Jesús nos dice:
El que come este pan vivirá para siempre
Jn 6,51-58
Error: Este Domingo es XX, no XIX.
Error: Este Domingo es XX, no XIX.
Texto evangélico:
51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el
que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por
la vida del mundo». 52 Disputaban los judíos entre sí: « ¿Cómo
puede este darnos a comer su carne?». 53 Entonces Jesús les
dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre
y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que
come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el
último día. 55 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él. 57 Como el Padre que vive me ha
enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por
mí. 58 Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de
vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para
siempre».
Hermanos:
1. Continuamos nuestras homilías
en torno a la santísima Eucaristía. Dijimos domingos atrás que la escena de la multiplicación
de los panes en san Juan con el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm
se prolongaba durante cinco domingos. Estamos en el cuarto.
Bien podemos pensar que la Eucaristía
es el centro purísimo de la fe.
Si una persona que no
pertenece a nuestra religión, que fuese alguien que busca a Dios con sincero
corazón, si esta persona me preguntara:
- Dime, ¿dónde está el
centro de vuestra fe?, ¿qué es lo que realmente creéis?, ¿en qué se diferencia
vuestra religión de las demás?
Yo le podría responder:
- Bien, porque buscas a Dios
con alma sincera. Dios se deja encontrar de los que le buscan, dicen nuestras Escrituras.
Te puedo dar tres respuestas diferentes, pero cada una de las tres es completas,
y las tres coinciden en la unidad de un mismo mensaje.
2. El centro de nuestra fe
es el misterio insondable de la Santísima Trinidad. El Dios uno y verdadero a
quien adoramos es el Dios Padre, el Dios Hijo, el Dios Espíritu Santo. No son tres
dioses; es un solo Dios. Y este Dios se ha hecho hombre, por el misterio de la
Encarnación, para divinizarnos a
nosotros. Esto es el centro de nuestra fe, y esta es una fe distinta de todas
las creencias que han ido apareciendo en la tierra.
O le podría responder de
otro modo:
- Hermano, el centro de nuestra
fe para los cristianos es que Jesús, Hijo de Dios e Hijo de la Virgen María,
hermano nuestro, ha muerto en la cruz y ha resucitado. La muerte y resurrección
de Jesús el Señor es el Misterio pascual. Este es el puro centro de nuestra fe.
Pero también, y en tercer
lugar, yo le podría responder a esta persona que sinceramente busca a Dios: El
centro de nuestra fe – hermano, hermana – es la Eucaristía. ¿Qué es pues, la Eucaristía?
La Eucaristía no es otra cosa que el misterio pascual, la totalidad de Dios con
el hombre. La amistad de Dios con el hombre, que no solamente le abre con confianza su
corazón, sino que se le entrega total y absolutamente a su criatura. Una
entrega mayor de Dios no acabe.
3. La Eucaristía, hermanos,
no es una devoción sublime, lo más hermoso que existe. La Eucaristía es todo Dios
que se nos entrega a nosotros, que se me entrega a mí, totalmente a mí. Dios,
el Dios santo y encarnado, se me da a mí para que lo coma, para que lo beba y
lo incorpore a mí.
“La Sabiduría se ha hecho una casa, | ha labrado siete columnas;
ha sacrificado víctimas, | ha
mezclado el vino | y ha preparado la mesa.
Ha enviado a sus criados a anunciar
| en los puntos que dominan la ciudad:
Venid a comer de mi pan, | a beber
el vino que he mezclado…” (Pro 9,1-5).
Este es un banquete espiritual de que hablan los libros sagrados.
Jesús no repite este viejo texto sagrado que conocían los judíos. Jesús dice
infinitamente más. El banquete al que somos invitados ya no una mesa preparada;
es él mismo:
Mi carne es verdadera comida, y mi
sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi
sangre habita en mí y yo en él.
4. Hermanos, esto es de locura, esto rompe todos los sublimes conceptos de Dios
que nosotros, humanos, podamos tener. Se trata literalmente de comer y beber a Dios,
para tener dentro de sí mismo la vida de Dios.
La Eucaristía nos transporta a lo más íntimo de la Trinidad.
Escuchen las palabras que siguen a esta declaración:
Como el Padre que vive me ha
enviado,
y yo vivo por el Padre,
así, del mismo modo, el que me
come vivirá por mí.
Ese “así, del mismo modo” trata de establecer una ecuación de igualdad, que
nos transciende en absoluto.
La vida que tiene Dios Creador, el Dios vivo y verdadero con su Hijo, es
esa la misma vida que va a derramarse e infundirse en nosotros, para que el Padre,
el Hijo y yo, seamos uno, y circule la misma sangre entre nosotros. Esa sangre
es el mismo Espíritu de Dios.
La Eucaristía es esto. Y no podemos manipularla y reconvertirla a un acto
de sublime devoción, como si fuéramos nosotros los dueños del misterio revelado.
5. Estamos hablando divinamente del misterio de la Eucaristía, pero –
aunque sea molesto el decirlo, mis queridos hermanos – una llamada de atención,
para no adulterar, no profanar, el sentido íntimo de la Eucaristía. Poner
intenciones a la misa es legal, es legítimo…, pero a nada que nos descuidemos
esto resulta peligrosísimo. Sería blasfemo pensar que Dios distribuye las
gracias según nuestros estipendios, según el número de días, de veces que
nombramos a vivos o difuntos…
Profanamos la Misa cuando convertimos la Eucaristía en un espectáculo,
cuando queremos que cante un tenor o una soprano o un grupo de mariachis…, y
luego no participan en la sagrada Comunión… Pues… ¿para qué cantan? Y los
mismos sacerdotes dejamos que todo esto pase, porque siempre se ha hecho así,
sin llegar a una reflexión compartida con los fieles que verdaderamente aman la
Eucaristía.
6. Hermanos, volvamos al centro. Recordemos lo que ya hemos dicho otras veces:
Anunciamos tu muerte; proclamamos tu
resurrección: ¡Ven Señor Jesús! Esta es la proclamación vibrante que toda
la comunidad hace después de la consagración. Vivamos así la Eucaristía.
Gracias, Jesús, por lo que nos estás diciendo
en el Evangelio sobre la Eucaristía. Concédenos poder celebrar la Eucaristía a
la hora de la muerte. Concédenos celebrar la Eucaristía de cada Domingo como el
don de tu presencia infinita y vivificante, que nos une con el Padre en el Espíritu
Santo. Amén.
Guadalajara, viernes, 17 agosto 2018.