Homilía para el domingo V de Pascua,
ciclo C,
sobre Jn 13,31-35
Texto
evangélico:
Cuando
salió (Judas) dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es
glorificado en él.
Si
Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo
glorificará.
Hijitos,
me queda poco de estar con vosotros (…).
Os
doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros;
Como
yo os he amado, amaos también unos a otros.
En
esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”
Hermanos:
1. Hemos avanzado
en el tiempo pascual, el más hermoso del año, porque este tiempo nos introduce
de un modo sobrenatural en ese tiempo de Jesús, en el que hoy está viviendo, que
prepara la meta final de nuestro destino. Las semanas últimas, a partir de hoy
(V domingo de Pascua), la Iglesia entra en el Cenáculo con Jesús, para escuchar
en la intimidad del amor esas palabras de despedida, ungidas de algo muy
especial que se percibe y como que sensitivamente se palpa. Palabras de despedida,
porque Jesús se va; palabras de bienvenida a la Iglesia que va a empezar su
ruta en el mundo. Palabras de consolación, palabras de aliento para un camino
de siglos, de milenios que la Comunidad de Jesús va abrir en la tierra; palabras
en las cuales Jesús, el Señor, nos promete el envío del Espíritu Santo, alma sustentante
de la Iglesia.
2. El breve
pasaje de hoy – 5 versículos – habla de dos cosas: de la gloria y del amor.
Justo cuando
salió Judas – y “era de noche”, nos ha advertido el evangelista – se rompe una
presión que retenía las palabras, y Jesús puede hablar a corazón abierto.
Habla de la
gloria de Dios y de su gloria. Ese mortal misterio de la cruz no es un negro
misterio; al contrario, es un misterio luz. Y es una luz que estalla en la
comunión dulcísima, infinitamente amable del Padre y del Hijo. Ahora va a ser
glorificado Dios. En la historia universal nunca había sido glorificado de este
modo; ahora sí, esta es la hora de Dios. Dios, el todo santo, va a resplandecer
de gloria; pero esa gloria de Dios va a ser gloria del Hijo. Jesús es gloria,
el reverbero de la gloria de Dios, y la Pascua es el tiempo sacramental para navegar
sin riberas por estos rumbos de la gloria que Dios, que es la felicidad de Dios
y la felicidad humana.
El hombre ha
nacido para esta gloria y felicidad. No puede renunciar a ella; sería negarse
uno a sí mismo. No hay acto que yo realice, no hay vida que salga de mí mismo,
que no aspire a esto: a esa gloria y felicidad, para la que sustantivamente
hemos sido creados. La gloria de Dios es la medida del hombre; el destino
humano. Y pronto llegará el día – pues la vida es frágil y corre velozmente
hacia la eternidad – en que yo veré a Dios cara a cara y entraré en esa gloria
de la que Jesús ha hablado en la víspera de su Pasión.
3. Y Jesús habla
también de un mandamiento que él nos deja. Es su mandamiento, porque no tiene otro.
Son las letras de oro que Jesús deja a su Iglesia. Y lo dice de dos maneras:
La primera: que os améis unos a otros.
La segunda, que
es repetir la primera poniéndola en su propia órbita: Como yo os he amado, amaos también unos a otros.
He aquí, pues, la
clave que nos da el sentido del amor. El amor es la sustancia de la Iglesia, y
no hay nada que pueda sustituir al amor. El amor es el tejido social que nos compagina
a todos, que nos estrecha e iguala a todos, que nos adentra en la más noble
intimidad de la vida.
Ahora bien, ¿qué
amor? El eco sigue resonando: Como yo os
he amado…, Como yo os he amado…
4. Es bello y
provechoso acudir a las páginas más bellas del amor que se hayan escrito en los
anales humanos para apreciarlas en su belleza y compararlas luego con las que Jesús
pronuncia, anticipo de lo que va a acontecer. Citaré una tan solo.
En el siglo IV antes
de Jesucristo, cuando Grecia brillaba en su máximo esplendor, vivió el filósofo
Aristóteles, algo después de Platón y de Sócrates. Era el siglo de Filipo II de
Macedonia, padre de Alejandro Magno. Una de las obras de plenitud del inconmensurable
Aristóteles fue la Ética a Nicómaco. Acaso Nicómaco era su propio hijo. Obra de
madurez y de las cosas más bellas que ah escrito el Filósofo.
El libro VIII y
IX lo dedica a la amistad. Y comienza así: “Después
de esto podríamos continuar tratando de la amistad. Es, en efecto, una virtud o
va acompañada de virtud, y, además es lo más necesario para la vida. Sin amigos
nadie querría vivir, aunque poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los
que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos”. Y
luego, en múltiples capítulos, va analizando todos los recovecos de la amistad,
porque hay una amistad motivada por el placer, y esa es muy movediza. Hay otra
amistad motivada por la utilidad, y también esa es muy pasajera. Pero hay otra
amistad que nace del deseo más noble: el bien de la persona a quien se ama, y
esto con un sentimiento recíproco. Esto es la obra más bella que existe en el
mundo. Páginas inmortales de un gran filósofo, cuyo valor llega hasta nosotros
después de 24 siglos (lapsus en el video, diciendo 14) y leemos estos textos con deleite del pensamiento y fruición
del corazón.
Pero nosotros,
cristianos, tenemos estos textos admirables como una especie de peana, para
saber ahora cuál es ese amor y amistad de que Jesús nos habla, y nos deja en
herencia.
5. Efectivamente,
los espíritus más nobles han puesto el amor como el supremo objetivo humano. Esto
pertenece sin duda la Filosofía, esto pertenece a la religión de Israel; esto pertenece
al Islam. El amor, que tiene esta vertiente necesaria en la misericordia, en la
ayuda desinteresada al que lo necesita, es el escalón más alto de la aventura
humana. Por ello, cuando estos días desde aquí, desde este Nuevo Mundo que es México
en esta Aldea Global, yo seguía los avatares de la ley del “matrimonio para
todos” (es decir, matrimonio gay y similares uniones) que se ha aprobado en
Francia, decimocuarto país, que acepta tal legislación (España fue el tercero)
como conquista de nuevos derecho, yo pensaba con tristeza: Dios mío, ¿a qué
llamamos amor? ¡Qué desolación que países forjadores de gran cultura, fragua de
espíritus selectos, se lancen por esos derroteros que llevan al vacío…!
6. Pero volvamos
a ese amor que Jesús deja en herencia. Como
yo os he amado…, Como yo os he amado…
La Torá de Moisés
había dicho: Amarás a tu prójimo como a
ti mismo. Se refería al pueblo de Israel.
Jesús, al dejar
su mandamiento, no repite lo mismo. Es un mandamiento nuevo, para crear un
pueblo nuevo.
Como
yo os he amado. Nuestro
amor de hermanos enlaza con la Trinidad. Es el amor que el Padre ha tenido al Hijo
y el Hijo devuelve al Padre; es el amor que el Espíritu Santo ha sembrado en el
corazón de Jesús. Es el beso del amor divino que va a acariciar a la Iglesia,
como primicia del mundo.
Jesús está
hablando ciertamente al grupo de los suyos; pero a esta familia están
convocados todos los seres humanos.
Sencillamente Cristo
quiere introducir en el mundo el reino del amor, un amor que nunca se había
gustado así.
Como
yo os he amado.
Señor Jesús. Amén.
Guadalajara, Jalisco,
miércoles, 24 de abril de 2013.