viernes, 11 de noviembre de 2022

1.826. Un día me llamaste de la nada – Poema oración ante la muerte

 

 Un día me llamaste de la nada

Hemos puesto en este mes de noviembre – mes de Difuntos – poemas para celebrar este misterio de esperanza cristiana, nuestro tránsito a la Iglesia que nos espera en el cielo, ya convertida en Reino de Dios: “Si es la vida vivir con Cristo vivo” y también “Salvados en esperanza”. Añadimos un tercero, un poema para orar.

Y ocurre que hoy es la Memoria de San Martin de Tours (316-397). El escritor Sulpicio Severo nos deja escrita la vida de este santo admirable. En los párrafos finales nos dice:

“26, 5. ¡Oh varón verdaderamente feliz en quien no existió falsedad alguna! (cf. Jn 1,47; Sal 31,2). A nadie juzgaba, a nadie hacía daño, a nadie devolvía mal por mal. Era tanta su paciencia para soportar todas las injurias que aunque lenía la plenitud del sacerdocio toleraba ser ultrajado hasta por los últimos clérigos, sin castigarlos. Jamás destituyó a alguno por esta razón ni, en cuanto estuvo de su parte, privó a nadie de su caridad”.

27,1. Nadie lo vio jamás airado (cf. Tt 1,7), ni alterado, ni afligido, ni entregándose a la risa. Fue siempre el mismo, con un rostro que denotaba una alegría celestial y que parecía estar más allá de la naturaleza humana. No tenía en sus labios sino a Cristo, 27,2. no tenía en su corazón sino bondad, paz y misericordia”.

En el Oficio de lectura de hoy se recoge el testimonio de cómo fue la muerte de San Martín, recogido el relato de una Carta del mismo Sulpicio Severo.  Allí leemos: “Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezas”. Son palabras que las hemos tomado para el Tránsito de San Francisco: Francisco, pobre y humilde, entra rico en el cielo.

Y lo mismo la bella antífona del Benedictus: ¡Oh varón dichoso, cuya alma posee ya el paraíso! Por ello se alegran los ángeles, se regocijan los arcángeles; y el coro de los santos y la multitud de las vírgenes lo aclaman, diciendo: «Quédate con nosotros para siempre”.

Cuando el Señor nos llame, quisiéramos que nuestro tránsito fuera también con esa paz, con ese abandono, de san Martín, de san Francisco. La Iglesia de la tierra y la del cielo somos una familia.

 

 

Un día me llamaste de la nada

y fui tuyo, oh Dios y Padre bueno,

tuyo para siempre, solo tuyo,

que nadie sino tú pudo ser dueño.

 

Y ahora es el retorno, otra llamada,

para entrar para siempre en tu secreto,

y ser más tuyo en pura intimidad,

de humana creatura a Dios eterno.

 

Me está hablando la fe, que es luz y guía

de un mundo que no entiendo, que es misterio,

y un extraño temblor me paraliza

y a Dios, mi Creador, le tengo miedo.

 

Los mares del amor son infinitos,

y sin saber por qué ese es mi anhelo,

entrar en el océano divino,

y en solo amor-amor, vivir sin sueño.

 

Es tránsito la muerte de un cristiano,

morir acurrucado al dulce pecho

de Cristo que en la cruz por mí moría,

dejando en paz fracasos y proyectos.

 

Morir es el cruzar a la otra orilla,

quizás sin concluir bullicios nuestros,

pero con  un gemido melancólico:

amar… te quise amar hasta el extremo.

 

Y aquí, ya nada queda si te miro;

misericordia solo es lo que espero:

tus ojos, tu ternura son mi herencia,

que así me lo aprendí del Evangelio.

 

Humildemente pido lo que busco:

el paso a la otra orilla muy sereno,

si Cristo va en la barca, navegante,

seguro voy con el mejor barquero.

 

La Iglesia es una; él así lo dijo,

y la Iglesia ha nacido para el Reino;

¿Qué ofreceré? Confianza y abandono

serán por él y en él mi bello obsequio. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, 11 noviembre 2022, memoria de san Martín de Tour

1825. Dom. XXXIII, C – Jesús Mesías y el futuro de su obra

  

Jesús Mesías y el futuro de su obra

Lc 21,5-19 


Texto evangélico:

5 Y como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, 6 Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». 7 Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».

8 Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. 9 Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida». 

9 Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, 11 habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.

12 Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. 13 Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, 15 porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. 16 Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, 17 y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19 con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Hermanos:

1. En la vida de Jesús todos nos encontramos discursos y frases bellísimas que las queremos retener, como cristianos que somos, y que, si llega el caso, las podemos proponer como bandera de nuestra fe, como retrato admirable de ese Jesús que nos ha convencido, y al que le confesamos como nuestro Señor, como el verdadero Dios de nuestra vida. Las Bienaventuranzas, las parábolas del Reino son el mensaje que nos convence, que nos llena de entusiasmo, de paz y de esperanzas.

Y en los mismos Evangelios encontramos otras frases que nos da miedo analizarlas, porque nos parecen muy severas; o que sencillamente no entendemos.

Hoy acabamos de escuchar un párrafo difícil, pero son palabras que dijo el Señor, y que han quedado escritas para nosotros. Por eso, con humildad las debemos afrontar, porque también en ellas el Señor nos espera.

 

2. Estamos en el domingo XXXIII de ese ciclo anual de 34 semanas, excluidos los tiempos especiales de Adviento y de Navidad, de Cuaresma y Pascua. Bien sabemos que el calendario tiene 52 semanas, pero nosotros decimos que con 34 semanas terminamos el ciclo del tiempo ordinario, que será el próximo domingo, dedicado a contemplar a Jesucristo Rey del Universo. Desde el Domingo XIII hemos seguido a Jesús que va camino de Jerusalén. Ya estamos en Jerusalén, y aquí en los días finales de su vida Jesús va a pronunciar unos discursos que miran al futuro, y que llamamos, con palabras técnicas, el Discurso escatológico. San Mateo, San Marcos, San Lucas han recogido estos discursos. Se trata del final de Jerusalén, del final de la historia humana y de la entrada en otra historia de Dios.

Los últimos días de la vida de Jesús están muy centrados en el templo. En una de estas ocasiones, algunos le comentan la maravilla de todo aquello que ven. Escenas así las hemos vivido todos. ¡Qué maravilla esto que estamos viendo!

Y Jesús hace un comentario fatal. El comentario de algo que está viviendo pro dentro, en su corazón: Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.

Recordad lo que nos ha contado el mismo evangelista, lo ocurrido algún día antes: Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, 42 mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. 43 Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, 44 te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita (Lc 19,4-44).

Jesús ha amado a su pueblo y se ha sentido hijo de Israel como nadie. Lo que Jesús está venido en su mente no es un bello edificio que se desploma, poque un conquistador entra en la ciudad y arrasa lo más precioso que tiene. Lo que Jesús está venido es el fracaso de la historia de su pueblo, porque no acaban de aceptarle a él como enviado de Dios.

 

3. Y no es solo eso. Jesús había venido anunciar el Reino de Dios, la Paz de Dios, y a inaugurar la Comunidad del Mesías. Y junto con la ruina de lo mejor que tiene la ciudad santa de Jerusalén, que es su Templo, están contemplando la persecución a la comunidad que él ha iniciado. Y todo por causa de que él se ha confesado a sí mismo como el Mesías. Jesús no está hablando el futuro político de su pueblo; sino de algo incomparablemente más serio: del futuro espiritual.

Las palabras del Señor nos alcanzan a nosotros. os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19 con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Cuando Jesús hablaba de estas cosas, sus discípulos le preguntaron dos cosas: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?

Aquí Jesús habla del fin de la ciudad santa de Jerusalén; en otro capítulo, en el capítulo 17 del mismo Evangelio, nos ha hablado del fin del mundo, todo ello con ese lenguaje misterioso con que en la Biblia y en la literatura de los Judíos se habla de los acontecimientos finales, del juicio último de Dios sobre la historia humana, del Apocalipsis. Pero Jesús no está haciendo pronósticos de un adivinador de los tiempos futuros; está hablando con el misterioso lenguaje de los prietas de Dios. Por eso, en otro pasaje de los Evangelio, hablando de estas cosas, le escuchamos: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mc 13,35-36).

 

4. Lo grave de cuanto estamos escuchando no es que Jesús esté hablando como un espectador de los acontecimientos que han de venir, sino como protagonista que está en acción. Él es el Mesías de Israel, y por causa del Mesías están aconteciendo tales perturbaciones dentro de la historia.

Con lenguaje distinto en el Evangelio de san Juan, en la Cena escuchamos estas mismas profecías: Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí (Jn 16,1-3).

 

A lo largo de la historia muchas veces cristianos visionarios, con buena voluntad, han intentado determinar tiempos en los cuales se estaban cumpliendo las palabras de los discursos de Jesús, como si hubiéramos llegado ya al final e la historia. De los Evangelios no se puede deducir pronósticos. El sentido es otro.

Cada generación puede estar viviendo momentos de Apocalipsis, actitudes de incomprensión, de rechazo, de muerte y martirio por el nombre de Jesús.

 

5. Este es el mensaje que llega a nosotros. Jesús se ha presentado como el Enviado de Dios, como el Mesías de Dios, como el verdadero Hijo de Dios, y en calidad de Hijo de Dios nos ha dado su mensaje. Aceptar este mensaje y defenderlo nos puede llevar incluso a la muerte. Si tenemos que hablar como testigos, no nos preocupe. Grabemos estas palabras: no tenéis que preparar vuestra defensa, 15 porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. 16 Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, 17 y todos os odiarán a causa de mi nombre.

 

Hermanos, oremos a Cristo, el Señor:

Señor Jesús, gracias por todas tus palabras. Yo quiero ser testigo del Evangelio, de la belleza de la vida que nos has traído y has inaugurado. Dame fuerzas para defenderte siempre, incluso si un día tuviera que morir a causa del Evangelio. A ti todo el amor, toda la gloria. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, jueves, 10 noviembre 2022.

domingo, 6 de noviembre de 2022

1823. Si es la vida el vivir en Cristo vivo – Himno en la celebración de difuntos

Si es la vida el vivir en Cristo vivo

Siempre, en todas las Misas, oramos por los difuntos: por los fieles difuntos que hicieron parte de la Iglesia, y por todos los que han muerto en tu misericordia, cuya fe solo Tú conociste.

En ocasiones oramos por “nuestros difuntos”: los de nuestra familia de sangre, o los de nuestra familia religiosa.

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Spe salvi” (Salvados en esperanza, 30 nov. 2007, carta con acentos muy filosóficos y teológicos) escribía a propósito de la comunión que nos une con los difuntos:

“Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Y con esto no es necesario convertir el tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la comunión de las almas queda superado el simple tiempo terrenal. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. Así se aclara aún más un elemento importante del concepto cristiano de esperanza. Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí” (Spe salvi, 47).

En este misterio de comunión, la Iglesia ha orado por los difuntos. El Papa escribe: “El judaísmo antiguo piensa también que se puede ayudar a los difuntos en su condición intermedia por medio de la oración (cf. por ejemplo 2 Mc 12,38-45: siglo I a. C.). La respectiva praxis ha sido adoptada por los cristianos con mucha naturalidad y es común tanto en la Iglesia oriental como en la occidental” (Spe salvi, 48).

En las órdenes religiosas oramos de continuo por nuestros difuntos. El Propio de la Familia Franciscana anota en el día 23 de noviembre: “conmemoración de Todos los Difuntos de la Familia Franciscana” (celebración obligatoria para la Familia Franciscana).

Vaya este himno, con resonancias paulinas, para la celebración litúrgica de nuestros hermanos difuntos.

 

Si es la vida el vivir en Cristo vivo,

el cielo, al otro lado de la muerte,

será el estar con él, ganancia eterna

adentro de su vida para siempre.

 

Y Dios será por él el todo en todos,

deshecha ya a sus pies la muerte inerme,

que Cristo ya venció y es Pascua y gloria

y a su triunfo nos une y él precede.

 

Oramos por hermanos que ya fueron

y evocamos recuerdos que enternecen;

con ellos convivimos y luchamos,

juntando sangre y fe con nuestras preces.

 

Y a toda la familia de difuntos,

que en la Iglesia vivieron como fieles,

a todos recordamos con piedad

pidiendo eterna paz a Dios clemente.

 

Hermosa con las obras de los santos,

la Esposa del Cordero resplandece:

acoge, Dios de amor, a los que llegan

y admítelos al gozo del Banquete.

 

¡A Cristo Redentor, nuestra esperanza,

final feliz que el Padre nos promete,

a él toda la gloria por su Cruz,

a él que vive y reina eternamente! Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, sábado, 5 noviembre 2022

viernes, 4 de noviembre de 2022

1822. Dom. XXXII, C – Jesús y la resurrección de los muertos

  

Jesús y la resurrección de los muertos

Lc 20,27-38 

 

Texto evangélico:

27 Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: 28 «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. 29 Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. 30 El segundo 31 y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. 32 Por último, también murió la mujer. 33 Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». 34 Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, 35 pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. 36 Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.

37 Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. 38 No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

 

Hermanos:

1. Estamos en el mes de noviembre, y muchos pensamientos cruzan por nuestra mente. Mes de noviembre, mes de los muertos. Vuelven los seres queridos que nos han dejado, y cada uno es una historia que nos dice más que las predicaciones. Aquellos han entrado ya en la región del olvido, que para nosotros, cristianos, es la región de la vida eterna, de las verdades eternas.

El Evangelio de hoy nos presenta una escena, entre seria y cómica, que, en este sentido, tiene algo de las “Katrinas” – con respeto – de esta tierra de México, que celebra altares de muertos y festejos muy divertidos, folklore y religión, la gracia y la broma, el recuerdo y de la emoción, todo junto. De los muertos podemos hacer concursos artísticos y rosario de oraciones. Y tantas veces no sabemos dónde termina la broma, en un video que te envían de un esqueleto andando en bicicleta o bailando y espantando a la gente, y dónde está esa soberana verdad de que un día mi vida ha de acabar, y tendré que dar cuenta a mi Creador y Padre.

 

2. San Lucas, como otras veces, al principio del relato pone una frase para que sepamos de qué va la cosa y no nos confundamos. Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección.  Y le presentan un asunto de resurrección: la mujer que tuvo siete maridos, todos ellos hermanos, que se fueron casando con la misma viuda, al paso que ellos morían, porque todos ellos querían dar herencia familiar, al apellido de su hermano, el primero.

Pues es verdad que esto puede suceder, y es verdad la pregunta final: ¿Con cuál de los maridos se va a quedar?

La respuesta de Jesús es cortante, tajante, que deja sin palabra a los objetores. En el cielo no hay marido o mujer, en el cielo no hay tablas genealógicas, en el cielo nadie se tiene que casar para tener una hermosa descendencia. La pregunta ha rebotado; el problema que me habéis presentado es totalmente falso.

 

3. El cielo, hermanos, no es la continuación de la tierra, como si nuestra tierra fuese el referente de la perfección de los hombres. Aquí se abre un torrente de luz para pensar qué puede ser el cielo, en consonancia con aquello de que “ni ojo vio, ni oído oyó… lo que Dios tiene preparado para los que le aman”. Cuando Isaías escribió estas frases y las repitió san Pablo, ninguno de los dos, pensaba precisamente en describirnos las delicias del Paraíso. Nos hablaban del amor sorprendente de Dios que, ya en esta vida, hacen maravillas que nosotros no podemos alcanzar.

El cielo, hermanos, es ver a Dios, vivir con Dios para siempre, participar en el mismo gozo infinito de Dios. He aquí que hago un mundo nuevo, decía Dios al final del Apocalipsis. El cielo es el mundo nuevo que nos aguarda.

Y por eso, decíamos el día pasado, hablando de Todos los Santos: En el cielo, hermanos, no hay Santos. Los altares que nosotros podemos, los retablos de los santos, de San Francisco, de san Antonio, de santa Teresa, de santa Faustina…, de todos los miles de santos del Calendario, del Santoral, de los siglos pasados y de hoy, todos esos altares habrán caído, porque en el cielo no hay santos, sino que seremos más que “santos”, seremos pura y simplemente hijos de Dios. No habrá profetas, ni papas, ni mártires, ni justos ni pecadores, ni católicos ni protestante, ni judíos  ni  musulmanes.

 

4. Dios será todo en todos. No hace falta destrozar la imaginación para saber qué será el cielo que esperamos.

Pero ¿es que en el cielo no estarán nuestros familiares – padres y hermanos – los amigos más amigos que hemos tenido en la tierra? Sí, hermanos, pero de una manera distinta e infinitamente superior a lo que puede alcanzar nuestra imaginación.

Por eso Jesús contradice al saduceo, que no cree en esa vida futura en cuerpo y alma: en el cielo no existe ese matrimonio que en la tierra es necesario para la procreación; no se casarán los hombres, no tomarán maridos las mujeres. Seremos todos hijos de Dios, seremos como ángeles.

No habrá luto ni dolor. Solo habrá alegría, paz y alabanza, y esto por toda la eternidad.

Y esa vida del cielo, a al que estamos destinados, ha de orientar, ya desde ahora la vida de la tierra. Un célebre Premio Nobel, muy aceptado por la Juventud, definía así qué es la vida:

“Creo que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Soy un ateo. Creo en un dios personal, el cual es la consciencia, y eso a lo que tenemos que rendir cuentas cada día” (Entrevista en una revista cubana, Mario Benedetti, 1920-2009; véase en Internet).

Hermanos, la conciencia personal no basta para ordenar la vida del hombre, que ha de estar abiertos  Dios, la Trascendencia, y a la inmanencia de su propio corazón. Estos días, del 3 al 6, el Papa está en Baréin, en este Foro Mundial de entendimiento entre Oriente y Occidente, y hoy, viernes, en la Conclusión del Foro decía estas frases:

Hablando de la educación: “…En primer lugar, la oración, que toca el corazón del hombre. En realidad, los dramas que sufrimos y las peligrosas laceraciones que experimentamos, «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano» (Gaudium et spes, 10). Allí está la raíz. Y, por lo tanto, el mayor peligro no reside en las cosas, en las realidades materiales, en las organizaciones, sino en la inclinación del ser humano a cerrarse en la inmanencia del propio yo, del propio grupo, de los propios intereses mezquinos. No es un defecto de nuestra época, existe desde que el hombre es hombre, pero con la ayuda de Dios es posible dominarlo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 166).

He de concluir.

El cielo es nuestra patria. Y allí tenemos una nube de testigos que nos han precedido en el camino y que nos pueden ayudar, fijos siempre los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe.

 

Señor Jesús, creemos en tu santa resurrección. Creemos que estamos destinados a vivir contigo y a disfrutar de tu propia gloria. Guárdanos en esta fe, y haz que el pensamiento del cielo, de la resurrección, llene de alegría nuestra vida y la vida de cuantos nos rodean. A ti la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, viernes, 4 noviembre 2022.