Mistagogía del amor
Antesala
Puesto que de amor se trata, por crear
ambiente, y al son de la vihuela - ¡si pudiera! – vamos a entonar, al estilo de
juglares franciscanos, unas copillas de amor:
Primera copilla
Tráiganme quinientos folios
y escribiré una novela,
mas espérenme cien años
para que yo lea y lea.
Segunda coplilla
Tráiganme el santo Evangelio
y escribiré del amor;
me basta con empezar,
que me dicta el corazón.
(No hay dos sin
tres)
Tercera coplilla
Dos cosas necesitamos
para vivir en la vida:
un poco del buen amor
y un poquito de comida.
Petitio benevolentiae
Acaso un lector ávido, que se asome
estas hojas, piense que esto no es una meditación sobre el amor, sino más bien
unas divagaciones obre el amor, alejadas del centro, unas “variaciones sobre el
amor”, al vaivén de los pensamientos. Es libre de opinar. Pero el humilde
escritor que esto escribe es libre para pedir un poco de benevolencia, si el
lector, la lectora, acaso más adicta a estos discursos, tiene paciencia de
acompañarme hasta el final y acaso encuentre un eje vital que explica la
aventura del ser humano, buscador de amor e inmortalidad.
Lo que sí concedo, ya de entrada, es que
estas consideraciones más que meditación de Jueves Santo, en torno al cual
comenzaron a ser gestadas – al contrario de la cantinela “De amor divino se trata” de Jueves Santo (Las hermosas palabras
del Señor, n. 529: De amor divino se trata:
Ante el Santísimo Sacramento, Cantinela a modo de secuencia, a dos coros) –
son Horae Filosophiae, o bien Horae Thologiae, que de modo personal,
por tanto accidental, enlazo con el Jueves del amor). Horas de Teología para
ser degustadas “in quietudine animi”, Horae
cordis amantis.
Jueves Santo es por excelencia, para el
cristiano, el día del amor. Se abre el Triduo Pascual con la Misa “in coena
Domini”. De un modo indiviso hemos de contemplar la Eucaristía, la Cruz y la
Resurrección como la exhaustividad del amor de Dios al hombre. Hasta aquí se ha
vaciado el amor de Dios; más no pudo ser. San Juan dice para empezar la secuencia
de estos días: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó
hasta el extremo” (Jn 13,1). San Pablo igualmente: “Me amó y se entregó por mí”
(Gal 2,20: qui dilexit me et tradidit seipsum
pro me, NovaVulg; el recalcar los dos pronombres personales y el pronombre
reflexivo no es indiferente).
Al Jueves Santo sigue la Pascua del
Señor, que es la última palabra de Dios sobre la tierra, la última palabra del
amor. Ahora estamos en Pascua, Pascua de 2014.
El amor está expresando la exhaustividad
de Dios, la infinitud de Dios vertida en el hombre, en cuanto el ser humano
puede acoger al ser infinito.
¿Qué es, pues, el amor? Si a mí se me
pide una respuesta sintética, contesto:
- Es el todo de la revelación de Dios al
hombre.
- Es el ápice de la vida.
- Es el supremo logro de la existencia.
- Es el sentido de la vocación humana en
cuanto tal.
Décadas atrás, cuando tuve la simple
idea de traducir el Cantar de los cantares, es decir, el Cantar Divino, Shir Hashirim, escribí imaginativamente
mi epitafio: Murió de amor. Este
epitafio era la secuencia de una vida, pues quien así moría, Nació de amor (del amor de Dios, del
amor de mis padres), Vivió de amor
(era, ha sido y es mi anhelo), y, al final Murió
de amor (el Señor me lo conceda).
Hermana, hermano, platiquemos de amor.
I. Los Griegos: El amor viene de los dioses
(Platón),
El amor, la cosa más necesaria de la vida
(Aristóteles)
De
entrada, y como plataforma para pensar sosegadamente sobre el amor, podemos
acudir a dos eximios maestros de la antigüedad, cuyas enseñanzas permanecen. Son
simplemente unos retazos. Es una delicia poder pasearse por estos parques que
ha creado el pensamiento humano, patrimonio de toda la humanidad. Son nuestros
“amigos”, como peregrinos del Absoluto. Han vivido nuestras preguntas y
preocupaciones y han tratado de darles su respuesta. Como ni soy experto en
Platón, ni soy experto en Aristóteles, abro sus libros y tomo unas citas
prolijas, incapaz de condesar su riquísimo pensamiento. Compréndalo quien se
haya lanzado a leer estas mis reflexiones sobre el amor.
Platón 427-347 (Sócrates 470-399), el
hombre anhelante
Platón, discípulo y portavoz de
Sócrates, escribe El banquete,
diálogo filosófico sobre el amor. Participan en este convivio, compartiendo la
buena mesa y el vino, varios comensales, que serán, al mismo tiempo,
contertulios. Cada uno dará su discurso: 1. Fedro – 2. Pausanias – 3. Eriximeno
(médico) – 4. Aristófanes – 5. Agatón – 6. Sócrates. Todos ellos creen en los
Dioses, y el amor – o, si se quiere, el Amor – va estar emparentado con las
Deidades, porque, sin duda, el amor es lo más sublime. Yo, cristiano, los leo
con suma admiración, sin negarme a mí mismo, sabiendo que mi Dios, más allá de
estas preciosas páginas, es otro.
El discurso de Agatón sobresale entre
todos, y culmina con esta apoteosis sobre el Amor:
“El Amor es el que da 'paz a los
hombres, calma a los mares, silencio a los vientos, lecho y sueño a la
inquietud.' Él es el que aproxima a los hombres, y los impide ser extraños los
unos a los otros; principio y lazo de toda sociedad, de toda reunión amistosa,
preside a las fiestas, a los coros y a los sacrificios. Llena de dulzura y
aleja la rudeza; excita la benevolencia e impide el odio. Propicio a los
buenos, admirado por los sabios, agradable a los dioses, objeto de emulación
para los que no lo conocen aún, tesoro precioso para los que le poseen, padre
del lujo, de las delicias, del placer, de los dulces encantos, de los deseos
tiernos, de las pasiones; vigila a los buenos y desprecia a los malos. En
nuestras penas, en nuestros temores, en nuestros disgustos, en nuestras palabras
es nuestro consejero, nuestro sostén, y nuestro salvador. En fin, es la gloria
de los dioses y de los hombres, el mejor y más precioso maestro, y todo mortal
debe seguirle y repetir en su honor los himnos de que él mismo se sirve, para
derramar la dulzura entre los dioses y entre los hombres. A este dios, ¡oh
Fedro!, consagro este discurso que ha sido ya festivo, ya serio, según me lo ha
sugerido mi propio ingenio.» (Fin del discurso de Agatón).
Sócrates, despreciador de toda ruindad
humana, se queda admirado. Alaba con generosidad lo que ha pronunciado el
excelente Agatón. Parece que no tiene más que añadir, pero añade.
Ahora bien, aquí viene la sorpresa. Va a
hablar; pero no va a hablar lo que él sabe, lo que él ha descubierto. Va a
referir lo que le dijo una extranjera, una mujer, una tal Diotima, porque para
él es lo más sublime que del amor se haya dicho. Habla, pues, Diotima por
labios de Sócrates, lo que dialogaron ambos sabios por el método socrático de
pregunta y respuesta.
“Voy a hablar con más claridad [dice Diotima]. Todos
los hombres, Sócrates, son capaces de engendrar mediante el cuerpo y mediante
el alma, y cuando han llegado a cierta edad, su naturaleza exige el producir.
En la fealdad no puede producir, y sí sólo en la belleza; la unión del hombre y
de la mujer es una producción, y esta producción es una obra divina,
fecundación y generación, a que el ser mortal debe su inmortalidad. Pero estos
efectos no pueden realizarse en lo que es discordante. Porque la fealdad no
puede concordar con nada de lo que es divino; esto sólo puede hacerlo la
belleza. […]
Por esta razón, cuando el ser fecundante se aproxima a
lo bello, lleno de amor y de alegría, se dilata, engendra, produce. Por el
contrario, si se aproxima a lo feo, triste y remiso, se estrecha, se tuerce, se
contrae, y no engendra, sino que
comunica con dolor su germen fecundo. De aquí, en el ser fecundante y lleno de
vigor para producir, esa ardiente prosecución de la belleza que debe libertarle
de los dolores del alumbramiento. Porque la belleza, Sócrates, no es, como tú
te imaginas, el objeto del amor.
— ¿Pues cuál es el objeto del amor?
—Es la generación y la producción de la belleza.
—Sea así, respondí yo.
—No hay que dudar de ello, replicó.
—Pero, ¿por qué el objeto del amor es la generación?
—Porque es la generación la que perpetúa la familia de
los seres animados, y le da la inmortalidad, que consiente la naturaleza
mortal. Pues conforme a lo que ya hemos convenido, es necesario unir al deseo
de lo bueno el deseo de la inmortalidad, puesto que el amor consiste en aspirar a que lo bueno nos pertenezca siempre.
De aquí se sigue que la inmortalidad es igualmente el objeto del amor”.
El discurso de Diotima, que no es breve - ¡una mujer,
sí, nos tenía que hablar del Amor – llega a su cumbre con estas palabras:
“Préstame ahora, Sócrates, toda la
atención de que eres capaz. El que en los misterios del amor se haya elevado
hasta el punto en que estamos, después de haber recorrido en orden conveniente
todos los grados de lo bello y llegado, por último, al término de la iniciación,
percibirá como un relámpago una belleza maravillosa, aquella ¡oh Sócrates!, que
era objeto de todos sus trabajos anteriores; belleza eterna, increada e imperecedera,
exenta de aumento y de disminución; belleza que no es bella en tal parte y fea
en cual otra, bella sólo en tal tiempo y no en tal otro, bella bajo una
relación y fea bajo otra, bella en tal lugar y fea en cual otro, bella para
estos y fea para aquellos; belleza que no tiene nada de sensible como el
semblante o las manos, ni nada de corporal; que tampoco es este discurso o esta
ciencia; que no reside en ningún ser diferente de ella misma, en un animal, por
ejemplo, o en la tierra, o en el cielo, o en otra cosa, sino que existe eterna
y absolutamente por sí misma y en sí misma; de ella participan todas las demás
bellezas, sin que el nacimiento ni la destrucción de estas cansen ni la menor
disminución ni el menor aumento en aquellas ni la modifiquen en nada.
Cuando de las bellezas inferiores se ha
elevado, mediante un amor bien entendido de los jóvenes, hasta la belleza
perfecta, y se comienza a entreverla, se llega casi al término; porque el
camino recto del amor, ya se guíe por sí mismo, ya sea guiado por otro, es
comenzar por las bellezas inferiores y elevarse hasta la belleza suprema,
pasando, por decirlo así, por todos los grados de la escala de un solo cuerpo
bello a dos, de dos a todos los demás, de los bellos cuerpos a las bellas
ocupaciones, de las bellas ocupaciones a las bellas ciencias, hasta que de ciencia
en ciencia se llega a la ciencia por excelencia, que no es otra que la ciencia
de lo bello mismo, y se concluye por conocerla tal como es en sí.
¡Oh, mi querido Sócrates!, prosiguió la
extranjera de Mantinea, si por algo tiene mérito esta vida, es por la
contemplación de la belleza absoluta, y si tú llegas algún día a conseguirlo,
¿qué te parecerán, cotejado con ella, el oro y los adornos, los niños hermosos
y los jóvenes bellos, cuya vista al presente te turba y te encanta hasta el
punto de que tú y muchos otros, por ver sin cesar a los que amáis, por estar
sin cesar con ellos, si esto fuese posible, os privaríais con gusto de comer y
de beber, y pasaríais la vida tratándolos y contemplándolos de continuo?
¿Qué pensaremos de un mortal a quien
fuese dado contemplar la belleza pura, simple, sin mezcla, no revestida de
carne ni de colores humanos y de las demás vanidades perecibles, sino siendo la
belleza divina misma? ¿Crees que sería una suerte desgraciada tener sus miradas
fijas en ella y gozar de la contemplación y amistad de semejante objeto? ¿No
crees, por el contrario, que este hombre, siendo el único que en este mundo
percibe lo bello, mediante el órgano propio para percibirlo, podrá crear, no
imágenes de virtud, puesto que no se une a imágenes, sino virtudes verdaderas,
pues que es la verdad a la que se consagra? Ahora bien, sólo al que produce y
alimenta la verdadera virtud corresponde el ser amado por Dios; y si algún
hombre debe ser inmortal, es seguramente este”.
Así pensaba Platón sobre el Amor, Platón
que es quien escribe El banquete.
Platón es un pensador anhelante, y contempla el Amor, abierto a dimensiones
infinitas:
- la Fecundidad
- la Inmortalidad
- la Belleza.
Aristóteles
384-322, el hombre pensante
Aristóteles es el equilibro puro de la
razón, el hombre pensante con mesura, el que tiene la medida exacta para
distinguir cuando hay que distinguir. Escribe la Ética a Nicómaco (quien, al parecer, es su propio hijo), la Ética,
la norma del correcto comportamiento humano.
Y dedica a tratar de la Amistad (es decir, el amor recíproco) los Libros VIII y
IX con múltiples capítulos. Aristóteles es una maravilla de discernir pensando.
Sus pensamientos son la pura sensatez. Extractamos algunos párrafos.
“A todo lo que precede debe seguir una
teoría de la amistad, porque ella es una especie de virtud, o por lo menos, va
siempre escoltada por la virtud. Es
además una de las necesidades más apremiantes de la vida; nadie aceptaría estar
sin amigos, aun cuando poseyera todos los demás bienes. Cuanto más rico es
uno y más poder y más autoridad ejerce, tanto más experimenta la necesidad de
tener amigos en torno suyo. ¿De qué sirve toda esa prosperidad, si no puede
unirse a ella la beneficencia que se ejerce sobre todo y del modo más laudable
con las personas que se aman? Además, ¿cómo administrar y conservar tantos
bienes sin amigos que os auxilien? Cuanto mayor es la fortuna tanto más
expuesta se halla. Todo el mundo conviene en que los amigos son el único asilo
adonde podemos refugiarnos en la miseria y en los reveses de todos géneros.
Cuando somos jóvenes, reclamamos de la amistad que nos libre de cometer faltas
dándonos consejos; cuando viejos, reclamarnos de ella los cuidados y auxilios
necesarios para suplir nuestra actividad, puesto que la debilidad senil produce
tanto desfallecimiento; en fin, cuando estamos en toda nuestra fuerza,
recurrimos a ella para realizar acciones brillantes:
«Dos decididos compañeros, cuando
marchan juntos,
Son capaces de pensar y hacer muchas
cosas.»
“Añádase a esto, que por una ley de la
naturaleza el amor es al parecer un sentimiento innato en el corazón del ser
que engendra respecto del ser que ha engendrado […] Todo el que haya hecho
largos viajes ha podido ver por todas partes cuán simpático y cuán amigo es el
hombre del hombre. Podría hasta decirse que la amistad es el lazo de los
Estados, y que los legisladores se ocupan de ella más que de la justicia. La
concordia de los ciudadanos no carece de semejanza con la amistad; y la concordia
es la que las leyes quieren establecer ante todo, así como ante todo quieren
desterrar la discordia, que es la más fatal enemiga de la ciudad. Cuando los hombres
se aman unos a otros, no es necesaria la justicia. Pero, aunque sean justos,
aun así tienen necesidad de la amistad; e indudablemente no hay nada más justo
en el mundo que la justicia que se inspira en la benevolencia y en la afección.
La amistad no sólo es necesaria, sino
que además es bella y honrosa. Alabamos a los que aman a sus amigos, porque
el cariño que se dispensa a los amigos nos parece uno de los más nobles
sentimientos que nuestro corazón puede abrigar. Así hay muchos que creen, que
se puede confundir el título de hombre virtuoso con el de amante.
[…] Todas las cuestiones que acabamos de indicar
quedarán bien pronto aclaradas, tan luego como sepamos cuál es el objeto propio de la amistad, el objeto digno de ser
amado.
Evidentemente no pueden ser amadas todas las cosas;
sólo se ama el objeto amable, es decir, el bien, o lo agradable, o lo útil.
Pero como lo útil no es más que lo que proporciona un bien o un placer, resulta
de aquí que lo bueno y lo agradable, en tanto que objetos últimos que se
proponen al amor, pueden pasar por las dos únicas cosas a que se dirige el
amor. Pero aquí se presenta una cuestión: ¿es el bien absoluto, el verdadero
bien, el que aman los hombres? ¿O sólo aman lo que es bien para ellos? Estas
dos cosas, en efecto, pueden no estar siempre de acuerdo. La misma cuestión
tiene lugar respecto de lo agradable que del placer. Además, cada uno de
nosotros parece amar lo que es bien para él; y podría decirse de una manera
absoluta que, siendo el bien el objeto amable, el objeto que es amado, lo que
cada cual ama es lo que es bueno para él. Añádase que el hombre no ama lo que
es realmente bueno para él, sino lo que le parece ser bueno. Esto, sin embargo,
no puede dar lugar a ninguna diferencia seria; y de buen grado diríamos que el
objeto amable es el que nos parece ser bueno para nosotros.
Hay, por consiguiente, tres causas que hacen que se
ame. […]
Respecto al amigo sucede todo lo contrario; se dice
que es preciso desear el bien únicamente para él; y se llaman benévolos los
corazones que quieren de este modo el bien de otro, aunque la persona amada no
les corresponda. La benevolencia, cuando es recíproca, debe ser considerada
como si fuera amistad. ¿Pero no debe añadirse, que para ser verdaderamente la
amistad, esta benevolencia no debe ser ignorada por aquellos con quienes se
tiene? Así sucede muchas veces, que es uno benévolo con gentes que no ha visto
jamás; pero se supone que son hombres de bien o que pueden sernos útiles; y
entonces el sentimiento es poco más o menos el mismo que si uno de esos
desconocidos hubiese manifestado ya la misma afección que vosotros habéis
manifestado por él. He aquí, pues, gentes que son ciertamente benévolas
recíprocamente. ¿Pero cómo se puede dar el título de amigos a gentes, cuya
reciprocidad de sentimientos no se conoce? Para que sean verdaderos amigos, es
preciso que tengan los unos para con los otros sentimientos de benevolencia,
que se deseen el bien, y que no ignoren el bien que se desean mutuamente por
una de las razones de que acabamos de hablar.
(Especies de
amistad). Los motivos de afección son
de diferentes especies, lo repito; y por consiguiente los amores y las
amistades que causan deben diferir igualmente. Así hay tres especies de amistad
que responden a los tres motivos de afección; y para cada una de ellas, debe
haber reciprocidad de amor, el cual no ha de quedar oculto a ninguno de los dos
que le experimentan. Los que se aman
quieren el bien recíproco en el sentido mismo del motivo porque se aman;
por ejemplo, los que se aman por interés, por la utilidad que pueden sacar el
uno del otro, no se aman por sus personas precisamente, sino en tanto que sacan
algún bien y algún provecho de sus relaciones mutuas.
Lo mismo sucede con los que sólo se aman por el placer. Si aman a personas de costumbres
también ligeras, no es a causa del carácter de éstas, sino únicamente por los
placeres que les proporcionan. Por consiguiente, cuando se ama por interés y
por utilidad, sólo se busca en el fondo el propio bien personal. Cuando se ama
por placer, sólo se busca realmente el placer mismo. En estos dos casos, no se
ama aquel que se ama por lo que es realmente, sino que se le ama sólo en tanto
que es útil y agradable. Estas amistades sólo son amistades indirectas y
accidentales; pues no se ama porque el hombre amado tenga tales u cuales
cualidades, cualesquiera que por otra parte sean ellas; sino que se le ama en
un caso por el provecho que procura y por el bien que facilite, y en otro por
el placer que proporciona.
Las amistades de este género se rompen muy fácilmente,
porque estos pretendidos amigos no subsisten largo tiempo semejantes a sí
mismos. Tan pronto como tales amigos dejan de ser útiles o no presentan el
aliciente del placer, se cesa al momento de amarles. Lo útil, el interés, no
tiene nada de fijo, y varía de un instante a otro de una manera completa. Llegando
a desaparecer el motivo que les hacía amigos, la amistad desaparece en el acto
con la única causa que la había formado.
La amistad
perfecta es la de los hombres virtuosos y que se parecen por su virtud; porque
se desean mutuamente el bien en tanto que son buenos, y yo añado, que son
buenos por sí mismos. Los que quieren
el bien para sus amigos por motivos tan nobles son los amigos por excelencia.
De suyo, por su propia naturaleza, y no accidentalmente es como se encuentran
en tan dichosa disposición. De aquí resulta, que la amistad de estos corazones
generosos subsiste todo el tiempo que son ellos buenos y virtuosos; porque la
virtud es una cosa sólida y durable. Cada uno de los dos amigos es bueno absolutamente
en sí, y es bueno igualmente para su amigo; porque los buenos son a la vez y
absolutamente buenos y útiles los unos para los otros. También se puede añadir
que son mutuamente agradables, y esto se comprende sin dificultad. Si los
buenos son agradables absolutamente y si lo son también los unos para con los
otros, es porque los actos propios, así como los actos que se parecen a los
nuestros, nos causan siempre placer, y que las acciones de los hombres virtuosos
son virtuosas también o por lo menos son semejantes entre sí. Una amistad de
esta clase es durable, como puede fácilmente concebirse, puesto que reúne todas
las condiciones que deben encontrarse en los verdaderos amigos. Y así toda
amistad se forma con la mira de alguna ventaja o con la mira del placer, sea
absolutamente, sea por lo menos con relación al que ama; y además sólo se forma
a condición de una cierta semejanza.
Todas estas circunstancias se encuentran esencialmente
en el caso que indicamos aquí: en esta amistad hay semejanza al mismo tiempo
que hay todo lo demás, es decir, que de una y otra parte son absolutamente
buenos y absolutamente agradables. Nada
hay en el mundo más digno de ser amado que esto, y en las personas de este
mérito es donde se encuentra generalmente la amistad, y la más perfecta. Es
muy claro, por otra parte, que amistades tan nobles han de ser raras, porque
hay pocos hombres de este carácter. Para formarse estos lazos se necesita
además tiempo y hábito. El proverbio tiene razón cuando dice que no pueden
conocerse mutuamente los amigos, «antes de haber consumido juntos una talega de
sal.» Tampoco pueden dos aceptarse ni ser amigos antes de haberse mostrado uno
y otro dignos del mutuo afecto, ni antes de haberse establecido entre ellos una
recíproca confianza. Cuando dos crean amistades tan rápidas, desean
indudablemente hacerse amigos; pero no lo son y no lo llegan a ser
verdaderamente sino a condición de ser dignos de la amistad y de conocerse bien
mutuamente.
El deseo de ser amigo puede ser rápido; pero la
amistad no lo es. La amistad sólo es completa cuando media el concurso del
tiempo y de todas las demás circunstancias que hemos indicado; y gracias a
estas relaciones llega a ser igual y semejante por ambas partes, condición que
debe existir también cuando se trata de verdaderos amigos”.
Escuchando a Aristóteles, maestro de maestros,
concluimos como para emepzar:
- El amor es lo más necesario de la vida.
- El amor se adhiere a lo Bueno (que resulta ser
Agradable y Útil).
- El amor es Bello.
- El amor es complejo y encierra una infinidad de
matices en los que se mueve el amor-amistad.
En suma, Aristóteles nos hacer abrir los ojos a una
realidad de la vida humana, que es desde que el hombre existe y que nuestros
pensamientos, al parecer, nunca la abarcarán.
Lo que
Platón y Aristóteles me han enseñado es esto, ¡gran descubrimiento!: que soy amigo
de Platón y que soy amigo de
Aristóteles, y que ninguno de los dos me censura esa inclinación, ninguno se
encuentra celoso del otro; ninguno de los dos me quiere acaparar para sí. Amicus Plato, sed magis amica veritas: Soy
amigo de Platón, pero es más amiga mía la Verdad, y este dicho se atribuye
a Aristóteles (según su biógrafo Amonio). ¡Ay si en amistades que van
circulando por la vida, por mi vida, fuera verdad tanta generosidad…!
Soy también amigo de Cicerón, que escribió De Amicitia, año 44 a. C. (más exactamente
Laelius de amicitia).
Entre los modernos quise ir a Pedro Laín Entralgo
(1908-2001), que escribió Sobre la
amistad (1972), corazón noble, que tiene frases como perlas, dignas de los
Proverbios de la Escritura:
- “Creo que soy una persona de una sola obsesión, que
apuesta por la amistad, por la lealtad, por la fidelidad: tengo todas las
cartas a un solo número”.
- “Sabed que cuando uno es amigo de sí mismo, lo es
también de todo el mundo”.
- “No dejes crecer la hierba en el camino de la
amistad”.
- “¡Hay gentes a quienes damos las gracias sólo por
haberse atravesado en nuestro camino!”.
Soy amigo, amicísimo (sin haber jamás conversado con
él) de Benedicto XVI, que inició maravillosamente su pontificado escribiendo: Deus caritas est (25 de diciembre, solemnidad
de la Natividad del Señor, del año 2005, primero de mi Pontificado). Habló del
amor como ningún Papa antes había hablado. Habló del « Eros » y « agapé »,
diferencia y unidad (números 3 al
8 de la encíclica). Como gran pensador tuvo que sumergirse en la filosofía: “Nuestras
reflexiones sobre la esencia del amor, inicialmente bastante filosóficas,
nos han llevado por su propio dinamismo hasta la fe bíblica” (n. 7).
Sus palabras son de lo más
bello, de lo más penetrante que en la historia de la cultura se haya escrito
sobre el amor. ¡Gracias, humilde y sabio Papa Benedicto!
II. Ante el Dios-amor:
El amor personal revelado
Las bellas consideraciones sobre el amor dan paso a
una visión del amor que brota de la revelación de un Dios que no había sido
percibido así en el ámbito de la filosofía pagana. La revelación del amor es
simultánea a la revelación de Dios. El Dios revelado:
- Es un Dios personal y único.
- Inserto en la historia.
- Amante del hombre.
- Y salvador del hombre en toda circunstancia en que
se encuentre.
Para entrar en el análisis del amor humano, en la
forma en que se realice (amor matrimonial, amor virginal), según la experiencia
debemos partir de estos supuestos transcendentales:
1.
El amor, como
ninguna otra vivencia, toca el misterio del ser, y, al parecer, en esto está
concorde toda la sabiduría de los antiguos. Uno se encuentra “perdido en el
amor” como se encuentra “perdido en el misterio”; salvado en el amor como
salvado en el misterio.
2.
Por ello, el
“amor” y la “vida” se enlazan y confunden, y en este sentido:
o
Del mismo modo
que la vida no es analizable, el amor tampoco es analizable porque supera al
mismo que ama. El amor es acción y pasión (soy yo quien vive, soy yo quien es
vivido; soy quien activo el amor y quien padezco el amor)
o
Del mismo modo que la vida, por su propio
dinamismo interno, es generadora y sorpresiva, el amor engendra el fruto del
amor y es sorpresa.
3. Si decimos que el amor toca el misterio del ser,
seamos francos: El misterio del ser está
en Dios, y en un Dios que se nos ha revelado. De aquí debemos partir. Y
aquí es donde se bifurca el pensamiento de los filósofos y el pensamiento de
los teólogos.
1. Canto de
Pablo al amor (agapé)
Pablo se ha desatado cuando ha hablado del amor frente
a todos los carismas, que nos pueden vislumbrar. El amor no es carisma, no es
supercarisma; es pura y simplemente “un camino más excelente”, no vetado a
ningún cristiano. Ahora el teólogo se ha convertido, por un ímpetu amoroso, en
un cantor, y medio en prosa y medio en ritmo, el teólogo abre su corazón.
“Si hablara las lenguas de los hombres y de los
ángeles,
pero no tengo amor,
no sería más que un metal que resuena
o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los
secretos y todo el saber;
Y si tuviera fe como para mover montañas,
pero no tengo amor,
no sería nada.
Y si repartiera todos mis bienes entre los
necesitados;
y si entregara mi cuerpo a las llamas,
pero no tengo amor,
de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno;
el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe;
no es indecoroso ni egoísta;
no se irrita, no lleva cuentas del mal;
no se alegra con la injusticia, sino que goza con la
verdad.
Todos lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
soporta.
El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán;
las lenguas cesarán:
el conocimiento se acabará.
[…]
En una palabra, quedan estas;
la fe, la esperanza, y el amor; estas tres.
La más grande es el amor “ (1Cor 13,1-8.13).
Quizás la aportación más específica de Pablo teólogo
es esta: El amor es lo que queda, lo
único que queda, cuando todo pasa. El amor es la quintaesencia de la vida en
tiempo y eternidad.
La fe era la plataforma de todo su pensamiento; ahora
nos dice que también la fe se rinde al amor. La fe desaparecerá, cuando se
convierta en visión; y, en consecuencia, la esperanza. Y la única inmortal será
el amor, la agapé (otros preferirán
leer agápe).
Por lo tanto, al fe diviniza en presente, y lo hace
eterno, con la dignidad inmarcesible de al eternidad. ¿Merece vivirse en esta
vida otra cosa que no sea el amor?
Tornando, pues, a la vida: ya podría ser yo el hombre
más maravilloso, taumatúrgico y esplendente de la historia…, si me falta el
amor, sería, a la postre…, nada.
Pero he aquí que este amor no es precisamente el amor
heroico de una tragedia griega… Ese amor de los quince verbos con los cuales es
retratado es el amor de cada día, el amor… hasta rutinario, se diría; el amor
que no tiene representación, que cada de sustancia para un drama y una novelas.
A muchos jóvenes esposos que vienen al altar a
consagrar su amor para siempre, les parece precioso este texto, por el despliegue
de las primeras frases, fantásticas y románticas. Así quiero amar yo a mi
esposa…, como un héroe de película. Nada de eso. No es este el amor heroico que
tú tienes y lanzas. Es el amor divino, que ha descendido a tu corazón, y por
gracia te ha transformado, y ahora tú empiezas a vivir de otra manera: amor
humildad, amor paciencia, amor acogida, amor perdón…, en suma, amor cristiano.
2. Dios
revelado a mí como historia de amor a mí
Para el cristiano Dios no existe sino en cuanto Dios
revelado., y existe en la medida en que se nos revelada, aceptando que su misterio es infinito.
Hemos de aceptar que el amor es una manera total e
comprender a Dios, tan absoluta que otra no existe. Esto quiere decir que Dios,
al revelarse, no revela su amor y otras cosas, como si la revelación fuese un
tablero de cosas diferentes. La revelación queda unificada como revelación de
amor.
Ahora bien, revelar es comunicarse. Comunicarse es
entrar en la historia: hoy Dios se comunica, mañana también. Mientras haya un
hombre, Dios se comunica: ya tenemos historia. La historia que Dios hace con el
hombre no puede ser otra historia que una historia de amor.
El primer acto de la historia que percibe el hombre es
la creación. La creación es, por tanto, el primer acto de amor de Dios al
hombre. Este acto queda plasmado en los seres creados; todos los hombres
creados, cuyo conocimiento alcanza el hombre, están proclamando esta verdad
primordial: Dios es amor. Dios, saliendo de sí mismo, actúa amando. El hombre
puede quedar anegado en esta invasión de amor que le viene de Dios.
Dios se revela por su creación y por su Palabra. Y la
Biblia es la Palabra de Dios, aunque en modo alguno la Palabra escrita puede
acaparar toda la Palabra vivificante de Dios, que llega a nuestros corazones por
el Espíritu. Dios es libre más allá de la Biblia. Dios habla a cada uno de los
seres creados.
Pero la Biblia, como libro de revelación, es una
plataforma privilegiada para descifrar el misterio indescifrable – por ser
misterio infinito – de Dios amante.
La Biblia nos habla básicamente como historia. Es
historia todo lo que acontece en el devenir humano, y todo lo que acontece en
la intimidad del ser humano, que vive desde Dios por el Espíritu que se le ha
dado, que piensa, que anhela, que tiende, que decide, agitado por todo el mundo
interior de sus pasiones, pasiones como fuerzas de conocimiento y de
operaciones. En todo ello está Dios como historia amando.
Dios, al acceder a nosotros, nos toma como somos, en
nuestra realidad individual y colectiva. En esta comunión de Dios con el
hombre, nosotros, confinados en nuestras limitaciones, que un día han de ser
superadas, revertimos a Dios lo que absolutamente nos transciende, y llegamos a
estos modos de pensar y de hablar, que están todos ellos traspasados de “antropomorfismo”:
- Dios nos habla y nos ama como a su pueblo elegido,
sin que por ello podamos decir que a otros seres humanos ame menos que a
nosotros. Dios nos ama, pues, en Alianza, signo de la Alianza que establece con
todos los pueblos.
- Dios se aíra si su amor no es correspondido, como si
su infinita felicidad pudiera ser alterada por nuestro amor.
- En suma, Dios se encarna, se humaniza, llegando a
ser uno de nosotros, y esto origina en el hombre una nueva experiencia de Dios,
un lenguaje, una comprensión que deshace todo tipo d filosofía.
- Y ahora la verdad de las verdades es que Dios es
hombre, hombre en sí, hombre en todos, hombre en mí; y que ser hombre es “una
manera finita de ser Dios”, puesto que el hombre se realiza en comunión. El
hombre “es” siendo recibido de Dios, siendo donado a Dios. La divinidad va a
ser el campo de operaciones del hombre viador. El hombre es un ser caminante
hacia Dios, con unos anhelos de infinitud que solo Dios los puede saciar, que
que es imposible saciarlos sino en el puro abandono en Dios tras los brazos de
la muerte.
- Volviendo a la revelación, que está – muy
singularmente – en la palabra escrita: Si
no entendemos la Biblia como historia de amor, como palabra de amor, no la
entendemos. (Tantas veces lo hemos repetido: la exégesis histórico-crítico-literaria,
que privilegian nuestros manuales, es imprescindible, pero totalmente
insuficiente; la exégesis espiritual, sapiencial…, que tanto estiman los
sabios, es necesaria, pero tampoco basta. Hay que pasar a una exégesis vital –
que no tiene nombre – en la que yo quede inmerso en el texto, como parte del
mismo – como esposo de amor, dirá un místico – exégesis en la que el texto me
hable desde dentro, sacramentalmente, vitalmente, en el hoy de mi historia,
fundido en el hoy de Dios).
2. Amor de
Cristo a mí; amor de mí a Cristo
El amor de Cristo a mí
El amor de Dios al hombre reside en Cristo, como norma
de todo amor, te tal manera que no hay amor de Dios superior que aquel que se
nos ha manifestado en Cristo. No hay misericordia de Dios más grande que al que
se nos ha manifestado e Cristo Jesús. Tal amor podemos definirlo con estas
características:
1. Es un amor histórico-concreto, verificado en una vida
real, que terminó en la Cruz.
2. Mediante este amor Jesús entrega todo Dios al hombre.
3. Y al entregar a Dios se entrega del todo así mismo.
4. Lo cual se verifica en el misterio de la Cruz, que
nadie puede entender.
5. Así resulta que el amor de Dios, que, de por sí, sería
lo más deleitoso, termina siendo lo más doloroso: amor crucificado.
El amor de mí a Cristo (mi amor a Cristo)
El amor a
Cristo tiene estas características
1. Es un amor que arranca de la revelación.
2. Es un amor recibido: “He sido amado”
3. Es un amor-donación: Habiendo sido amado, yo amo
4.
La donación tiene
que tener estas características:
- Donación total (no parcial), entregado hasta “dar la
vida” (martirio)
- Donación gratuita (no interesada, por placer o por
utilidad)
-
Donación para siempre (no temporal, según me vaya)
5. Donación “vocacional”, en la cual el ser humano halla
su sentido, su puesto en la historia particular y universal.
6. El
amor a Cristo se desborda, de modo natural, en el amor a todos aquellos por los
que Cristo ha entregado su vida. Los santos lo han comprendido con una
evidencia deslumbrante. Así la Madre Teresa de Calcuta: amar del todo, de todo corazón, y gratuitamente. Este es el
verdadero amor cristiano, que ha fascinado y fascina a tantísimas personas.
4. Amor entre
seres humanos: Amor entre esposos
Preámbulo
Hablemos del amor del firmamento abajo, si es válida
la expresión, del amor circulante entre los hombres, del amor que es el centro
de la vorágine de la literatura, de todo arte, incluso erróneamente… del
pecado. Amor meus pondus meum; eo feror
quocumque feror. El amor es mi peso (la ley de mi gravitación), por él soy
impulsado adondequiera que voy. Así habló san Agustín, aquel Agustín de
juventud turbada, que también dijo: amare
et amari, amar y ser amado. Al fin, el amor es causa de los devaneos y es
la flecha velocísima de la santidad. Qué distinto amor uno y otro, y a todo le
llamamos con el mismo nombre, por un parentesco último que Dios puso en la
última célula germinal del ser.
El último verso de la Divina Comedia dice: l’amore, che muove il sole e le altre stelle.
Sí, el amor mueve el sol de las estrellas. Es lo que decía, con otras palabras,
Agatón en El Banquete.
Cada uno de nosotros tiene una palabra de amor que
lleva escondida en el corazón, y acaso es la palabra que dejamos a nuestros
herederos. Una palabra tantas veces rota y herida. El matrimonio, que por su
naturaleza debía ser la patria inmaculada del amor, muchas…, muchísimas veces,
no resulta serlo. Y hasta de protagonistas del desamor queremos hacer ídolos de
la vida, héroes de una contracultura. ¡Qué desvarío!
No puede ser así. El amor, chispa divina, germen
sembrado por Dios, es lo más bello. Ya dijeron los filósofos: que nada es amable si no es bello. Es así.
Por eso, el amor es la espiral de toda la creación, de toda la historia, de
toda mi vida.
Intentemos algunos balbuceos del amor.
1.
Amor sustentado
por un amor humano, sin violencia. El amor verdadero en su sentido más noble
(que no deja de ser “placentero” y “útil”) se califica como amor porque busca
el bien de la persona amada, la expansión plena de los bienes de la persona a
quien se amada, sin envidia ni mezquindad, anteponiendo el bien de la persona
amada a mi propio bien. Es, por lo mismo, un amor sacro de consagración.
2.
Amor
matrimonial. El amor matrimonio, de por sí, tiene estas características:
ü Donación sincera, total y exclusiva, que es donación
de alianza: “Yo para ti, tú para mí”
ü Donación gratuita, no interesada.
ü Donación para siempre: amor fiel.
ü Donación oblativa, no egoísta, dejándole al otro ser
el mismo, expansionándose en sus propias cualidades.
ü Donación fruitiva. Al mismo tiempo que oblativa, el
amor matrimonial por su naturaleza es una donación mutuamente fruitiva.
ü Donación confiada: el amor incluye un acto de fe en el
otro; los celos (celotipia), la desconfianza, la sospecha… corroen el amor.
Hablamos divinamente del amor entre hombre y mujer
unidos en matrimonio; así es, así debe ser, amor paradigma mismo del amor.
La cruel realidad en la cultura humana es tristemente
distinta… Salta a los ojos y no quiero dejar, esta gota – o este mar – de
amargura, que, sea lo que sea, no puede destruir el plan que Dios tiene sobre
el matrimonio, que de Él nace y a Él torna. Me vienen a la mente aquellos
versos dulces y nostálgicos de Amado Nervo, que comienzan:
Dios te
libre, poeta,
de verter en
el cáliz de tu hermano
la más
pequeña gota de amargura.
5. Amor de
consagrados: amor entre hermanos
1. El amor de Cristo ha convocado y creado una
fraternidad que supera los meros lazos de la sangre y que antes no existía. La
Iglesia es una comunidad de consagrados, y el amor entre los cristianos, de
cuyas recomendaciones están llenas las cartas de los apóstoles, establece unas
relaciones de respeto, de veneración, de aprecio y de confianza, que van más
allá de los lazos de la carne y de la sangre; experiencia que se hace muy
sensible en comunidades intraeclesiales que cultivan las relaciones mutuas,
así, por ejemplo, en las Comunidades Neocatecumenales: la sinceridad es
cubierta por el secreto, la igualdad y cercanía, la ayuda mutua, el cariño son
patentes. Congregavit nos in unum Christi
amor: ne nos mente dividamur, caveamus. Nos ha congregado en uno el amor de
Cristo; cuidemos que no nos separe una división de corazones. San Pablo exhorta
a la Comunidad de Filipos a vibrar con un mismo pensar, un mismo sentir.
2. Es la comunidad de “hermanos en Cristo”, y de un modo
más intenso el amor de hermanos que se da en una comunidad de consagrados. Una
comunidad de consagrados intenta intensificar al máximo las relaciones que
rigen a la comunidad cristiana como tal.
3. Este amor de consagrados crea unos lazos de noble
relación humana, que el ser “hermano” es algo específicamente de ser “amigo”.
Dice el proverbio: Los hermanos Dios los da; los amigos uno los escoge. La
hermandad, la fraternidad, no es una nota distinta de una familia religiosa
frente a otras; es una nota consustantiva a todos los consagrados en el Señor;
si bien es cierto que, hasta la misma teología, puede desviar acentos. La
obediencia, por ejemplo, que está en función del amor no puede ser una
“obediencia autoritaria” en ningún grupo religioso; ha de ser una obediencia de
hermanos en el Señor, todos sujetos al mismo Espíritu, al único Señor. De otra
manera, falsificaríamos la realidad cristiana y violaríamos la dignidad de los
hijos de Dios.
4. Esta relación que se crea en la comunidad es una
relación de lealtad, aprecio mutuo, servicio incondicional, con la disposición
de dar la vida por aquellos a los que se ama. Aun así, no es “amistad”, si bien
la amistad puede darse – y es lógico que se dé – en el propio ámbito de vida de
los consagrados.
5. La norma de las relaciones “en caridad” la expresaba muy
delicadamente así la exhortación apostólica Evangelica
testificatio (Pablo VI, 29 junio 1971): “La
caridad -no lo olvidemos- debe ser como una activa esperanza de lo que los
demás pueden llegar a ser gracias a nuestra ayuda fraterna. El signo de su
autenticidad se comprueba por la gozosa sencillez con que todos se esfuerzan por
comprender lo que cada uno anhela” (n. 39).
6. Si el amor mutuo desde Cristo y por Cristo es lo que
determina la esencia de la vida consagrada (pues los votos mismos se orientan a
esta primacía del amor, puesto que del amor como tal no se puede hacer voto,
por ser fin y no medio), la obediencia – relación de superior/súbdito – hay que
repensarla y reestructurarla desde el amor. El mejor superior es aquel que discierne y respeta,
con el hermano y con los hermanos, la relación del Espíritu en los individuos y
en la comunidad. Y el mejor obediente no es el que calla, sino el que coopera a
este discernimiento.
7. Pero no debemos ignorar los lados oscuros que amenaza
el amor, en todo los estados en que se encuentra. El ego herido por el pecado
apetece la pertenencia del ser amado, la exclusividad, el dominio…, la
destrucción de todo lo que amenaza este coto de mi amor. El amor se ha
adulterado, pasando de ser “amor en Cristo Jesús” a amor “según la carne” (no
en el sentido sexual, sino en el sentido paulino: amor según el reclamo del
instinto, de los impulsos no liberados de pecado por Jesucristo).
6. Mistagogía
de la amistad de dos consagrados
1. La amistad arranca de un “encuentro”, de un encuentro
singular en el cual se establece una misteriosa sintonía que es comunión en los
anhelos más profundos de dos personas. Entonces se establece la amistad en
virtud de un bien que me supera a mí, que te supera a ti, y que para ambos es
el sentido íntimo y último de nuestra vida consagrada. Es muy comprensible que
este encuentro surja precisamente entre el hombre y la mujer. Nada hay más específicamente masculino en el
hombre que el anhelo de la mujer y nada hay más específicamente femenino en la
mujer que el anhelo del hombre. Esta expresión estática del encuentro está
expresada y proféticamente anunciada en la exclamación de Adán ante el encuentro
con Eva (Gn 2,23): Esta sí es hueso de
mis huesos y carne de mi carne. En el encuentro amoroso de Adán y Eva la
creación alcanza su zenit, y este punto de referencia puede ser referido a todo
encuentro humano en el amor, pues el amor es el logro del ser; no precisamente
los movimientos de la historia, las culturas y civilizaciones. La historia
llega a su cima cuando el amor se encuentra con el amor.
2. Lo que es predicable de la amistad humana comienza a
ser vigencia en el encuentro amistoso-amoroso de dos consagrados, de dos
consagradas, de un consagrado y una consagrada. Uno comienza a navegar por el
misterio mismo de la vida, que en verdad le supera. La psicología humana es
incapaz de sondear todos los vericuetos del corazón humano. El corazón humano
es el océano de Dios, ¿quién lo abarcará?
3. Y la vivencia se explaya entre los anhelos más nobles
y ennoblecedores y el asedio de las ruindades inherentes al pecado: el egoísmo
es el enemigo mortal de las amistades entre consagrados, egoísmo agazapado en
aspiraciones viles, que uno puede tratar de ocultar, incluso de ignorarlas él
mismo, ella misma.
4. Pero la amistad es la suprema belleza de la vida, el
logro último de sí mismo, el anticipo de
la beata paz del cielo.
5. Una amistad se sabe dónde comienza mas no dónde
termina, porque el tejido de las relaciones humanas nadie puede conocerlo ni
dominarlo: la vida misma lo vivifica.. Si, de sí, la amistad es fruitiva y
deleitosa, puede ser crucificante – o pasar por la prueba de la Cruz – pues la
amistad verdadera es un modo de participar en el Misterio Pascual de Cristo.
6.
Conclusión: Amor, vocación de vida
Y después de decir todo lo dicho…, después de haber
puesto los hilvanes, acaso habría que continuar: Comencemos a hablar del amor…,
comencemos. Pasemos del balbuceo a la palabra. ¿Dónde está la palabra del amor,
si cada ser humano, purificado, lleva dentro una palabra…, un cántico?
Confesemos paladinamente: En la tierra nunca se dirá la última palabra del
amor, lo más bello, lo más puro, lo más humano y divino…, lo más mío de mí
mismo.
El amor es simplemente la vocación misma de la vida,
la que traemos hasta el mundo al venir.
Por eso, es justo concluir, pues hay que “cortar”, con
una plegaria al Señor:
¡Concédeme, Señor por tu ternura, antes de mis días
cimeros, antes del tránsito, haber conocido el amor verdadero, la amistad
sincera, el amor…, el que nos ha de trasportar hasta el corazón del Padre!
Santa Cruz de Juventino Rosas, Guanajuato,
México
Monasterio de hermanas clarisas capuchinas
sacramentarias
Pascua 2014
Rufino María Grández.
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