La
“parábola del juez y la viuda” del domingo pasado (domingo XXIX, ciclo C),
termina con esta frase: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará
esta fe en la tierra?” (Lc 18,8). ¿De qué fe se trata? De la fe perseverante,
viva y eficaz, la fe de quien ha arriesgado todo, sabiendo que, depositada en
Dios, nuestro Padre, no puede fallar. Es una fe expresada con una catequesis:
el mal ejemplo del “juez injusto” (contradictio in terminis) para que
saquemos, con el mal ejemplo, una buena lección.
En
otros textos la figura es diferente. Suaves y muy dulces nos suenan estas
palabras del Señor: “Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los
gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como
ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros
orad así: Padre nuestro que estás en el
cielo…” (Mt 7,7-9).
Dios
es bueno, el solo bueno, el que siempre da. San Francisco tuvo la ocurrencia de
llamar a Dios el Gran Limosnero. “…No os avergoncéis, que después del pecado
todas las cosas se nos dan como limosna, y el gran Limosnero reparte pródigo
con piadosa clemencia a los que merecen y a los que desmerecen” (2 Celano 77).
La
mejor limosna que Dios nos puede dar, y nos da, es la Fe, una fe que obra por
la caridad.
18
1
Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin
desfallecer. 2 «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni
le importaban los hombres. 3 En aquella ciudad había una viuda que
solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. 4 Por
algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni
temo a Dios ni me importan los hombres, 5 como esta viuda me está
molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a
importunarme”». 6 Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez
injusto; 7 pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman
ante él día y noche?; ¿o les dará largas? 8 Os digo que les hará
justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe
en la tierra?».
Queridos hermanos:
1. Seguimos
escuchando a Jesús que nos habla a través del Evangelio de san Lucas. Hoy en
sus palabras nos va a hacer una pregunta
para que pensemos y demos nuestra respuesta, o, al menos, nuestra opinión. Y
una vez más Jesús va a poner un mal ejemplo para que saquemos una buena
lección. Prestemos atención al aviso con el que el evangelista san Lucas abre
este relato para que nos desviemos del verdadero. Dice el texto sagrado que Jesús
quiere enseñarnos esto: que debemos orar siempre, y de una manera catequética Jesús
nos dice que tenemos que orar a Dios, nuestro Padre, hasta que el cansemos y
nos tronga más remedio que atendernos. Así ha querido humanizar la persona de
nuestro padre celestial.
2. Jesús ha
imaginado un juez. Un juez es una persona respetable y honorable, una persona
que se debe gobernar por los buenos principios, porque si él no es justo no
podrá hacer justicia. Este juez que `pinta Jesús es un juez sin conciencia. No
teme a Dios – no es religioso – ni tampoco le importan los hombres; no es una
persona de criterios rectos, sino uno que va a su negocio y uno en apoyo del
otro que, en lo que puede, se aprovecha de las personas.
Los profetas
acusan con dureza a los jueces que dan sentencias injustas a beneficio de la
política o de ganancias personales. Jesús ha visto la vida con realismo, y ha
tomado de la realidad un mal ejemplo para sacar una lección. Justamente estos
días entre nosotros, a nivel nacional, se habla de estos asuntos, hasta qué
punto la fiscalía y la justicia nacional debe estar condicionada por los partidos
políticos. El poder judicial y el poder político deben ser independientes, y no
puede estar uno en apoyo del otro. La política cambia según los partidos. La
justicia debe reinar según los principios constitucionales de un país. Ahora
bien, no queremos derivar en estos asuntos que sería pasar a otro tema. Tan
solo queríamos señalar que Jesús habla desde la vida, desde lo que un ciudadano
puede observar sobre el abuso de la justicia.
3. Había, pues, en
la ciudad un juez sin escrúpulos, y había en aquella ciudad una viuda de la que
el juez no podía sacar muchas ventajas. Y la viuda, que seguramente era viuda
pobre, le insistía y reclamaba: Hazme justicia frente a mi adversario. El
juez iba dando largas y largas, pero la mujer viuda insistía tercamente:
Resuelve mi caso, hazme justicia.
Y ahora viene la
segunda parte que nos pinta Jesús. Aunque ni temo a Dios ni me importan los
hombres, 5 como esta viuda me está molestando, le voy a hacer
justicia, y así me la quito de encima y acaba de molestarme. Este es un
juez corrupto; no es una digna persona a quien hayamos de imitar.
4. Jesús nos dice
que nos fijemos en la mujer. El que la sigue la persigue y la consigue. Esta
mujer llena hasta el final y consigue que le hagan justicia. Esta mujer tiene
fe, cree en lo que está haciendo y sabe que, al final, saldrá con al suya.
Dice el refrán que
a al tercera va la vencida, y Jesús de alguna manera aplica este refrán a la
oración. Si a la primera nos parece que Dios no nos atiende, no cerremos la
petición, no nos descorazonemos; sigamos pidiendo al Señor. Nos sorprende que Jesús
nos hable con este lenguaje, porque él sabe que el primer interesado de nuestro
bien no somos nosotros, sino Dios, nuestro Padre. En otra ocasión Jesús nos dijo
que Dios sabe lo que nos hace falta, antes de que se lo pidamos, y nos
atenderá.
5. Recordad,
hermanos, aquellas palabras del Sermón de la montaña: Cuando recéis, no
uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho
les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace
falta antes de que lo pidáis. 9 Vosotros orad así “Padre nuestro que estás en
el cielo (Mt 6,7-8).
Jesús nos ha
enseñado que nuestra oración, que nace de la fe, la tenemos que hacer con
absoluta familiaridad y confianza, y esto nos lleva a la plena seguridad de que
Dios, como Padre que es, nos atenderá. Esta es la doctrina de la fe-confianza,
que nunca acabaremos de meditar.
Por eso, no nos
debe despistar esta otra enseñanza que ahora nos inculca el Señor. En la
historia de Israel hay un ejemplo, una imagen que habla más que mil palabras.
Se trata de la historia sagrada, rumbo a la tierra prometida, un pasaje que hoy
recordamos en al primera lectura. Mientras Moisés tenía en alto las manos,
vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec. Y, como le pesaban
los brazos, sus compañeros tomaron una piedra y se la pusieron debajo, para que
se sentase; mientras, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así
resistieron en alto sus brazos hasta la puesta del sol (Ex 17,11-12).
6. Con todo esto
que vamos diciendo, hermanos, hemos de añadir que la enseñanza de Jesús no
termina ahí, sino que ahora viene lo principal, que es la pregunta que Jesús lanzaba
entonces y nos lanza hoy.
Jesús nos asegura que
Dios hará justicia a sus elegidos; más aún: Os digo que les hará justicia
sin tardar. No tendremos que pedir como la viuda de aquella ciudad. Ahora
bien:Pero, cuando venga el Hijo del
hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
“Esta
fe”, dice Jesús; esta fe, a prueba de bomba, esta fe de la mujer que cree y
espera. La forma de hacer la pregunta parece que está incluyendo la respuesta:
-No,
esta fe tan grande, esta fe que arranca árboles, que traslada montañas, esta fe
que es la admiración de cielos y tierra, esta fe que se merece Jesús por todo
lo que ha dicho y hecho por nosotros…, esta fe… ¡qué difícil!
Pues
justamente esta es la fe a la que nos invita Jesús. Y esta es la fe que yo
quiero que encuentre hoy mismo en mi corazón, sin aguardar a su vuelta. Esta es
la fe total que debe gobernar toda mi vida; esta es la fe que nosotros queremos
reavivar cada vez que vinimos a la Eucaristía.
Señor
Jesús, le suplicamos, danos la fe que tú
quieres de nosotros. Danos la fe para pedir al Padre lo que necesitamos, porque
el Padre está deseando concedernos sus bienes. Danos la fe y la confianza que
tú nos has mostrado en el Evangelio. Amén.