jueves, 7 de diciembre de 2017

1026. María Inmaculada 2017



Perfume de la Escritura

1. Perfume de la Escritura
es María inmaculada.
¿En dónde ella amanecía
cuando era alba del alba?

2. ¿En el Jardín Paraíso,
cuando nacía extasiada,
la flor primera que hubo
firma que a Dios delataba?

3. El Pensamiento era antes
y en él la Virgen estaba;
era el lecho del Espíritu,
la Inmaculada Encarnada.

4. Como Morada del Verbo
Dios la tenía guardada,
María no es argumento;
es simplemente la Amada.

5. En los Anales divinos
María es la Deseada,
y simplemente por eso
es Ella sin otra causa.

6. En verso puro o en prosa
nunca podré yo alcanzarla,
no es tesis de combatir,
no es libro de sabias páginas.

7. Es un deseo de Dios,
cuna del Hijo agraciada,
es la armonía y belleza
de cuanto Dios proyectara.

7. María, la incorruptible,
la creatura increada,
la que en Dios vivía y vive
y la que vive en mi alma.

8. María, la más sencilla,
que por eso es nuestra hermana,
junto a Dios la más excelsa,
del hombre la más cercana.

9. Recibe, Amada, el silencio,
que ahora se hizo palabra;
dejo aquí mi balbuceo
y vuelvo a la fe callada.

10. Goce por ti, Madre mía,
llamándote Inmaculada,
y una ternura de cielo
me envuelva con tu fragancia.


Guadalajara, Jalisco,
I Vísperas de la Inmaculada 2017

sábado, 2 de diciembre de 2017

1025. Predicación de Adviento – Dios encarnado - I



1025. Predicación de Adviento – Dios encarnado - I

El Adviento que vivieron los Profetas
Lectura de los Profetas ante el misterio de Dios encarnado


NOTA - La grabación en video (que dura 27'48'') ha sido muy libre con respecto a la letra del texto.


Homilía y predicación: un giro en este Adviento

Hermanos: Paz y Bien
Hace siete años, (que se cumplen próximamente 28 diciembre 2010), por amable insinuación fraterna, me lancé a anunciar el Evangelio desde este pódium moderno, que son las ondas de Internet. Y las primera palabras que escribí fueron estas: “La homilía, cuyo centro es Cristo. Con la gracia de Dios, abrimos hoy – Año Nuevo de 2011 – este portal dedicado a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es el tesoro de la Iglesia. Sea, pues, el tesoro de mi corazón, de cada uno de nuestros corazones. En cada casa una Biblia, nos decía el Papa en su última exhortación apostólica, titulada Verbum Domini, la Palabra del Señor (29 de septiembre de 2010). Una Biblia, el libro más leído en la Humanidad, pero no como un adorno de nuestro armario librero, sino como libro de lectura, de reflexión, de oración.
Queremos saborear la Palabra de Dios en una forma concreta y precisa: la homilía” (Primer post de este blog de “Las hermosas palabras del Señor”, subido el martes, 28 de diciembre de 2010).
No recuerdo haber faltado ningún Domingo a esta cita. Al principio las homilías fueron texto y audio; luego, mediante una sencilla “web-cam” (cámara para la Web, para la Red) yo mismo he ido grabando lo que sencillamente quería compartir. Algunas personas, seglares y religiosos, sacerdotes incluidos, me han animado en esta tarea, al comprobar el bien espiritual que la Palabra de Dios, anunciada y explicada, ha puesto en sus corazones.
Es mi convicción íntima: la Palabra de Dios siempre, absolutamente siempre, abordada con humilde fe, germina y produce fruto. Al presente, el ser Misionero de la Misericordia (gracia otorgada por el Papa y confirmada después hasta nueva orden) me estimula personalmente a ser no solo abrazo del perdón de Dios en el confesionario, sino también proclamador de su Palabra.

Este año quiero cambiar de registro en los cuatro domingos de Adviento, en los cuales no voy a entregar una “homilía de Adviento”, sino más genéricamente una “predicación de Adviento”, lo cual exige una explicación introductoria, aunque me dilate con cierta libertad interior.

La Homilía es un género de transmisión de la palabra de Dios, que ha sido prestigiosamente revitalizado después del Concilio. No es una meditación de Ejercicios espirituales, no es una clase de Sagrada Escritura, no es un tema espiritual para exponer y debatir. La homilía no es un tema de opinión. Es un anuncio sencillo de la Palabra de Dios en el ámbito concreto de la celebración litúrgica (en este caso, en el ámbito de la Eucaristía). La homilía está al servicio de la celebración en la proporción de las partes y en el estilo y modo el contenido.
En los documentos de los últimos Papas encontraremos textos bellísimos. Hace cuatro años el Papa Francisco, en la Exhortación apostólica sobre “La alegría del Evangelio” (Evangelii gaudium), en la fiesta de Cristo Rey del Universo 2013, nos dio una especie de tratado de la Homilía (La homilía, nn. 135-144). Textos coronados luego por el Directorio Homiliético, publicado por la Santa Sede (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio Homilético, 2014)[1].

Lo principal en la Misa es la Plegaria Eucarística. Y la homilía nos debe llevar a hundirnos en el misterio vivificante de la Palabra de Dios, bajo la guía del Espíritu Santo. El sacerdote y toda la comunidad celebrante pueden recordar para vivir la Plegaria Eucarística lo que la Ordenación de la Liturgia de las Horas dice acerca de cómo hay que rezar los Salmos (n. 104):
- con lareverencia ante la Majestad divina
- y, sobre todo, con alegría de espíritu
- y dulzura amorosa
- como corresponde al carácter de “hijos de Dios”.
La “rutina” y la “prisa” son la muerte del amor, y pueden ser la muerte de nuestras celebraciones dominicales, por parte del sacerdote y de los fieles.

Lo que en este Adviento yo quiero entregar no son unas “homilías” (a diferencia de los Advientos 2011, 2012, 2013, 2014, 2015 y 2016), sino una “Predicación de Adviento”, si bien trataremos de tener en cuanto los textos del domingo respectivo; pero advirtiendo que no son predicaciones para dentro de la Eucaristía. Y pienso que nuestra atención espiritual puede dirigirse a estos cuatro grandes anuncios:

I. El Adviento que vivieron los Profetas - Lectura de los Profetas ante el misterio de Dios encarnado
II.  El Adviento de Dios que vivió Jesús
III. El Adviento de Dios que yo he de vivir
IV. El Adviento de Dios que vivió la Virgen María, Madre del Señor (lo ponemos como IV tema, porque el IV Domingo de Adviento siempre se recuerda a la Virgen María en el Evangelio).

* * *

Profeta, un llamado para hablar de Dios en nombre de Dios

1. Y ahora, hermanos, pasamos directamente a este anuncio inicial del Adviento: Dios llega. Cómo han visto y cómo han anunciado los profetas la llegada de Dios. Adviento o Advenimiento significa ni más ni menos que “llegada”, una palabra que en griego es exactamente la Parusía, palabra que conviene que entren en nuestra cultura religiosa general, porque es una palabra muy significativa en el Nuevo Testamento.
Se trata de una llegada, pero de una llegada importante: la llegada del Emperador, la llegada del General que hace su entrada victorioso después de la conquista. A este advenimiento corresponde un recibimiento. Cuando el Papa ha venido a México ¡cómo se le ha recibido! Se ha movilizado el gobierno y toda la ciudadanía. Eso es justamente un Adviento: Advenimiento y recibimiento; cada llegada era una gran fiesta. Estos día el Papa está de visita en Birmania y ahora en Bangladesch, país musulmán, pero se le ha recibido con los respetos y honores que merece un líder mundial. Un recibimiento que es el particularmente emotivo cuando el Papa va al Gran Consejo de la Comunidad de Monjes budistas, que milenariamente mantienen la espiritualidad del país.

2. Los Patriarcas, los Profetas son los testigos más singulares del Antiguo Testamento de la venida de Dios. Habrá otros, sin duda: “los pobres de Yahvéh…”, teniendo presente que un profeta también puede ser un pobre de Yahvéh, y entendiendo que el profeta de los profetas, ya en el Antiguo Testamento, es el Siervo de Yahvéh, de Isaías…
Dios ha entrado en la vida de los profetas y ellos nos han anunciado, y nos siguen anunciando, cuando los leemos, cómo vive Dios en el mundo, cómo actúa y qué es lo que proyecta.
El momento de la entrada de Dios en vida del Profeta lo llamamos vocación. Uno no es profeta porque haya escogido este oficio o porque se haya preparado a él por el estudio y la penitencia.
- «Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino». Esto le dice Amasías a Amós. Y el texto sagrado continúa:
- «Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicomoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel” (Am 7,12-15).
Jeremías nos da un testimonio estremecedor: “Pensé en olvidarme del asunto y dije: | «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; | pero había en mis entrañas como fuego, | algo ardiente encerrado en mis huesos. | Yo intentaba sofocarlo, y no podía” (Jer 20,9).
Los Profetas, pues, han experimentado a Dios y han hablado de Dios, por mandato de Dios, y no han podido hacer de otra manera. Los profetas son los atalayas de la comunidad. Hablan de Dios porque tienen una palabra que decirnos, palabra que no se la han inventado ellos, sino que es comunicación de Dios.

Profetas de ayer, que resuenan hoy
3. Leer los profetas es una experiencia singular en el que se ha acercado a la Biblia buscando con pasión. ¿Por qué? Por dos cosas
Porque los profetas siempre que hablan, hablan de Dios.
Y segundo, podríamos añadir, que hablan solo de Dios, en el sentido de que las otras cosas del mundo solo les interesan en cuanto cosas de Dios.
Avancemos, pues, y digamos cuál es exactamente el mensaje de los profetas; o de otra manera: Cómo nos hablan de Dios los profetas.

4. Cuando estamos diciendo “los Profetas”, nos referimos a los profetas de Israel que han dejado escritos: ellos o sus discípulos han transmitido para la posteridad, como testimonio permanente, las palabras de sus oráculos. Elías fue grandísimo profeta en medio de Israel, pero no dejó nada escrito. Nos referimos a Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel (autor apocalípticos, dirán los estudiosos), calificados como los profetas mayores, debido a la extensión de sus libros. Y a estos hay que añadir los Doce Profetas menores, que de jovencitos aprendíamos de memoria la lista, como están en la Biblia: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahún, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.

Cómo nos hablan de Dios hoy los profetas de ayer

5. Cuando uno entra en los profetas, de repente uno se encuentra con Dios mismo. Desaparece el Profeta y de pronto llega desde el fondo la voz del Espíritu: Esto dice el Señor, “Así habla Yahvéh”. Una interpelación de Dios soberano que llega en presente. Los profetas recuerdan los hechos de Dios, pero a la hora de emitir el anuncio, no hablan en pasado, sino en presente: Esto dice el Señor, esto está diciendo el Señor.
Este presente de Dios no concluye en el pasado. Si la palabra de Dios es “la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas” (Heb 4,12-13), si la Palabra de Dios es eso, entonces esa Palabra para mí es un acontecimiento revelador, un acontecimiento vivo y dramático, que puede ser mi juicio, pero que, sobre todo, puede ser mi salvación, mi iluminación, mi liberación.
Y aquí se enciende la maravilla de los profetas.

6. El profeta, del primero al último, me dice que el Dios en quien creemos, ese “nuestro Dios” es un Dios de alianza. En todo instante, lo digamos con las palabras o no lo digamos, Dios es Alianza, Dios es relación. Dios es una presencia relacional; Dios es diálogo.

Queremos hablar del Adviento de Dios en los profetas, pero ocurre que ya ha llegado; que Dios está ahí desde el momento en que lo menciono. Si hasta los profetas no cristianos, los poetas, dijeron eso. San Pablo en el discurso de Atenas lo recuerda: “en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: “Somos estirpe suya” (Hech 17,28).

7. Hermanos, he aquí una verdad inmensa, que es la carne viva de los profetas: Dios es presencia, Dios es experiencia, Dios es palabra, Dios es espíritu interior, Dios es acción. Dios impregna al hombre, Dios traspasa la creación, Dios es mi Señor, el Señor de la sociedad. Dios, el único Dios existente, Dios es el que tiene hoy y siempre la primera y última palabra en la comunidad. El Dios de nuestra fe, que es el Dios de nuestra Alianza, es el Dios de las naciones. Si así no fuera ¿en virtud de qué podrían los profetas profetizar contra las naciones? ¿Quién eres tú para meterte en asuntos que no te competen?
¡Qué sartal de profecías se coleccionan de los libros proféticos contra Babilonia, contra Tiro, contra Sidón, contra Damasco, contra Edom, contra Moab…? Babilonia, dueña y señora, va a caer abatida, y va a ser una esclava:
“Cae abatida sobre el polvo, virgen hija de Babilonia; | siéntate en tierra, sin trono, hija de los caldeos: | ya no te volverán a llamar tierna y delicada.
 Toma el molino y muele la harina, | quítate el velo, recoge tu vestido, | descubre las piernas para atravesar los ríos” (Is 47,1-2).

8. Reflexionando con seriedad, constatamos que el mundo en el que vivimos, tan desarrollado en los derechos humanos, está en la oposición de lo que acabamos de anunciar.  Dios no existe. O, si existe, no tienes que contar con Él para organizar la sociedad a gusto de una democracia consensuada. El nombre de Dios no tiene por qué aparecer en ninguna constitución moderna. Habrá que respetar al que cree en Dios, pero la sociedad tiene que prescindir absolutamente de Dios. No tiene por qué ser atea, pero tampoco tiene que ser creyente…
No somos judíos, ni tampoco somos griegos cultos e idólatras, ni romanos, ni egipcios, ni babilonio… Todos ellos han contado con los dioses; nosotros no tenemos que contar. Ya hace siglos que la sociedad ha pasado a la modernidad y se ha librado de todo Dios.

9. Hermanos, con esta mentalidad, ¿los profetas tienen una palabra que decir? Seguramente que no. Porque si quitamos esta presencia de Dios como troquel de toda la vida, hemos destrozados de arriba abajo los 286 capítulos de los libros que hemos mencionado. Si yo no acepto la presencia de Dios en la vida, no puedo leer los profetas. Serán un libro de cultura, de curiosidad, de entretenimiento, pero no me pueden aportar nada al esquema de mi vida.
Pero yo, como creyente, persisto en leer a los Profetas como manantial de vida, y me reafirmo en dos convicciones sustanciales:
Primera. Claro que Dios puede llegar en cualquier momento y que ha de llegar como veredicto de la historia.
Y segunda. Pero ya ha llegado. Yo tengo a Dios conmigo y puedo dialogar con él. Y como lo tengo conmigo, entonces brota la oración, nacen los salmos. “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, | mi alma está sedienta de ti; | mi carne tiene ansia de ti, | como tierra reseca, agostada, sin agua” (Sal 63,2).
Pero sigamos, hermanos, en este anuncio de la presencia y de la soberanía de Dios.

Las grandes verdades de los profetas, ayer y hoy
10. La presencia de Dios nos abre el misterio de Dios y nos dice quién es Dios. Después de haber leído a los Profetas, ¿cuál es el mensaje que llega a nosotros para anunciarlo con pasión de amor,  con esa convicción firme y segura que da consistencia a nuestra vida? Lo diremos con grandes verdades que sean la síntesis de nuestra fe.
Primero. Dios es el misterio adorable, que está incrustado en nuestro ser y que nos lanza a lo infinito.
Segundo. Dios es la presencia que llena la creación y la historia, los dos libros en los cuales Dios se revela.
Tercero. Dios ha hecho una historia, historia de salvación, que no se ha terminado y que Dios mismo la va llevando adelante hasta un final que solo Él conoce. Dios vino, viene, va viniendo y vendrá.
Y cuarto. Que Dios tiene una palabra final en los profetas: que nos ama, con un amor que ahora lo hemos comprendido, un amor que está anunciando su Encarnación en medio de nosotros.
Estas son las grandes vías para transitar por los profetas. Y moviéndome por estos caminos lo voy a anunciar, pero no con el orden y las secuencias de un profesor metódico, sino, ni más ni menos, con las palabras de un profeta, de uno consagrado para ser profeta de su amor.

11. ¿Quién es Dios? Isaías responde: El Santo de Israel, y en su mensaje repite esta palabra. En aquella visión extática del comienzo de su ministerio, él entró en los secretos divinos y escuchó que los serafines gritaban: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!». (Is 6,2). Ese es Dios: el Santo, Santo, Santo. Y entonces Isaías añadió: “El Santo de Israel”.
Y ¿quién es Dios para el hombre? Dios es el Creador, Dios es el Padre, Dios es el amigo, Dios es el esposo. Esto es una locura. Eso es destruir la grandeza de Dios y rebajarlo a la condición de los mortales. Ese no puede ser Dios.
Efectivamente, hermanos, ese no es Dios, no puede ser Dios según la Filosofía. Pero, según la Revelación, de donde nace la Teología, ese es Dios. Hubo un profeta, Oseas, que en el siglo VIII antes de Jesucristo, tuvo la osadía de a anunciarlo así. “Me desposaré contigo para siempre, | me desposaré contigo | en justicia y en derecho, | en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad | y conocerás al Señor” (Os 2,21-22). El mismo profeta dijo: “No actuaré en el ardor de mi cólera, | no volveré a destruir a Efraín, | porque yo soy Dios, | y no hombre; | santo en medio de vosotros, | y no me dejo llevar por la ira” (Os 11,9).
Estas definiciones de Dios nunca han de entrar en nuestra Filosofía, pero es lo más bello que se ha dicho sobre Dios. De palabars así ha nacido el Cantar de los Cantares:
“¡Qué bella eres, amada mía, | qué bella eres! …        
¡Qué bello eres, amado mío, | cuán delicioso!” (Cant 1,15-16).

11. Vamos a concluir con un pensamiento muy simple. Los profetas acumulan y acumulan acusaciones, y es hiriente y desagradable esa lectura. Pero, al fnal, Dios es promesa y paz. Lean el último versículo de Amós: “Yo los plantaré en su tierra, | que yo les había dado, | y ya no serán arrancados de ella | —dice el Señor, tu Dios—“ (Am 9,15); el último versículo de la profecía de Oseas: “Yo soy como un abeto siempre verde, | de mí procede tu fruto” (Os 14,9); la última palabra de Ezequiel. Ezequiel, que sufrió en su propia carne, las consecuencias de su profecía, fue implacable en sus profecías; pero él nos anuncio que Dios nos iba a dar un corazón nuevo y que su propio Espíritu lo había de poner en nosotros; y he aquí la última palabra: Y desde ese día la ciudad se llamará: “El Señor está allí” (Ez 48,35).
Y nosotros, testigos del misterio de la Encarnación, seguiremos confesando y rezando en el Credo:
“que por nosotros, los hombres. y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”.
Hermanos, este es nuestro Dios, anunciado por los profetas: el que vino, el que está viniendo, el que vendrá. Por nosotros, por nuestra salvación, por mí…, por mí… Dios se hizo hombre.

Guadalajara, Jalisco, viernes 1 diciembre 2017

AVISO
Hermano, hermana: Si has escuchado estas palabras de gracia y el Espíritu ha tocado tu corazón y tienes una “palabra espiritual” que compartir, puedes compartirla. Tan solo te suplico que sea de muy poquitas líneas.


[1] El  texto,  sometido  a  la  aprobación  de  los  Padres  de  la Congregación  para  el  Culto  Divino  y  la  Disciplina  de  los Sacramentos, después de haber sido valorado y aprobado en las Reuniones Ordinarias del 7 de febrero y del 20 de mayo del 2014, ha sido presentado al Santo Padre Francisco, el cual ha aprobado la publicación  del  “Directorio  homilético”.  Esta  Congregación  se complace en hacerlo público, con el deseo de que la homilía pueda ser «una  intensa  y  feliz  experiencia  del  Espíritu,  un  reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento»  (Evangelii gaudium 135).