domingo, 28 de marzo de 2021

1563. La Unción en Betania (Jn 12,1-12) - Lunes Santo

 Cuántas veces he pensado

Cada evangelista tiene en su Evangelio una escena de unción: la mujer que unge a Jesús los pies, o la cabeza. Lucas, la unción de la mujer pecadora (Lc 7,36-50), mujer anónima, que no es María la Magdalena (dos versículos después Lc 8,2); Marcos y Mateos, unción de una mujer en la cabeza de Jesús, en la semana final, en Betania, en casa de Simón el  leproso “una mujer” (Mc 14,3-9; Mt 26,6-13); en Juan “seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera” (Jn 12,1-3).

Escena que espiritualmente nos lleva al Cantar de los cantares (Shir Hash-shirim, en hebreo), evocación presente en la aparición en el Huerto (Jn 20). Todo ello nos endereza a entender la vida mediante el secreto de la “via pulchritudinis”.

Cuántas veces he pensado
que la vida es un festín,
que la belleza es lo mío
y en ella debo morir.

Como el festín de Betania,
cuando se fue a despedir,
el Amor de los amigos,
como el juglar va a decir.

Esta divina pureza
san Juan se atrevió a escribir,
porque la vio con sus ojos,
mirada de serafín.

Las lágrimas las dejaba
a quien quiera compartir
con María de Betania
lo que ella vivía allí.

Nardo guardaba la esposa,
que de Oriente llegó aquí,
que Salomón no tenía
entre sus amantes mil.

Para una cena nupcial,
un derroche porque sí,
porque el amor todo amor
es locura y frenesí.

O para una sepultura
de mixturas y alhelí,
para el Cuerpo del Señor
en la roca del jardín.

Llegó María amorosa
y rompió el frasco gentil,
que a nadie nunca en la vida
haría un tributo así.

Y enredó su cabellera
todo su ser femenil
en los pies de aquel Varón
amante para sufrir.

Esposa de sangre fue
primero que el Sanedrín
dictara muerte y condena
al Inocente Rabbí.

Y así la quiso Jesús,
su defensor paladín,
que pobres siempre tendremos
si queremos dividir.

María, amiga del alma,
yo leo “Shir hash-shirim”:
que “Yo soy para mi Amado
y mi Amado es para mí”.

Te alabo como Jesús,
y el perfume en mi nariz,
desde la Cruz me predican
que el que ama…,  es feliz.

Madrid, Domingo de Ramos 2021