Gracias,
mi santa madre Iglesia
A los 50 años de constitución dogmática
Lumen gentium, sobre la Iglesia
21 noviembre 1964 – 2 noviembre
2014
Dentro de unos días
Dentro de unos días, el 21 de noviembre, memoria de la
Presentación de la Virgen María, se cumplen 50 años de la fecha en que fue
promulgada la constitución dogmática sobre la Iglesia, titulada, por sus primeras
palabras “Lumen Gentium” (Luz de las gentes).
Para quienes amamos a la Iglesia como madre y miramos
la vida con cierto panorama este recuerdo es más que recuerdo; es parte de
nuestra vida que remueve muchos sentimientos.
Ha sido justamente el cura joven de mi pueblo, Javi
(don Javier Martín Martija), querido por todos, quien semanalmente nos zarandea
a las “misioneras” y “misioneros” del pueblo regados por el mundo, enviándonos
la Hoja parroquial, el que me ha suscitado estas vivencias. Nos cuenta lo que
pasa, y desde la India a México, pasando por Uruguay, Venezuela, Ecuador y Cuba
escribe a José María Heredero misionero (y muy veterano), Rufino María Grández
misionero, Roque Grández misionero, Luisa Fernández misionera, Santiago
Fernández misionero, Tere Fernández misionera, Carlos Bernal misionero, Lidia
Fernández misionera.
Hoy nos dice:
En la primera página de la HOJA de esta semana
hablo de los 50 años que cumple esta semana la LUMEN GENTIUM... ese documento
que dio la vuelta a la manera de entender la Iglesia... aún nos queda tiempo
para acabar de asimilarlo y de hacerlo vida.
Y comentamos los 50 años de la advocación mariana
"María, Madre de la Iglesia"... ¡¡Que nuestra Madre, la Virgen del
Burgo os bendigaaaaaa y nos bendiga a todos!!!
Gracias, Javi; aunque, callados, sabes que estamos en
la brecha, por Jesús, por su Reino, por su divina utopía que sustenta nuestra
vida. Y con una ilusión siempre mayor, sí por cierto.
Aquel día, hace cincuenta años, yo tuve un inmenso
gozo y me place revivirlo. Tenía 27 años, cuatro y medio de sacerdote, y recién
estrenaba mi grato oficio de profesor de Sagrada Escritura en Pamplona, en un
Teologado de capuchinos de unos cuarenta alumnos…
Todo aquello lo vivíamos con pasión, con el ardor de
la juventud. Se trataba de nuestra Madre, la Iglesia.
Hoy vuelvo sobre entonces y tengo entre mis libros el Diario del Concilio,
de Jacinto Argaya, obispo, editado muchos años después…, en 2008 (Jacinto Argaya, Diario del Concilio.
Edición y notas de
Xavier Basurko y José María Zunzunegui. Publicaciones Idatz, San Sebastián
2008, 625 páginas). Hay que saber que este obispo asistió a las 168
congregaciones generales de las cuatro sesiones del Concilio (1962-1965), sin
faltar a una sola. Al final de la Introducción escribe. “Lo que en el Concilio
vi, oí y viví es lo que con fidelidad transcribo en estas memorias, sin otro
objetivo que el de servir a la Iglesia con entero amor” (p. 26).
Es que, además, don Jacinto no solo escribió su propio
diario, sino que recopiló todo lo que pudo – cualquier papel que se repartía –
y en la actualidad 134 volúmenes encuadernados en rojo, cada uno con su propio
índice del contenido, dan fe en la Biblioteca del Seminario de San Sebastián
del Archivo
conciliar de don Jacinto Argaya.
¡Qué libro más interesante el de su Diario, que
da testimonio sincero, por hablar en lenguaje casero – de todo lo que allí se
iba cociendo, y constatando siempre que, al final, la Providencia ponía su
firma!
Aquel 21 de noviembre de 1964
Sigamos con don Jacinto Argaya, que era hermano de un
capuchino, sencillo y querido P. Carlos Argaya (1905-2000). Casa natal de ambos
hermanos en Vera de Bidasoa (Navarra). Don Jacinto había nacido en 1903, y
durante los años del Concilio era obispo de Mondoñedo (Galicia) y de allí pasó
a ser obispo de San Sebastián en 1968 hasta su jubilación en 1979.
El día 21 de noviembre de 1964 se aprobó con un sí
rotundo la constitución sobre la Iglesia: 2.151 votos a favor, 5 en contra.
Realmente comenzaba una era nueva en la Iglesia. El episcopado español, en sí
de valía, andaba rezagado y disperso… Hombres como Argaya vivían los debates y
preocupaciones del momento; así el tema de la “libertad religiosa” que se
postergaba para la sesión siguiente, tema candente en España y más ante el declive
del general Franco, que se veía venir.
Este documento sobre la Iglesia sería la base de otras
constitución, llamada “constitución pastoral” sobre la Iglesia en el mundo. El
teólogo Congar la anhelaba como “la tierra de promisión”; es expresión suya.
Los teólogos peleaban entre sí, y, por ejemplo, el
título de “Mater Ecclesiae” no logró pasar al texto de votación (por razones
que no es del caso examinar aquí). No obstante, el Papa Pablo VI lo asumió y
por su autoridad personal lo proclamó en el discurso conclusivo de la sesión,
con el aplauso aquiescente del colegio episcopal.
Es interesante, y animado, recuperar lo que entonces
se decía y se vivía. Traslado aquí la página de la vuelta de la sesión el
Concilio, al día siguiente de estos acontecimientos.
Regreso a España.- El día 22, por
ferrocarril, emprendo mi viaje de regreso de Roma a España. Viajan en el mismo
tren mons. Garrone (Toulouse) y mons. Puech (Carcasona), excelentes amigos
míos. En el mismo vagón viajan también: mons. García Goldáraz (Valladolid),
mons. Gúrpide (Bilbao), mons. Bascuñana (Solsona) y mons. Rendeiro
(Faro-Portugal).
A lo largo del viaje,
comentamos las declaraciones hechas a la prensa por mons. Helder Cámara
(Recife-Brasil). Este discutido prelado, preconiza lo siguiente: Constitución
de un senado de la Iglesia universal compuesto por cardenales, patriarcas y
representantes de cada Conferencia nacional de obispos. Sería convocada a lo
menos una vez al año. Uno de sus cometidos será la elección de nuevo Papa. La
Curia romana será órgano ejecutivo del Papa, del senado episcopal y de las
comisiones postconciliares. Los obispos somos los sucesores de los Apóstoles;
pero ¿quiénes serán los sucesores de los profetas y doctores? ¿No serán, acaso,
los teólogos, investigadores, sacerdotes y laicos señalados? En su acción
misional -sigue diciendo el mismo obispo- debe la Iglesia huir de toda especie
de paternalismo y de colonialismo espiritual. Debe revisarse el Índice de
libros prohibidos, y conceder un gran perdón o jubileo para todas las censuras,
con ocasión del Concilio. En la próxima sesión, debe hacerse por aclamación la
canonización de Juan XXIII.
Interesantes estos
puntos de vista del discutido prelado brasileño. De él tengo un grato recuerdo.
A mi simple petición, me entregó para mi archivo conciliar todo el material,
muy cuantioso, que el poseía en Roma.
Realizado felizmente el
viaje, en Hendaya me espera mi hermana Pilar. En casa encuentro a mi santa
madre que con sus 88 años va tirando bien.
Al día siguiente
emprendo viaje a Mondoñedo, llegando por la tarde. Visito a la patrona de la
diócesis, la Virgen de los Remedios. Seguidamente, en el Seminario, doy a
seminaristas y superiores una larga impresión del Concilio. El día 27 les
dirijo otra charla relacionada con el esquema de Seminarios”.
Una persona de mi
generación ante esta nueva imagen de Iglesia
Los de mi generación,
los que queríamos estar en el hoy de la Iglesia, vivíamos lo que iba trayendo
el Concilio, con sorpresa sí, pero sin trauma. Y ciertamente que en el campo
intelectual la teología nueva, que nos iba inoculando el Concilio, dilataba más
y más el corazón. Para uno de mi formación ¿qué traía el Concilio? Una
esperanza sin límites, a saber
- una Biblia releída
- una fe repensada
- una fe celebrada.
Todo era igual, si
pensamos que el Concilio no reprobaba una herejía nueva, no alumbraba nuevas
verdades y bebía de la tradición pura de la Iglesia. Y al mismo tiempo todo era
distinto, todo cobraba una frescura original.
Luego hemos sufrido – y
mucho – al ver cómo ciertos valores, apoyados en elocuentes palabras que
fascinan pero que en el fondo no te convencen, se iban desmoronando, valores
que eran monumentos que nos sustentaban. ¿Cómo no sufrir al ver el deterioro progresivo
que va teniendo la vida religiosa, que es mi casa..., al comprobar que los
mayores, beneméritos, van llenando nuestras pacíficas enfermerías, al tiempo
que no se ve el relevo de los jóvenes?
Esto ha venido por el
Concilio, pero no ciertamente de las palabras genuinas del Concilio, si sabemos
leer con la sabiduría de Dios.
El que lee el Concilio,
y se deja conducir por él mismo, no por ningún teólogo queda enamorado de la
Iglesia
Qué es lo que me gusta
de la Iglesia para estar enamorado de ella
1. Lo primero y
esencial es que la iglesia sea la comunidad de Jesús: son dos realidades
inseparables, del todo inseparables. No existiría Jesús, si no existiese la
Iglesia que nos lo ha entregado. La Iglesia entrega a Jesús no como el
mensajero portador entrega su mensajería; nos lo entrega viviéndolo, siendo
ella misma Jesús transparentado.
Cuanto más nos
adentramos en la Biblia esto es más que obvio.
Jesús ha nacido de la
Iglesia, pues la Iglesia es su casa y en ella se nos ha dado a conocer.
Cualquier frase del Evangelio me lo está diciendo. Todas, todas son un latido
de la Iglesia.
Pero si ese Jesús
anunciado no fuera el fondo viviente de la Iglesia, ayer, hoy y siempre, la
Iglesia sería una creación vaporosa de nuestra fantasía.
Esta visión mística de
la Iglesia es radical y radial para amarla. Es la visión de las Cartas de la
cautividad: la Iglesia, amada de Dios, esposa de Cristo.
Hay otra visión que
balancea esta, que el Concilio la ha asumido: la iglesia pueblo peregrinante de
Dios. Aquí estoy yo, que, siendo Iglesia, soy iglesia en camino, con la tara de
mis pecados que yo mismo, el primero, observo y lamento. No importa. La iglesia
planeada por Dios vence a esta Iglesia partícipe de mis miserias.
2. Me enamoro de la
Iglesia porque la Iglesia es la santa humanidad de Jesucristo. Al decir
“humanidad de Jesucristo” doy testimonio de mi propia humanidad, que él ha
asumido. Toda raza, toda cultura, toda miseria, toda grandeza pertenece a esta
humanidad, amasijo de mi ser. Por esto es bella la Iglesia, porque no me alejo
de mí mismo si le amo a ella. En ella me encuentro y reencuentro, yo, pecador.
3. Amo a la Iglesia
porque yo soy un enriquecido de una tradición sedimentada en mí, y yo mismo
quiero ser un tesoro para la Iglesia. Mi forma de pensar no se ha generado
de la nada; ha venido de un humus que se me ha dado. Es toda la tradición que
me sustenta, tanto que puedo afrontar el riego infinito de la eternidad, de mi
destino eterno, desde base que me configura, mi ser Iglesia. A la hora de la muerte,
por la fe, me entregaré en paz del Dios en quien creo y que mis ojos no lo han
visto, pero mi corazón gravita en él.
De la Iglesia arranca la
última posibilidad de mi ser. Pero, al mismo tiempo, si bien no sé
precisar el detalle, yo mismo soy un tesoro para la Iglesia, una posibilidad
con la que mi Dios Creador, mi Jesús Redentor, cuenta.
4. La Iglesia es mi
apertura al mundo.
El Concilio nos ha hecho vibrar ante todo lo humano. Todo lo humano está
divinizado pro el misterio de la Encarnación. La verdadera Iglesia de Jesús, la
que uno intuye al leer las santas Escrituras, y como más allá de la Escritura,
es la que abraza al mundo.
Y no pienso solo en
todos los católicos, en todos los cristianos, sino que pienso en todos los que
buscan a Dios, e incluso en todos los que no lo buscan e incluso lo
rechazan. La Iglesia, como Alianza de amor, es justamente apertura a toda
religión. Nadie puede saber el rumbo de las religiones en el futuro. Acaso el
fenómeno religioso de la multiplicidad de religiones persista hasta el fin del
mundo; al parecer, sí, No será un fracaso de la Encarnación, sino una forma
misma de condescendencia divina, que la Iglesia me enseña. La Iglesia, sin
proselitismo, desde su silencio y amor, está destinada a ser en la
peregrinación humana, el elemento emanante y conglutinante que lleva el hombre
a Dios.
5. Amo a la Iglesia por
su interioridad.
María es el sacramento de la interioridad de la Iglesia. Me agrada que sea el
capítulo que corona la constitución de la Iglesia. La constitución tiene frases
sorprendentes cuando habla de María; avanza por la vía del amor y en el amor
descubre a la madre de Jesús y madre nuestra. Dice la Lumen Gentium, a
propósito de la acción y presencia intercesora de María. “La Iglesia no duda en
confesar esta función subordinada de María, la experimenta
continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados
en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y
Salvador” (n. 62).
Nadie podrá demostrar
nunca esta acción intercesora de María, la Madre. Está ahí, descubierta por el
camino del amor. Es que estamos metidos de lleno en la Iglesia del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo.
¿Qué más decir…? Si esto
es no más que un balbuceo a borbotones para que no se le quite la palabra al
corazón, sin ordenar, sin estructurar ideas, como en ejercicio de cátedra…
Así veo la Iglesia,
desde el latido del Concilio, y en esta Iglesia deseo vivir y morir hasta que
el pecho rinda su último respiro.
Guadalajara, Jal,, 18
noviembre 2014