martes, 6 de marzo de 2018

1054. Pláticas cuaresmales 2018 - II. La Palabra de Dios, encuentro con Jesús, mi Salvador, neustro Salvador



 Segunda plática

La Palabra de Dios, encuentro con Jesús,
                                        mi Salvador, nuestro Salvador



Texto de ambientación espiritual para nuestra plática:

Como ambientación de fondo para cuanto vamos a anunciar en esta tarde vamos a escuchar unas palabras del Evangelio de san Juan, introducidas por un texto del Papa Benedicto XVI:
“Me propongo presentar y profundizar los resultados del Sínodo en referencia constante al Prólogo del Evangelio de Juan (Jn1,1-18), en el que se nos anuncia el fundamento de nuestra vida: el Verbo, que desde el principio está junto a Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14). Se trata de un texto admirable, que nos ofrece una síntesis de toda la fe cristiana. Juan, a quien la tradición señala como el «discípulo al que Jesús amaba» (Jn 13,23; 20,2; 21,7.20), sacó de su experiencia personal de encuentro y seguimiento de Cristo, una certeza interior: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, su Palabra eterna que se ha hecho hombre mortal.[13] Que aquel que «vio y creyó» (Jn20,8) nos ayude también a nosotros a reclinar nuestra cabeza sobre el pecho de Cristo (cf. Jn 13,25), del que brotaron sangre y agua (cf. Jn 19,34), símbolo de los sacramentos de la Iglesia. Siguiendo el ejemplo del apóstol Juan y de otros autores inspirados, dejémonos guiar por el Espíritu Santo para amar cada vez más la Palabra de Dios” (Verbum Domini, 5).



En esta circunstancia

Ayer tarde, al hacer la presentación de estas pláticas que con la gracia de Dios vamos a llevar a cabo, les presenté un plan propuesto por la diócesis, a través de la Vicaría de pastoral.
Decíamos que no queremos dar unas pláticas instructivas, en sí misma interesantes y útiles, sino presentar un mensaje que fuera para nosotros conversión al Señor y entrega a esa vida nueva, maravillosa que Dios, en su misericordia nos regala. Y como punto de partida hablábamos de “Ante Jesús, mi Salvador: Yo necesito ser salvado”.
Añadíamos que sí, que vamos a tocar los puntos que nos indica la diócesis, pero con esta determinada intención: que cada uno de ellos nos sirva para una renovación personal de vida con preferencia al ideal de esa Iglesia renovada que buscamos.
Hoy nos toca hablar de la palabra de Dios. La Iglesia nace de la Palabra de Dios. Ponemos a Jesús en el centro y enunciamos de esta manera nuestro mensaje: “La Palabra de Dios, encuentro con Jesús, mi Salvador, nuestro Salvador”. Que la palabra de Dios cambie mi vida; que a través de mi vida y mi comunidad la Palabra de Dios transforme el estilo de nuestra propia comunidad.
Ocurre una circunstancia muy particular: que en Guadalajara hay Instituto Bíblico Católico, y el Director actual (desde 2013) es justamente el rector de este templo, de esta capellanía de Nuestra Señora de los Ángeles, es el P. Carlos Lara. En 1976 se estableció este Centro diocesano, y su primer Director fue el P. Fernando Lugo Serrano. Durante años ha estado al frente de este instituto nuestro querido P. Fidel Martínez, del que hace poco celebrábamos en esta iglesia los 60 años de vida sacerdotal.
Este Instituto tiene diversos programas (como pueden ver en Internet) y en el Curso ordinario de seis semestres por la tarde se obtiene un Diplomado Eclesiástico, que firma el Sr. Cardenal.
Este mismo Instituto se extiende por la arquidiócesis proyectándose en las Escuelas Bíblicas Parroquiales agregadas al Instituto, que, según tengo entendido son cerca de 300. Es, pues, muy hermoso este movimiento bíblico extendido en esta diócesis de Guadalajara, Jalisco, para acerca la Biblia, como Palabra de Dios, a cuantos deseen una formación seria, concreta, a través del estudio.
Las escuelas Bíblicas están dirigidas por la “Animación Bíblica de la Vida Pastoral”, que preside el Párroco de nuestra parroquia vecina de San Jorge, P. Eduardo Michel Flores.
(Nota. La primera fase histórica del Instituto, iniciada bajo el gobierno de la diócesis del Cardenal José Salazar, está narrada detalladamente en la publicación: Al servicio de la Palabra. Crónica conmemorativa al cumplir 15 años del Instituto Bíblico Católico. 14 febrer 1992. 450 aniversario de la fundaciónd e Guadalajara. 75 páginas).


I. VERBUM DOMINI
Exhortación apostólica sobre la Palabra de Dios, año 2010


Verbum Domini
Un beneficio inconmensurable del Concilio Vaticano II fue el haber puesto a toda la Iglesia en una actitud nueva de escucha, de conocimiento, de inspiración ante la palabra de Dios. Del Concilio vino aquella Constitución titulada “Dei Verbum” (18 noviembre 1965), “constitución dogmática sobre la Divina Revelación”.
Después de más de 40 años se celebró el año 2008 un Sínodo de Obispos de todo el mudo dedicado a la Palabra de Dios. El papa Benedicto XVI recogió os frutos de este Sínodo y con esa sabiduría resplandeciente que brilla en sus documentos redactó el año 2010 esta Exhortación “Verbum Domini”, que es lo más hermoso que hoy podemos leer en la Iglesia sobre la Palara de Dios. Es un documento que contagia de alegría, y que te llena de sabiduría, de paz y de esperanza. ¡Qué hermoso es el encuentro con la Palabra de Dios, y cómo cambia la vida!
Esta Exhortación apostólica tiene tres partes:
Primera: VERBUM DEI, es decir, la Palabra de Dios. El Dios que habla, el hombre que responde, el hombre que interpreta la palabra escrita de Dios, la Biblia,
Segunda: VERBUM IN ECCLESIA. La Palabra de Dios en la Iglesia; la liturgia lugar privilegiado de la Palabra de Dios; la palabra de Dios en la vida eclesial.
Tercera: VERBUM MUNDO: La Palabra de Dios para el mundo. La misión de la Iglesia, anunciar la Palabra de Dios al mundo. Palabra de Dios y compromiso en el mundo. Palabra de Dios y culturas. Palabra de Dios y diálogo interreligioso.
Este es un panorama bellísimo, que abarca todo la vida.

¿Qué decimos cuando decimos Palabra de Dios?

Cuando decimos “Palabra de Dios” ¿nos referimos a la Biblia o hablamos de mucho más que la Biblia?
Esta expresión tiene un sentido múltiple (“analógico” dirán los teólogos) y tenemos que aclararnos para ser del todo exactos. Si yo afirmo: “Por la Palabra de Dios fueron creados el cielo y al tierra”, evidentemente que no estoy hablando de la Biblia, porque en aquel momento no existía la Palabra.
Si yo digo: “Jesucristo es la Palabra de Dios”, evidentemente que estoy diciendo algo que es más grande que la misma Biblia.
La Palabra de Dios, por de pronto, es la comunicación de Dios a quien puede entenderle que es el hombre. La Palabra de Dios es todo Dios que se en entrega y se comunica.
Algunas veces en clase les he propuesto este asunto a los alumnos:
- Díganme: ¿por qué los animales no hablan?
Silencio mientras discurren la respuesta.
- Yo les doy la respuesta: Los animales no hablan porque no tienen nada que decir.
- ¿Cómo que los animales no tienen nada que decir si tienen sus modos de comunicarse?
- Los animales, en efecto, se comunican de algún modo, pero ningún animal me puede decir lo que me puede decir una persona y del modo como me lo dice una persona. Ningún animal me puede decir: “Te quiero”, como me lo puede decir una persona. Porque este es el sentido del lenguaje. Si Dios habla es porque nos quiere decir un mensaje: te quiero. Ese es el contenido de la palabra de Dios: Te quiero, estoy contigo, soy tuyo.
Ese es el contenido y el resumen de toda la Biblia: Te quiero, soy tuyo.

Los dos modos como llega hasta nosotros la Palabra de Dios antes de que fuera escrita
Si la palabra de Dios, antes de pasar a ser palabra escrita es vida y presencia, tenemos que tener muy claro estas dos grandes orientaciones, que nos introducen gozosamente en dos ámbitos de actuación de la Palabra de Dios.
La primera, que al palabra de Dios está presente y actuando en la Creación.
La segunda, que la Palabra de Dios está presente y actuando en la Historia, que por esos e llama Historia de salvación.

Qué distinto es ver la creación desde esta perspectiva o contemplarla filosóficamente, químicamente, científicamente de otra manera. Jesús mira la creación y dice: Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? (Mt 6,26).
No es un poeta el que está hablando. Es el Hijo de Dios. ¿Qué ve Jesús en la creación? No ve la ve la belleza del mundo, la vida que bulle en el mundo. Ve a Dios que está daño de comer a los pájaros. El mundo es palabra de Dios.
Y lo mismo la historia. La historia del hombre es historia de Dios. Es una revelación superior a la bella revelación de los campos y de los pájaros.


El realismo de la Palabra de Dios

De esta percepción de la Palabra de Dios en la Creación y en la Historia, el Papa, al eco del Sínodo de Obispos, saca una conclusión de honda meditación: la Palabra de Dios nos está diciendo qué es la realidad.
Un filósofo no podría hablar de esta manera para decir que es la realidad, qué es el realismo.
Realismo de la Palabra 10. Quien conoce la Palabra divina conoce también plenamente el sentido de cada criatura. En efecto, si todas las cosas «se mantienen» en aquel que es «anterior a todo» (Col 1,17), quien construye la propia vida sobre su Palabra edifica verdaderamente de manera sólida y duradera. La Palabra de Dios nos impulsa a cambiar nuestro concepto de realismo: realista es quien reconoce en el Verbo de Dios el fundamento de todo.[31] De esto tenemos especial necesidad en nuestros días, en los que muchas cosas en las que se confía para construir la vida, en las que se siente la tentación de poner la propia esperanza, se demuestran efímeras. Antes o después, el tener, el placer y el poder se manifiestan incapaces de colmar las aspiraciones más profundas del corazón humano. En efecto, necesita construir su propia vida sobre cimientos sólidos, que permanezcan incluso cuando las certezas humanas se debilitan. En realidad, puesto que «tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo» y la fidelidad del Señor dura «de generación en generación» (Sal 119,89-90), quien construye sobre esta palabra edifica la casa de la propia vida sobre roca (cf. Mt 7,24). Que nuestro corazón diga cada día a Dios: «Tú eres mi refugio y mi escudo, yo espero en tu palabra» (Sal 119,114) y, como san Pedro, actuemos cada día confiando en el Señor Jesús: «Por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5)” (Verbum Dei, 16).
Con esta manera de entender la Palabra de Dios se nos abre una mística de vida. ¿Será verdad todo esto?
Pues todo esto no es más que el preámbulo de algo superior, de lo que vamos a hablar ahora, y que constituye el centro de nuestro mensaje. Vamos a ver cómo la Palabra no es un mensaje escrito o hablado, sino una persona viva y verdadera: Jesucristo es la Palabra concreta, real de Dios, ayer, hoy y siempre. Jesucristo es la Palabra de Dios para mí, para mi comunidad, para el mundo.


II
JESÚS ES LA PALABRA DE DIOS
(Cristología de la Palabra)


La Palabra: punto de llegada en Cristo
11. La consideración de la realidad como obra de la santísima Trinidad a través del Verbo divino, nos permite comprender las palabras del autor de la Carta a los Hebreos: «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo» (1,1-2). Es muy hermoso ver cómo todo el Antiguo Testamento se nos presenta ya como historia en la que Dios comunica su Palabra. En efecto, «hizo primero una alianza con Abrahán (cf. Gn 15,18); después, por medio de Moisés (cf. Ex 24,8), la hizo con el pueblo de Israel, y así se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como Dios vivo y verdadero. De este modo, Israel fue experimentando la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez mejor al hablar Dios por medio de los profetas, y fue difundiendo este conocimiento entre las naciones (cf. Sal 21,28-29; 95,1-3; Is 2,1-4; Jr 3,17)».[32]

Encarnación: Palabra encarnada
Esta condescendencia de Dios se cumple de manera insuperable con la encarnación del Verbo. La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Ga 4,4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[33] La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación, nunca habría podido inventar. Se trata de una novedad inaudita y humanamente inconcebible: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn1, 14a). Esta expresión no se refiere a una figura retórica sino a una experiencia viva. La narra san Juan, testigo ocular: «Y hemos contemplado su gloria; gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14b). La fe apostólica testifica que la Palabra eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra divina se expresa verdaderamente con palabras humanas.
Palabra con voz, Palabra con rostro
12. La tradición patrística y medieval, al contemplar esta «Cristología de la Palabra», ha utilizado una expresión sugestiva: el Verbo se ha abreviado:[34] «Los Padres de la Iglesia, en su traducción griega del antiguo Testamento, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: “Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado” (Is 10,23; Rm 9,28)... El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance».[35] Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret.[36]
Siguiendo la narración de los Evangelios, vemos cómo la misma humanidad de Jesús se manifiesta con toda su singularidad precisamente en relación con la Palabra de Dios. Él, en efecto, en su perfecta humanidad, realiza la voluntad del Padre en cada momento; Jesús escucha su voz y la obedece con todo su ser; él conoce al Padre y cumple su palabra (cf. Jn 8,55); nos cuenta las cosas del Padre (cf. Jn 12,50); «les he comunicado las palabras que tú me diste» (Jn17,8). Por tanto, Jesús se manifiesta como el Logos divino que se da a nosotros, pero también como el nuevo Adán, el hombre verdadero, que cumple en cada momento no su propia voluntad sino la del Padre. Él «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). De modo perfecto escucha, cumple en sí mismo y nos comunica la Palabra divina (cf. Lc 5,1).

Palabra en la cruz
Palabra en la resurrección
La misión de Jesús se cumple finalmente en el misterio pascual: aquí nos encontramos ante el «Mensaje de la cruz» (1 Co 1,18). El Verbo enmudece, se hace silencio mortal, porque se ha «dicho» hasta quedar sin palabras, al haber hablado todo lo que tenía que comunicar, sin guardarse nada para sí. Los Padres de la Iglesia, contemplando este misterio, ponen de modo sugestivo en labios de la Madre de Dios estas palabras: «La Palabra del Padre, que ha creado todas las criaturas que hablan, se ha quedado sin palabra; están sin vida los ojos apagados de aquel que con su palabra y con un solo gesto suyo mueve todo lo que tiene vida».[37] Aquí se nos ha comunicado el amor «más grande», el que da la vida por sus amigos (cf.  Jn 15,13).

Palabra Nueva y Eterna Alianza
En este gran misterio, Jesús se manifiesta como la Palabra de la Nueva y Eterna Alianza: la libertad de Dios y la libertad del hombre se encuentran definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble, válido para siempre. Jesús mismo, en la última cena, en la institución de la Eucaristía, había hablado de «Nueva y Eterna Alianza», establecida con el derramamiento de su sangre (cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc22, 20), mostrándose como el verdadero Cordero inmolado, en el que se cumple la definitiva liberación de la esclavitud.[38]
Este silencio de la Palabra se manifiesta en su sentido auténtico y definitivo en el misterio luminoso de la resurrección. Cristo, Palabra de Dios encarnada, crucificada y resucitada, es Señor de todas las cosas; él es el Vencedor, el Pantocrátor, y ha recapitulado en sí para siempre todas las cosas (cf. Ef 1,10). Cristo, por tanto, es «la luz del mundo» (Jn8,12), la luz que «brilla en la tiniebla» (Jn1,54) y que la tiniebla no ha derrotado (cf. Jn 1,5). Aquí se comprende plenamente el sentido del Salmo 119: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (v. 105); la Palabra que resucita es esta luz definitiva en nuestro camino. Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios está presente como Persona. La Palabra de Dios es la luz verdadera que necesita el hombre. Sí, en la resurrección, el Hijo de Dios surge como luz del mundo. Ahora, viviendo con él y por él, podemos vivir en la luz.


Deducciones y consideraciones de esta Teología

Podemos sacar consideraciones sabias, tanto para cada uno en particular como para nuestro tipo de pastoral

1.      Jesús y la Biblia
- Jesús no se muestra como un “erudito” de la Biblia; Pablo, rabino profesional, sí.
- Jesús no cita la Biblia, sino en contadas ocasiones; Pablo sí. Jesús tiene la autoridad sin citarla.
- Jesús manda que anuncien el Evangelio, pero no organiza una campaña de “lectura bíblica”.

2.      Yo (nosotros) y la Biblia
- Acepto la Biblia como un “absoluto relativo”, que quiere decir:
- Acepto la Biblia solo desde Jesús.
- Acepto la Biblia con toda la tradición de la Comunidad de Jesús.
- Acepto la Biblia y entiendo la Biblia solo si la vivo, y en tanto en cuanto la viva. En definitiva, la Biblia es la relación con el Dios viviente y presente. La Palabra de Dios al vivo son las vidas de los santos.

3.      La Biblia y el Evangelio
- Cuando Pablo habla del Evangelio no habla de un libro, sino de un mensaje total.
- Cuando yo hablo de la Biblia, si no hablo del Evangelio la Biblia deja de ser Biblia, porque la Biblia sin Jesucristo, el Señor, dejaría de ser Biblia,


III
LA PALABRA DE DIOS CELEBRADA


La Palabra de Dios anunciada y celebrada

La Palabra de Dios comienza siendo anuncio, pero es consumada como celebración. El contenido de la Biblia son “las maravillas de Dios”.
La Palabra de Dios tiene múltiples momento en la vida de la Iglesia. Podríamos indicar cuatro principales:
1)     Uno es el anuncio: como proclamación (kerigma) o como catequesis.
2)     Otro es el estudio (la palabra de Dios en el aula, y en el estudio personal, en la lectura científica de la Biblia).
3)     Un tercero es la oración: la palabra de Dios orada, en lo cual nos vamos a explayar luego.
4)     Y el principal es la Palabra de Dios “celebrada”. Consideramos que la Palabra de Dios es sacramento de salvación y es celebrada en el corazón de la vida de la Iglesia, que es la Eucaristía y los sacramentos.

Esto quiere decir que la Palabra de Dios impregna la vida de la Iglesia, y, por lo mismo, debe impregnar la vida del cristiano. Esto significa igualmente que la Palabra de Dios, por la confidencia y el trato continuo con ella, nos debe ser familiar. Hemos de estar “familiarizados” con la Palabra Divina, con las santas Escrituras

El documento que hemos citado, Verbum Domini, y que está a la base de las reflexiones que vamos desarrollando, ha dado algunas “sugerencias” concretas para dignificar la Palabra en celebración. Son siete puntos que los mencionamos.

Sugerencias y propuestas concretas para la animación litúrgica

            a) Celebraciones de la Palabra de Dios
            b) La Palabra y el silencio
            c) Proclamación solemne de la Palabra de Dios
            d) La Palabra de Dios en el templo cristiano
            e) Exclusividad de los textos bíblicos en la liturgia
            f) El canto litúrgico bíblicamente inspirado
            g) Especial atención a los discapacitados de la vista y el oído

¡Qué importancia tiene la digna proclamación de la Palabra de Dios! Ser lector o lectora de la Palabra de Dios es un honor; es la Palabra la que nos honra, no nosotros los que dignificamos a la Palabra. Por ello, un sentido de veneración, de culto a la Palabra ha de envolver la digna proclamación, muy conscientes de que “proclamar” no es leer. Proclamar es
- confesar
- y transmitir.
El lector – es decir, el proclamador – aun con formas muy sencillas, posesionado de lo que dice, que es como un misterio que lo envuelve y lo traspasa, ante la asamblea proclama, y, al proclamar, comunica y transmite el mensaje que viene de Dios. Si uno no es muy versado en la Palabra, bien conocedor de los textos bíblicos, no se puede repentizar una lectura. La lectura tiene que ser preparada, nunca dramatizada como un actor de teatro, sí concientizada en el corazón.



IV
LECTURA ORANTE DE LA PALABRA DE DIOS
Y “LECTIO DIVINA”

Momento íntimo y confidencial de la Palabra de Dios, posada en la Escritura, es la oración apoyada en los textos sagrados de la biblia. Es lo que la exhortación “Verbum Domini” llama lectura orante de la Palabra, que la explica acudiendo a la praxis que han tenido los Padres de la Iglesia. Y una forma específica de “lectura orante” es la lectio divina.
Nos place trasladar aquí esta detallada explicación de la lectio divina que nos da el Papa en este su magisterio. Simplemente recoge la tradición.
87. En los documentos que han preparado y acompañado el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado una mayor atención a la lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente».[296]
Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales:
1)     se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos.
2)     Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente.
3)     Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia.
4)     Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).
5)     Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.


CONCLUSIÓN

El Instituto Bíblico de Guadalajara tiene como lema una frase del salmo: “Lámpara es tu Palabra para mis pasos. Luz en mi sendero” (Salmo 119,105). Este anhelo del Salmista se ha cumplido de una manera nueva en Jesús. “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”, escribió san Jerónimo en su prólogo a Isaías.
Que la Escritura, en cualquiera de sus páginas, en Cristo y por Cristo, sea el deleite de nuestro corazón. Y más allá de cualquier página Él – Jesús, el Señor – y solo Él.

Guadalajara, martes 6 de marzo de 2018.