Jesús y la resurrección de los muertos
Lc 20,27-38
Texto evangélico:
27 Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: 28 «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. 29 Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. 30 El segundo 31 y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. 32 Por último, también murió la mujer. 33 Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». 34 Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, 35 pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. 36 Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
37 Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. 38 No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».
Hermanos:
1. Estamos en el mes de noviembre, y muchos pensamientos cruzan por nuestra mente. Mes de noviembre, mes de los muertos. Vuelven los seres queridos que nos han dejado, y cada uno es una historia que nos dice más que las predicaciones. Aquellos han entrado ya en la región del olvido, que para nosotros, cristianos, es la región de la vida eterna, de las verdades eternas.
El Evangelio de hoy nos presenta una escena, entre seria y cómica, que, en este sentido, tiene algo de las “Katrinas” – con respeto – de esta tierra de México, que celebra altares de muertos y festejos muy divertidos, folklore y religión, la gracia y la broma, el recuerdo y de la emoción, todo junto. De los muertos podemos hacer concursos artísticos y rosario de oraciones. Y tantas veces no sabemos dónde termina la broma, en un video que te envían de un esqueleto andando en bicicleta o bailando y espantando a la gente, y dónde está esa soberana verdad de que un día mi vida ha de acabar, y tendré que dar cuenta a mi Creador y Padre.
2. San Lucas, como otras veces, al principio del relato pone una frase para que sepamos de qué va la cosa y no nos confundamos. Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección. Y le presentan un asunto de resurrección: la mujer que tuvo siete maridos, todos ellos hermanos, que se fueron casando con la misma viuda, al paso que ellos morían, porque todos ellos querían dar herencia familiar, al apellido de su hermano, el primero.
Pues es verdad que esto puede suceder, y es verdad la pregunta final: ¿Con cuál de los maridos se va a quedar?
La respuesta de Jesús es cortante, tajante, que deja sin palabra a los objetores. En el cielo no hay marido o mujer, en el cielo no hay tablas genealógicas, en el cielo nadie se tiene que casar para tener una hermosa descendencia. La pregunta ha rebotado; el problema que me habéis presentado es totalmente falso.
3. El cielo, hermanos, no es la continuación de la tierra, como si nuestra tierra fuese el referente de la perfección de los hombres. Aquí se abre un torrente de luz para pensar qué puede ser el cielo, en consonancia con aquello de que “ni ojo vio, ni oído oyó… lo que Dios tiene preparado para los que le aman”. Cuando Isaías escribió estas frases y las repitió san Pablo, ninguno de los dos, pensaba precisamente en describirnos las delicias del Paraíso. Nos hablaban del amor sorprendente de Dios que, ya en esta vida, hacen maravillas que nosotros no podemos alcanzar.
El cielo, hermanos, es ver a Dios, vivir con Dios para siempre, participar en el mismo gozo infinito de Dios. He aquí que hago un mundo nuevo, decía Dios al final del Apocalipsis. El cielo es el mundo nuevo que nos aguarda.
Y por eso, decíamos el día pasado, hablando de Todos los Santos: En el cielo, hermanos, no hay Santos. Los altares que nosotros podemos, los retablos de los santos, de San Francisco, de san Antonio, de santa Teresa, de santa Faustina…, de todos los miles de santos del Calendario, del Santoral, de los siglos pasados y de hoy, todos esos altares habrán caído, porque en el cielo no hay santos, sino que seremos más que “santos”, seremos pura y simplemente hijos de Dios. No habrá profetas, ni papas, ni mártires, ni justos ni pecadores, ni católicos ni protestante, ni judíos ni musulmanes.
4. Dios será todo en todos. No hace falta destrozar la imaginación para saber qué será el cielo que esperamos.
Pero ¿es que en el cielo no estarán nuestros familiares – padres y hermanos – los amigos más amigos que hemos tenido en la tierra? Sí, hermanos, pero de una manera distinta e infinitamente superior a lo que puede alcanzar nuestra imaginación.
Por eso Jesús contradice al saduceo, que no cree en esa vida futura en cuerpo y alma: en el cielo no existe ese matrimonio que en la tierra es necesario para la procreación; no se casarán los hombres, no tomarán maridos las mujeres. Seremos todos hijos de Dios, seremos como ángeles.
No habrá luto ni dolor. Solo habrá alegría, paz y alabanza, y esto por toda la eternidad.
Y esa vida del cielo, a al que estamos destinados, ha de orientar, ya desde ahora la vida de la tierra. Un célebre Premio Nobel, muy aceptado por la Juventud, definía así qué es la vida:
“Creo que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Soy un ateo. Creo en un dios personal, el cual es la consciencia, y eso a lo que tenemos que rendir cuentas cada día” (Entrevista en una revista cubana, Mario Benedetti, 1920-2009; véase en Internet).
Hermanos, la conciencia personal no basta para ordenar la vida del hombre, que ha de estar abiertos Dios, la Trascendencia, y a la inmanencia de su propio corazón. Estos días, del 3 al 6, el Papa está en Baréin, en este Foro Mundial de entendimiento entre Oriente y Occidente, y hoy, viernes, en la Conclusión del Foro decía estas frases:
Hablando de la educación: “…En primer lugar, la oración, que toca el corazón del hombre. En realidad, los dramas que sufrimos y las peligrosas laceraciones que experimentamos, «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano» (Gaudium et spes, 10). Allí está la raíz. Y, por lo tanto, el mayor peligro no reside en las cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones, sino en la inclinación del ser humano a cerrarse en la inmanencia del propio yo, del propio grupo, de los propios intereses mezquinos. No es un defecto de nuestra época, existe desde que el hombre es hombre, pero con la ayuda de Dios es posible dominarlo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 166).
He de concluir.
El cielo es nuestra patria. Y allí tenemos una nube de testigos que nos han precedido en el camino y que nos pueden ayudar, fijos siempre los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe.
Señor Jesús, creemos en tu santa resurrección. Creemos que estamos destinados a vivir contigo y a disfrutar de tu propia gloria. Guárdanos en esta fe, y haz que el pensamiento del cielo, de la resurrección, llene de alegría nuestra vida y la vida de cuantos nos rodean. A ti la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Cuautitlán Izcalli, viernes, 4 noviembre 2022.