Homilía para
el Domingo de Ramos, ciclo A,
Mt 21,1-11
Desde el convento de hermanas clarisas capuchinas sacramentarias
de Juventino Rosas, Guanajuato, México
de Juventino Rosas, Guanajuato, México
Texto evangélico:
Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé
en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: “Id a la aldea
de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis
y me los traéis. Si alguno os dice algo, contestadle que el Señor los necesita
y los devolverá pronto”. Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por el
profeta:
“Decid a la hija de Sión: ‘Mira a tu rey, que viene a
ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila’. Fueron
los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y
el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró
el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la
calzada.
Y al gente que iba delante y detrás gritaba: “¡Hosanna al Hijo de
David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
Al entrar en Jerusalén toda la ciudad se sobresaltó
preguntando: “¿Quién es este?” La multitud contestaba: “Es el profeta Jesús, de
Nazaret de Galilea?”
Hermanos:
1. Hace tres años (2011)
aparecía en castellano el Jesús de Nazaret
de Joseph Ratzinger – Benedicto XVI (así lo firmaba el Papa con los dos nombres
juntos, expresando la fe que había dado sentido a su vida como cristiano y como
Papa); aparecía el volumen II con el subtítulo preciso: “Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección”. Es hermoso volver a leer hoy estas páginas de un eximio
maestro, de un auténtico padre de la Iglesia, para tener delante un modelo y
saber cómo proceder.
Son páginas del
Evangelio que los exegetas las han trabajado durante siglos, investigando con
cuidado el texto, las referencias que contienen, la intención íntima de los Evangelistas
y de sus Iglesias para comunicarnos la verdadera tradición cristiana sobre la
figura y persona de Jesús, tradición que hoy completa en cada uno el mismo Espíritu
Santo.
2. Jesús va subiendo a Jerusalén;
y en esta ocasión va a subir como peregrino, peregrino de la Pascua judía. Él
va a la Pascua de su pueblo a aquella Pascua consagrada cuando la salida de
Egipto, y que ahora Jesús la va a hacer totalmente nueva. La “pascua de los judíos”
(así la llama san Juan) va a ser definitivamente la “pascua cristiana”. Nuestra
Pascua inmolada es Cristo (1Cor 5,7).
Hay tres pascuas en el
curso de la vida pública de Jesús, certificadas cada una en el Evangelio de san
Juan. Para los Sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas) no hay que una Pascua
referida, esta Pascua final, la Grande y Definitiva Pascua para los cuatro
Evangelios.
3. Para esta Pascua Jesús
está subiendo a Jerusalén. En realidad el camino empezó en Jericó, como lo
narran los Evangelios. A Jesús le seguía mucha gente; cuando fue curado el
ciego de nacimiento, él se incorporó a la comitiva y lo iba siguiendo (cf. Mc
10,48-52). Llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos y aquí comienza el
Evangelio de hoy.
Jesús se identifica como
Hijo de David, como Rey Mesías. Viene bajando por la ladera del Monte de los Olivos
y va a entrar en la Ciudad santa por donde se espera que un día llegará el Mesías.
Este Rey no va ser el
rey “triunfal”, conquistador, con su armadura y espada, con su carroza, con su
pendón al aire, que vuelve victorioso de la batalla librada por sus enemigos. Va
a ser justamente lo contrario: el rey manso y humilde, como lo describe el profeta
Zacarías, cabalgando a lomos de una pollina.
4. Jesús manda que
desaten el animal que van a encontrar en tales y cuales condiciones, un mandato que nos sorprende. Pero nos explica
el Papa este detalle con los libros de exégesis: “Jesús reivindica el derecho
del rey a requisar medios de transporte, un derecho conocido en toda la antigüedad”
(Jesús de Nazaret II, ed. Planeta, Encuentro, 2011, p. 14, citando el
comentario de Pesch a Markus II,180).
Jesús se mueve en el
plano más puro de las santas Escrituras; y he aquí que aquella comitiva de
peregrinos que se dirige a Jerusalén lo comprende y lo aceptan y lo aclaman
como al Rey Mesías:
“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en
nombre del Señor! ¡Hosanna en las
alturas!
Tenemos que tener muy presente
esto: que la aclamación no la hace la ciudad de Jerusalén, donde están los que
dentro de pocos días lo van a rechazar; la aclamación la hacen sus compañeros
peregrinos.
Porque tenemos que leer
atentamente la continuación del relató: la ciudad se sobresaltó.
Al entrar en Jerusalén toda la ciudad se sobresaltó
preguntando: “¿Quién es este?” La multitud contestaba: “Es el profeta Jesús, de
Nazaret de Galilea?”
La multitud que
contestaba era la multitud de los peregrinos, pero no la multitud de la ciudad
de Jerusalén.
Y entra la multitud
destaca la voz de los niños, que continuaron gritando en el templo, cuando Jesús
lo purificó echando a los mercaderes y curando a “ciegos y cojos”, como Mesías.
Los niños, sigue el evangelista, lo aclamaban: ¡Hosanna al Hijo de David! (Mt 21,15).
“Los sumos sacerdotes y los escribas le dijeron: “¿Oyes
lo que dicen estos?” Y Jesús les respondió: “Sí: ¿no habéis leído nunca: De la
boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza?” (v. 16).
5. Hermanos:
Tenemos que entrar en el
alma de Jesús, niño ante el Padre, para comprender la audacia, la valentía, la transcendencia
de lo que Jesús hace para manifestar su auténtica misión.
Jesús se ha reconocido
como auténtico Hijo de David, como Mesías, como Siervo de Dios que va
sacrificado a la muerte. Jesús ha aceptado este homenaje de amor, porque él
mismo lo ha provocado. No quiere, ni los quiso antes ni los quiere hoy, otros
tipos de homenaje. No quiere ninguna grandeza humana. Él quiere ver nuestras
palmas y cánticos, si son palmas y cánticos de amor.
Él quiere el homenaje de
los pequeñuelos y de los niños (dos palabras que ha recordado el Evangelio). Él
no quiere apoteosis que aplastan a los sencillos, aunque nosotros,
insensatamente quisiéramos cristianizarlas.
Jesús, niño, hijo del
Padre, quiere el Hosanna de nuestro amor. El servicio a los más humildes de la
tierra es una representación preciosa de la acogida de Jesús Mesías que nos presenta
el Evangelio.
6. Jesús, que te acercas
a tu Iglesia y a toda la humanidad montado en una borrriquilla, te acogemos
como rey Mesías de amor. Y te suplicamos que infundas en mi corazón y en toda
tu santa Iglesia el estilo de tu entrada en Jerusalén, que comenzó entre palmas
y ramos de olivos y culminó purificando el templo y curando a los ciegos y cojos.
A ti el amor y la gloria para siempre. Amén.
Juventino Rosas, Gto. (convento
de hermanas clarisas capuchinas), sábado, 12 abril 2014.
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