viernes, 4 de noviembre de 2022

1822. Dom. XXXII, C – Jesús y la resurrección de los muertos

  

Jesús y la resurrección de los muertos

Lc 20,27-38 

 

Texto evangélico:

27 Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: 28 «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. 29 Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. 30 El segundo 31 y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. 32 Por último, también murió la mujer. 33 Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». 34 Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, 35 pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. 36 Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.

37 Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. 38 No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

 

Hermanos:

1. Estamos en el mes de noviembre, y muchos pensamientos cruzan por nuestra mente. Mes de noviembre, mes de los muertos. Vuelven los seres queridos que nos han dejado, y cada uno es una historia que nos dice más que las predicaciones. Aquellos han entrado ya en la región del olvido, que para nosotros, cristianos, es la región de la vida eterna, de las verdades eternas.

El Evangelio de hoy nos presenta una escena, entre seria y cómica, que, en este sentido, tiene algo de las “Katrinas” – con respeto – de esta tierra de México, que celebra altares de muertos y festejos muy divertidos, folklore y religión, la gracia y la broma, el recuerdo y de la emoción, todo junto. De los muertos podemos hacer concursos artísticos y rosario de oraciones. Y tantas veces no sabemos dónde termina la broma, en un video que te envían de un esqueleto andando en bicicleta o bailando y espantando a la gente, y dónde está esa soberana verdad de que un día mi vida ha de acabar, y tendré que dar cuenta a mi Creador y Padre.

 

2. San Lucas, como otras veces, al principio del relato pone una frase para que sepamos de qué va la cosa y no nos confundamos. Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección.  Y le presentan un asunto de resurrección: la mujer que tuvo siete maridos, todos ellos hermanos, que se fueron casando con la misma viuda, al paso que ellos morían, porque todos ellos querían dar herencia familiar, al apellido de su hermano, el primero.

Pues es verdad que esto puede suceder, y es verdad la pregunta final: ¿Con cuál de los maridos se va a quedar?

La respuesta de Jesús es cortante, tajante, que deja sin palabra a los objetores. En el cielo no hay marido o mujer, en el cielo no hay tablas genealógicas, en el cielo nadie se tiene que casar para tener una hermosa descendencia. La pregunta ha rebotado; el problema que me habéis presentado es totalmente falso.

 

3. El cielo, hermanos, no es la continuación de la tierra, como si nuestra tierra fuese el referente de la perfección de los hombres. Aquí se abre un torrente de luz para pensar qué puede ser el cielo, en consonancia con aquello de que “ni ojo vio, ni oído oyó… lo que Dios tiene preparado para los que le aman”. Cuando Isaías escribió estas frases y las repitió san Pablo, ninguno de los dos, pensaba precisamente en describirnos las delicias del Paraíso. Nos hablaban del amor sorprendente de Dios que, ya en esta vida, hacen maravillas que nosotros no podemos alcanzar.

El cielo, hermanos, es ver a Dios, vivir con Dios para siempre, participar en el mismo gozo infinito de Dios. He aquí que hago un mundo nuevo, decía Dios al final del Apocalipsis. El cielo es el mundo nuevo que nos aguarda.

Y por eso, decíamos el día pasado, hablando de Todos los Santos: En el cielo, hermanos, no hay Santos. Los altares que nosotros podemos, los retablos de los santos, de San Francisco, de san Antonio, de santa Teresa, de santa Faustina…, de todos los miles de santos del Calendario, del Santoral, de los siglos pasados y de hoy, todos esos altares habrán caído, porque en el cielo no hay santos, sino que seremos más que “santos”, seremos pura y simplemente hijos de Dios. No habrá profetas, ni papas, ni mártires, ni justos ni pecadores, ni católicos ni protestante, ni judíos  ni  musulmanes.

 

4. Dios será todo en todos. No hace falta destrozar la imaginación para saber qué será el cielo que esperamos.

Pero ¿es que en el cielo no estarán nuestros familiares – padres y hermanos – los amigos más amigos que hemos tenido en la tierra? Sí, hermanos, pero de una manera distinta e infinitamente superior a lo que puede alcanzar nuestra imaginación.

Por eso Jesús contradice al saduceo, que no cree en esa vida futura en cuerpo y alma: en el cielo no existe ese matrimonio que en la tierra es necesario para la procreación; no se casarán los hombres, no tomarán maridos las mujeres. Seremos todos hijos de Dios, seremos como ángeles.

No habrá luto ni dolor. Solo habrá alegría, paz y alabanza, y esto por toda la eternidad.

Y esa vida del cielo, a al que estamos destinados, ha de orientar, ya desde ahora la vida de la tierra. Un célebre Premio Nobel, muy aceptado por la Juventud, definía así qué es la vida:

“Creo que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Soy un ateo. Creo en un dios personal, el cual es la consciencia, y eso a lo que tenemos que rendir cuentas cada día” (Entrevista en una revista cubana, Mario Benedetti, 1920-2009; véase en Internet).

Hermanos, la conciencia personal no basta para ordenar la vida del hombre, que ha de estar abiertos  Dios, la Trascendencia, y a la inmanencia de su propio corazón. Estos días, del 3 al 6, el Papa está en Baréin, en este Foro Mundial de entendimiento entre Oriente y Occidente, y hoy, viernes, en la Conclusión del Foro decía estas frases:

Hablando de la educación: “…En primer lugar, la oración, que toca el corazón del hombre. En realidad, los dramas que sufrimos y las peligrosas laceraciones que experimentamos, «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano» (Gaudium et spes, 10). Allí está la raíz. Y, por lo tanto, el mayor peligro no reside en las cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones, sino en la inclinación del ser humano a cerrarse en la inmanencia del propio yo, del propio grupo, de los propios intereses mezquinos. No es un defecto de nuestra época, existe desde que el hombre es hombre, pero con la ayuda de Dios es posible dominarlo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 166).

He de concluir.

El cielo es nuestra patria. Y allí tenemos una nube de testigos que nos han precedido en el camino y que nos pueden ayudar, fijos siempre los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe.

 

Señor Jesús, creemos en tu santa resurrección. Creemos que estamos destinados a vivir contigo y a disfrutar de tu propia gloria. Guárdanos en esta fe, y haz que el pensamiento del cielo, de la resurrección, llene de alegría nuestra vida y la vida de cuantos nos rodean. A ti la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, viernes, 4 noviembre 2022.

martes, 1 de noviembre de 2022

1821. Todos los Santos, corona de Jesús - Plática espiritual

Todos los Santos, corona de Jesús

Hermanos, hermanas:

Quiero compartir unos pensamientos espirituales que me sugiere esta fiesta, esta solemnidad litúrgica de Todos los Santos. Las palabras que les voy a dirigir no son propiamente una homilía; son sencillamente una reflexión espiritual.

¿Qué’ pretende la Iglesia con esa fiesta? Uno dice: En la Iglesia hay muchos y muchas santos y santas que no han subido a los altares; a ninguno de ellos queremos olvidar; a todos queremos honrar. No creo que sea este el sentido íntimo de la celebración.

Hoy vamos a celebrar a nuestros familiares, que están en el cielo… Tampoco va por ahí el sentido de la cosa.

Vaya, primero, alguna nota histórica para mejor situarnos. El “Calendarium Romanum” publicado luego del Concilio (1969) con sus notas históricas nos da esta indicación: “Las Iglesias orientales conmemoran a Todos los Santos Mártires ya desde el siglo IV, sea en tiempo pascual (así los Sirios) o inmediatamente después de Pentecostés los Bizantinos. Al final del siglo VIII la solemnidad de Todos los Santos comenzó a celebrarse entre los Celtas y los Francos. Y en el siglo IX fue recibida en la Iglesia de Roma”.

Esta fiesta ¿va dirigida a los Santos, para festejarlos a todos juntos? ¿Va dirigida a Cristo, Corona de todos los Santos, y el único verdaderamente Santo? ¿O sencillamente va dirigida a nosotros para recodarnos a todos que la santidad es misión y camino, nuestro objetivo, pues todos hemos si destinados a ser santos ya desde el bautismo, y todos somos santos, en Cristo Jesús, que nos ha santificado en su Sangre?

Los muy especialistas en Historia de la Liturgia, en Teología de la Liturgia, que deben configurar el modo y tipo de nuestras celebraciones, nos pueden aportar ideas muy luminosas. Yo, servidor de la fe, deseo contribuir con algunas ideas nacidas de mis años que van quedado atrás, en la cima de mis días, y de lo que nace de una sencilla meditación cristiana.

 

Primer mensaje para situarnos: En el cielo no hay santos; los santos son para nuestro camino en la Tierra

 

No es nada simpático comenzar diciendo que en el cielo no hay santos, y decirlo precisamente en la Fiesta de todos los Santos. Hermanos, el que niega una cosa, hay que pensar que la niega para decir a continuación otra más hermosa, en positivo.

¿Qué ‘decimos cuando afirmamos que en el cielo no hay santos? Algo sencillo e importante: que en el cielo no hay Papas, no hay Obispos, no hay Mártires, no hay Vírgenes, no hay Doctores, no hay Confesores; no hay ningún título que califique el grado de santidad de uno.

Aquí en la Tierra, para llegar a ser santos, hay que pasar primero por Siervo de Dios, luego por Venerable, luego por Beato, y al final se llega al grado de Santo. En la disciplina actual para beatificar a un cristiano, a una cristiana, el Papa suele delegar su autoridad a un cardenal, y todavía se reserva para sí la Canonización de los beatos. La praxis de la Iglesia ha ido variando, lo que indica que puede seguir variando.

Para llegar a la categoría de Santo, la Iglesia pide lo primero que es se demuestra que ha practicado en forma superior, en grado heroico, las virtudes cristinas: las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; y las cuatro virtudes cardinales, que ya las conoció Platón como base del buen comportamiento humano, y que son: Templanza, Prudencia, Fortaleza y Justicia, Estas virdules “cardinales” o “gozne” son la madre de otras muchas virtudes que de ellas se derivan.

Un santo es sencillamente esa persona que ha vivido el Evangelio y que se nos ha mostrado como discípulo entero de Jesús. El que ha sufrido el martirio por él, ya nos ha dado el ejemplo de que ha amado a Jesús. Hijo sobre todas las cosas; ya nos ha dado la prueba de que es santo, en la misericordia del Señor, ante su mirada y ante la nuestra. No es necesario que haga milagros… Por eso la Iglesia desde el principio ha venerado a los mártires, como testigos de Jesús, como ejemplos consumados de vida, y ellos han sido los primeros celebrados.

Luego vinieron los santos que por toda su vida nos mostraron que han sido perfectos discípulos de Jesús.

Esta praxis que sigue la Iglesia ha dado mucho que pensar y nos lo está dando. El simple hecho de que uno sea conocido o desconocido, ¿puede ser el determinante para elegirlo y ponerlo en los altares? A nada que vamos avanzando en la vida, vamos conociendo a personas singulares por su bondad, por su entrega, por su rectitud, de las que uno dice: Esta persona es una santa (por ejemplo, este enfermo, esta enferma que se ha pasado cuarenta años en la cama, sin rechistar, sin murmurar, sin exigir…, tratando de sonreír), pues nunca va a ser santo de altar, porque nadie la conoce. Ni hace falta, añadimos. Dios ha hecho maravillas que están en el fondo del mar, en el seno de las montañas, y nadie las ha descubierto ni las va a descubrir, y, sin embargo, esas maravillas cantan la gloria del Señor.

Lo mismo ocurre en el mundo de las almas.  Hay maravillas de las que nadie se va a enterar, Están dando gloria a Dios, a Cristo Redentor. Y a lo mejor, ni ellas mismas lo saben. Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, dijo Jesús.

Nosotros estamos muy codiciosos de que nuestro fundador, nuestra fundadora, ocupe su lugar en el altar. Hemos de preguntarnos con sinceridad: ¿Buscamos la gloria de Cristo o buscamos, más bien, nuestro brillo y seguridad…?

En suma, hermanos, para ser concretos y con la teología más sencilla y simple: En el cielo no hay santos, todos son hijos de Dios, gozando de la presencia infinita de un Dios que colma de felicidad como aquí no podemos imaginar.

En el cielo no hay religiones: judíos, protestantes, ortodoxos…

En el cielo no hay Antiguo ni Nuevo Testamento.

En el cielo no hay pasado, como para decir: yo fui asesino, yo fui adúltero, yo fui ladrón. Todo aquello ha quedado destruido por el poder infinito de Dios, y, como anuncia el Apocalipsis: He aquí que yo hago un mundo nuevo.

 

Segundo mensaje: Todos los Santos nos abre a una misteriosa dulzura interior al poder compartir la familiaridad con todos los Bienaventurados del cielo; el cielo es hoy y ya nuestra patria, nuestra morada espiritual.

 

Ahora les pido que, de alguna manera olviden todo lo dicho (sin que renuncie a la verdad de ello) para pasar a otra consideración muy distinta. El cielo es nuestra morada. Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios, escribió Pablo a los Colosenses. Si vivimos “en Cristo Jesús”, vivimos donde él vive, y disfrutamos de lo que él goza.

Hermanos, hay un pensamiento que invade mi corazón, que vivifica todo mi ser, que le da una respiración distinta. El pensamiento es este: La Iglesia es santa, la del cielo y la de la tierra.

Me pueden decir los periodistas con su arte, con sus investigaciones, y hasta con su malicia, que la Iglesia es una miseria. No niego que este caso lamentable, y este otro y este otro… sean tristemente lo que hayan sido. No niego mis propias miserias, que no las voy a ventear ante nadie, pero mi amor a Jesús supera infinitamente todas mis miserias, y yo me puedo ver en esa aureola de santidad que envuelve a la Iglesia y que llega hasta a mí.

Cuando digo que yo quiero ser santo, como me enseñaron de pequeño en el Seminario: “capuchino, misionero y santo” – no estoy diciendo una veleidad. Esto bajando al fondo de mi ser, que lo veo transfigurado en Cristo. Jesús es el amor de mi vida, él es santo, el único santo, y él me ha contagiado de misericordia y santidad. Estoy diciendo una verdad primaria, que transforma absolutamente todo lo negativo que otros y yo mismo pueda decir de mí.

Y es muy hermoso complacerse con la Iglesia que es santa, y que con mis propios ojos la he visto en torno a mí. Como anecdotario, puedo decir que he escrito la vida de varios santos, y para ello no he precisado ir a buscarlos a un país remoto y a siglos pretéritos. Son hombres de mi entorno, de mi propia provincia religiosa.

La Iglesia es santa, y ese pensamiento, convertido en experiencia propia, es una unción que atraviesa cuerpo y alma.

Pues si hoy nos trasladamos al cielo y vemos que allí está nuestra patria, que dentro de poco vamos a estar en el mismo lugar, podemos gozar de la santidad de nuestros hermanos que nos han precedido en el camino.

Creemos en la comunión de los santos y la santidad de ellos es bien para compartirlo y disfrutarlo. Porque esa santidad de ellos es la corona de Jesús. Lo que estamos celebrando es, en el fondo, a Jesús, corona de todos los santos.

 

Tercer mensaje: Yo quiero ser santo y seré santo

 

Hablo en personal, porque necesito que mi lenguaje sea concreto. Pero lo que digo lo digo como mensaje y entrega para cuantos me escuchan. Yo quiero ser santo; que dicho con otro lenguaje es: Tú quieres ser santo, tú quieres ser santa.

Ser santo es hacer en todo momento la voluntad de Dios, lo que veo en mi vida como voluntad de Dios, mi Padre.

Hermanos, no pensemos que sea un lenguaje obsoleto hablar de santidad. Acaso los sacerdotes lo hayamos dejado a un lado como “lenguaje”, lo cual no está bien. Los lenguajes pueden ir cambiando como las modas, eso es verdad; pero el lenguaje humano apunta a unos contenidos, y el contenido de la santidad es ni más ni menos que mi propia vida.

Hoy el lenguaje de la santidad ha adquirido unos perfiles que antes en los respectivos quehaceres no los tenían, porque hoy hemos sabido unir la santidad con la profesionalidad. ¡Qué hermoso el día que pongamos en los altares a un político, como se ha de poner! Estaríamos muy equivocados si pensáramos que, por una convención tácitamente admitidas, en el Congreso se puede utilizar el insulto como lenguaje de diálogo, y que el aludido pueda devolverme su respuesta con el mismo tono. Eso sería demoníaco. Pero tristemente así circulan las anécdotas. Un político santo jamás se permitirá una palabra que sea ofensiva.

Hace unos pocos años, en 2018, el Papa escribía una exhortación “sobre el llamado a la santidad en el mundo actual””. No ha tenido el mismo eco que otras encíclicas…, pero de ninguna manera es menos importante; acaso sea más: “Gaudete et Exsultate (Alegraos y exultad). Exhortación Apostólica sobre el llamado a la Santidad en el mundo actual” (Fechada el día de san José de 2018).

Una cita al azar: “Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso”.

Una de las partes de esta Exhortación apostólica está dedicada a las Bienaventuranzas, que el Papa explica con detalle. Justamente el Evangelio de las Bienaventuranzas es el Evangelio elegido para esta solemnidad. Las Bienaventuranzas, hermanos, como tantas veces hemos explicado son las exclamaciones que Jesús pronuncia al ver las maravillas que Dios está haciendo.

Que un hombre sea Bienaventurado por ser pobre es un  milagro que solo Dios puede hacer, y, en efecto, Dios lo hace. El pobre es aquel que tiene a Dios como riqueza suya, y desde ahí ordena su vida. Es lo que Jesús ve delante de la gente sencilla que tiene ahí. Verdaderamente son pobres de Dios, pobres de Espíritu. Y así cada una de las ocho bienaventuranzas. Solo Dios puede darnos un corazón puro, un corazón misericordioso. Ese es el camino de la felicidad, el camino de las Bienaventuranzas.

Día de Todos los Santos, día de alegría espiritual. La santidad es nuestro camino y destino. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto, nos ha dicho Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,48). Una frase que en san Lucas la encontramos de este modo: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso  (Lc 6,36). Dios, solo Dios, y nadie más, es nuestra norma de conducta.

Este es el camino de nuestra santidad, el más bello, el mejor. Y si el Señor  nos invita es porque él nos lo hace posible.

De todo corazón se lo pido al Señor para mí y para todos ustedes.

A todos, ¡Paz y Bien! Y santa alegría.

 

Cuautitlán Izcalli, Todos los Santos 2022.