He venido a prender fuego a la tierra
Lc 12,49-53
Texto:
49 He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!
50 Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! 51 ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. 52 Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; 53 estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».
Hermanos:
1. Hace unos domingos Jesús emprendió decididamente el camino hacia Jerusalén, hacia la muerte. “Puso su rostro para ir a Jerusalén; se enrostró a Jerusalén”. Jerusalén era su destino. No cabe que un profeta muera fuera e Jerusalén. Y hoy escuchamos estas palabras, que son una explosión de algo que lleva en su corazón: fuego, fuego arrasador.
Palabras que las estamos escuchando después de haber visto en pantalla fuego, escenas terribles de fuego que ha destruido montes hermosas; que incluso se ha llevado ganados y haciendas. Al ver tales llamaradas, teníamos ganas de cerrar la televisión y pasar a otra cosa; pero no, el fuego estaba allí. Y quién más, quién menos, ha podido ver a conocidos, amigos, acaso familiares entrar en pánico, porque el fuego avanzaba y entraba en el pueblo. Había que recoger en dos o tres maletas lo esencial y a toda prisa, escapar, dejar la casa, sin saber que iba a pasar, porque el viento llevaba las llamas sin que los bomberos y los servicios de incendios pudieran contra esta plaga devoradora.
Jesús dice que he venido a poner fuego, pero no en una aldea; lo que quiero es un incendio universal en la tierra, ¡y cómo estoy deseando que arda ya la tierra entera en este fuego!
¿Qué es lo que quiere Jesús? Meter el fuego de Dios en el mundo. El fuego purifica y de las cenizas tiene que salir algo completamente distinto. Esto es más que una revolución. Jesús, manso y humilde de corazón, es fuego, es más que un revolucionario.
2. Jesús está hablando de su vida. Su vida es puro fuego. Y con nuevas palabras pasa a una segunda comparación. Jesús va en busca de un bautismo. El que se bautizaba entraba en las aguas del río, se sumergía en ellas y salía como nueva criatura.
Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Qué bautismo es este, si Jesús ya había sido bautizado? Es el bautismo de la Pasión. Jesús no iba a entrar en un río de su sufrimiento, sino que iba a hundirse en el mar de la Pasión. Sufrimientos del cuerpo y del alma iban a venir sobre él, un océano de dolor. Pero es que lo estaba deseando: , ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
Es la locura del amor que se ha apoderado completamente de su corazón. San Pablo ha vivido el eco de estas palabras locas: Me amó y se entregó por mí.
3. Y, mirando a sus discípulos, Jesús nos dice con el alma rota: 51 ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.
Jesús, en contra de su voluntad, ha venido a romper lo más sagrado: la familia. Y nos lo dice con palabras dolorosísimas: He venido a traer división: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra.
Él trae el Evangelio, que es la suprema oferta de amor y de gozo, de prosperidad y de bien estar, en suma, de salvación. Unos lo reciben, otros lo rechazan. Su pueblo, en general, lo ha rechazado; unos pocos lo han acogido.
Todo esto crea situaciones de extremo dolor. En su tiempo fue así, y seguirá siendo así.
4. Un ejemplo estremecedor lo teníamos esta misma semana recordando a una santa judía del tiempo del nazismo. El caso de la judía Edith Stein, nacida en familia judía, creyente y observante. Ella fue brillantísima estudiante de Filosofía, tanto que su profesor la escogió como profesora adjunta. Una noche, leyendo de un tiró la autobiografía de Santa Teresa de Jesús, iluminada por Dios, dijo: Esto es la verdad. No era una niña ni una jovencita. Era una mujer de 30 años, curtida por la vida, por el sufrimiento de su pueblo judío, al que amaba como la reina Ester, Doctora en Filosofía, que había pasado del Judaísmo al ateísmo, y aquella noche se hacía discípula de Jesús, seguidora de Jesús para siempre. No podía tener una cátedra universitaria en propiedad en Alemania, por ser judía. Pero comenzó a dar conferencias. Al fin, comprendió que su misión era encerrarse en un monasterio de monjas carmelitas y desde allí salvar a su pueblo desde la oración y la penitencia. Terminó en un monasterio de Colonia, luego pasó a Holanda. Su madre le decía: Hija mía, no te niego que Jesús de Nazareth fuese una persona buena, pero Hijo de Dios, no…, eso es una locura.
El 2 de agosto de 1942, a sus 50 años, como judía fue llevada al campo de exterminio de Auschwitz, y una semana después, el día 9 desapareció en los hornos crematorios. Hacía tiempo su hermana Rosa, era católica como ella. Así murió, con las palabras y el amor de Jesús, la que hoy veneramos como Santa Benedicta de la Cruz, hoy Patrona de Europa.
4. Esto es la explicación viva del Evangelio del hoy.
Hermanos, ¿queremos ser de verdad discípulos de Jesús?
Estoy preguntando: ¿Queremos ser de verdad discípulos de un Crucificado? Aceptemos la muerte de Jesús y que esa muerte la comparta en mi vida.
La Cruz de Jesús, origen de nuestra salvación, no está allá lejos para para yo vaya a buscarla. La Cruz de Jesús está donde yo esté.
No quisiera que mi familia fuera mi propia cruz, porque lo más dulce que hay en la vida es una familia bien compuesta. Pero no puedo olvidar las palabras paradójicas que Jesús se ha atrevido, bien a pesar suyo, a pronunciar: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra. No siempre ser ‘así, pero puede ocurrir.
Un texto del Evangelio nos dice, a propósito de los parientes de Jesús: Y es que tampoco sus parientes (hermanos) creían en él (Jn 7,5).
Concluyamos, hermanos. Jesús vive, él es nuestro salvador, y en él hemos puestos todo nuestro amor y esperanza.
Señor Jesús, tus palabras me iluminan y confortan. Haz que llegue a comprender que en al Cruz está la vida, que tú nunca me has de fallar, y que es verdad, por lo siento, que en ti he encontrado mi salvación. Amén.
Cuautitlán Izcalli, viernes, 12 agosto 2022.