Comentario del Evangelio desde la
Casa del Migrante de San Luis Potosí
Ayer, sábado, en el monasterio
del Corazón Eucarístico de Jesús y Ntra. Sra. de la Soledad, concluyendo los
Ejercicios que durante la semana había dado a mis hermanas capuchinas (como lo
sabe el lector que me ha seguido en las dos últimas entregas: 577 y 578), subí
el video de la homilía correspondiente al domingo de hoy (Mt 14,23-31). Una vez
más pudimos apreciar que el Evangelio es inexhausto. Cabe una exégesis desde el
“Dadles vosotros de comer” (dos textos el Papa citando esta frases en La alegría del Evangelio). Cabe una exégesis desde los
signo eucarísticos de la escena. Cabe una exégesis desde las sugerencias del
inicio: le siguió una multitud, sintió
compasión, curó a los enfermos.
Cualquiera de los tres tipos
de exégesis nace de Jesús, revierte en mí, se prolonga de mí hacia los demás.
Como la vida está llena de
muchas circunstancias - y las
circunstancias son providencia – ahora voy a proponer una exégesis desde la
primera opción: Dadle vosotros de comer. Decía el teólogo Karl Barth – primera
figura del siglo pasado en el mundo protestante – que para hacer teología hemos
de tener en una mano la Biblia, y en la otra el periódico. Para el teológo el
periódico es “historia salutis”, porque la mano del Señor nos e ha abreviado…
Pues algo de esto.
Las hermanas me habían
ponderado el espíritu joven y fervoroso de su Capellán, el P. Rubén, diocesano.
- ¿No quisiera conocerle?
Sería interesante que hablara con él. Se entenderían…
- Pues ¡claro que sí!
Esto fue el motivo para que la
víspera del final concertáramos una visita donde podía encontrarlo: al Casa del
Migrante de San Luis Potosí. El P. Rubén, de 16 años se sacerdote, se graduó en
Roma en Historia de la Iglesia y tiene una gran afición a la Historia. “Nunca
había pensado que me iba a tocar esta gracia”. Se refería a que él es Director
de Cáritas y Director de una obra maravillosa de Cáritas en San Luis Potosí: la
Casa del Migrante. Una búsqueda en Internet nos da las fotos de este gran
completo que podría alojar a varios centenares de migrantes. Y el Libro de
visitas, que es el face-book, deja constancia de que aquella tarde estuvimos
con el P. Rubén y las buenas gentes de Nicaragua y Guatema… la madre Divino
Corazón y servidor.
Recorrimos toda la casa y
vimos cocina, dormitorios – muy pulcros – pensados con buena ventilación. La
casa está junto a la vía del tren y por la vía pasa “La Bestia”. ¿Qué era La
Bestia?
- Dadles vosotros de comer.
- “En esta temporada están
comiendo a diario un promedio de 120 migrantes… Pero hubo un día (él sabe
exactamente la fecha de este año) en que aquí s e juntaron 1.100…”
- ¿Cuántos emigrantes este
año…?
- “Pues vamos a ver aquí, en
la computadora… de todos modos más de 6000. Según el reglamento sin excepción
de sexo, raza, religión ni edad.
- Y ¿entran?
- Sin más, llamando a la
puerta. Se les hace una inspección personal a cada uno, salvando los derechos
de la persona, y cada uno tiene su número de registro con foto. Lo que se exige
para entrar en la Casa del Migrante y pasar unos días son cuatro cosas: No
armas, No drogas, No pornografía, No instrumentos cortantes.
De regreso sigo conversando
con el P. Rubén. Tenemos que reconocer que Cáritas es el rostro verdadero y
amable de la Iglesia, que de alguna manera lava tantas suciedades con que la
hemos manchado.
Cáritas… Sigue resonando en mi
corazón. Dadles vosotros de comer.
Pero luego, en casa, con datos
escalofriantes, encuentro en Internet, en el periódico El Universal que lo de
La Bestia es tristemente verdad, cruel verdad… He aquí el artículo del 31 de
julio de 2014.
Que no muera 'La Bestia': migrantes
31 julio 2014 El Universal
Foto de La Bestia que acompaña este artículo
Sin importar las inclemencias del tiempo
o los riesgos que corren al subir a "La Bestia", migrantes
centroamericanos se inconforman con la prohibición anunciada por el gobierno
mexicano para viajar sobre los vagones del tren
Ese mediodía sofocante en Arriaga,
Chiaas, <es día de La Bestia, el ferrocarril de carga que enfilará con
destino a Ixtepec, Oaxaca, a unas 12 horas de camino. Arribó con un aullido a
la estación tranviaria donde lo esperaba una romería asoleada: vendedores de
refresco y gorras que pululan entre decenas de viajeros tensos y reservados,
jóvenes en su mayoría.
A unos 100 metros, una familia hondureña
observante, callada, se ampara en la sombra de un árbol escuálido. Cecilio
Elías Castro es el nombre del padre. Flaco, moreno, 46 años vividos. Su esposa,
su niño de 11 y su pequeña de cinco años se pliegan recelosos en torno suyo.
Elías porta una camiseta roja que reza:
“Manuel Velasco, tu gobernador”. Es una donación recibida en un albergue de
Tapachula porque solicitaron asilo a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados
(Comar), pues a uno de sus hijos lo asesinaron pandilleros y la sobrevivencia
diaria les era imposible.
Una semana antes vimos a la familia en el
albergue Belén, en Tapachula, llegaba de las oficinas de la Comar. Le negaron su
petición. Ahora los Castro estaban ahí, bajo ese árbol, a punto de abordar La
Bestia por vez primera, sin un destino claro. Simplemente huían.
Padre y madre cargan sus bienes en
mochilas y sujetan en sus brazos el único alimento que poseen para el camino:
tres botellas de agua.
—¿Cómo llegaron aquí? —inquiero al padre.
—Caminamos ocho días por las vías del
tren —responde.
Antes, La Bestia salía de Tapachula. Pero
en 2005 el huracán Stan dejó inoperantes los rieles y desde entonces la
migración centroamericana más empobrecida recorre a pie los 384 kilómetros de
vías que separan a la ciudad de la estación de Arriaga y se expone a una
diversidad de atropellos.
“Gracias a Dios a nosotros no nos pasó
nada”, dice el campesino.
El hondureño desconocía el anuncio del
gobierno mexicano de que prohibirá viajar en La Bestia, bajo el argumento de la
seguridad de los transmigrantes, pero al conocerlo se inconforma.
“No estoy de acuerdo en lo que quiere
hacer el gobierno mexicano, tal vez piensa que nos hace un favor, pero nos hace
un daño”, expresa. “Esta es nuestra única opción porque no tenemos dinero para
viajar”.
Carlos Bartolo Solís, al frente del
albergue Hogar de la Misericordia, en Arriaga, dice que de tres a cuatro trenes
parten del pueblo semanalmente y trasladan a un promedio de 600 personas en
cada jornada, alrededor de 90 mil al año, por lo que también rechaza dicha
prohibición. “Es una tontería”, dice.
Considera que el impedimento no inhibirá
el flujo migratorio y en cambio aumentará los riesgos del trayecto porque se
buscarán medios más ocultos y peligrosos.
En
el \'techo\' del infierno
Ese mediodía el sol no tiene miramientos.
La tierra arde. El aire agobia. Y el ferrocarril es un animal de hierro como
salido del infierno. Subir a su lomo es un reto de agilidad y fuerza. Ya
arriba, el logro es viajar sentado sobre el techo quemante.
Decenas de migrantes comienzan la
escalada a La Bestia. Vendedores les ofrecen cajas de cartón plegadas como
refugio endeble contra el sol. Otros hacen negocio con lazos de plástico que
algunos viajeros usan para sujetarse de algún modo al techo, para así evitar
caerse si se quedan dormidos o si el convoy se descarrila.
En lo que va de 2014 ha habido ocho
descarrilamientos. Si esto sucediera ahora, los pasajeros podrían caer del
techo a las ruedas del tren y sufrir amputaciones o perder la vida.
Un grupo de salvadoreños, tres hombres y
dos muchachas, caminan aturdidos y con el rostro asustado entre la muchedumbre.
Han sufrido tres asaltos en su trayecto de El Salvador a Arriaga. Las mujeres
viajan sólo con lo que visten. Ninguno trae dinero. Ninguno quiere compartir
detalles.
Franklin, otro muchacho salvadoreño, de
ceja tupida y vestimenta formal tipo oficinista, aguarda también la salida del
tren.
Ante la cámara se muestra huraño y le
cuesta trabajo asumirse como usuario de La Bestia. Al opinar sobre la nueva
prohibición gubernamental de abordar el ferrocarril, se expresa en tercera
persona. “No pueden prohibirlo”, dice. “No son animales para que me los tiren
de arriba a la fuerza, no pueden”.
Cuando la cámara se apaga narra su
desventura: era botones en un hotel de San Salvador, pero la Mara Salvatrucha
(MS) comenzó a extorsionarlo y lo amenazó de muerte.
Lágrimas escurren por su rostro al
recordar la despedida con su madre. “Yo le dije: ‘no se apure mamá, yo no
regreso, aunque sea de barrendero me quedo en México”.
La
red guatemalteca
Dos horas después del arribo del tren,
éste no parte. Quienes ya están en el espinazo de La Bestia intentan cubrirse
del sol con un cartón, una prenda de vestir, la mano. De la docena de vagones
enganchados, el techo de tres ya ha sido ocupado.
Cuatro guatemaltecos descienden
sudorosos, sofocados.
De pronto, un grupo nutrido de otros
guatemaltecos, la mayoría veinteañeros, la décima parte mujeres, sale de atrás
de la estación y se acerca en tropel al tren. Al frente camina un hombre de
rasgos indígenas con actitud altiva. Es el coyote.
El traficante de personas elige el último
vagón del tren y le indica a su grupo que se suba al techo.
—¿Es usted el guía del grupo? —le
cuestiono.
—No —dice cortante y en su boca un diente
de oro centellea.
Ya trepada su gente en el lomo del
convoy, la distribuye. Le compra cartones, botellas de agua. Todos aguardan
estoicos, sin que haya mucho diálogo entre sí.
Bartolo Solís estima que 90% de los
migrantes que toman la ruta de La Bestia que parte de Arriaga son de Guatemala.
Dice que esta población es transportada
en autobuses en la madrugada, de Guatemala a Arriaga, a un costo de 10 mil
quetzales por persona —unos 16 mil pesos mexicanos—, y se les oculta en casas
de seguridad en contubernio con autoridades locales.
“Y si un ‘coyote’ trae 120 guatemaltecos
a ‘La Bestia’, saca como medio millón de pesos en un ‘trenazo’, que son
repartidos entre los maquinistas, los garroteros y autoridades”, señala.
Asegura que esta red también es
extorsionada por la MS o el crimen vinculados con autoridades locales, pues “al
parecer les están pidiendo 200 dólares por persona”.
La delincuencia organizada ataca los
trenes en movimiento porque por el peso van lentos, a 30 kilómetros por hora,
por lo que es común que a sus transportados “los asalten, los maten y no pasa
nada”.
Los riesgos de ser atacados por la MS
también los sufren en el albergue Hogar de la Misericordia, situado a 200 metros
de la estación ferroviaria, advierte Bartolo Solís, pues los pandilleros han
intentado infiltrarse para conocer los movimientos de quienes pernoctan ahí.
Rumbo
incierto
Tres horas más tarde, la familia Castro
ha conseguido colocarse en un recoveco de la parte trasera del último vagón del
tren. Alguien les regaló unas manzanas que muerden con ahínco. Se les ha sumado
Rodolfo, un joven hondureño que al igual que ellos huyó de la violencia.
“A mí me mandaban a cobrar impuestos de
guerra y yo no quería, y nunca lo pagué, pero me amenazaron”, dice el joven. En
los últimos cuatro meses, Rodolfo ha sido repatriado dos veces al treparse a La
Bestia. En ese lapso pasó de los 17 a los 18 años. Este es su tercer intento.
El muchacho busca reunirse con su familia
en Arizona. Y si lo deportan de nuevo, o si le impiden viajar otra vez en el
tren, dice que de igual forma se las arreglará para llegar a su destino. “Estoy
dispuesto a todo”, externa.
El tren está listo para partir hacia
Ixtepec. Si no tiene percances, sus viajantes deberán esperar la salida de un
ferrocarril más con dirección a Medias Aguas, Veracruz, lugar donde confluye
otra Bestia más, venida de Tenosique, Tabasco.
En Medias Aguas el redoblado flujo
migrante deberá esperar un convoy de carga más que los lleve a Lechería, en el
Estado de México.
Bartolo Solís dice que esta gente deberá
abordar unos nueve trenes y hará un trayecto de un mes hasta la frontera norte.
Hay quienes hablan de dos meses.
Rodolfo se instala al lado de la familia
Castro. Un rato después el ferrocarril bufe, arranca su marcha. Se aleja.
Algunos jóvenes se despiden desde los techos con la mano. Rodolfo no. La
familia Castro tampoco. La distancia va haciendo a La Bestia diminuta. Un punto
apenas.
fotografía

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