sábado, 7 de septiembre de 2019

1250. Ante el Sínodo de la Amazonía – En memoria de Alejandro e Inés


La “muerte martirial” (Juan Pablo II)
del Obispo Alejandro Labaka
y de la misionera Inés Arango


Video en: https://www.youtube.com/watch?v=zXUU0Fe66tg

En su día escribimos una minuciosa y crítica biografía (más de 1200 notas a pie de página) sobre la vida y martirio de estos dos egregios misioneros: nuestro hermano capuchino Alejandro Labaka (nacido en Beizama, Guipúscoa, en 1921), misionero en China y luego en Ecuador, y de la Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia, Inés Arango (nacida en Colombia en 1937), misionera en Ecuador, alanceados por los Tagaeri, a los que ellos quisieron entregar su vida: Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y la Hermana Inés Arango VICARIATO APOSTÓLICO DE AGUARICO. Francisco de Orellana – Coca – Ecuador 2008. Al visitar estos lugares, llenos de entrañables recuerdos, y ante el próximo Sínodo de la Amazonía, me viene la memoria de estos dos singulares testigos de Jesús…
Copio lo que quedó escrito en el libro (omitiendo el refreno de las notas), aun a costa de ser excesivamente minucioso; pero por amor a la historia minuciosa y verídica, para los interesados, vaya este relato.


EL DÍA GLORIOSO DEL MARTIRIO

Mi hermano Roque ha escrito una relación muy amplia titulada Los últimos días de Mons. Alejandro Labaka. Es el único escrito amplio de un testigo inmediato de todos los hechos referentes al traslado a los Tagaeri y rescate de los cuerpos alanceados. Contamos igualmente con un abundoso dossier de testimonios recogidos por la Curia Provincial de Navarra-Cantabria-Aragón, publicados en el Boletín Informativo de la misma Provincia.
Cedo la escritura a mi propio hermano, trasladando a este libro buena parte de lo que escribió en torno a los sucesos del día 21 y siguientes. Pero antes dos toques previos a esta áurea muerte.


La prisa de este viaje: Si nosotros no vamos los matan a ellos


En el informe técnico dado a la Compañía acerca del último vuelo, Alejandro había dejado escrito, como si fuera la rúbrica, estas palabras que, al transcribirlas, las pusimos en negrita: Con la última evidencia de los signos positivos para un acercamiento personal, se decide que Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango, Misionera Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia desciendan, Dios mediante, el día 20 de Julio de 1987.
Dice Alejandro: Con la última evidencia… No todos pensaban igual. Aquellos días estaban en Coca cuatro Huaorani, entre ellos Inihua, el “papá” de Alejandro. Según cuentan, este disuadía a Alejandro. Y le decía que lo llevara con él… Alejandro con esa sonrisa tan suya declinó esta compañía…
El P. José Miguel, conmilitón en la misma causa, franco compañero y de una hablar como acostumbran los navarros (en el “argot” de la buena convivencia tenía desde estudiante el cariñoso apodo de “El Cazcarro”, aludiendo a que era un hombre recio, curtido y noble)…, José Miguel, Vicario General, en tono de conversación de mesa, le dijo en la cena:
- Mira, que te van a matar.
Monseñor festivamente le responde:
- Bueno…, pero ya dejo un buen sucesor.
Y José Miguel rubrica:
- De todas formas, yo bajaré a recogerte…
De hacer falta escribir un tratadito De prudentia christiana…, podríamos escribirlo, empezando desde aquella carta que el Prefecto Alejandro escribe a Pablo VI consultando si podía arriesgar su vida y la de sus misioneros “propter Evangelium”. Porque de esto se trata: del Evangelio. Y el “riesgo”, si es “propter Evangelium”, pertenece a la prudencia cristiana.
Evidentemente la operación era de riesgo. Varias veces en la documentación que viene de las petroleras, para designar a estos recientes indígenas, los Tagaeri o Tagairi, todavía no contactados, hablaban de “los Bravos”. Historias precedentes se podía repetir. Los indígenas podían venir con sus lanzas. Cierto que las Compañías iban armadas…, por si acaso.
Alejandro e Inés… visión de paz…. Además, Alejandro de desnudo… (Él podía pensarlo en su corazón). Un conquistador no va con estas trazas.
Alejandro puede perfectamente representarse esta alternativa: su presencia con la de una débil mujer; o sin más, en el momento que fuera, la presencia de la Petrolera… Dicen que Alejandro dijo: “Si nosotros no vamos, los matan a ellos” o “Si no voy yo, los van a matar”… Muy posiblemente dijera una frase de este género; hasta la podemos dar por válida. Con lo cual, a nuestro modo de entender, no quiere representar la inhumanidad de las petroleras. De ningún modo. Monseñor Alejandro Labaka, que ha escrito todos sus oficios a las petroleras con gran caballerosidad, ha confiado también en el humanismo de los personeros y trabajadores. Lo que ocurre es que ante un eventual ataque, la reacción iba a ser las armas…
Alejandro, pues, tiene prisa. Si no aprovecha esta oportunidad, ¿qué puede ocurrir en este mes de agosto en que él va a estar ausente en España? Ya tiene el billete para volar el día 5 de agosto a su patria de origen y celebrar el onomástico de su hermano Txomin y luego sus Bodas de Oro de vida religiosa.
Suspender el propósito de volar en tales circunstancias, no habría sido una villanía; arriesgarse con la confianza puesta en Dios, eso es sacar unas misteriosas consecuencias del Evangelio. De manera que se decide a ir… y mantiene la agenda sucesiva: el día 30 de julio piensa ir a Shushufindi a bendecir una instalación petrolera, la nueva Refinería Amazonas de Shushufindi en presencia del Presidente de la República, del Ministro de de Energía y Minas y del Gerente General de CEPE.

La última mirada a Jesús Eucaristía


Pero antes de que comience Roque a contarnos, minuto a minuto, cómo se fue deslizando el día 21 y el día 22, he de dejar testimonio verídico de lo que pasó el día de su martirio a las 5.15 de la mañana. Es lo que contó la Hna. Laura Fernández:
“Sor Inés era muy activa y muy orante; les recalcaba la oración, catequesis, apostolado… Le gustaba rezar los salmos pausadamente…”. Y sigue: La Hna. Candela, la mayor de la comunidad, siempre dispuesta a servir, vio que la Hna. Inés a las 5.15 estaba orando en la capilla: “Me arrodillé – dice Candela - y oré por ella. A los diez minutos llega el carro. Nos abrazamos y se fue para siempre”.


Igualmente el 21 ponemos el despertador para las 5 de la mañana. Nos duchamos a oscuras y a la luz de la vela nos tomamos nuestro cafecito. A las 5,30 estamos en casa de las Madres, que salen despidiendo a la Madre Inés que viaja esta vez sin el acompañamiento de ninguna hermana. Va amaneciendo, cubierto el cielo de la niebla de la mañana. No sabemos si podremos volar pronto o tendremos que esperar a que se levante el día.
Antes de las 7 de la mañana llegamos al campamento. No hace buen tiempo. Las nubes no se levantan y el cielo bajo está grisáceo. Nos presentamos en la barraca del Jefe del Campamento. Como hay amistad, hay también rutina y naturalidad en los saludos. Para hacer tiempo nos vamos al galpón-comedor y como el día anterior podemos desayunar a la carta. Inés apenas si sorbe unos tragos de café. Monseñor desayuna y yo repito el del día anterior. Parece que vamos a tener que esperar un tiempo, bastante, hasta que despeje el horizonte. Cae una lluvia fina.

“Si nos atacan me abrazaré con la Hna. Inés y moriremos en nombre del Señor”
Hacemos ahora un corte en este relato de Roque para dejarle hablar al Sr. Jorge Viteri, que estaba allí presente, y que escribe a su esposa, Sra. Cecilia de Viteri (Quito):
“…Regresaron el Martes 21 y desayunamos juntos, incluido el P. Roque. En el rostro del P. Labaca no pude ver nada, ningún signo de temor, la Madre Inés estaba callada, meditabunda, quizás presentía la muerte, no sé... Yo tenía que ir a Cononaco a poner una Base de Apoyo, salí con el Señor Momier en carro antes que el Padre es decir antes que el helicóptero…
Antes de salir a Cononaco, al despedirme con el P. Alejandro le dije sin que la Ma-dre Inés me escuchara si no era muy prematura su entrada, sabíamos que eran los bravos, él contestó: Yo salgo a España el 5 de Agosto y este es el momento de llegar a ellos. Al despedirme le dije :
- Padre, ¿no tiene miedo?
Me dijo:
- "Si nos atacan me abrazaré con la Hna. Inés y moriremos en nombre del Señor".
Les abracé a la Hna. Inés y al Padre y les dije: Vayan con Dios. Me fui triste y apenado ya que al igual que el hermano Roque, yo también quería acompañarles y ver como les recibían los bravos, no hubo cupo”.


Después del desayuno Monseñor con Inés se van a dar vuelta por la bodega, a controlar la lista del día anterior a hablar un poco con el piloto Apolo traído expresamente de otro bloque a este para la operación de descenso y con el mecánico francés. Todo está a punto, solo hace falta que se levante el tiempo. Yo me quedo en el galpón curioseando las revistas francesas tiradas en un estante: L'Expres. Paris Match, de este tipo. Salgo del galpón y busco con la vista a Monseñor e Inés, los encuentro a la puerta de la bodega, tomo aire, respiro aire fresco, mojado, vuelo al galpón, paso hojas, mato el tiempo.
Monseñor e Inés aparecen. No saben qué hacer. Hay que esperar. Al fondo, en la rinconera de un mostrador, que hace de bar nos recogemos, sentándonos silenciosos. No tenemos conversación. Está todo tan hablado. Solo esperamos. De vez en cuando comentarios fútiles de lo que vemos en el campamento o lo que en otras ocasiones hemos visto. Estamos haciendo tiempo. Pasaron ya las 9 de la mañana y nos acercamos a las 10.

Ya por fin vienen a llamarnos y recogiendo los bolsos de mano nos dirigimos a la pequeña loma, donde está el helipuerto de la Compañía, el lugar de partida y también de vuelta, de aterrizaje. Trabajadores han cogido las cosas empaquetadas que se llevan de regalos y las están colocando en la parte posterior del helicóptero, unas sobre otras para aprovechar el poco espacio. Las puertas están abiertas y los motores todavía sin encender. Subida la cuesta, llegamos y allí están un par de trabajadores, el piloto Sr Tamayo, el mecánico francés, un ayudante, el Sr. Roques, jefe del Campamento y nosotros. Nos enseñan cómo es la colocada de la cincha por la espalda, debajo de los sobacos y cómo se abrirá la puerta y se moverá una plancha del suelo para poder descender desde el mismo interior del helicóptero, sin necesidad de lanzarse por la puerta sino del agujero que se abrirá al lado de la puerta, debajo de los pies. Vemos cómo un pequeño motor está colocado exactamente encima de la puerta del helicóptero, sobre el tejado. Está alimentado de la corriente de la turbina del motor.
Miro y remiro cómo poder también entrar para acompañarles en el vuelo, insisto ante el mecánico pero él tiene la última palabra. No es posible. Monseñor e Inés necesitan estar cómodos para el momento del descenso en que se tendrán que poner de pie y necesitan cierta holgura de movimiento dentro de la cabina. Me invitan para venir mañana e ir a visitarlos pero insisto, pues - me justifico - al día siguiente tendré que estar en el colegio y no sé si podré venir. Al fin tengo que desistir y se hace ya la hora. El piloto ya está en la cabina y comienza a prender el motor. No hay más remedio que despedirse hasta mañana. Y así es. Muy sencillamente Inés se monta, después Monseñor y cierran la puerta. Las hélices toman velocidad y el ruido es cada vez mayor. El Jefe del campamento está también arriba, sentado y el mecánico cierra su puerta. Me aparto. Y miro al reloj. Son las 10,30 de la mañana.

El helicóptero se desprende y comienza a alejarse tomando altura. Siento que me quedo solo y que me toca esperar. No quiero marcharme a Coca. Quiero esperar a que vuelvan para que me comuniquen como les ha ido. Cómo ha sido el descenso, cómo ha sido el recibimiento y la acogida. No conozco a la gente del campamento. El Jefe se marchó, el Sr. Viteri está en un puesto de apoyo, me vuelvo al galpón-comedor que se convertirá casi durante tres horas en la sala de espera.
Estoy ilusionado. Se marcharon. Mañana yo iré a visitarlos. Para mí será la primera vez también entre los Huaorani. No me importa el colegio. Por un día dejaré de ir. Los exámenes seguirán su curso. Y llevaré las cámaras y haré fotos de recuerdo. Nadie en Ecuador sabe lo que está pasando y es el momento más grande de su historia. El último grupo que queda sin contacto con el resto de los ecuatorianos, hoy serán integrados a la nación. Una vez más la Iglesia en su Obispo y en su humilde misionera serán quienes harán esta gran obra. Se necesita valor. Dios nos lo da porque nos da amor a este pueblo. Hay un rato en que uno queda como embobado, ensimismado por la ausencia, la marcha de los otros y el pensamiento del posible peligro uno lo retira, no lo deja entrar, sencillamente lo sofoca. No aparece. Se tiene la ilusión del éxito del encuentro feliz.
Busco de nuevo las revistas francesas, paso las hojas, mato el tiempo. Me aburro, me salgo a la carretera, se acaban los cigarrillos, busco dónde comprar. Comparto un rato con la policía de seguridad que hace de portera ante la entrada del campamento. Llega el mediodía, la hora de comer y sigo conversando a la entrada, haciendo tiempo, esperando que el ruido del helicóptero nos anime. No llega. Me vuelvo al galpón-comedor. Cuatro técnicos franceses están tomando un aperitivo para comenzar a comer. Me siento y el camarero se dispone a servirme. Se acercan y se sientan los técnicos franceses. No hablan. Hay silencio. No preguntan nada, yo tampoco. No sé qué preguntar. Rompo el silencio: “¿Saben ustedes si tenían que hacer algo después de dejar a Monseñor?” Se miran, no saben nada. Tampoco hablan. ¿Estarán ellos también nerviosos? Son más de dos horas desde que salieron... Al bohío hay solo media hora de vuelo.

¿Qué habrá pasado? ¿Dónde habrán quedado? ¿Tendrían que hacer alguna diligencia en el campo de apoyo? Como sin gusto, como un autómata. Nervioso, mirando el reloj. Todo silencio. Solo estamos 5 personas en el comedor. De la cocina tampoco vienen sonidos.
Al fin el silencio queda roto por el ruido conocido del helicóptero. Dejo el café en la mesa y me marcho al helipuerto. El Jefe de la Compañía viene a mi encuentro. ¿Qué tal? Bien, contesta. Allí los dejamos. ¿Y…? Está como tranquilo, sin importancia, como una operación de rutina. Echamos las cosas, me dice, dimos una vuelta y después bajamos a Monseñor y a la Madre Inés. Nos marchamos y volvimos enseguida para ver, pero todavía no se había dado el encuentro. Nos volvimos definitivamente al punto de apoyo y al querer volver después nos perdimos. No pudimos dar con ellos. El piloto se equivocó de río. ¿Esta tarde vuelve?, pregunté. No. Tenemos otros trabajos me contestó. Mañana a las 7 iremos para allá. No le dí importancia. Era cuestión de rutina, todo un éxito. Mañana gozaremos de todo, me dije. Todavía saludé al piloto, que me dijo lo mismo. Entonces hasta mañana, a las 7. No, me dice, lo más pronto podemos salir a las 8. Antes no levanta la niebla.
Tomé el carro camino de Coca. Paré en el Km. 30, donde las hermanas dominicas para contarles todo. También el día anterior habíamos parado, cuando no pudimos volar. En la misa vespertina, como el domingo anterior, rogamos a Dios por nuestros hermanos que están entre los Tagairi.

Igualmente el día 22 me levanto temprano. Sé que tengo tiempo para llegar a tiempo, y marcho solo. El plan es ir a visitarlos. Esperamos que Monseñor habrá limpiado con machete y hacha el lugar y podremos aterrizar, bajar y encontrarnos con los nuevos amigos. Sale un día espléndido, sin niebla, el cielo limpio. El carro marcha bien a velocidad. Y tengo accidente. En una curva el que viene de frente, también a velocidad, me obliga a echarme a mi derecha y caigo en la cuneta. Me quedo solo. No puedo sacarlo y es de doble transmisión. Me toca esperar y me pongo nervioso. ¿Si salen sin mí? Son 10 minutos malos esperando que algún otro carro pase y me ayude a desencunetar el mío. Así ocurrió.
Son como las 7,45 de la mañana cuando el helicóptero se levanta del suelo para ir a visitar a los Tagairi y convenir con Monseñor en qué momento se ha de volver para recogerle. Vamos 4 personas: el piloto Apolo, el Sr. Roques, Jefe de la CGG, Michel, francés y un servidor. Vamos contentos. Yo preparo la máquina de fotos y hago algunas de ambiente. Pasada media hora estamos ya a las puertas del bohío que desde lejos lo divisamos.
Pero me quedo consternado al encontrarlo vacío, sin gente, desierto, cuando estaba esperando el gozo alborozado de un grupo que nos sale al encuentro con alegría, haciendo corro al helicóptero que desea posarse con cuidado. No hay nadie y no veo a nadie, tampoco a Monseñor. ¿Se lo habrán llevado? ¿Qué ha pasado? Y el helicóptero ya ha atravesado el bohío y se dispone a dar otra vuelta.
Sí, abajo, a 4 o 5 metros de la puerta de la casa está Monseñor tendido, desnudo, apoyada su espalda sobre un tronco y la cabeza pendiendo hacia atrás, los brazos abiertos caídos. A Inés no la veo. Y el helicóptero ha atravesado de nuevo el lugar. Y ya no recuerdo si de nuevo da otra vuelta. Tomamos el camino de regreso. El piloto grita alborotado. El Jefe de la CGG me mira con rostro alterado. Michel pregunta por la hermana y los otros confirman que también está lanceada, y el piloto de nuevo comienza a gritar desaforadamente.

Les pido que me lleven directamente a Coca, y me dicen que mejor volver a la base. Entiendo. No insisto. Llegamos: naturalmente, no nos esperaban. Recién habíamos salido y ya habíamos vuelto. El mecánico del día anterior nos abre la puerta y él es el primero que se entera de labios del piloto. Baja el Sr. Roques. Yo no tengo ganas. Estoy como sin fuerza, clavado al asiento. Veo que el Sr. Roques se para en el camino, se inclina al suelo apoyando su cuerpo sobre las manos que descansan sobre las rodillas. Se va haciendo verdad que los mataron.
Me bajo, ando solo, cabizbajo. Se me acerca el piloto, me echa una mano queriéndome dar el pésame y no pudiendo resistir me desato en llanto. Llega a la barraca y ya está el Jefe hablando con sus superiores de Quito. Van llegando trabajadores. Le entrego las llaves de mi carro al francés Michel y le pido que me lleven a Coca en el helicóptero. Yo quiero llegar cuanto antes, a estar con mis hermanos. Cinco minutos más tarde estamos en vuelo, el piloto y yo. Nos acercamos a Coca. Son como veinte minutos de vuelo o menos. Le pido al piloto que al regresar a la base se dé una vuelta por Pompeya. Allí se encuentra Juan Santos y sabía que Jesús había salido para allá de mañana. Me promete que sí. Oigo que el piloto le conversa por radio a otro compañero del accidente, de la muerte.
Vamos llegando a Coca y pide permiso a la torre de control del aeropuerto de poder aterrizar en la Misión porque va de urgencia, pues los Tagairi han matado a Monseñor y la Madre Inés. Conceden permiso, y el helicóptero atravesando el Napo se dispone a aterrizar junto a la casa. La gente corre. El Padre Javier y José Luis, los sacerdotes aragones que trabajan con nosotros, corren al encuentro. Ya han pensado lo peor. Desciendo y a quien primero encuentro es a Carmen Pérez, la señorita que incansablemente trabaja en el Seminario. Llega Javier. Me echo a llorar. Me acerco a casa y encuentro a la enfermera de Rocafuerte, la Hna Imelda, también a Cecilia Peñaherrera, profesora del Colegio, a Juan Pedro a quien le digo: “Vete a avisar a José Miguel que está en Huamayacu”. Se me acerca el piloto pidiéndome que le escriba un mensaje para los de Pompeya. Lo escribo bien claro y escueto: “Juan Santos, Jesús, han matado a Monseñor. Venid”.
Había convenido en la base del Campamento que necesitábamos avisar inmediatamente a la autoridad para realizar el rescate y que si era necesario la Compañía pondría a disposición todo lo necesario. Con José Luis de chofer marchamos a la Brigada de Selva, a la otra parte del río. Al Comandante de la misma quiero comunicarle la noticia y hablar con él sobre el rescate. La acogida, la comprensión y su disponibilidad es total. Inmediatamente solicita a Quito un helicóptero grande. Le indico que no es necesario, que las Compañías petroleras tienen tres grandes. Que es necesario enviar a alguien para solicitarles el helicóptero. El Comandante lo dispone. El rescate, pues, está en marcha y va a quedar en sus manos. Le solicito el teléfono del Ejército para hablar en directo con Quito y comunicarles a la procura el suceso. Lo hago, pero no puedo hablar, lo tiene que hacer al fin José Luis. Nos han dado café y lo agradezco. Estamos como media hora en la Brigada. Al salir vienen a nuestro encuentro la Madre Cristina con Javier, también por razón del rescate, que ya está en marcha. Me dicen que van a la TEXACO a pedir dos féretros. Nos marchamos de la Brigada y volvemos a casa. En el teléfono está la Hna. Ligia, capuchina de la residencia de Quito. Habla de Quito y le digo que tiene que venir, inmediatamente. Naturalmente.

Los Huaorani que habían venido a visitar los días anteriores están consternados y con lágrimas en los ojos, absortos, apoyados en la pared. El patio de la casa se va llenando de gente. Me dirijo a los Huaorani y está el papá de Monseñor y les digo que no se marchen, que deben quedarse aquí. A las horas ya se habían ido. No pudieron soportar la situación, la tragedia, la mirada de la gente... Se les proporcionó una canoa y el Hno. Jesús los pudo enviar a su casa. Allí le habrían de llorar a Monseñor.
Me voy a la casa. Pienso que las capuchinas estarán solas y su hermana Inés murió también. Me fui a estar con ellas. Para entonces había buscado al Jefe Político y al Presidente del Municipio para comunicarles la noticia. Las hermanas en la casa con las lágrimas en los ojos, no hablan. No hablamos nadie. De repente se escucha el ruido estruendoso de un helicóptero grande y me marcho corriendo con el carro acompañado de la Hna. Cristina hacia el rescate. No, era un helicóptero que por casualidad pasaba por Coca. Pero ya no salí a la Brigada. Encontré allí a José Miguel, a quien le había recogido Juan Pedro y directamente había ido a la Brigada para ir preparando el rescate. Estaba con el Comandante y el Coronel Núñez de la Escuela de Selva.

José Miguel tiene ya experiencia de rescate en plena selva. Este va a ser el tercer rescate en el que participa. Conviene en no tirar bala. José Miguel está convencido de que los Tagairi después del crimen han huido, que no habrá nadie. Pero… Yo también me meto como un tonto a dar consejos a los militares: Que caso de haber gente sería mejor tirar una granada para espantar. Se está preparando un batallón de 18 soldados formados en tres cuadrillas: 5 rodearán al helicóptero para protegerlo, 5 o 6 irán al rescate de los cuerpos, los demás quedarán en el helicóptero para subir los cadáveres, y uno con ametralladora, de pie, ocupará la puerta del helicóptero.
La espera se hace eterna porque el helicóptero no aparece. Al fin aparece, aterriza y apaga motores. Se va preparando la gente y en un momento ejercitan, saltando desde el helicóptero, la toma de posiciones. Y nos disponemos a salir. Van dos pilotos, 18 soldados, José Miguel y un servidor. Nos detenemos a la altura del campamento Base de la CGG de donde sale un helicóptero para señalarnos el camino e ir adelante, también nos acompaña otro helicóptero artillado del ejército. Y llegamos al lugar del suceso.
El helicóptero grande, de rescate, no se atreve a entrar junto al bohío y el pequeño claro alrededor de la casa, pues le parece pequeño. A 200 metros hay otro claro bastante grande, el huerto de sus productos, de su yuca y plátano y allí se dirige para comenzar el rescate. Coincidimos en el lugar donde se echaron los regalos y los alimentos. El helicóptero no puede posarse, pues hay pequeña vegetación y desde 3 metros saltarán los soldados que toman posiciones alrededor del helicóptero y los que tienen que dirigirse al rescate. Los demás quedamos dentro.
Contemplamos abajo un grupo de papas, unos plátanos, una caja de cartón vacía, una botella de aceite y sobre ella una lanza tirada sobre el suelo. Ahí lo dejaron, ahí bajaron, pensamos. De pronto nos llama la atención un palo que mantiene en la punta en forma de bandera un gran hueso atado. Después nos explicarán los Huaorani amigos el significado. Si por un camino encuentras dos lanzas cruzadas, no puedes pasar pues serás muerto. Igualmente si vienes de arriba, del aire y bajas, también encontrarás la muerte.
Desde nuestro lugar no podemos divisar la casa. Vemos que los dos helicópteros acompañantes presumiblemente están exactamente encima de la casa. El grupo de rescate ha desaparecido de nuestra vista. Se ha internado en la selva, camino de la casa. Calculamos que hay como doscientos metros de distancia. Nos cuentan después, que encontraron el camino, pero que lo dejaron por miedo a los indios, por si estuvieran ellos en el camino esperando. De camino tienen que saltar por troncos caídos. Algún soldado pierde el equilibrio y pierde la metralleta que tiene que buscarla. Los minutos se hacen eternos. No vemos nada. No sabemos nada de los que han ido al rescate. El helicóptero se mueve un poco y encuentra un ángulo por donde observar a los rescatadores. Uno ha tenido que volverse porque se les ha olvidado el atado de plástico para envolver los cuerpos. Se lo echamos y corre a dar alcance al grupo. De camino pierde un plástico y las dos sábanas.
Después José Miguel, parco en palabras, nos contará que llegaron al lugar, él al frente, y se encontró con el cuerpo de Monseñor totalmente clavado de lanzas. Cree que tuvo que sacar 15 de su cuerpo, ayudándose del pie para hacer fuerza en la sacada, y 3 del cuerpo de la Hna Inés. El cuerpo está totalmente lanceado y picado.

Nuestro helicóptero se acerca a la casa para la subida de los cuerpos. Aunque no se atreve a entrar, puede colocarse como a 30 metros sobre el suelo. Al llegar el viento desplazado por las astas tira parte de la casa de hojas de palma enterrando bajo ellas los cuerpos de nuestros hermanos. Los sacan y los van envolviendo en plástico, que faltan, pues sin darse cuenta perdieron uno de camino. De uno, que tienen que cortar, deben hacer dos trozos. Lo hacen y envuelven los cuerpos.
A la madre Inés que pesa poco la subimos con facilidad. A Monseñor no pudimos. Pesaba demasiado. Solo llegamos con su cuerpo hasta la entrada el helicóptero, pegando su cabeza contra la arista bajera de la puerta. Tuvimos que regresarnos al lugar anterior para descender a tres metros y allí con más tranquilidad y seguridad personal meterlo dentro. Y esperar a que viniera el grupo de rescate, que no aparecía.
Llegado, subieron todos al helicóptero y emprendimos, con puerta abierta debido al olor de los cadáveres, el vuelo de regreso. Serían como las 3,30 de la tarde cuando llegamos al claro delante del Seminario. Los mismos soldados tuvieron que ayudarnos a defendernos del acoso y curiosidad de la mucha gente que había acudido ya al lugar. Bajaron los cadáveres y el viento de las aspas descubrió el cuerpo de Monseñor, totalmente lanceado, y los introducimos en las salas del seminario.

(Desde Coca, a 7 de septiembre de 2019)



En esta selva, madre generosa

Inauguración de la Fraternidad de la Partida
(Aguarico, 5 de febrero de 2016)


Estribillo
En esta selva, madre generosa,
tu corazón, Jesús, está latiendo.
y el corazón de Inés y de Alejandro,
al eco de tu amor vamos oyendo.

Estrofas
1. De aquí partieron juntos los hermanos,
unidos en la fe y un mismo vuelo,
en alas del amor y a riesgo pleno
por ti, Señor Jesús, y tu Evangelio.

2. La sangre de familia los llamaba,
buscaban abrazarlos, los primeros,
el rostro iluminado y anhelante,
en esta Encarnación de puro anhelo.

3. Y allí Jesús en cruz los aguardada
oculto en unas lanzas, cara al cielo.
lloraba Inés cual madre dolorida
y en paz quedó Alejandro sonriendo.

4.  La lámpara dejemos encendida,
testigo de oración,  fraterno encuentro:
y sea luz, memoria y esperanza,
y voz de gratitud: de aquí partieron.

5.  Jesús, Misericordia vencedora,
Eucaristía y pan en el sendero,
por ti,  desde esta tierra, ascienda al Padre
la gloria y bendición del mundo entero.  Amén.

27 enero 2016


Este himno ha sido musicalizado por el músico ecuatoraino JUAN MORALES con un ritmo entrañable, para contarlo como pueblo que camina en la selva, madre generosa.
Véase el video de la canción cantada por el autor en:
 https://www.youtube.com/watch?v=wH8_SB6tJs4

viernes, 6 de septiembre de 2019

1249. Dom. XXIII, C – La revelación del seguimiento a Jesús


La revelación del seguimiento a Jesús
Lc 14,25-33

Texto evangélico:
25 Mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: 26 «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 27 Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. 28 Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 29 No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, 30 diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. 31 ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? 32 Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. 33 Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Hermanos:
1. Con la gracia de Dios quisiéramos entender estas palabras de Jesús y llegar al fondo de de este pasaje del Evangelio, que, por de pronto,  nos resulta sorprendente en la conclusión final de las dos pequeñas parábolas del constructor de un edificio y del general de un ejército: para seguir a Jesús hay que renunciar absolutamente a todo. Quisiéramos comprender las palabras de Jesús, el Señor, desde los presupuestos desde lo que él ha hablado.
Todo fiel judío ha aprendido en la Torá que el que quiera amar a Dios lo tiene que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.
Parece muy claro que Dios nos pide todo, absolutamente todo, hasta lo que nunca jamás habíamos pensado que nos podía pedir. Esto es así, por la lógica de la fe.

2. Por eso, podemos acudir a los maestros de Israel, y escuchar a los sabios. He aquí un texto de las santas Escrituras:


“Hijo, si te acercas a servir al Señor, | prepárate para la prueba.
  Endereza tu corazón, mantente firme | y no te angusties en tiempo de adversidad.
Pégate a él y no te separes, | para que al final seas enaltecido.
Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, | y sé paciente en la adversidad y en la humillación.
Porque en el fuego se prueba el oro, | y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. | En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él.
Confía en él y él te ayudará, | endereza tus caminos y espera en él” (Eclesiástico 2,1-6).
Dios, que es nuestro Creador, nos puede pedir todo, incluso la misma vida. Dios nos puede pedir el martirio, Si alguien me quiere arrebatar la fe, si me dice: O reniegas de tu Dios o la muerte, la opción del creyente es la muerte. No se puede negar la fe para salvar a la mujer, a los hijos…

3. En el Antiguo Testamento es admirable el martirio de los siete hermanos macabeos y de su madre. Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? “Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres». El rey, fuera de sí, ordenó poner al fuego sartenes y calderas. Cuando ya abrasaban, mandó que cortaran la lengua al que había hablado en nombre de los demás, que le arrancaran el cuero cabelludo y que le amputaran las extremidades, en presencia de sus demás hermanos y de su madre” (2 Mac 7,2-4).

4. La novedad de esta pasaje del Evangelio, lo que hace que sea revelación de Dios, es que nos dice que lo mismo que habría que hacer por Dios, cuando llegue la hora, lo tenemos que hacer por él, por Jesús. Esto jamás se había oído.
Jesús se está poniendo en el lugar de Dios, y pide para sus discípulos lo que solo Dios puede pedir para sus servidores. Jesús es el Hijo de Dios, Jesús es Dios. Y nos pide esto como actitud continua de vida. En otros momentos nos hablará del gozo que esto significa.

5. Vayamos al detalle de estas palabras evangélicas. Mucha gente acompañaba a Jesús. ¿Jesús es maestro? Ciertamente; pero mucho más que maestro. Un maestro crea una academia, enseña y misión cumplida.
Jesús quiere fundar una comunidad, la Comunidad del Reino, la Iglesia, la comunidad que ahora justamente está escuchando sus palabras. Esta comunidad tiene un estilo, más que una ley. Es el estilo del seguimiento. Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Uno puede tener bienes y riquezas y posesiones. Todo eso está fuera de mí; es costoso, y puede ser heroico, el renunciar a eso.
Pero hay otro círculo de bienes más apreciable: la familia, mi mujer, mis hijos… Dios puede pedir renuncia a esos bienes. Uno dice: que me quiten lo demás, pero eso, no.
Y con todo ello, ahí no termina la renuncia. Dios puede pedir más. Jesús pide más, pues de Jesús estamos hablando. Jesús me pide que me renuncie a mí mismo. ¿Cómo voy a renunciar a mí mismo si yo soy yo?

6. Hermanos, no hemos terminado. Lo principal queda por decir. Jesús pide todo eso, porque él lo ha cumplido el primero. Jesús ha cargado con su cruz, que luego va a ser nuestra cruz. Jesús nos dice que cada uno tenemos nuestra cruz, cada uno la nuestra, cada uno distinta. Jesús ha llevado su cruz y en la nuestra podemos ver la cruz de Jesús.

7. Pero hay un detalle final, que es infinitamente más que un detalle. ¿Por quién ha renunciado Jesús todo, absolutamente todo? Por Dios, ciertamente, porque su Padre se lo pedía, y por mí.
San Pablo dirá: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).

Concluyamos elevando los ojos a Jesús en la Cruz:
Jesús, gracias. Tú me has amado renunciando a todo por mí. Yo quiero amarte dispuesto a entregarte lo que me pidas. Amés.

Quito, Hermanos menores capuchinos, viernes 6 septiembre 2019.