Homilía para el Día de Navidad
Texto
evangélico:
En
el principio existía el Verbo,
y
el Verbo estaba junto a Dios,
y
el Verbo era Dios.
Este
estaba en el principio junto a Dios.
Por
medio de él se hizo todo,
y
sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En
él estaba la vida,
y
la vida era la luz de los hombres.
Y
la luz brilla en la tiniebla,
y
la tiniebla no lo recibió.
Surgió
un hombre enviado por Dios,
que
se llamaba Juan:
este
venía como testigo,
para
dar testimonio de la luz,
para
que todos creyeran por medio de él.
No
era él la luz,
sino
el que daba testimonio de la luz.
El
Verbo era la luz verdadera,
Que
alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En
el mundo estaba;
el
mundo se hizo por medio de él,
y
el mundo no lo conoció.
Vino
a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero
a cuantos lo recibieron,
les
dio poder de ser hijos de Dios,
a
los que creen en su nombre.
Estos
no han nacido de sangre,
ni
de deseo de carne, ni de deseo de varón,
sino
que han nacido de Dios.
Y
el Verbo se hizo carne
y
habitó entre nosotros,
y
hemos contemplado su gloria:
gloria
como del Unigénito del Padre,
lleno
de gracia y de verdad.
Juan
da testimonio de él
y
grita diciendo: «Este es de quien dije:
El
que viene detrás de mí
se
ha puesto delante de mí,
porque
existía antes que yo».
Pues
de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque
la ley se dio por medio de Moisés,
la
gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
A
Dios nadie lo ha visto jamás:
Dios
unigénito, que está en el seno del Padre,
es
quien lo ha dado a conocer.
Hermanos:
1. El día de Navidad lo celebramos con
tres momentos espirituales: la misa de la medianoche, la misa del alba, la misa
del día, momentos recogidos por distintos Evangelios. El Evangelio proclamado
es el Evangelio solemne de la misa principal del día. Y en torno a él queremos
hacer que suba a Dios nuestra alabanza, nuestra gratitud, nuestra alegría.
¡Feliz Navidad! Es el augurio que nos
hacemos los cristianos, queriendo expresar con ello la gracia infinita que Dios
nos ha hecho al enviarnos a su Hijo amado. Es la felicidad ya derramada, que
empezamos a disfrutarla real y verdaderamente, y que un día alcanzará su
plenitud en el encuentro con Jesucristo en el cielo.
Recordemos aquella palabras de san
Pablo: “ni el ojo vio, ni oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha
preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9). Estos son los bienes espirituales
que Dios nos ha traído al darnos a su Hijo. Y continúa san Pablo: “Y Dios nos
lo ha revelado por el Espíritu, pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo
profundo de Dios” (v. 10).
¡Feliz Navidad!, hermanos, en cristiano
es infinitamente más que ese ¡Felices Fiestas! que nos puede transmitir un
eslogan comercial detrás del cual seguramente no está la Fe que nosotros
celebramos.
Nos felicitamos la santa Navidad de Jesús,
como días de gozo familiar, tan hermoso y entrañable, pero, sobre todo, como
días de contemplación, de exultación, ante el don que Dios nos regala.
2. Un franciscano en Navidad recuerda a
san Francisco. San Francisco de Asís murió el año 1226. El primer biógrafo del
santo cuenta: “Con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable
alegría la del nacimiento del niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en
la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana. Representaba
en su mente imágenes del niño, que besaba con avidez; y la compasión hacia el
niño, que había penetrado en su corazón, le hacía incluso balbucir palabras de
ternura al modo de los niños. Y era este nombre para él como miel y panal en la
boca” (2 Cel 199).
El mismo biógrafo dice a continuación
con qué ternura e ingenuidad vivía san Francisco el misterio: “Quería que en
ese día los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos y que los
bueyes y los asnos tengan más pienso y hierba de lo acostumbrado. «Si llegare a
hablar con el emperador -dijo-, le rogaré que dicte una disposición general por
la que todos los pudientes estén obligados a arrojar trigo y grano por los
caminos, para que en tan gran solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas
alondras, tengan en abundancia»” (n. 200).
3. Reflexionando ahora sobre el
Evangelio que hemos proclamado, ¿qué podremos decir?
Hay una cosa muy sencilla que yo les
quiero comunicar que toca el corazón de este texto sagrado.
Ante todo debemos saber que este pasaje
poético y de lenguaje sublime es la introducción no solamente a todo el Evangelio
de san Juan, sino a todas y cada una de las escenas del Evangelio. Si estamos
en las Bodas de Caná, si estamos en el diálogo de Jesús con la Samaritana, con
Nicodemo, si nos hallamos en las discusiones con los judíos, si presenciamos la
curación del cielo de nacimiento, san Juan evangelista nos está diciendo: No
olvidéis que para entender esto, tenéis que pensar que este Jesús que actúa es el
que Jesús que os he presentado en el Himno inicial del Evangelio. Jesús es el
que es y no puede dejar de serlo para ser otra cosa: es el Verbo de Dios, es el
amor de Dios que se ha entregado al mundo.
4. Por otra parte, hermanos, para
entender este excelso pasaje podemos adoptar dos métodos diferentes:
- uno, el método teológico. Este texto
es la cumbre de la teología y para explicarlo con competencia hacer falta ser
teólogo de altos vuelos; y nunca jamás se acabará de sondear la teología que
aquí se encierra. Es la teología del verbo Encarnado.
- Pero hay otro camino, el camino de una
comprensión sencilla e inmediata, al alcance de todos los que buscan a Dios.
Aquí se nos dice:
Y
el Verbo se hizo carne
y
habitó entre nosotros,
y
hemos contemplado su gloria:
gloria
como del Unigénito del Padre,
lleno
de gracia y de verdad.
Para dejarse invadir de estas verdades
nos hace falta ir a la Universidad y sacar una licenciatura, una maestría, un
doctorado. Pero sí hace falta ser invadido por el Espíritu Santo, que nos diga
al corazón qué es lo que esto significa:
- Dios conmigo.
- Dios a mi lado.
- Dios como una presencia que no me
abandona.
- Dios mi interlocutor inmediato para
todos los días de mi vida.
- Dios que es la gloria, la gracia y la
verdad, que es el todo para mí.
5. Esto es lo que nos anuncia san Juan. Dios
definitivamente hombre. Aquí termina Dios. No habrá nunca una revelación
superior. Dios por los siglos de los siglos hombre como nosotros para
conducirnos a la intimidad con Dios.
6. Señor Jesús, en el niño nacido en Belén
de las entrañas de la Virgen María, te reconozco como mi Dios y como mi
hermano. Salva a toda la familia humana, pues por todos te hiciste hombre; y
concédenos que, viviendo en la tierra todos como hermanos, alcancemos un día tu
compañía en el cielo. Amén.
Guadalajara, 24 diciembre 2014.