Homilía en el
domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 18,15-20
Texto
evangélico:
Si tu hermano ha
pecado contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado
a tu hermano.
Si no te hace
caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto que confirmado pro b
oca de dos o tres testigos.
Si no les hace
caso, díselo a la comunidad, y si no
hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un
publicano.
En verdad os
digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo
que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos.
Os digo, además,
que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará
mi Padre que está en el cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Hermanos:
1. Los dos
últimos domingos hemos estado insistiendo en una idea central: la Iglesia de
Jesús. ¿Cuál esa Iglesia, que Jesús llama “mi Iglesia”, que la funda él y nadie
más sobre la fe que Dios da y que Pedro la ha confesado? Y el domingo pasado:
¿Quién es el verdadero discípulo de Jesús en esta Iglesia? La respuesta de
Jesús era taxativa: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
Avanzando en
el Evangelio de san Mateo, que vamos proclamando este año, y pasando al
capítulo 18, vamos a escuchar lo que Jesús nos dice acerca del discípulo y la
comunidad.
2. La
comunidad de los discípulos de Jesús tiene que ser una comunidad de amor, de
unidad, de paz; en suma, de felicidad, en cuanto la felicidad es posible en
esta tierra.
Pero la
experiencia dice que tristemente los conflictos surgen, y las enemistades y los
escándalos. Somos una comunidad de pecadores, una comunidad santa de pecadores:
santa, porque Jesucristo y el Espíritu Santo nos santifican. El amor de Dios se
ha derramado sobre nosotros; y el bien, se vea o quede oculto de pronto a los
ojos, siempre sale vencedor. Una comunidad santa compuesta de pecadores.
Las ofensas
y escándalos puede surgen entre nosotros, y de hecho se dan. Para estas
situaciones existe el perdón: el amor de Dios que sana nuestras heridas, que
nos restablece y nos abre un camino nuevo hacia adelante. Debemos pensar que
Dios siempre quiere poner en orden nuestras desavenencias.
Con todo, hermanos, ¿qué hacer cuando nos
resistimos, y permanecemos en nuestra dureza y división?
Esta página del santo Evangelio, que
procede de Jesús, recoge, por otra parte, la disciplina penitencial existente
en la Iglesia al tiempo en que se iba escribiendo el texto sagrado de los
cuatro Evangelios.
3. Jesús nos habla de tres pasos, incluso,
en último extremo, de un cuarto paso: la exclusión de la comunidad. Veámoslo.
Primer paso. Si tu hermano e ofende
- se entiende, en un asunto grave y verdaderamente importante - vete a
encontrarte a solas con él; házselo entender, arreglaos, perdónale.
Si te escucha, si te hace caso, has
conseguido algo inmenso. Dice el texto sagrado: ¡Has salvado a tu hermano! Y
dice el proverbio cristiano: Quien salva
un alma, salva la suya.
Puede
ocurrir que no se trata de una ofensa personal a mí, sino de una acción mala y
escandalosa, que perjudica a la comunidad. Corrígele a solas, salvando su fama.
Habrás hecho una gran obra. Esto se llama la
corrección fraterna. Si yo puedo con mis palabras enderezar por el buen
camino a una persona que va desviada, ¿por qué no ofrecerle este servicio de
caridad?
El
segundo paso. Puede ocurrir tristemente que el pecador, obstinado por su orgullo, no
me hace caso a mí que he tratado de ir con humildad. ¿Cómo proceder? También
con discreción. Sin pasar todavía a publicar la cosa, voy de nuevo a él, pero
ya de una manera oficial: con dos o tres testigos. Según las leyes de Israel,
la presencia de dos o tres testigos eran garantía de verdad. La presencia de
estos testigos puede hacer entrar en razón al pecador, y convencerle de su
error.
Si aquí se
terminan las cosas, ¡bendito sea el Señor!
¡Felicitémonos!
Pero
desgraciadamente, a lo mejor aquí no se terminan las cosas, sino que uno sigue
empecinado en su pecado. Bueno, pues, dejémoslo pasar... No, hermanos, no se
resuelven las cosas, cerrando los ojos y dejándolas pasar.
Tercer
paso.
Este es el momento serio y grave en que
la cosa pasa a ser pública, y entra en juego la competencia y autoridad
de todos los hermanos. Si no te hace caso, díselo a la comunidad.
La Iglesia es
comunidad de hermanos: una comunidad jerárquica, ciertamente, en la que hay una
autoridad que manda y da cohesión al grupo; pero esto no quita la fuerza y el
sentido de la comunidad, junto con el sentido de responsabilidad, que nos
implica a todos. Todos somos responsables de la marcha común, que es bien de
todos.
Volviendo al
caso que plantea Jesús: lo que hasta ahora era un asunto reservado, con el
tratamiento conocido sólo por dos o tres, ahora pasa a ser asunto público.
¿Qué opina
la comunidad frente a este hermano? No se nos dice aquí que esto se resuelve
por la autoridad personal del superior, y punto; por la autoridad del obispo,
por ejemplo. Aquí, en las palabras de Jesús, en la perspectiva que tiene el
evangelista ante sus ojos, cuando se escribe esta página, que la han de leer
las comunidades del tiempo.
Si de verdad
somos cristianos, la comunidad no puede consentir que dentro de ella haya unos
hermanos que vivan en escándalo y... aquí no pasa nada. Respeto a todo el mundo y que cada cual siga su conciencia. Eso
ciertamente no es comunidad.
“Aquí no
sobra nadie”, “aquí hay sitio para todos”… Frases ambiguas que pueden producir
más oscuridad que claridad. Aquí no sobra nadie, ciertamente, si uno, por débil
y pecador que sea, quiere seguir el camino de Jesús. Pero si no quiere seguir
este camino, aquí está de sobra: siga por su sendero.
4- El
Evangelio de hoy tiene al final una frase entrañable: donde dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos. Los judíos decían
que para hacer comunidad y tener la presencia de Dios, la shekiná, debían juntarse, al menos, diez varones. Jesús nos
dice: bastan tres, incluso dos…, y no hablemos de varón ni de mujer. Allí está Jesús, y la oración
que entonces se dirige al Padre es oración infalible, porque Dios escucha a su
Hijo amado.
Hermanos,
esto es la Eucaristía. Esto nos da un consuelo infinito.
5.
Señor Jesús, abre nuestros ojos para ver y sentir tu presencia, y danos el gozo
de experimentar que todo lo que pedimos en tu nombre, el Padre celestial nos lo
concede. Amén.
Guadalajara, Jal., viernes, 5
septiembre 2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario