viernes, 14 de junio de 2013

414. La mujer que mucho amó - Domingo XI C

Homilía para el domingo XI del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 7,36-8,3


Texto evangélico:
Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él  y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo una frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que le había invitado, se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora». Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta.  Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos le mostrará más amor?». Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente ».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: « ¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecado han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados ».
Los demás convidados comenzaron a decir entre ellos: «¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?». Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; vete en paz».
Después de esto, iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas  que le servían con sus bienes.


Hermanos:

1. Jesús ha sido el inventor de las parábolas, dicen los exegetas, dado que en la literatura judía contemporánea a Jesús no encontramos este estilo de lenguaje en las exposiciones de la Ley que hacían los rabinos. Y en esta escena de la biografía del Maestro tenemos juntas la parábola y la escena de vida que la ha provocado. Quizás ningún episodio de la vida de Jesús más adecuado para estudiar a fondo qué es una parábola y cuál debe ser la clave de interpretación.
Veamos, pues, la escena que ha provocado esa desafiadora intervención de Jesús, que, por mucha gentileza que se ponga al decirla, lleva una como una carga de dinamita que explota.

2. La escena es la siguiente. Un fariseo invita a Jesús a una comida. Del fariseo hay que pensar, de entrada, que era una persona piadosa.  Aquí, además, parece ser que este fariseo es una persona de consideración en la ciudad; seguramente que una persona de cierta posición social y posiblemente económica.
Estamos en una comida festiva, pero no vemos quiénes son los invitados recostados en torno a la mesa: discípulos seguramente y amigos del anfitrión. Hay que imaginar también a la servidumbre, a la sirvienta, al menos, que atiende a los comensales.

3. De repente ocurre algo inesperado. Entra una mujer elegante y desenvuelta y se planta a los pies de Jesús. Para el fariseo la mujer es conocida; para Jesús, no. La mujer, de una manera atrevida, comienza a besar los pies de Jesús, que acaso ella misma ha descalzado y se pone a llorar y llorar. Es un lloro de esos lloros de explosión que no se pueden detener. Pero hay otra cosa; de pronto la mujer ha destrenzado su cabellera y con su pelo mullido, envueltos allí rostro, labios y pies, la ansiosa mujer va secando y acariciando esos pies que ella misma ha humedecido.
Esa una escena amorosa que está hablando por sí sola. Aquí no hay nada erótico, que pudiera aparecerlo, sino la erótica del puro amor, del amor en su esplendor y belleza.

4. Para la cabeza de Simón, que nunca ha experimentado cosa igual, esto es un escándalo, escándalo de la mujer que tiene tal osadía; escándalo Maestro que, en su ingenuidad, no se da cuenta de quién es esta mujer. ¿Quién es esta mujer? Todo el mundo lo sabe: una prostituta.
La mujer ha amainado en aquella oleada efusiva, y entonces Jesús entra en escena:
«Simón, tengo algo que decirte».
«Dímelo, Maestro.
El ambiente ya se ha puesto extraño y tenso.
- Mira, se trata de un prestamista y dos deudores. Uno debía 500 denarios, 500 sueldos; otro debía 50. Y el hombre aquel, viendo que sus clientes no tenían con qué pagar, al final, les perdonó a los dos. ¿Cuál va a estar más agradecido? O, si quieres: ¿Cuál le va a amar más?
Y Simón:
- Supongo que el primero; no es lo mismo 500 que 50…
- Exacto: No es lo mismo.
Y ahora Jesús se volvió a la mujer, así lo indica el Evangelio, a la mujer, heroína de esta escena de amor.
- ¿Ves a esta mujer, que ha armado este espectáculo? Yo he entrado en tu casa, y no me has dado agua para lavarme los pies; esta mujer me los ha regado con lágrimas, y me los ha enjugado con sus cabellos.
- No me diste el ósculo de paz; esta mujer, desde que entré – que estaba al acecho – no ha dejado de besarme los pies.
- No me ungiste la cabeza con ungüento - ¿cómo te lo iba a pedir? – esta mujer, en cambio, ha derramado su mejor perfume sobre mi cabeza.
(Nota. Observe el lector el despiste: el texto dice que la unción fue en  los pies. como la unción en Betania según Jn 12,2; que es unción en la cabeza en Mt 26,7 y Mc 14,3)

5. Hermanos que escucháis esta parábola de Jesús: Lo que Jesús está diciendo a defensa y honra de esta excelentísima mujer, la enamorada, es una historia de amor que no ha terminado. Jesús está cantando la canción del amor, mejor que la cantó el Cantar de los cantares; porque más allá de lo que está realizando la mujer pecadora, aquí vibra toda la historia de la Iglesia, que ama a su Señor – que lo amamos – y se desborda en él.
Tú, Simón, no me debes nada, porque no te sientes perdonado; esta, en cambio, me lo debe todo, porque se siente pecadora de arriba abajo.

6. Aquí puede esconderse una pregunta trágica, hermanos: ¿Es que para amar al Señor tenemos que pasar por la experiencia del pecado?
No por la experiencia de haber tenido una vida oscura y pecadora; sí por la experiencia de que en la Cruz del Señor todos hemos sido perdonados. La Cruz de Cristo, y la vida del Señor han sido el perdón de nuestros pecados.
Quien ha comprendido esto, vivirá en un eterno agradecimiento a su Señor.

Hermanos, somos pecadores perdonados; nuestro agradecimiento nos acompañará por toda la eternidad.
Cristo es nuestro amor. Y muchos podrán decir, desde la más pura verdad del ser: Cristo es el esposo de mi amor. Amén.

Guadalajara, Jalisco, 13 junio 2013 (fiesta de San Antonio).

Un himno para este Evangelio: ¡Oh, quién pudiera ir, pasar la puerta!



Post-scriptum. Hoy es la fiesta de San Antonio. He acudido a la bellísima catequesis de Benedicto XVI sobre san Antonio de Padua en la audiencia general del 10 de febrero de 2010, que termina con una referencia a los predicadores, que exponen la Palabra de Dios. Me place citarla:

“Queridos amigos, que Antonio de Padua, tan venerado por los fieles, interceda por toda la Iglesia, y de modo especial por quienes se dedican a la predicación; pidamos al Señor que nos ayude a aprender un poco de este arte de san Antonio. Que los predicadores, inspirándose en su ejemplo, traten de unir una sólida y sana doctrina, una piedad sincera y fervorosa, y la eficacia en la comunicación. En este Año sacerdotal pidamos para que los sacerdotes y los diáconos desempeñen con solicitud este ministerio de anuncio y actualización de la Palabra de Dios a los fieles, sobre todo mediante las homilías litúrgicas. Que estas sean una presentación eficaz de la eterna belleza de Cristo, precisamente como san Antonio recomendaba: "Si predicas a Jesús, él ablanda los corazones duros; si lo invocas, endulzas las tentaciones amargas; si piensas en él, te ilumina el corazón; si lo lees, te sacia la mente" (Sermones Dominicales et Festivi III, p. 59)”.
 

1 comentarios:

Celia Elsa dijo...

Querido Padre Rufino. Lo saludo deseando con el Favor de N.S. se encuentre bien, como siempre sigo sus escritos. Que hermosa poesía como todas las que Ud. hace. Con decirle me salieron lágrimas, por la dulzura que encierra. Un abrazo. Celia Elsa

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