EL DÍA GLORIOSO DEL MARTIRIO
Mi hermano Roque ha escrito una
relación muy amplia titulada Los últimos
días de Mons. Alejandro Labaka. Es el único escrito amplio de un testigo
inmediato de todos los hechos referentes al traslado a los Tagaeri y rescate de
los cuerpos alanceados. Contamos igualmente con un abundoso dossier de
testimonios recogidos por la
Curia Provincial de Navarra-Cantabria-Aragón, publicados en
el Boletín Informativo de la misma Provincia.
Cedo la escritura a mi propio
hermano, trasladando a este libro buena parte de lo que escribió en torno a los
sucesos del día 21 y siguientes. Pero antes dos toques previos a esta áurea
muerte.
La prisa de este viaje: Si nosotros no vamos los matan a ellos
En el informe técnico dado a la Compañía acerca del
último vuelo, Alejandro había dejado escrito, como si fuera la rúbrica, estas
palabras que, al transcribirlas, las pusimos en negrita: Con la última evidencia de los signos positivos para un acercamiento
personal, se decide que Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango,
Misionera Terciaria Capuchina de la Sagrada Familia desciendan, Dios mediante, el día
20 de Julio de 1987.
Dice Alejandro: Con la última evidencia… No todos
pensaban igual. Aquellos días estaban en Coca cuatro Huaorani, entre ellos
Inihua, el “papá” de Alejandro. Según cuentan, este disuadía a Alejandro. Y le
decía que lo llevara con él… Alejandro con esa sonrisa tan suya declinó esta
compañía…
El P. José Miguel, conmilitón en la
misma causa, franco compañero y de una hablar como acostumbran los navarros (en
el “argot” de la buena convivencia tenía desde estudiante el cariñoso apodo de
“El Cazcarro”, aludiendo a que era un hombre recio, curtido y noble)…, José
Miguel, Vicario General, en tono de conversación de mesa, le dijo en la cena:
- Mira, que te van a matar.
Monseñor festivamente le responde:
- Bueno…, pero ya dejo un buen
sucesor.
Y José Miguel rubrica:
- De todas formas, yo bajaré a
recogerte…
De hacer falta escribir un
tratadito De prudentia christiana…,
podríamos escribirlo, empezando desde aquella carta que el Prefecto Alejandro
escribe a Pablo VI consultando si podía arriesgar su vida y la de sus misioneros
“propter Evangelium”. Porque de esto se trata: del Evangelio. Y el “riesgo”, si
es “propter Evangelium”, pertenece a la prudencia cristiana.
Evidentemente la operación era de
riesgo. Varias veces en la documentación que viene de las petroleras, para designar
a estos recientes indígenas, los Tagaeri o Tagairi, todavía no contactados,
hablaban de “los Bravos”. Historias precedentes se podía repetir. Los indígenas
podían venir con sus lanzas. Cierto que las Compañías iban armadas…, por si
acaso.
Alejandro e Inés… visión de paz….
Además, Alejandro de desnudo… (Él podía pensarlo en su corazón). Un
conquistador no va con estas trazas.
Alejandro puede perfectamente
representarse esta alternativa: su presencia con la de una débil mujer; o sin
más, en el momento que fuera, la presencia de la Petrolera… Dicen que
Alejandro dijo: “Si nosotros no vamos, los matan a ellos” o “Si no voy yo, los
van a matar”… Muy posiblemente dijera una frase de este género; hasta la podemos
dar por válida. Con lo cual, a nuestro modo de entender, no quiere representar
la inhumanidad de las petroleras. De ningún modo. Monseñor Alejandro Labaka,
que ha escrito todos sus oficios a las petroleras con gran caballerosidad, ha
confiado también en el humanismo de los personeros y trabajadores. Lo que
ocurre es que ante un eventual ataque, la reacción iba a ser las armas…
Alejandro, pues, tiene prisa. Si no
aprovecha esta oportunidad, ¿qué puede ocurrir en este mes de agosto en que él
va a estar ausente en España? Ya tiene el billete para volar el día 5 de agosto
a su patria de origen y celebrar el onomástico de su hermano Txomin y luego sus
Bodas de Oro de vida religiosa.
Suspender el propósito de volar en
tales circunstancias, no habría sido una villanía; arriesgarse con la confianza
puesta en Dios, eso es sacar unas misteriosas consecuencias del Evangelio. De
manera que se decide a ir… y mantiene la agenda sucesiva: el día 30 de julio
piensa ir a Shushufindi a bendecir una instalación petrolera, la nueva
Refinería Amazonas de Shushufindi en presencia del Presidente de la República, del
Ministro de de Energía y Minas y del Gerente General de CEPE.
La última mirada a Jesús Eucaristía
Pero antes de que comience Roque a
contarnos, minuto a minuto, cómo se fue deslizando el día 21 y el día 22, he de
dejar testimonio verídico de lo que pasó el día de su martirio a las 5.15 de la
mañana. Es lo que contó la
Hna. Laura Fernández:
“Sor Inés era muy activa y muy
orante; les recalcaba la oración, catequesis, apostolado… Le gustaba rezar los
salmos pausadamente…”. Y sigue: La Hna. Candela, la mayor de la comunidad, siempre
dispuesta a servir, vio que la
Hna. Inés a las 5.15 estaba orando en la capilla: “Me
arrodillé – dice Candela - y oré por ella. A los diez minutos llega el carro.
Nos abrazamos y se fue para siempre”.
Igualmente el 21 ponemos el
despertador para las 5 de la mañana. Nos duchamos a oscuras y a la luz de la
vela nos tomamos nuestro cafecito. A las 5,30 estamos en casa de las Madres,
que salen despidiendo a la
Madre Inés que viaja esta vez sin el acompañamiento de
ninguna hermana. Va amaneciendo, cubierto el cielo de la niebla de la mañana.
No sabemos si podremos volar pronto o tendremos que esperar a que se levante el
día.
Antes de las 7 de la mañana
llegamos al campamento. No hace buen tiempo. Las nubes no se levantan y el
cielo bajo está grisáceo. Nos presentamos en la barraca del Jefe del
Campamento. Como hay amistad, hay también rutina y naturalidad en los saludos.
Para hacer tiempo nos vamos al galpón-comedor y como el día anterior podemos
desayunar a la carta. Inés apenas si sorbe unos tragos de café. Monseñor
desayuna y yo repito el del día anterior. Parece que vamos a tener que esperar
un tiempo, bastante, hasta que despeje el horizonte. Cae una lluvia fina.
Hacemos ahora un corte en este
relato de Roque para dejarle hablar al Sr. Jorge Viteri, que estaba allí
presente, y que escribe a su esposa, Sra. Cecilia de Viteri (Quito):
“…Regresaron el Martes 21 y desayunamos
juntos, incluido el P. Roque. En el rostro del P. Labaca no pude ver nada,
ningún signo de temor, la
Madre Inés estaba callada, meditabunda, quizás presentía la
muerte, no sé... Yo tenía que ir a Cononaco a poner una Base de Apoyo, salí con
el Señor Momier en carro antes que el Padre es decir antes que el helicóptero…
Antes de salir a Cononaco, al despedirme
con el P. Alejandro le dije sin que la Ma-dre Inés me escuchara si no era muy prematura
su entrada, sabíamos que eran los bravos, él contestó: Yo salgo a España el 5
de Agosto y este es el momento de llegar a ellos. Al despedirme le dije :
- Padre, ¿no tiene miedo?
Me dijo:
- "Si
nos atacan me abrazaré con la
Hna. Inés y moriremos en nombre del Señor".
Les abracé a la Hna. Inés y al Padre
y les dije: Vayan con Dios. Me fui triste y apenado ya que al igual que el
hermano Roque, yo también quería acompañarles y ver como les recibían los
bravos, no hubo cupo”.
Después del desayuno Monseñor con Inés
se van a dar vuelta por la bodega, a controlar la lista del día anterior a
hablar un poco con el piloto Apolo traído expresamente de otro bloque a este
para la operación de descenso y con el mecánico francés. Todo está a punto,
solo hace falta que se levante el tiempo. Yo me quedo en el galpón curioseando
las revistas francesas tiradas en un estante: L'Expres. Paris Match, de
este tipo. Salgo del galpón y busco con la vista a Monseñor e Inés, los
encuentro a la puerta de la bodega, tomo aire, respiro aire fresco, mojado,
vuelo al galpón, paso hojas, mato el tiempo.
Monseñor e Inés aparecen. No saben
qué hacer. Hay que esperar. Al fondo, en la rinconera de un mostrador, que hace
de bar nos recogemos, sentándonos silenciosos. No tenemos conversación. Está
todo tan hablado. Solo esperamos. De vez en cuando comentarios fútiles de lo
que vemos en el campamento o lo que en otras ocasiones hemos visto. Estamos
haciendo tiempo. Pasaron ya las 9 de la mañana y nos acercamos a las 10.
Ya por fin vienen a llamarnos y
recogiendo los bolsos de mano nos dirigimos a la pequeña loma, donde está el
helipuerto de la
Compañía, el lugar de partida y también de vuelta, de
aterrizaje. Trabajadores han cogido las cosas empaquetadas que se llevan de
regalos y las están colocando en la parte posterior del helicóptero, unas sobre
otras para aprovechar el poco espacio. Las puertas están abiertas y los motores
todavía sin encender. Subida la cuesta, llegamos y allí están un par de
trabajadores, el piloto Sr Tamayo, el mecánico francés, un ayudante, el Sr.
Roques, jefe del Campamento y nosotros. Nos enseñan cómo es la colocada de la
cincha por la espalda, debajo de los sobacos y cómo se abrirá la puerta y se
moverá una plancha del suelo para poder descender desde el mismo interior del
helicóptero, sin necesidad de lanzarse por la puerta sino del agujero que se
abrirá al lado de la puerta, debajo de los pies. Vemos cómo un pequeño motor
está colocado exactamente encima de la puerta del helicóptero, sobre el tejado.
Está alimentado de la corriente de la turbina del motor.
Miro y remiro cómo poder también
entrar para acompañarles en el vuelo, insisto ante el mecánico pero él tiene la
última palabra. No es posible. Monseñor e Inés necesitan estar cómodos para el
momento del descenso en que se tendrán que poner de pie y necesitan cierta
holgura de movimiento dentro de la cabina. Me invitan para venir mañana e ir a
visitarlos pero insisto, pues - me justifico - al día siguiente tendré que
estar en el colegio y no sé si podré venir. Al fin tengo que desistir y se hace
ya la hora. El piloto ya está en la cabina y comienza a prender el motor. No
hay más remedio que despedirse hasta mañana. Y así es. Muy sencillamente Inés
se monta, después Monseñor y cierran la puerta. Las hélices toman velocidad y
el ruido es cada vez mayor. El Jefe del campamento está también arriba, sentado
y el mecánico cierra su puerta. Me aparto. Y miro al reloj. Son las 10,30 de la
mañana.
El helicóptero se
desprende y comienza a alejarse tomando altura. Siento que me quedo solo y que
me toca esperar. No quiero marcharme a Coca. Quiero esperar a que vuelvan para
que me comuniquen como les ha ido. Cómo ha sido el descenso, cómo ha sido el
recibimiento y la acogida. No conozco a la gente del campamento. El Jefe se
marchó, el Sr. Viteri está en un puesto de apoyo, me vuelvo al galpón-comedor
que se convertirá casi durante tres horas en la sala de espera.
Estoy ilusionado. Se
marcharon. Mañana yo iré a visitarlos. Para mí será la primera vez también
entre los Huaorani. No me importa el colegio. Por un día dejaré de ir. Los
exámenes seguirán su curso. Y llevaré las cámaras y haré fotos de recuerdo.
Nadie en Ecuador sabe lo que está pasando y es el momento más grande de su
historia. El último grupo que queda sin contacto con el resto de los
ecuatorianos, hoy serán integrados a la nación. Una vez más la Iglesia en su
Obispo y en su humilde misionera serán quienes harán esta gran obra. Se
necesita valor. Dios nos lo da porque nos da amor a este pueblo. Hay un rato en
que uno queda como embobado, ensimismado por la ausencia, la marcha de los
otros y el pensamiento del posible peligro uno lo retira, no lo deja entrar,
sencillamente lo sofoca. No aparece. Se tiene la ilusión del éxito del
encuentro feliz.
Busco de nuevo las
revistas francesas, paso las hojas, mato el tiempo. Me aburro, me salgo a la
carretera, se acaban los cigarrillos, busco dónde comprar. Comparto un rato con
la policía de seguridad que hace de portera ante la entrada del campamento.
Llega el mediodía, la hora de comer y sigo conversando a la entrada, haciendo
tiempo, esperando que el ruido del helicóptero nos anime. No llega. Me vuelvo
al galpón-comedor. Cuatro técnicos franceses están tomando un aperitivo para
comenzar a comer. Me siento y el camarero se dispone a servirme. Se acercan y
se sientan los técnicos franceses. No hablan. Hay silencio. No preguntan nada,
yo tampoco. No sé qué preguntar. Rompo el silencio: “¿Saben ustedes si tenían
que hacer algo después de dejar a Monseñor?” Se miran, no saben nada. Tampoco
hablan. ¿Estarán ellos también nerviosos? Son más de dos horas desde que
salieron... Al bohío hay solo media hora de vuelo.
¿Qué habrá pasado? ¿Dónde habrán
quedado? ¿Tendrían que hacer alguna diligencia en el campo de apoyo? Como sin
gusto, como un autómata. Nervioso, mirando el reloj. Todo silencio. Solo
estamos 5 personas en el comedor. De la cocina tampoco vienen sonidos.
Al fin el silencio queda roto por
el ruido conocido del helicóptero. Dejo el café en la mesa y me marcho al
helipuerto. El Jefe de la
Compañía viene a mi encuentro. ¿Qué tal? Bien, contesta. Allí
los dejamos. ¿Y…? Está como tranquilo, sin importancia, como una operación de
rutina. Echamos las cosas, me dice, dimos una vuelta y después bajamos a
Monseñor y a la Madre
Inés. Nos marchamos y volvimos enseguida para ver, pero
todavía no se había dado el encuentro. Nos volvimos definitivamente al punto de
apoyo y al querer volver después nos perdimos. No pudimos dar con ellos. El
piloto se equivocó de río. ¿Esta tarde vuelve?, pregunté. No. Tenemos otros
trabajos me contestó. Mañana a las 7 iremos para allá. No le dí importancia.
Era cuestión de rutina, todo un éxito. Mañana gozaremos de todo, me dije.
Todavía saludé al piloto, que me dijo lo mismo. Entonces hasta mañana, a las 7.
No, me dice, lo más pronto podemos salir a las 8. Antes no levanta la niebla.
Tomé el carro camino de Coca. Paré
en el Km. 30, donde las hermanas dominicas para contarles todo. También el día
anterior habíamos parado, cuando no pudimos volar. En la misa vespertina, como
el domingo anterior, rogamos a Dios por nuestros hermanos que están entre los
Tagairi.
Igualmente el día 22 me levanto
temprano. Sé que tengo tiempo para llegar a tiempo, y marcho solo. El plan es
ir a visitarlos. Esperamos que Monseñor habrá limpiado con machete y hacha el
lugar y podremos aterrizar, bajar y encontrarnos con los nuevos amigos. Sale un
día espléndido, sin niebla, el cielo limpio. El carro marcha bien a velocidad.
Y tengo accidente. En una curva el que viene de frente, también a velocidad, me
obliga a echarme a mi derecha y caigo en la cuneta. Me quedo solo. No puedo
sacarlo y es de doble transmisión. Me toca esperar y me pongo nervioso. ¿Si
salen sin mí? Son 10 minutos malos esperando que algún otro carro pase y me
ayude a desencunetar el mío. Así ocurrió.
Son como las 7,45 de la mañana
cuando el helicóptero se levanta del suelo para ir a visitar a los Tagairi y
convenir con Monseñor en qué momento se ha de volver para recogerle. Vamos 4
personas: el piloto Apolo, el Sr. Roques, Jefe de la CGG, Michel, francés
y un servidor. Vamos contentos. Yo preparo la máquina de fotos y hago algunas
de ambiente. Pasada media hora estamos ya a las puertas del bohío que desde
lejos lo divisamos.
Pero me quedo consternado al
encontrarlo vacío, sin gente, desierto, cuando estaba esperando el gozo
alborozado de un grupo que nos sale al encuentro con alegría, haciendo corro al
helicóptero que desea posarse con cuidado. No hay nadie y no veo a nadie,
tampoco a Monseñor. ¿Se lo habrán llevado? ¿Qué ha pasado? Y el helicóptero ya
ha atravesado el bohío y se dispone a dar otra vuelta.
Sí, abajo, a 4 o 5 metros de la puerta
de la casa está Monseñor tendido, desnudo, apoyada su espalda sobre un tronco y
la cabeza pendiendo hacia atrás, los brazos abiertos caídos. A Inés no la veo.
Y el helicóptero ha atravesado de nuevo el lugar. Y ya no recuerdo si de nuevo
da otra vuelta. Tomamos el camino de regreso. El piloto grita alborotado. El
Jefe de la CGG
me mira con rostro alterado. Michel pregunta por la hermana y los otros
confirman que también está lanceada, y el piloto de nuevo comienza a gritar
desaforadamente.
Les pido que me lleven directamente
a Coca, y me dicen que mejor volver a la base. Entiendo. No insisto. Llegamos: naturalmente,
no nos esperaban. Recién habíamos salido y ya habíamos vuelto. El mecánico del
día anterior nos abre la puerta y él es el primero que se entera de labios del
piloto. Baja el Sr. Roques. Yo no tengo ganas. Estoy como sin fuerza, clavado
al asiento. Veo que el Sr. Roques se para en el camino, se inclina al suelo
apoyando su cuerpo sobre las manos que descansan sobre las rodillas. Se va
haciendo verdad que los mataron.
Me bajo, ando solo, cabizbajo. Se
me acerca el piloto, me echa una mano queriéndome dar el pésame y no pudiendo
resistir me desato en llanto. Llega a la barraca y ya está el Jefe hablando con
sus superiores de Quito. Van llegando trabajadores. Le entrego las llaves de mi
carro al francés Michel y le pido que me lleven a Coca en el helicóptero. Yo
quiero llegar cuanto antes, a estar con mis hermanos. Cinco minutos más tarde
estamos en vuelo, el piloto y yo. Nos acercamos a Coca. Son como veinte minutos
de vuelo o menos. Le pido al piloto que al regresar a la base se dé una vuelta
por Pompeya. Allí se encuentra Juan Santos y sabía que Jesús había salido para
allá de mañana. Me promete que sí. Oigo que el piloto le conversa por radio a
otro compañero del accidente, de la muerte.
Vamos llegando a Coca y pide
permiso a la torre de control del aeropuerto de poder aterrizar en la Misión porque va de
urgencia, pues los Tagairi han matado a Monseñor y la Madre Inés. Conceden
permiso, y el helicóptero atravesando el Napo se dispone a aterrizar junto a la
casa. La gente corre. El Padre Javier y José Luis, los sacerdotes aragones que
trabajan con nosotros, corren al encuentro. Ya han pensado lo peor. Desciendo y
a quien primero encuentro es a Carmen Pérez, la señorita que incansablemente
trabaja en el Seminario. Llega Javier. Me echo a llorar. Me acerco a casa y
encuentro a la enfermera de Rocafuerte, la Hna Imelda, también
a Cecilia Peñaherrera, profesora del Colegio, a Juan Pedro a quien le digo: “Vete
a avisar a José Miguel que está en Huamayacu”. Se me acerca el piloto
pidiéndome que le escriba un mensaje para los de Pompeya. Lo escribo bien claro
y escueto: “Juan Santos, Jesús, han matado a Monseñor. Venid”.
Había convenido en la base del
Campamento que necesitábamos avisar inmediatamente a la autoridad para realizar
el rescate y que si era necesario la Compañía pondría a disposición todo lo necesario.
Con José Luis de chofer marchamos a la Brigada de Selva, a la otra parte del río. Al
Comandante de la misma quiero comunicarle la noticia y hablar con él sobre el
rescate. La acogida, la comprensión y su disponibilidad es total.
Inmediatamente solicita a Quito un helicóptero grande. Le indico que no es
necesario, que las Compañías petroleras tienen tres grandes. Que es necesario
enviar a alguien para solicitarles el helicóptero. El Comandante lo dispone. El
rescate, pues, está en marcha y va a quedar en sus manos. Le solicito el
teléfono del Ejército para hablar en directo con Quito y comunicarles a la
procura el suceso. Lo hago, pero no puedo hablar, lo tiene que hacer al fin
José Luis. Nos han dado café y lo agradezco. Estamos como media hora en la Brigada. Al salir
vienen a nuestro encuentro la
Madre Cristina con Javier, también por razón del rescate, que
ya está en marcha. Me dicen que van a la TEXACO a pedir dos
féretros. Nos marchamos de la
Brigada y volvemos a casa. En el teléfono está la Hna. Ligia,
capuchina de la residencia de Quito. Habla de Quito y le digo que tiene que venir,
inmediatamente. Naturalmente.
Los Huaorani que habían venido a
visitar los días anteriores están consternados y con lágrimas en los ojos,
absortos, apoyados en la pared. El patio de la casa se va llenando de gente. Me
dirijo a los Huaorani y está el papá de Monseñor y les digo que no se marchen,
que deben quedarse aquí. A las horas ya se habían ido. No pudieron soportar la
situación, la tragedia, la mirada de la gente... Se les proporcionó una canoa y
el Hno. Jesús los pudo enviar a su casa. Allí le habrían de llorar a Monseñor.
Me voy a la casa. Pienso que las
capuchinas estarán solas y su hermana Inés murió también. Me fui a estar con
ellas. Para entonces había buscado al Jefe Político y al Presidente del
Municipio para comunicarles la noticia. Las hermanas en la casa con las
lágrimas en los ojos, no hablan. No hablamos nadie. De repente se escucha el
ruido estruendoso de un helicóptero grande y me marcho corriendo con el carro
acompañado de la Hna. Cristina
hacia el rescate. No, era un helicóptero que por casualidad pasaba por Coca.
Pero ya no salí a la
Brigada. Encontré allí a José Miguel, a quien le había recogido
Juan Pedro y directamente había ido a la Brigada para ir
preparando el rescate. Estaba con el Comandante y el Coronel Núñez de la Escuela de Selva.
José Miguel tiene ya experiencia de
rescate en plena selva. Este va a ser el tercer rescate en el que participa.
Conviene en no tirar bala. José Miguel está convencido de que los Tagairi
después del crimen han huido, que no habrá nadie. Pero… Yo también me meto como
un tonto a dar consejos a los militares: Que caso de haber gente sería mejor
tirar una granada para espantar. Se está preparando un batallón de 18 soldados
formados en tres cuadrillas: 5 rodearán al helicóptero para protegerlo, 5 o 6
irán al rescate de los cuerpos, los demás quedarán en el helicóptero para subir
los cadáveres, y uno con ametralladora, de pie, ocupará la puerta del
helicóptero.
La espera se hace eterna porque el
helicóptero no aparece. Al fin aparece, aterriza y apaga motores. Se va
preparando la gente y en un momento ejercitan, saltando desde el helicóptero,
la toma de posiciones. Y nos disponemos a salir. Van dos pilotos, 18 soldados,
José Miguel y un servidor. Nos detenemos a la altura del campamento Base de la CGG de donde sale un
helicóptero para señalarnos el camino e ir adelante, también nos acompaña otro
helicóptero artillado del ejército. Y llegamos al lugar del suceso.
El helicóptero grande, de rescate,
no se atreve a entrar junto al bohío y el pequeño claro alrededor de la casa,
pues le parece pequeño. A 200
metros hay otro claro bastante grande, el huerto de sus
productos, de su yuca y plátano y allí se dirige para comenzar el rescate.
Coincidimos en el lugar donde se echaron los regalos y los alimentos. El
helicóptero no puede posarse, pues hay pequeña vegetación y desde 3 metros
saltarán los soldados que toman posiciones alrededor del helicóptero y los que
tienen que dirigirse al rescate. Los demás quedamos dentro.
Contemplamos abajo un grupo de
papas, unos plátanos, una caja de cartón vacía, una botella de aceite y sobre
ella una lanza tirada sobre el suelo. Ahí lo dejaron, ahí bajaron, pensamos. De
pronto nos llama la atención un palo que mantiene en la punta en forma de
bandera un gran hueso atado. Después nos explicarán los Huaorani amigos el
significado. Si por un camino encuentras dos lanzas cruzadas, no puedes pasar pues
serás muerto. Igualmente si vienes de arriba, del aire y bajas, también
encontrarás la muerte.
Desde nuestro lugar no podemos
divisar la casa. Vemos que los dos helicópteros acompañantes presumiblemente
están exactamente encima de la casa. El grupo de rescate ha desaparecido de
nuestra vista. Se ha internado en la selva, camino de la casa. Calculamos que
hay como doscientos metros de distancia. Nos cuentan después, que encontraron
el camino, pero que lo dejaron por miedo a los indios, por si estuvieran ellos
en el camino esperando. De camino tienen que saltar por troncos caídos. Algún
soldado pierde el equilibrio y pierde la metralleta que tiene que buscarla. Los
minutos se hacen eternos. No vemos nada. No sabemos nada de los que han ido al
rescate. El helicóptero se mueve un poco y encuentra un ángulo por donde
observar a los rescatadores. Uno ha tenido que volverse porque se les ha
olvidado el atado de plástico para envolver los cuerpos. Se lo echamos y corre
a dar alcance al grupo. De camino pierde un plástico y las dos sábanas.
Después José Miguel, parco en
palabras, nos contará que llegaron al lugar, él al frente, y se encontró con el
cuerpo de Monseñor totalmente clavado de lanzas. Cree que tuvo que sacar 15 de
su cuerpo, ayudándose del pie para hacer fuerza en la sacada, y 3 del cuerpo de
la Hna Inés.
El cuerpo está totalmente lanceado y picado.
Nuestro helicóptero se acerca a la
casa para la subida de los cuerpos. Aunque no se atreve a entrar, puede
colocarse como a 30
metros sobre el suelo. Al llegar el viento desplazado por las
astas tira parte de la casa de hojas de palma enterrando bajo ellas los cuerpos
de nuestros hermanos. Los sacan y los van envolviendo en plástico, que faltan,
pues sin darse cuenta perdieron uno de camino. De uno, que tienen que cortar,
deben hacer dos trozos. Lo hacen y envuelven los cuerpos.
A la madre Inés que pesa poco la
subimos con facilidad. A Monseñor no pudimos. Pesaba demasiado. Solo llegamos
con su cuerpo hasta la entrada el helicóptero, pegando su cabeza contra la
arista bajera de la puerta. Tuvimos que regresarnos al lugar anterior para
descender a tres metros y allí con más tranquilidad y seguridad personal
meterlo dentro. Y esperar a que viniera el grupo de rescate, que no aparecía.
Llegado, subieron todos al
helicóptero y emprendimos, con puerta abierta debido al olor de los cadáveres,
el vuelo de regreso. Serían como las 3,30 de la tarde cuando llegamos al claro
delante del Seminario. Los mismos soldados tuvieron que ayudarnos a defendernos
del acoso y curiosidad de la mucha gente que había acudido ya al lugar. Bajaron
los cadáveres y el viento de las aspas descubrió el cuerpo de Monseñor, totalmente
lanceado, y los introducimos en las salas del seminario.