Si es la vida el vivir en Cristo vivo
Siempre, en todas las Misas, oramos por los difuntos: por los fieles difuntos que hicieron parte de la Iglesia, y por todos los que han muerto en tu misericordia, cuya fe solo Tú conociste.
En ocasiones oramos por “nuestros difuntos”: los de nuestra familia de sangre, o los de nuestra familia religiosa.
El Papa Benedicto XVI, en su encíclica “Spe salvi” (Salvados en esperanza, 30 nov. 2007, carta con acentos muy filosóficos y teológicos) escribía a propósito de la comunión que nos une con los difuntos:
“Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación. Y con esto no es necesario convertir el tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la comunión de las almas queda superado el simple tiempo terrenal. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil. Así se aclara aún más un elemento importante del concepto cristiano de esperanza. Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza también para mí” (Spe salvi, 47).
En este misterio de comunión, la Iglesia ha orado por los difuntos. El Papa escribe: “El judaísmo antiguo piensa también que se puede ayudar a los difuntos en su condición intermedia por medio de la oración (cf. por ejemplo 2 Mc 12,38-45: siglo I a. C.). La respectiva praxis ha sido adoptada por los cristianos con mucha naturalidad y es común tanto en la Iglesia oriental como en la occidental” (Spe salvi, 48).
En las órdenes religiosas oramos de continuo por nuestros difuntos. El Propio de la Familia Franciscana anota en el día 23 de noviembre: “conmemoración de Todos los Difuntos de la Familia Franciscana” (celebración obligatoria para la Familia Franciscana).
Vaya este himno, con resonancias paulinas, para la celebración litúrgica de nuestros hermanos difuntos.
Si es la vida el vivir en Cristo vivo,
el cielo, al otro lado de la muerte,
será el estar con él, ganancia eterna
adentro de su vida para siempre.
Y Dios será por él el todo en todos,
deshecha ya a sus pies la muerte inerme,
que Cristo ya venció y es Pascua y gloria
y a su triunfo nos une y él precede.
Oramos por hermanos que ya fueron
y evocamos recuerdos que enternecen;
con ellos convivimos y luchamos,
juntando sangre y fe con nuestras preces.
Y a toda la familia de difuntos,
que en la Iglesia vivieron como fieles,
a todos recordamos con piedad
pidiendo eterna paz a Dios clemente.
Hermosa con las obras de los santos,
la Esposa del Cordero resplandece:
acoge, Dios de amor, a los que llegan
y admítelos al gozo del Banquete.
¡A Cristo Redentor, nuestra esperanza,
final feliz que el Padre nos promete,
a él toda la gloria por su Cruz,
a él que vive y reina eternamente! Amén.
Cuautitlán Izcalli, sábado, 5 noviembre 2022
No hay comentarios:
Publicar un comentario