encendida,
que el mundo
herido cabe en tu regazo.
Teresa humilde,
abrazo sin fronteras,
palabra
transparente a los humanos,
seamos con los
pobres tu familia,
tu corazón
florezca en nuestros manos.
A Cristo,
eterno pálpito, la gloria
y el triunfo
del amor le sea dado:
¡a ti, Jesús,
que muerto en Cruz amante,
a todos nos
hiciste tus hermanos! Amén.
Alfaro, 8
septiembre 1997.
(Guadalajara,
Jalisco, México, sábado 3 de septiembre de 2016)
Homilía para el Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 14,25-33
Texto
evangélico:
25 Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y
les dijo: 26 «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a
su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso
a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 27 Quien no carga con
su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 28 Así,
¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a
calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29 No sea
que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los
que miran, 30 diciendo: “Este hombre empezó a construir y no
pudo acabar”. 31 ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey,
no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso
del que lo ataca con veinte mil? 32 Y si no, cuando el otro
está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. 33 Así
pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede
ser discípulo mío.
Hermanos:
1. Cada domingo, de las tres lecturas que
nos ofrece la Misa, que se recogen en el llamado Leccionario dominical, la más importante es el Evangelio, que, como
vamos repitiendo, este año estamos escuchando el Evangelio según san Lucas.
La primera lectura es un texto del Antiguo
Nuevo Testamento, que, de alguna manera, sirva de introducción, porque viene a
ser una especie de paralelo o por otra razón. Hoy tenemos unos consejos
terminantes de Jesús que él lanza a todos para que sepamos qué comporta ser
discípulo. ¿Qué texto del Antiguo Nuevo Testamento vamos a tomar para que nos
introduzca en el mensaje de Jesús?
Sorpréndanse. Es un pasaje del libro de la
Sabiduría, que es una oración humilde a Dios sabio, todopoderoso.
¿Qué
hombre conocerá el designio de Dios?,
o
¿quién se imaginará lo que el Señor quiere? (Sab 9,13).
2. Jesús en el Evangelio se nos presenta,
no como un gran maestro, que nos puede llevar a Dios, por el camino de sus
enseñanzas. Él se atribuye a sí mismo una categoría divina, y el discípulo sabe
que lo que él reclama solo lo puede reclamar Dios.
¿Quién
conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría
y le
envías tu santo espíritu desde lo alto? (v. 17).
Las cosas de Dios solo se pueden conocer
con el Espíritu de Dios.
Así, pues, hermanos, la doctrina de Jesús
es doctrina de Dios; las exigencias de Jesús son exigencias de Dios.
3. Con este preámbulo analizamos
atentamente el contenido de las palabras de Jesús. Jesús nos habla a todos, no
a un sector valiente de sus discípulos. Así encontraremos en las biblias, como
ocurre en la Biblia oficial que usamos en España, el título adecuado para este
párrafo: Condiciones para el discipulado.
¿Qué hace falta para ser discípulo, para
ser de esa familia que Jesús quiere inaugurar en la tierra? ¿Qué hace falta
para que alguien, uno de nosotros, yo mismo, pueda decir con verdad: Yo soy discípulo de Jesús?
Hace falta dos cosas:
La primera: estar dispuesto a entregarlo
todo.
La segunda: estar dispuesto a llevar cada
día la cruz.
Las dos cosas son totales; las dos cosas
comprometen al discípulo desde su misma raíz.
Con dos frases diferentes Jesús aborda la
misma realidad. Jesús ejemplifica y detalla; y aquí los detalles son
importantes.
4. Jesús habla del parentesco: del padre y
de la madre, de la mujer y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas.
Y hemos de precisar, porque Jesús habla
del modo más concreto:
su padre y su madre, su mujer y
sus hijos, sus hermanos y sus hermanas.
Se trata, pues, de algo mío, absolutamente mío, que pertenece a mi propia
persona, más de lo que puede pertenecer mi dinero, mi casa, mi coche. No se
trata de cosas; se trata de personas. Se trata, por tanto, de afectos que están
en mi corazón, que son vida de mi vida.
Repito que no se trata del padre, ni de la madre; se trata de mi padre y de mi madre.
5. Pero no henos dicho todo: hay otro pariente que es más parientesque esos
de primerísimo grado que henos mencionado. ¿Cuál es, pues? Soy “yo mismo” Mi
pariente más pariente soy yo mismo. Jesús dice:incluso a sí mismo.
Para ser discípulo de Jesús hace falta hacer una opción:
- O Jesús o mi padre: Jesús.
- O Jesús o mi madre: Jesús.
- O Jesús o mi mujer: Jesús.
- O Jesús o mis hijos: Jesús.
- O Jesús o mis hermanos: Jesús.
- O Jesús o mis hermanas: Jesús.
- O Jesús o yo mismo: Jesús.
Siete negaciones que se resumen una sola: o él u otro. ¡Él, sólo él! Solo
él, porque él es Dios, mi Dios. ¡O él o yo: él!
6. Se va perfilando la alternativa del seguimiento, para que quede claro
que Dios, el Señor Jesús, debe ocupar el área de nuestra vida.
Pero hay algo más. Las palabras no son inocentes, y Jesús, para explicar la
seriedad de esta opción, cuando nos decidimos a ir en pos de él, ha escogido
una expresión muy dura y tajante; él habla de “odiar”. Si alguno viene a mí y no odia
a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus
hermanas.
(La traducción española dice: “no pospone”; y da una explicación: La traducción propuesta la apoyan el
contexto, la doctrina de Jesús y el hecho de que el arameo no tiene un verbo
para expresar la idea de «preferir»).
En esa elección que Jesús exige se pueden presentar situaciones de tal
gravedad que el optar por una de ellas, de hecho, produce una ruptura con la
otra parte, al grado de que el decidirse en una dirección exige tal arrancón que
parece un rechazo, un repudio de lo otro. No es que yo no quiera a mi padre o a
mi madre; los querré hasta la muerte, pero los dejo, aunque se me parta el
alma. Esto significa odiar.
Diciéndolo en nuestro lenguaje: Ante Jesús, hay que jugarse el todo por el todo.
Jesús es el todo. Y por él me juego todo lo que pudiera ser mis bienes; que
es la conclusión final de las dos parábolas que luego pone Jesús: la del
constructor que quiere levantar una torre, que se sienta y calcula si dispone
de medios; la del jefe militar, que calcula si puede entrar en batalla con las
fuerzas de tiene a su mando. Si de verdad quieres ser cristiano, piénsatelo,
porque todo aquel de entre vosotros que
no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.
Así ha hablado Jesús.
Conclusión: Quien no carga con su
cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
La cruz de Jesús, y no otra, va a ser, a partir de ahora, mi cruz. No
existía este lenguaje. Jesús lo ha tenido que inventar.
7. Señor Jesús, gracias por hablarme
tan claro, del todo claro. Ahora solo te pido fuerza y alegría para seguirte,
porque yo quiero ser un cristiano de verdad, un discípulo como tú has soñado de
mí. Amén.