Vecina de Nazaret
Un día en Jerusalén – hace cerca de 40 años, en la Presentación de María el año 1984 – ansioso estudiante, tomé los libros del P. Bellarmino Bagatti (franciscano que estaba en la Enfermería de San Salvatore) tomé sus libros para informarme, y con pluma erudita, prestada, puede escribir en su momento sobre esta memoria litúrgica:
“El 20 de noviembre del año 453, bajo el emperador Justiniano, fue dedicada en Jerusalén la iglesia llamada Santa María la Nueva, la Nea (excavaciones arqueológicas en 1969-1971), espléndida iglesia descrita por el contemporáneo Procopius. Asociada a esta dedicación se celebra la fiesta de la Presentación de María. La iglesia está cercana al área del Templo.
La Theotókos antigua era la iglesia constantiniana, emplazada donde hoy está la de Santa Ana (entre la Via Dolorosa y la Puerta de San Esteban). Pero el culto a María estaba asociado en Jerusalén desde tiempos anteriores a la tumba, hoy llamada Tumba de la Virgen, en la zona del Monte de los Olivos, en un terreno que era zona sepulcral en el siglo I.
María está profundamente enraizada en la Iglesia judeo-cristiana, y en concreto en la Iglesia Madre de Jerusalén. El Protoevangelio de Santiago (siglo II), que habla de María en el Templo, es fantasía. No obstante, hay que saber leer ese lenguaje; por ejemplo, la defensa invicta que hace de la virginidad de María. Si María en el Templo es alimentada por los ángeles, es porque el pío escritor piensa en la inocencia paradisíaca de antes de la caída.
La Virgen toda santa, consagrada al Señor, es la Virgen pensada por la Iglesia de Jerusalén. Con este trasfondo de Iglesia Madre jerosolimitana cantamos a la Virgen un himno compuesto precisamente en Jerusalén y en la fiesta de la Presentación de María”.
Brotaba un himno: Jerusalén la amó desde el principio.
Hoy, anciano, con corazón de jovencito sentimental, y aquí en México, ya preparando la fiesta de Guadalupe, vuelve María, la Niña María, la Divina Infantita. Un compañero la ha puesto en la capilla, preciosa, con sus aretes en las orejas – poco más que una bebé – y su pulserita de oro en la muñeca.
Amores… amores que la sabia Teología no los alcance; pero los despegaré de los repliegues del corazón. Si fuera mexicano, le diría: ¡Mamita…, cuídame junto Diosito!
Si soy lo que soy, le estoy diciendo:
Madre, déjame hacerte un verso, para soltar mi alma en poesía.
Vecina de Nazaret,
la humilde niña María,
era a la vista de todos
mas nadie la conocía.
Era pura, inmaculada,
por Dios toda bendecida;
la voluntad del Señor
era su Ley y su vida.
Muchas mujeres ilustres
en Israel las había,
y las páginas sagradas
sus historias recogían.
Pero María entre todas
por gracia, era distinta;
no por ella, por un Hijo
que en su hora nacería.
El Espíritu guardaba
a la Madre del Mesías,
mas del modo y la manera
no hay saber ni fantasía.
Era ella, solo ella
la siempre fiel y sencilla,
era secreto de Dios,
una mujer sin mancilla.
Era don, era promesa
de Dios que se complacía
de tener entre nosotros
a la Madre que quería.
Una mujer cotidiana,
que en la aldea iba y venía,
pero en su pecho elegido
la Paloma el nido hacía.
Y su memoria ha quedado,
nunca jamás extinguida,
por las calles como aroma,
y en la Iglesia se destila.
Las canciones al recuerdan,
y las preces la suspiran,
Miryam de las Escrituras,
María en la lengua mía.
Ya diciembre va viniendo,
Guadalupe está a la esquina,
y por montañas y valles
se acerca la romería.
Rondan guitarras, violines,
mariachis con maestría,
en vilo los corazón,
que arrancan Las mañanitas.
Y otra vez vuelvo callado
en pos de otras melodías,
mi corazón en quietud
recuerda, busca y medita.
María de Nazaret,
la pequeña…, y aún la niña,
Virgen de la Trinidad,
Bella como una cunita.
Yo de noche la contemplo,
mas no es dulce pesadilla;
es mi pensar y alentar,
hasta llamarla bonita.
Niña María de amor,
el eco de mis sonrisas,
bajo tus ojos amables
yo pongo mi cobijita.
María de mi ternura,
hoy aquí mi Aparecida,
niña, mujer, y enlutada,
toda misterio y la misma.
Vuelve tu rostro precioso,
vuelve tus ojos y mira,
nosotros hacemos ronda
hasta caer de rodillas.
¿Ya puedo decir “amén”
y cerrar mi poemita?
No quiero, pero es preciso,
oh mi dulce Madrecita. Amén: que así sea.
Cuautitlán Izcalli, noche de santa Cecilia, 2022.
(Escribí de noche)
No hay comentarios:
Publicar un comentario