Hemos puesto en este mes de noviembre – mes de Difuntos – poemas para
celebrar este misterio de esperanza cristiana, nuestro tránsito a la Iglesia
que nos espera en el cielo, ya convertida en Reino de Dios: “Si es la vida
vivir con Cristo vivo” y también “Salvados en esperanza”. Añadimos un tercero,
un poema para orar.
Y ocurre que hoy es la Memoria de San Martin de Tours (316-397).
El escritor Sulpicio Severo nos deja escrita la vida de este santo admirable.
En los párrafos finales nos dice:
“26, 5. ¡Oh varón verdaderamente feliz en quien no
existió falsedad alguna! (cf. Jn 1,47; Sal 31,2). A nadie juzgaba, a nadie
hacía daño, a nadie devolvía mal por mal. Era tanta su paciencia para soportar
todas las injurias que aunque lenía la plenitud del sacerdocio toleraba ser
ultrajado hasta por los últimos clérigos, sin castigarlos. Jamás destituyó a
alguno por esta razón ni, en cuanto estuvo de su parte, privó a nadie de su
caridad”.
27,1.
Nadie lo vio jamás airado (cf. Tt 1,7), ni alterado, ni afligido, ni entregándose
a la risa. Fue siempre el mismo, con un rostro que denotaba una alegría
celestial y que parecía estar más allá de la naturaleza humana. No tenía en sus
labios sino a Cristo, 27,2. no tenía en su corazón sino bondad, paz y
misericordia”.
En
el Oficio de lectura de hoy se recoge el testimonio de cómo fue la muerte de
San Martín, recogido el relato de una Carta del mismo Sulpicio Severo. Allí leemos: “Con
estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue
recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo,
cargado de riquezas”. Son palabras que las hemos tomado para el Tránsito de
San Francisco: Francisco, pobre y humilde, entra rico en el cielo.
Y lo mismo la bella antífona del Benedictus: ¡Oh varón dichoso,
cuya alma posee ya el paraíso! Por ello se alegran los ángeles, se regocijan
los arcángeles; y el coro de los santos y la multitud de las vírgenes lo
aclaman, diciendo: «Quédate con nosotros para siempre”.
Cuando
el Señor nos llame, quisiéramos que nuestro tránsito fuera también con esa paz,
con ese abandono, de san Martín, de san Francisco. La Iglesia de la tierra y la
del cielo somos una familia.
Un día me llamaste de la nada
y fui tuyo, oh Dios y Padre
bueno,
tuyo para siempre, solo tuyo,
que nadie sino tú pudo ser dueño.
Y ahora es el retorno, otra
llamada,
para entrar para siempre en tu
secreto,
y ser más tuyo en pura intimidad,
de humana creatura a Dios eterno.
Me está hablando la fe, que es
luz y guía
de un mundo que no entiendo, que
es misterio,
y un extraño temblor me paraliza
y a Dios, mi Creador, le tengo
miedo.
Los mares del amor son infinitos,
y sin saber por qué ese es mi
anhelo,
entrar en el océano divino,
y en solo amor-amor, vivir sin
sueño.
Es tránsito la muerte de un
cristiano,
morir acurrucado al dulce pecho
de Cristo que en la cruz por mí
moría,
dejando en paz fracasos y
proyectos.
Morir es el cruzar a la otra
orilla,
quizás sin concluir bullicios
nuestros,
pero conun gemido melancólico:
amar… te quise amar hasta el
extremo.
Y aquí, ya nada queda si te miro;
misericordia solo es lo que
espero:
tus ojos, tu ternura son mi
herencia,
que así me lo aprendí del
Evangelio.
Humildemente pido lo que busco:
el paso a la otra orilla muy
sereno,
si Cristo va en la barca,
navegante,
seguro voy con el mejor barquero.
La Iglesia es una; él así lo
dijo,
y la Iglesia ha nacido para el
Reino;
¿Qué ofreceré? Confianza y
abandono
serán por él y en él mi bello
obsequio. Amén.
Cuautitlán Izcalli, 11 noviembre
2022, memoria de san Martín de Tour
5 Y como algunos
hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad
y exvotos, 6 Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en
que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». 7 Ellos le
preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo
eso está para suceder?».
8 Él dijo: «Mirad
que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o
bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. 9 Cuando
oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es
necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
9 Entonces les
decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, 11
habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también
fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
12 Pero antes de todo eso os echarán mano,
os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos
comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. 13
Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por ello, meteos
bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, 15
porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni
contradecir ningún adversario vuestro. 16 Y hasta vuestros padres, y
parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros,
17 y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero ni un
cabello de vuestra cabeza perecerá; 19 con vuestra perseverancia
salvaréis vuestras almas.
Hermanos:
1.
En la vida de Jesús todos nos encontramos discursos y frases bellísimas que las
queremos retener, como cristianos que somos, y que, si llega el caso, las
podemos proponer como bandera de nuestra fe, como retrato admirable de ese
Jesús que nos ha convencido, y al que le confesamos como nuestro Señor, como el
verdadero Dios de nuestra vida. Las Bienaventuranzas, las parábolas del Reino
son el mensaje que nos convence, que nos llena de entusiasmo, de paz y de
esperanzas.
Y
en los mismos Evangelios encontramos otras frases que nos da miedo analizarlas,
porque nos parecen muy severas; o que sencillamente no entendemos.
Hoy
acabamos de escuchar un párrafo difícil, pero son palabras que dijo el Señor, y
que han quedado escritas para nosotros. Por eso, con humildad las debemos
afrontar, porque también en ellas el Señor nos espera.
2.
Estamos en el domingo XXXIII de ese ciclo anual de 34 semanas, excluidos los tiempos
especiales de Adviento y de Navidad, de Cuaresma y Pascua. Bien sabemos que el
calendario tiene 52 semanas, pero nosotros decimos que con 34 semanas terminamos
el ciclo del tiempo ordinario, que será el próximo domingo, dedicado a
contemplar a Jesucristo Rey del Universo. Desde el Domingo XIII hemos seguido a
Jesús que va camino de Jerusalén. Ya estamos en Jerusalén, y aquí en los días
finales de su vida Jesús va a pronunciar unos discursos que miran al futuro, y
que llamamos, con palabras técnicas, el Discurso escatológico. San
Mateo, San Marcos, San Lucas han recogido estos discursos. Se trata del final
de Jerusalén, del final de la historia humana y de la entrada en otra historia
de Dios.
Los
últimos días de la vida de Jesús están muy centrados en el templo. En una de
estas ocasiones, algunos le comentan la maravilla de todo aquello que ven. Escenas
así las hemos vivido todos. ¡Qué maravilla esto que estamos viendo!
Y
Jesús hace un comentario fatal. El comentario de algo que está viviendo pro
dentro, en su corazón: Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará
piedra sobre piedra que no sea destruida.
Recordad
lo que nos ha contado el mismo evangelista, lo ocurrido algún día antes: Al
acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, 42 mientras decía: «¡Si
reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está
escondido a tus ojos. 43 Pues vendrán días sobre ti en que tus
enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos
lados, 44 te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra
sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita (Lc 19,4-44).
Jesús
ha amado a su pueblo y se ha sentido hijo de Israel como nadie. Lo que Jesús
está venido en su mente no es un bello edificio que se desploma, poque un
conquistador entra en la ciudad y arrasa lo más precioso que tiene. Lo que
Jesús está venido es el fracaso de la historia de su pueblo, porque no acaban
de aceptarle a él como enviado de Dios.
3.
Y no es solo eso. Jesús había venido anunciar el Reino de Dios, la Paz de Dios,
y a inaugurar la Comunidad del Mesías. Y junto con la ruina de lo mejor que tiene
la ciudad santa de Jerusalén, que es su Templo, están contemplando la
persecución a la comunidad que él ha iniciado. Y todo por causa de que él se ha
confesado a sí mismo como el Mesías. Jesús no está hablando el futuro político
de su pueblo; sino de algo incomparablemente más serio: del futuro espiritual.
Las
palabras del Señor nos alcanzan a nosotros. os odiarán a causa de mi nombre.
18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19 con
vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Cuando
Jesús hablaba de estas cosas, sus discípulos le preguntaron dos cosas: Maestro,
¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?
Aquí
Jesús habla del fin de la ciudad santa de Jerusalén; en otro capítulo, en el
capítulo 17 del mismo Evangelio, nos ha hablado del fin del mundo, todo ello
con ese lenguaje misterioso con que en la Biblia y en la literatura de los
Judíos se habla de los acontecimientos finales, del juicio último de Dios sobre
la historia humana, del Apocalipsis. Pero Jesús no está haciendo pronósticos de
un adivinador de los tiempos futuros; está hablando con el misterioso lenguaje
de los prietas de Dios. Por eso, en otro pasaje de los Evangelio, hablando de
estas cosas, le escuchamos: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras
no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles de los
cielos ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mc 13,35-36).
4.
Lo grave de cuanto estamos escuchando no es que Jesús esté hablando como un
espectador de los acontecimientos que han de venir, sino como protagonista que
está en acción. Él es el Mesías de Israel, y por causa del Mesías están
aconteciendo tales perturbaciones dentro de la historia.
Con
lenguaje distinto en el Evangelio de san Juan, en la Cena escuchamos estas
mismas profecías: Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os
excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os
dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido
ni al Padre ni a mí (Jn 16,1-3).
A
lo largo de la historia muchas veces cristianos visionarios, con buena
voluntad, han intentado determinar tiempos en los cuales se estaban cumpliendo
las palabras de los discursos de Jesús, como si hubiéramos llegado ya al final
e la historia. De los Evangelios no se puede deducir pronósticos. El sentido es
otro.
Cada
generación puede estar viviendo momentos de Apocalipsis, actitudes de
incomprensión, de rechazo, de muerte y martirio por el nombre de Jesús.
5.
Este es el mensaje que llega a nosotros. Jesús se ha presentado como el Enviado
de Dios, como el Mesías de Dios, como el verdadero Hijo de Dios, y en calidad
de Hijo de Dios nos ha dado su mensaje. Aceptar este mensaje y defenderlo nos
puede llevar incluso a la muerte. Si tenemos que hablar como testigos, no nos
preocupe. Grabemos estas palabras: no tenéis que preparar vuestra defensa, 15
porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni
contradecir ningún adversario vuestro. 16 Y hasta vuestros padres, y
parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros,
17 y todos os odiarán a causa de mi nombre.
Hermanos,
oremos a Cristo, el Señor:
Señor
Jesús, gracias por todas tus palabras. Yo quiero ser testigo del Evangelio, de
la belleza de la vida que nos has traído y has inaugurado. Dame fuerzas para
defenderte siempre, incluso si un día tuviera que morir a causa del Evangelio.
A ti todo el amor, toda la gloria. Amén.
Siempre,
en todas las Misas, oramos por los difuntos: por los fieles difuntos que
hicieron parte de la Iglesia, y por todos los que han muerto en tu
misericordia, cuya fe solo Tú conociste.
En
ocasiones oramos por “nuestros difuntos”: los de nuestra familia de sangre, o
los de nuestra familia religiosa.
El
Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Spe salvi” (Salvados en esperanza, 30 nov.
2007, carta con acentos muy filosóficos y teológicos) escribía a propósito de
la comunión que nos une con los difuntos:
“Nuestras
existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a
través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se
salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso,
digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás,
tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo
ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el
entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar
una pequeña etapa de su purificación. Y con esto no es necesario convertir el
tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la comunión de las almas queda
superado el simple tiempo terrenal. Nunca es demasiado tarde para tocar el
corazón del otro y nunca es inútil. Así se aclara aún más un elemento
importante del concepto cristiano de esperanza. Nuestra esperanza es siempre y
esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza
también para mí” (Spe salvi, 47).
En
este misterio de comunión, la Iglesia ha orado por los difuntos. El Papa
escribe: “El judaísmo antiguo piensa también que se puede ayudar a los difuntos
en su condición intermedia por medio de la oración (cf. por ejemplo 2 Mc
12,38-45: siglo I a. C.). La respectiva praxis ha sido adoptada por los
cristianos con mucha naturalidad y es común tanto en la Iglesia oriental como
en la occidental” (Spe salvi, 48).
En
las órdenes religiosas oramos de continuo por nuestros difuntos. El Propio de
la Familia Franciscana anota en el día 23 de noviembre: “conmemoración de Todos
los Difuntos de la Familia Franciscana” (celebración obligatoria para la
Familia Franciscana).
Vaya
este himno, con resonancias paulinas, para la celebración litúrgica de nuestros
hermanos difuntos.
27 Se acercaron algunos saduceos, los que
dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: 28 «Maestro, Moisés
nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin
hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. 29
Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. 30
El segundo 31 y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y
murieron todos sin dejar hijos. 32 Por último, también murió la
mujer. 33 Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la
mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». 34 Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, 35
pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la
resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en
matrimonio. 36 Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y
son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
37 Y que los muertos resucitan, lo indicó el
mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de
Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. 38 No es Dios de muertos,
sino de vivos: porque para él todos están vivos».
Hermanos:
1.
Estamos en el mes de noviembre, y muchos pensamientos cruzan por nuestra mente.
Mes de noviembre, mes de los muertos. Vuelven los seres queridos que nos han
dejado, y cada uno es una historia que nos dice más que las predicaciones.
Aquellos han entrado ya en la región del olvido, que para nosotros, cristianos,
es la región de la vida eterna, de las verdades eternas.
El
Evangelio de hoy nos presenta una escena, entre seria y cómica, que, en este
sentido, tiene algo de las “Katrinas” – con respeto – de esta tierra de México,
que celebra altares de muertos y festejos muy divertidos, folklore y religión,
la gracia y la broma, el recuerdo y de la emoción, todo junto. De los muertos
podemos hacer concursos artísticos y rosario de oraciones. Y tantas veces no
sabemos dónde termina la broma, en un video que te envían de un esqueleto andando
en bicicleta o bailando y espantando a la gente, y dónde está esa soberana
verdad de que un día mi vida ha de acabar, y tendré que dar cuenta a mi Creador
y Padre.
2.
San Lucas, como otras veces, al principio del relato pone una frase para que sepamos
de qué va la cosa y no nos confundamos. Se acercaron algunos saduceos, los
que dicen que no hay resurrección. Y
le presentan un asunto de resurrección: la mujer que tuvo siete maridos, todos
ellos hermanos, que se fueron casando con la misma viuda, al paso que ellos
morían, porque todos ellos querían dar herencia familiar, al apellido de su
hermano, el primero.
Pues
es verdad que esto puede suceder, y es verdad la pregunta final: ¿Con cuál de
los maridos se va a quedar?
La
respuesta de Jesús es cortante, tajante, que deja sin palabra a los objetores.
En el cielo no hay marido o mujer, en el cielo no hay tablas genealógicas, en
el cielo nadie se tiene que casar para tener una hermosa descendencia. La
pregunta ha rebotado; el problema que me habéis presentado es totalmente falso.
3.
El cielo, hermanos, no es la continuación de la tierra, como si nuestra tierra
fuese el referente de la perfección de los hombres. Aquí se abre un torrente de
luz para pensar qué puede ser el cielo, en consonancia con aquello de que “ni
ojo vio, ni oído oyó… lo que Dios tiene preparado para los que le aman”. Cuando
Isaías escribió estas frases y las repitió san Pablo, ninguno de los dos,
pensaba precisamente en describirnos las delicias del Paraíso. Nos hablaban del
amor sorprendente de Dios que, ya en esta vida, hacen maravillas que nosotros
no podemos alcanzar.
El
cielo, hermanos, es ver a Dios, vivir con Dios para siempre, participar en el
mismo gozo infinito de Dios. He aquí que hago un mundo nuevo, decía Dios
al final del Apocalipsis. El cielo es el mundo nuevo que nos aguarda.
Y
por eso, decíamos el día pasado, hablando de Todos los Santos: En el cielo,
hermanos, no hay Santos. Los altares que nosotros podemos, los retablos de los
santos, de San Francisco, de san Antonio, de santa Teresa, de santa Faustina…,
de todos los miles de santos del Calendario, del Santoral, de los siglos
pasados y de hoy, todos esos altares habrán caído, porque en el cielo no hay
santos, sino que seremos más que “santos”, seremos pura y simplemente hijos de
Dios. No habrá profetas, ni papas, ni mártires, ni justos ni pecadores, ni católicos
ni protestante, ni judíosnimusulmanes.
4.
Dios será todo en todos. No hace falta destrozar la imaginación para saber qué será
el cielo que esperamos.
Pero
¿es que en el cielo no estarán nuestros familiares – padres y hermanos – los
amigos más amigos que hemos tenido en la tierra? Sí, hermanos, pero de una
manera distinta e infinitamente superior a lo que puede alcanzar nuestra
imaginación.
Por
eso Jesús contradice al saduceo, que no cree en esa vida futura en cuerpo y
alma: en el cielo no existe ese matrimonio que en la tierra es necesario para
la procreación; no se casarán los hombres, no tomarán maridos las mujeres.
Seremos todos hijos de Dios, seremos como ángeles.
No
habrá luto ni dolor. Solo habrá alegría, paz y alabanza, y esto por toda la
eternidad.
Y
esa vida del cielo, a al que estamos destinados, ha de orientar, ya desde ahora
la vida de la tierra. Un célebre Premio Nobel, muy aceptado por la Juventud,
definía así qué es la vida:
“Creo
que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Soy un ateo. Creo en un dios
personal, el cual es la consciencia, y eso a lo que tenemos que rendir cuentas
cada día” (Entrevista en una revista cubana, Mario Benedetti, 1920-2009; véase
en Internet).
Hermanos,
la conciencia personal no basta para ordenar la vida del hombre, que ha de
estar abiertosDios, la Trascendencia, y
a la inmanencia de su propio corazón. Estos días, del 3 al 6, el Papa está en
Baréin, en este Foro Mundial de entendimiento entre Oriente y Occidente, y hoy,
viernes, en la Conclusión del Foro decía estas frases:
Hablando
de la educación: “…En primer lugar, la oración, que toca el corazón del hombre.
En realidad, los dramas que sufrimos y las peligrosas laceraciones que
experimentamos, «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están
conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el
corazón humano» (Gaudium et spes, 10). Allí está la raíz. Y, por lo
tanto, el mayor peligro no reside en las cosas, en las realidades materiales,
en las organizaciones, sino en la inclinación del ser humano a cerrarse en la
inmanencia del propio yo, del propio grupo, de los propios intereses mezquinos.
No es un defecto de nuestra época, existe desde que el hombre es hombre, pero
con la ayuda de Dios es posible dominarlo (cf. Carta enc. Fratelli tutti,
166).
He
de concluir.
El
cielo es nuestra patria. Y allí tenemos una nube de testigos que nos han
precedido en el camino y que nos pueden ayudar, fijos siempre los ojos en
Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe.
Señor
Jesús, creemos en tu santa resurrección. Creemos que estamos destinados a vivir
contigo y a disfrutar de tu propia gloria. Guárdanos en esta fe, y haz que el
pensamiento del cielo, de la resurrección, llene de alegría nuestra vida y la
vida de cuantos nos rodean. A ti la gloria por los siglos de los siglos. Amén.