véase las entregas correspondientes de los años anteriores.
Una homilía al eco
de la Asunción
en
la misa funeral de mi madre (+ 15 agosto 2008)
In
memoriam
Hoy es la Asunción de la Santísima Virgen
María. Ya de víspera la Iglesia entona sus cantares a la Madre del Señor, comenzando
con las primeras Vísperas.
Ant. 1 Subió Cristo al cielo y
preparó una mansión de inmortalidad a su Madre purísima. Aleluya.
Ant. 2 Por Eva se cerraron a
los hombres las puertas del paraíso, y por María Virgen han sido abiertas de
nuevo. Aleluya.
Ant. 3 La Virgen María ha sido
glorificada por encima de todos los ángeles y santos; venid, pues, y alabemos a
Cristo, el rey cuyo reino no tendrá fin.
Mi corazón retorna a la
celebración de esta fiesta hace seis años (15 agosto 2008). Moría mi madre,
rodeada de sus seis hijos que habíamos pedido su bendición. Nos bendijo con una
cruz en nuestra frente.
Antes de expirar varios de
nosotros podíamos rezar junto a su cuerpo, que ya había rezado los ojos a este
mundo aunque su corazón latía, el oficio nocturno (oficio de lecturas) de aquel
día.
Expiró a las 4.15 horas. Antes
del amanecer.
Con este recuerdo séame
permitido transcribir la homilía del día siguiente, en la misa funeral. Suplico
al lector que no piense que es un acto de ámbito privado, que el recato invita
a guardarlo en el álbum familiar. Es un sencillo homenaje de fe de la “Ecclesia
orans”. Es la homilía que entonces pronuncié; mejor dicho, las lágrimas me
impidieron pronunciarla y pasé las hojas a uno de los concelebrantes, el
superior provincial de los capuchinos, P. José Luis Iso (de Sangüesa).
Sean hoy un humildísimo
testimonio de amor colocado a los pies de la Virgen Madre Asunto al cielo.
EN LA VIDA Y EN LA MUERTE
SOMOS DEL SEÑOR
Hermanos:
1. Como cristianos celebramos esta misa
funeral de una hija de Dios y miembro de la Iglesia, mi madre y nuestra madre,
Saturnina, así llamada por haber nacido el día de San Saturnino del año 1908.
Hoy, tras una peregrinación de casi cien años, vuelve a las manos de su Creador
y Padre.
Mi madre murió ayer, a las 4 y cuarto de
la madrugada. Dos horas antes rezábamos junto a ella el Oficio divino de la
Iglesia en la Asunción de María, los Maitines. Las antífonas que la Iglesia
dirige a la Virgen se podían aplicar a una cristiana de respiración agonizante.
Eran éstas: “Levántate, Virgen y Reina, y, digna de eterna hermosura, sube al
radiante palacio del Rey eterno”. “El Señor la eligió y la predestinó, la hizo
morar en su templo santo”. “¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!”.
Muchas personas, al darnos el pésame,
decían: Qué día más hermoso para morir.
Aunque quizás ninguna condolencia más
grata que la frase que me dijo un feligrés, no sacerdote, ni religioso ni
religiosa: “La vida de tu madre estaba empapada de Evangelio”.
2. La Eucaristía, que es la acción de
gracias de Jesús al Padre, sacrificio de expiación y de intercesión, recoge
esta vida para poner sobre ella la perla de la corona y presentar a Dios. Hemos
sido salvados por Cristo Jesús, “que me amó y se entregó por mí”, dice san
Pablo, y conscientes de que esta gracia, estamos ante el Dueño de la vida, que
es Dios, el que nos ha amado desde toda la eternidad, y antes de la creación
del mundo nos bendijo con toda bendición, haciéndonos hijos en el Hijo, y
destinados a reproducir en nosotros la imagen del Hijo de su amor.
Estos son los divinos misterios que
celebramos, cuya grandeza y hermosura no puede ser empequeñecida ni empañada
por pequeñas consideraciones que nosotros
podamos hacer. Son momentos de los más nobles sentimientos que bullen en
el corazón humano. ¡Qué cosa más hermosa que el amor a la madre! Con todo, es infinitamente
más bello el amor que Dios nos tiene, que nos lo muestra de continuo en la
vida, y que tiene acentos singulares en los momentos culminantes de la existencia,
como nosotros somos testigos ahora en el tránsito de nuestra madre.. En la
predicación cristiana mil veces he repetido: Lo más importante de la vida no
es ni siquiera el amar a Dios; lo más importante es el saberse amado por Dios,
sentirse amados por Él, porque su amor es fiel, es incondicional, y
traspasa todas las barreras.
Uno de los pasajes de la Escritura para
la misa funeral es el texto de san Pablo que acabamos de escuchar. En la
vida y en la muerte somos del Señor. Y lo hemos escogido, porque era un
ritornelo que venía muchas veces a los labios de mi madre: En la vida y en
la muerte somos del Señor. Lo había aprendido en la Iglesia.
Y ¿qué significa esto, hermanos, de que
en la vida y en la muerte somos del Señor? Significa que el Señor es el centro
y sentido de nuestra vida; es el centro, sentido y esperanza de nuestra muerte.
La vida humana se puede planificar con
muchos intereses, con múltiples perspectivas. En todo caso el cristiano ha de
poner como centro y eje al Señor. Esto es lo que quita todo egoísmo y lo que da
hermosura, pleno sentido y fecundidad a nuestra existencia, una vida consagrada
a Dios, una vida consagrada al bien de los hombres.
Por la gracia y misericordia del Señor
hoy se presenta mi madre ante la presencia de Dios, diciendo: Aquí está la
esclava del Señor, aquí está hija. Y confiamos firmemente que Jesucristo,
al darle el abrazo de acogida y bienvenida, le diga: ¡Bien, sierva buena y
fiel, pasa al banquete de tu Señor!
4. La Iglesia no quiere elogios fúnebres
en los funerales; no, ni es eso lo que hacemos. Pero la Iglesia sí que quiere
escuchar las alabanzas del Señor, y oír el canto de los cristianos, que es el
canto de la Virgen María: Mi alma proclama la grandeza del Señor, mi espíritu
se alegra en Dios, mi salvador, porque ha hecho maravillas en la humildad de su
esclava.
La vida humana, vivida en plenitud, tiene
que cerrarse con este cántico de amor y agradecimiento, que es el canto de la
Virgen María, y que lo escuchábamos ayer como lectura del Evangelio.
Resuene en los labios de mi madre; y
puesto que ella no puede hablar en la tierra, resuene en los labios de los
creyentes, que estamos celebrando el fruto de la redención, al mismo tiempo que
la Eucaristía es siempre intercesión y perdón de los pecados.
5. ¿Cuáles son las maravillas que Dios ha
realizado a lo largo de cien años en esta hija suya?
El haberla mantenido en la fe, en la
esperanza y en el amor.
El 1 de diciembre de 1947 moría mi padre, cuando iba a cumplir 40 años. Han
sido más de sesenta años de viuda, acompañada ciertamente por el amor de todos
sus hijos, pero 60 años de soledad de lo que más amaba en esta tierra, 60 años
sostenidos por su inmensa fe cristiana, haciendo del dolor resignación,
esperanza y lucha.
A nuestra madre las gracias ante la
presencia del Señor, por su valor y entereza, por su entrega incondicional a la
familia, por su corazón abierto a todos los familiares, con cariño, sin
excepción para nadie.
Esto significa que en la vida y en la
muerte somos del Señor.
En este mismo ámbito y por manifestar la
obra de Dios en nuestros corazones, me place recordar cuáles eran los
pilares de la vida de esta cristiana, mi madre y nuestra madre, que nos deja
una senda luminosa: La Eucaristía, el Rosario y el Vía Crucis.
Hay una misa para enfermos, transmitida
por la TV a las 12.00 del mediodía. Siempre que le era posible la seguía, para
tener día a día el alimento de la palabra de Dios. Anhelaba igualmente el banquete eucarístico, siempre que podían
llevarle la sagrada Comunión. Como acción de gracias le gustaba recitar: “Alma
de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame”, que sabía de memoria.
El santo Rosario que lo rezaba a diario,
si sus fuerzas se lo permitían; el Via Crucis, recorriendo a diario los pasos
de Jesús camino del Calvario.
Bien sabemos que una vida cristiana, si
se centrara en uno mismo y no se abriera a los demás, sería subjetiva e ilusa.
Nuestra vida de discípulos de Jesús, allí donde nos encontremos y en la
profesión que ejerzamos, debe ser una vida de servicio y amor a los demás. Esto
ha sido muy visible en la vida de mi madre.
6. Pasemos al santo Evangelio que hemos
proclamado. ¿Qué son las Bienaventuranzas que Jesús ha proclamado y que
acabamos de escuchar como lectura de funeral?
Puede pensarse que las Bienaventuranzas
son las virtudes fundamentales que Jesús nos quiere inculcar. Ciertamente, pero, por encima de eso, las
bienaventuranzas son las felicitaciones que Jesús pronuncia sobre los
discípulos que tiene delante. ¡Qué dicha la vuestra, porque Dios os ha hecho
pobres de corazón, puros, misericordiosos...!
Hermanos: ¿Quién puede ser pobre de
corazón? Nadie, si Dios mismo no interviene y le hace de verdad pobre y
humilde.
¿Quién puede ser de verdad puro, íntegro de corazón, misericordioso...? Nadie,
absolutamente nadie, si Dios mismo no lo hace..., y, naturalmente, el ser
humano se deja hacer.
Por eso, ante el cadáver de mi madre,
podemos repetir las Bienaventuranzas del Señor: Bienaventurados los pobres
de espíritu...
Dichosa tú, madre, porque el Señor te
hizo pobre de corazón, te hizo humilde, te hizo pura, te hizo misericordiosa...
Él te purifique de toda mancha, al
encontrarte ahora con su divino rostro, y te guarde consigo por toda la
eternidad.
Quiero concluir estas palabras con un
texto que está en el Ritual. Cuando se actualizó el Ritual de exequias,
a un servidor le pidieron un canto de despedida para el difunto, que pudiera
ser incluido como palabra de la Iglesia en el Ritual. Lo compuse y fui
incluido. Y muchas veces he pensado: ¡Qué a gusto se lo diría yo a mi madre en
el día de su despedida! Pues ha llegado la hora, y esto que yo lo pienso para
todo cristiano salvado por la muerte y resurrección de Cristo, yo lo proclamo,
como hijo, con amor y con fe, para mi madre:
Cristiano, (cristiana),
vive con Cristo,
entra en su gozo;
por su perdón y su gracia
canta victoria.
¡Dichosa tú, ya salvada;
entra en la vida!
Nosotros, los que quedamos,
testigos de la esperanza,
formando una sola Iglesia,
te acompañamos!
Amén.
Alfaro, 15 de agosto de 2008
Hoy sello tu memoria
Hoy sello tu memoria, madre mía,
y guardaré silencio consagrado,
yo callo, mis versos se han callado,
mas tú serás misterio y cercanía.
El tiempo ha hecho aquello que debía,
y ya es ella el ayer que ya ha pasado
comunión con Jesús resucitado,
triunfal espera para el claro Día.
Ya todo es armonía y santa paz,
y no queda recuerdo dolorido,
La vida avanza, avanza en su verdad:
que sea yo el siervo decidido,
dador de amor, de luz y humanidad,
y mi Jesús que sea mi latido.
Comunicado. Con este soneto se cierra la serie de XXXVI sonetos compuestos en memoria de mi madre. En mercaba.org puede verse anteriormente la publicación de
SONETOS CELESTIALES para mi madre en la Comunión de los Santos. Conmemoración de los Fieles Difuntos 2009. [Eran entonces 27 sonetos].
Guadalajara, 14 de agosto de 2014

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